La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Hablemos de ti un minuto
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Hablemos de ti un minuto

Hablemos de ti un minuto

Aquella mañana la cocina era un caos de telas de colores, patrones y tijeras.

Las Tías mandaban hacer sus vestidos para la Noche del Brillo con meses de antelación, pero faltaban apenas dos semanas y las prendas todavía no estaban listas.

La modista del pueblo —que cobraba una buena suma por coser y cortar sin hacer preguntas— se había puesto enferma, así que Cora había desplegado su costurero sobre la mesa y le hacía un dobladillo al vestido de Mora, que estaba subida a una silla.

Alex estaba sentada en otra silla, junto a la mesa, cuaderno y bolígrafo en mano, tomando nota de los últimos deseos de las Tías, que después los Astruc se encargarían de convertir en regalos caros, cuidadosamente envueltos y, casi siempre, innecesarios, a los que llamaban «ofrendas».

—¿Estás segura de que no quieres nada de última hora? —le preguntó a Cora.

Esta clavó una aguja en los bajos del vestido y negó con la cabeza.

—Mi único regalo, el que realmente me haría ilusión, el que llenaría de alegría mi corazón, sería que te convirtieras en una de nosotras —dijo.

La mirada que le dirigió hablaba de una fuerte decepción.

—Deja de presionarla, Cora —intervino Mora desde la silla.

—No sé si sabes a qué me refiero. —Cora simuló que no había oído a Mora—. ¿Lo sabes, Alex?

Alex miró a Cora por encima de la libreta como una enfermera que estuviera tratando de quitarse de encima a un paciente hipocondríaco.

—Claro que lo sé, Cora. Lo único que alegraría tu corazón es que yo consiguiera despertar el poder dormido de mi madre. Pero eso no va a suceder, así que piensa: ¿tienes alguna petición de última hora?

—¡Yo sí! —dijo Mora con entusiasmo.

—Deja de moverte —se quejó Cora.

Le estaba cosiendo una túnica plateada con figuras de cuervos bordadas con lentejuelas. Sobre su robusta figura, y con el cabello gris cayéndole a ambos lados del rostro, el conjunto le daba un aspecto a medio camino entre sacerdotisa y vedete de cabaret.

—Necesito un nuevo termómetro de destilación —dijo Mora.

Alex apuntó el pedido.

—¿Nada más? ¿Estáis seguras? Pedid y se os dará. Ya sabéis: los Astruc están deseosos de complaceros, veneradas diosas de Aurora —dijo.

Cora se quitó la aguja de la boca, arqueó una ceja y lanzó una mirada reprobatoria en dirección a Alex, que miró hacia el lado.

Había hablado con un sarcasmo demasiado endurecido incluso para unas diosas de decenas de miles de años que ya lo habían escuchado todo.

Buscando un terreno seguro, desvió la conversación hacia uno de los temas favoritos de las Tías: cómo las adoraban.

—¿Qué solía regalaros la gente en..., ya sabéis..., vuestros tiempos lunares? —preguntó.

—La gente no nos regalaba nada —la corrigió Cora—, nos hacía ofrendas. Habla con propiedad, hazme el favor.

En ese momento entró en la cocina Brisa, envuelta en un salto de cama transparente que dejaba ver todo lo que debía tapar y con una toalla enrollada en la cabeza.

Se deslizó hasta la encimera como si flotara, se sirvió una taza de café de la cafetera italiana y aspiró el aroma con una expresión de placer tal vez desmedida.

—¿De qué habláis? —preguntó.

—Alex quiere saber qué nos ofrendaban en nuestros tiempos de diosas —dijo Mora.

Brisa dejó la taza sobre la encimera y dio una palmada.

—¡Oh!, me encanta esa pregunta. En mis tiempos, lo que más me gustaba eran los marineros.

Dejaban caer miel, leche o vino en el agua —continuó Brisa—.

Pequeñas ofrendas para calmar las aguas.

Pero ellos... —sonrió ladeando la cabeza—, ellos eran lo único que de verdad me interesaba.

Apuestos, salados, desesperadamente viriles. Una vez, uno de esos marineros...

—Brisa... —la interrumpió Cora.

—¿Qué? —respondió ella—. Estábamos hablando de historia.

—Exacto —dijo Alex—. Las aventuras sexuales de tía Brisa son historia pura.

Brisa le guiñó un ojo y rio satisfecha. Cora contuvo el aire, luego lo soltó en un suspiro resignado y siguió con la costura. Brisa se volvió hacia Mora con claras intenciones de provocarla.

—Querida, creo que este vestido te sienta...

—¿Qué? ¿Cómo me sienta? —saltó Mora girándose con una mirada feroz.

Brisa se encogió de hombros, tomó su taza y sonrió con picardía.

—Como a toda una diosa —dijo, y se llevó la taza a los labios.

Cora soltó los bajos del vestido de Mora y dejó caer las manos sobre el regazo.

—Me acuerdo de un año en que mi hermana se vistió de naranja —añadió—. Se pasó meses buscando una tela que tuviera exactamente el mismo tono que su pelo.

—Cómo olvidarlo —dijo Brisa—. Volvió locos a los Astruc.

Al oír mencionar a su madre, Alex levantó la cabeza, y sin darse cuenta apretó el bolígrafo entre los dedos hasta que le crujieron los nudillos.

No era habitual que las Tías hablaran de ella y, cuando lo hacían, solían liquidar el asunto en un par de frases.

Por eso, cada vez que la mencionaban, Alex prestaba mucha atención.

Conocía bien aquel vestido. Las tías guardaban todas las cosas de Elena en la habitación del ático, la que había sido suya mientras vivió, y en el armario seguía colgada su ropa.

A veces Alex subía sola, abría las puertas y se quedaba allí, mirando sin atreverse a tocar nada.

Le bastaba recorrer aquellas perchas para entender que su madre había sido de esas mujeres seguras de sí mismas, capaces de ponerse colores y cortes que ella no se pondría ni aunque le pagaran.

—Alex, deberías probártelo algún día. Seguro que te quedaría bien —dijo Cora, como si le hubiera leído el pensamiento.

—Sí, claro, tía —respondió Alex. Cerró el cuaderno y enganchó el bolígrafo en la espiral—. Bueno, pues ya que he acabado con los pedidos, me iré a descansar.

—No tan rápido, niña. Prometiste que hoy me ayudarías —dijo Mora.

Mierda, lo había olvidado. Mora dedicaba muchas horas a preparar una bebida de sus tiempos de diosa: el gruit.

Machacaba el grano, lo mezclaba con agua de pozo y añadía un puñado de hierbas que nadie en el pueblo sabía nombrar.

Dejaba fermentar la mezcla en cubas de madera, cubiertas con telas viejas, sin hervir ni medir nada.

Luego colaba el líquido, lo guardaba en cántaros de barro y lo embotellaba cuando estaba listo.

En un cobertizo que había detrás de la casa colgaba un cartel oxidado: L A DESTILERÍA DE M ORA. Vendía las botellas a los bares del pueblo; no todos apreciaban su sabor, pero nadie discutía su potencia.

—Mora, sabes que soy menor de edad y que no debería ayudarte a fermentar licor..., ¿verdad?

Mora no se dio por aludida.

—Te veo allí en media hora —dijo.

Alex tenía la sensación de que no hacía sino encogerse de hombros y obedecer lo que las Tías le mandaban.

—Y no olvides que este verano tú y yo tenemos un asunto pendiente —agregó Cora—. Muy pendiente.

Lo dicho. Encogerse de hombros y obedecer.

—Eres la única persona a la que el destino le da todo lo que necesita y aun así se empeña en deslomarse trabajando —dijo Uma mientras tomaban el desayuno en aquel comedor gigantesco.

Ya estaban otra vez. Zoe se lo había explicado varias veces en los últimos días: precisamente porque lo tenían todo, quería un trabajo.

Tenerlo todo era como no tener nada, especialmente si te lo habían dado sin merecerlo: te daban una herencia, una casa, y quedabas a merced de gente que decía ser tu familia, pero tenía pocos escrúpulos y suficientes abogados como para echarte a patadas.

—Quiero ganar mi propio dinero. No podemos confiar en esta gente —dijo.

Uma suspiró.

—Cariño, el testamento ya se ha hecho efectivo.

—Pues dejaré que tú seas la que se fía y yo la que se ocupa de las cosas por si acaso —dijo Zoe.

Como siempre.

Tenía que presentarse en la cantina de la conservera a las diez y, según el reloj, ya eran las nueve y media. Apuró el café y le dio un bocado a la tostada.

—¿En la conservera?, ¿esa gente sabe quién eres?

—Claro que no.

—¿Y por qué no se lo has dicho? Te tratarían mejor.

—Precisamente por eso, mamá. No quiero que me traten mejor. No quiero que sepan quién soy.

Zoe era consciente de que su anonimato era una bomba de relojería con la mecha muy corta.

No podía aspirar a trabajar en la conservera Astruc y esperar que nadie —y mucho menos Gus y Ray, los gemelos cincuentones que llevaban la cantina y sabían absolutamente todo de todos— acabara averiguando quién era.

Pero mientras la farsa aguantara, le encantaba el mensaje envenenado que le mandaba a su familia: «Me busco la vida justo delante de vuestras narices».

También era verdad que la cantina de la conservera no había sido su primera opción.

Durante dos días Zoe había recorrido los negocios y bares de Aurora ensayando una historia que sonaba más o menos creíble: que estaba de paso, que buscaba algo temporal, que no conocía a nadie.

Lo último era cierto. Lo demás, una mezcla de medias verdades y silencios estratégicos.

Pero en Aurora nadie tenía trabajo para ella.

«Prueba en la conservera —le decían todos—, allí siempre necesitan gente.

» Y ahí estaba ahora: en la boca del lobo.

—No te entiendo, hija —dijo Uma.

—No hace falta —contestó Zoe—, mientras me entienda yo es suficiente. Por cierto, tenemos que hablar.

Uma se puso tensa y empezó a recoger los platos del desayuno.

—Llegarás tarde —murmuró sin mirarla.

—Todavía tengo cinco minutos —dijo Zoe—. Mamá, tenemos que hablar del Brillo.

El tema llevaba días colgado entre las dos. No habían vuelto a hablar del Brillo desde la discusión en la terraza, delante de Frederic, porque cada vez que Zoe intentaba sacarlo, Uma se iba por la tangente. Como ahora.

—Tenemos tiempo, Zoe. Ya lo discutiremos cuando nos hayamos adaptado a Aurora... —empezó diciendo Uma con esa voz suya de «aquí no pasa nada».

—No, mamá, no mientas —la cortó Zoe—, sé que ya has tomado una decisión. La Noche del Brillo es dentro de poco, el 13 de julio, y sé que piensas ir.

Uma no respondió.