Hablemos de ti un minuto #2
—Yo no puedo impedir que adores a las Tías, pero que sepas que si vas estás rompiendo la promesa que me hiciste.
Uma dejó los platos que había estado recogiendo y le cogió las manos. Un brillo extraño asomó a sus ojos. Se trataba de esa señal inconfundible que Zoe conocía tan bien: la que aparecía cuando su madre se encariñaba con algo —o con alguien— que inevitablemente iba a hacerle daño.
—Pero... ¿no lo ves, Zoe? —susurró Uma—. Es una bendición.
—Te recuerdo que en Nueva Esperanza...
—¡No empieces otra vez con eso! —Uma le soltó las manos de golpe—. ¡Aurora no tiene nada que ver con Nueva Esperanza!
Zoe contuvo la respiración antes de contestar. A veces, cuando cerraba los ojos justo antes de dormirse, aún se veía la sangre en las manos y oía el alarido de la ambulancia. Los recuerdos no la soltaban.
—Tiene todo que ver, mamá —dijo—. Allí también nos prometieron una familia, también nos dijeron que seríamos especiales si seguíamos sus reglas.
Uma se tapó los oídos, como si así pudiera borrar lo que acababa de oír. Negaba con la cabeza una y otra vez.
A Zoe aquel gesto le pareció tan infantil que solo había dos opciones: gritarle o marcharse.
Optó por la segunda. Se levantó de la mesa, salió de casa y se montó en la bicicleta.
Bajó por Los Altos, cruzó el pueblo y no se detuvo hasta llegar a la cantina, en la zona industrial, donde, a las diez menos cinco, saludó a Gus con un gesto que él correspondió con un leve asentimiento.
—¿Sabes conducir? —preguntó Gus sin preámbulos.
—No tengo carné —dijo Zoe—. Aún no he cumplido los dieciocho.
—Esa no es la pregunta que te he hecho —gruñó Gus, hurgándose la nariz antes de limpiarse el dedo en la camiseta de Iron Maiden—. La pregunta es si sabes conducir.
—Sé conducir.
Gus bufó, escupió en el fregadero y soltó:
—Ve a la destilería de Mora. Tiene unas botellas para mí —dijo.
—¿Dónde queda eso exactamente? —preguntó Zoe.
Gus dejó caer un puñado de patatas en la freidora, que comenzó a chillar como un animal atrapado y en segundos le regaló a la cocina su típico aroma a grasa vieja.
—En la casa de esas mujeres —gruñó—, las lunáticas esas de la colina. ¿Sabes de quiénes te hablo?
Zoe dejó escapar un taco —un «me cago en la puta» en toda regla—. El puñetero pueblo parecía empeñado en que el encuentro con las estúpidas diosas de Aurora resultara inevitable.
—No, no exactamente —dijo.
—Bueno, no tiene pérdida —respondió Gus. Cogió unas llaves del estante de encima de la freidora y se las lanzó—. Vas hacia Los Altos y buscas la casa más rara de todas. Esa es. Y si te pierdes, pregunta. Coge la furgoneta blanca; está aparcada fuera.
La furgoneta de Gus y Ray era como los propios Gus y Ray: sucia, gastada y con pocas luces.
Zoe conducía desde los dieciséis y no se le daba mal, pero aquel trasto era otro nivel.
El motor tosía a intervalos raros, se revolucionaba sin motivo y, un segundo después, parecía a punto de morir.
Un olor agrio, a gasóleo mal quemado, se colaba por la calefacción.
El humo del escape era tan negro que Zoe tuvo que bajar la ventanilla para poder respirar.
Al llegar a la colina intentó localizar la entrada a la casa de las Tías.
No podía quedar muy lejos de la de Berta, es decir, de la suya.
Redujo la velocidad y avanzó despacio hasta distinguir un desvío apenas visible, medio oculto entre los árboles.
Giró a la izquierda y se internó por un camino estrecho de tierra, lleno de baches, que parecía poner a prueba los ejes de la furgoneta.
Por suerte para el vehículo, la casa apareció enseguida al fondo del sendero.
La verja estaba abierta. Zoe entró y se encontró en un jardín tan desbordante que parecía decidido a tragarse la casa entera.
Las enredaderas trepaban por las columnas del porche, por las rejas de las ventanas, por los árboles.
Resultaba imposible saber qué parte era decorativa y cuál estaba fuera de control.
No se trataba exactamente del tipo de lugar donde te esperarías encontrar a cinco diosas, pero quién sabe dónde vive una diosa.
De pronto se abrió una ventana en el segundo piso y asomó una cabeza llena de rizos dorados.
—¿Qué buscas, querida? —preguntó una voz chillona.
—La destilería de Mora —respondió Zoe.
La mujer hizo un gesto vago señalando la parte trasera de la casa.
—Es por ahí atrás. Ya la verás —dijo antes de desaparecer de nuevo en el interior de la casa.
Zoe se quedó un segundo mirando la ventana vacía mientras rebuscaba en su memoria.
Estaba casi segura de que Frederic le había mencionado los nombres de las Tías en algún momento, pero los había olvidado.
Pensó en Uma y en lo injusto que era que no fuera ella quien estuviera allí, de visita en la casa de las Lunares. Una auténtica injusticia divina.
En el rostro de Alex brillaban una infinidad de gotas de sudor iluminadas por el fuego que ardía bajo la caldera. Acababa de ajustar el serpentín de refrigeración y ahora revisaba la temperatura del termómetro. Todo iba bien. El líquido goteaba lentamente en un frasco de vidrio.
Mora la había dejado sola otra vez al frente de la destilería. Cada vez que le pedía ayuda ocurría lo mismo: la ponía al frente de todo y desaparecía sin dar explicaciones.
—¿Hola? —dijo una voz desde la puerta.
Alex se giró. En la entrada del cobertizo, una chica se recortaba a contraluz, por lo que no lograba verle la cara.
—¡Hola! —respondió Alex.
—Vengo de la conservera —dijo la chica—, me envía Gus. Creo que tenéis unas botellas para él.
La chica dio un paso adelante y se acercó lo suficiente como para que la luz la alcanzara. Alex la reconoció de inmediato: era la chica del mechón azul, su vecina. La nueva Astruc.
—Eres Zoe, ¿verdad?
La chica se puso ligeramente en guardia.
—¿Cómo lo sabes?
—Somos vecinas —respondió Alex—. Aurora no es tan grande.
—No, no lo es. Bueno..., ¿dónde están las botellas?
No parecía interesada en prolongar la conversación más de lo estrictamente necesario, así que Alex echó un vistazo al interior del cobertizo.
Había cajas apiladas sin orden por todas partes, y herramientas, y frascos con hierbas, y restos de algún picoteo de Mora.
No tenía ni idea de cuáles eran las botellas a las que se refería la chica ni dónde podían estar.
—Será mejor que le pregunte a Mora —dijo Alex.
Zoe alzó ligeramente una ceja.
—Entonces tú no eres Mora.
—No —respondió Alex con una media sonrisa—, Mora es mi tía. Yo soy Alex.
Entonces Alex hizo algo completamente absurdo: extendió la mano para estrechársela.
Cora siempre le había repetido que con la gente convenía ser correcta y la había entrenado para eso.
El gesto quedó suspendido en el aire durante unos segundos innecesariamente largos, tiempo más que suficiente para que Alex cobrara plena conciencia de la tontería que acababa de hacer.
Zoe esbozó una sonrisa irónica.
—Vaya. Qué formal.
Aun así, le estrechó la mano. El apretón fue firme y breve. La palma de Zoe presionó con decisión la suya y la soltó enseguida.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Zoe señalando el alambique.
Alex se encogió de hombros.
—Aguardiente —respondió—. O algo parecido.
—Aguardiente mágico, supongo. ¿Lo elaboran las Tías?
—En teoría lo prepara Mora, pero en la práctica soy yo quien hace todo el trabajo. Y no tiene nada de mágico. Excepto por los sesenta grados de alcohol, no sé si me entiendes.
Zoe se acercó al alambique y lo estudió con curiosidad. Alex aprovechó que estaba distraída para observarla.
Era alta, con los hombros anchos y un rostro esbelto, y tenía la nariz cubierta por un fino velo de pecas.
Llevaba una camiseta sin mangas, un vaquero medio gastado y el pelo recogido en una coleta alta.
Tenía algo. Quizá fuera el mechón azul, que destacaba entre su pelo oscuro.
O las muñequeras de cuero, que le daban un aire a Xena, la princesa guerrera. Se parecía a Xena, de hecho.
No le extrañaba que Dalia hablara mal de ella. Era una competidora de primer nivel para El Túnel, una de un estilo distinto al de su amiga.
—Entonces, ¿trabajas en la conservera?
—Ajá. ¿Te sorprende? —respondió Zoe, manteniendo la mirada fija en el serpentín.
—Para nada. ¿Por qué debería?
Zoe se volvió y clavó sus ojos en ella.
—No sé. Supongo que ya estarás al corriente de por qué hemos venido a Aurora y pensarás que, con todo ese dinero de la tía Berta que nos cayó encima, estoy aquí para aprovecharme de la cuenta familiar y del Brillo.
Alex parpadeó. Ella no había dicho eso. ¿Lo había dicho?
—Yo... no —se apresuró a decir—. No quería decir eso. Ni siquiera lo había pensado. Voy a buscar a Mora.
Se volvió hacia la puerta. No había pretendido ofenderla y, sin embargo, por lo visto lo había hecho. Aunque, bien mirado, quizá la ofendida tenía que ser ella.
—¡Espera! —dijo Zoe.
Alex se detuvo y se giró.
—No quería ser tan borde, perdón —continuó Zoe—. Empecemos de nuevo. ¿Otro apretón de manos? —Sonrió; la nariz se le arrugó un poco y las pecas se hicieron más visibles.
—Podríamos ahorrarlo esta vez —respondió Alex.
—Totalmente. Bueno..., cuéntame entonces. ¿Tu madre es una de las Tías?
Alex inspiró antes de responder.
—Lo era. Está muerta.
—Vaya. Lo siento —contestó Zoe—. Parece que lo de empezar de nuevo se nos está dando regular. Pensé que las diosas no podían morir.
Alex bajó la mirada y pateó con la punta del zapato una piel de mandarina que había en el suelo.
—Todo en el mundo puede morir —dijo.
—¿Y tú eres...? —Zoe dudó un instante—. Me refiero a que, si tu madre fue una de las Tías, entonces eres...
A Zoe le estaba costando encontrar la palabra, así que Alex decidió brindarle un poco de ayuda: