La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Hablemos de ti un minuto #3
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Hablemos de ti un minuto #3

—No soy nada —la cortó—. Soy una chica normal. Corriente. Nada especial. Tranquila, no tengo superpoderes ni nada raro. Pero si quieres te puedo presentar a las Tías.

—No, gracias. El Brillo me la suda.

Alex se quedó perpleja. Escuchar a una Astruc hablar así del Brillo era más extraño que escuchar a los niños quejarse de las horas de juego.

Estuvo a punto de preguntarle a qué venía aquello, pero se contuvo.

Zoe ya se había puesto a la defensiva una vez, y no quería volver a tocar un tema que pudiera hacerla saltar.

—Entonces eres una chica vulgar, según tú —dijo Zoe.

—Sí.

—¿Y por qué dices eso?

Alex se quedó en blanco. Bueno, no exactamente: sabía la respuesta, pero no cómo explicarla sin sonar patética.

Bastaba con mirar a su alrededor. Cora, por ejemplo.

Las Tías. Dalia. Incluso los Astruc con su Brillo, ese fulgor que la gente confundía con elegancia o dinero.

Cada uno, a su manera, era especial. Tenían ese je ne sais quoi . Ella no.

Eso era lo que tenía ser una pieza suelta.

Una nota fuera de escala.

Una cucharilla de plástico en una cubertería de plata.

Una...

—A ver, no te conozco de nada, pero, por ejemplo...: tienes un corte de pelo increíble —dijo Zoe.

La cara de Alex, que ya estaba encendida por el vapor denso de la caldera y el bochorno del cobertizo, se puso aún más roja.

—¡Gracias! —dijo. Y luego agregó—: Me lo cortó mi tía Brisa.

Zoe sonrió.

—Me recuerda al de Winona Ryder en Reality Bites .

Alex la miró sorprendida.

—¿En serio? ¿Cómo lo has sabido? ¿Lees la mente?

—No, me ha venido. Intuición, supongo.

Alex sabía que tenía que decir algo, moverse, reaccionar, lo que fuera. Cualquier cosa menos quedarse ahí plantada con esa cara de pasmada total.

—¿Y bien? —dijo Zoe al cabo—. ¿Vas a darme esas botellas de aguardiente o he venido para nada?

Alex parpadeó. Tardó un segundo en entender lo que acababa de oír.

—Ah, sí, las botellas.

Salió casi corriendo del cobertizo, y al cruzar el umbral estuvo a punto de chocar con Mora, que entraba en ese momento.

—¿Adónde vas, si puede saberse? —preguntó Mora.

—A buscarte. Hay una chica de la conservera que pregunta por unas botellas —contestó Alex—. Bueno, Zoe.

—¿Qué Zoe? —preguntó Mora.

—Zoe, la nueva Astruc. Ya sabes.

La Tía frunció el entrecejo.

—¿Y qué hace trabajando con esos dos asquerosos de Gus y Ray? —Chasqueó la lengua—. Bueno, qué más me da. Ven, ayúdame.

Alex no quería volver ahí dentro. Ya había hecho bastante el ridículo una vez, quedándose como una pasmada con la boca abierta, y no tenía ninguna intención de tentar al destino dos veces.

—¿No te he ayudado ya bastante? —dijo.

—No me gusta que te escaquees de tus responsabilidades —replicó Mora.

—Pues no predicas con el ejemplo.

La mejor manera de neutralizar a Mora era actuar como ella: rápida y directa, sin vacilaciones, incluso un poco borde. Así era como a veces —solo a veces— conseguía descolocarla. Y este era uno de esos momentos. Alex lo aprovechó para escabullirse hacia la casa.

—¡Eh, un segundo! —gritó Mora a sus espaldas.

Alex se volvió.

—¿Qué pasa?

—Podrás escaquearte de mí todo lo que quieras, pero no de Cora —dijo Mora, con una sonrisa cargada de ironía—. Nos acabamos de enterar: pronto tendremos un muerto fresco. Así que ya sabes lo que te toca.

—¿Cómo te has enterado?

Mora se encogió de hombros.

—Tengo mis contactos. Es un hombre mayor, un tal señor Dubois. Está a punto de palmarla. Será cuestión de dos o tres días. —Dio media vuelta y se metió en el cobertizo.

Alex se quedó ahí plantada, en medio del jardín, con cara de idiota.

El cementerio.

Otra vez.

El mundo entero se le cayó encima con todo su peso. Hasta que recordó lo que Luca le había dicho en el bar: «La próxima vez, avísame». Corrió al salón, fue directa al teléfono y marcó el número de la casa de Abel, que contestó al segundo tono con su habitual deje de irritante indiferencia.

—¿Sí?

—Prometiste que me ayudarías —soltó Alex sin preámbulos.

Luca no respondió de inmediato, y Alex contuvo el aliento. Pensó que se iba a echar atrás, que había cambiado de idea e iba a dejarla colgada. Pero entonces Luca dijo:

—Está bien, ¿cuándo?

—No lo sé, pero será pronto —dijo Alex aliviada.

—Estaré preparado. Pero ya sabes: nada es gratis.

Alex apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Ahora me vas a chantajear?

—No te estoy chantajeando —respondió Luca sin alterarse—. Solo digo que los favores cuestan. Así funciona el mundo.

—Y lo dices por experiencia, ¿no? —murmuró Alex con sarcasmo. Luego suspiró cansada—. Está bien. ¿Qué quieres?

—Algo de las Tías.

—¿Qué clase de algo ?

—Lo que sea, un detalle. Un pañuelo, un cepillo de dientes, unas bragas...

—¿Para qué quieres un objeto de las Tías?

—Estoy preparando una sorpresa para la Noche del Brillo.

No era capaz de imaginar a qué clase de sorpresa podía referirse Luca.

—¿Sabes qué? Olvídate de las bragas y el cepillo de dientes. Usa tu imaginación —dijo Luca al otro lado del teléfono.

—Oye, ¿y qué clase de sorpresa es? ¿Me lo puedes contar? Adelántame algo —dijo.

El auricular emitió un pitido plano y persistente, porque Luca ya había cortado la llamada.