La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) La chica del mechón azul #3
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La chica del mechón azul #3

El viaje a Aurora había sido largo y Zoe tenía sueño, pero no lo suficiente como para dormirse tan temprano.

En lugar de meterse en la cama, se dedicó a husmear por el dormitorio y el baño.

En los cajones inferiores de la cómoda encontró sábanas nuevas, toallas y, en el fondo de uno, un par de pijamas de seda cuidadosamente doblados.

No tenía ni idea de si habían pertenecido a tía Berta o si Frederic los había mandado dejar ahí para ella.

Esta última posibilidad le revolvió el estómago, así que cerró el cajón y decidió no pensar más en ello.

Desdobló uno de los pijamas con curiosidad.

Era de un color melocotón muy pálido, casi dorado, con tirantes finos y costuras tan delicadas que parecía cosido a mano.

Se lo probó frente al espejo para ver cómo le quedaba.

La tela se ajustaba al cuerpo; pasó la mano por el tejido y un escalofrío le recorrió la espalda.

Se lo quitó de inmediato, lo dobló con cuidado y lo dejó en el borde de la cama.

Después se puso la vieja camiseta de las Olimpiadas del 92 que usaba para dormir y se metió bajo las sábanas.

El colchón la abrazó como si llevara toda la vida esperándola.

Era tan cómodo que daba hasta rabia. Hundió la cara en la almohada mullida y aspiró un agradable aroma a lavanda.

Había que reconocerlo: eso era como un cuento de hadas.

Todo. Solo que Zoe había aprendido hacía mucho que, en la vida real, los cuentos de hadas se parecen bastante a los cuentos de terror.

Y el suyo, el de su familia, era uno de esos.

Un cuento de hadas oscuro. Y como todo buen cuento, empezaba así:

Érase una vez —todas las desgracias familiares tienen un inicio clásico— una chica muy joven, muy guapa y muy pobre llamada Astrid.

No una princesa de cuento, sino su bisabuela.

Cosía para señoras que jamás la mirarían a los ojos en un barrio humilde de la ciudad.

Un día, esa joven conoció a un caballero muy rico treinta años mayor que ella.

Ese caballero venía de un lugar lejano y encantado llamado Aurora.

Allí era rey. O algo parecido. Tenía esposa, herederos, propiedades y criados.

En definitiva: lo tenía todo. Y precisamente por eso, porque lo tenía todo y aun así debía de estar aburrido, se encaprichó de Astrid y la convirtió en su amante.

Quizá Astrid también se encaprichó de él.

O quizá, siendo sinceros, se encaprichó de sus historias, porque el caballero no era ningún prodigio de hermosura, todo hay que decirlo.

Lo que sí tenía era labia, y mucha. No dejaba de hablarle de Aurora.

De sus colinas sembradas de pinos, de sus casas blancas, de su gente siempre alegre, lo cual era, como mínimo, discutible, porque en Aurora la buena suerte estaba tan mal repartida que la amargura resultaba casi una consecuencia lógica.

Pero claro, el caballero tenía otra versión —o, más bien, un objetivo: camelarla—, así que le hablaba de lo especial que era su linaje, de lo distinto que era él, de cómo su familia llevaba generaciones siendo algo más que el resto gracias a un pacto antiguo con unas diosas venidas a menos que los hacía ricos, respetados e irresistibles.

Especiales, repetía. Encantadores. Tan encantadores que un hombre de cincuenta años podía hacer creer a una chica de veinte —bonita, sola y un poco tonta— que todo aquello era amor.

Astrid escuchaba, cosía y se lo creía todo.

O quizá no todo, pero lo suficiente. Mientras pasaba la aguja por la tela dejaba que las palabras del caballero hicieran su trabajo y se le metieran en la cabeza.

Soñaba con Aurora, con sus casas grandes, con sus jardines, con las Tías, de las que él hablaba como si fueran hadas madrinas.

Soñaba, sobre todo, con salir de aquel barrio gris y empezar una vida distinta.

El caballero le prometió que la llevaría allí pronto, cuando llegara el momento adecuado. Y cuando Astrid se quedó embarazada, se lo prometió otra vez.

—Cuando nazca la niña —le dijo— os llevaré a las dos conmigo.

Pero el momento nunca llegaba. Siempre había un motivo distinto, un viaje impostergable, un problema urgente, una excusa.

Aurora podía esperar, Astrid debía tener paciencia, y así fueron pasando los meses.

La niña nació y el caballero empezó a espaciar las visitas, luego dejó de ir con cualquier pretexto, después dejó de responder las llamadas.

No desapareció de golpe: de vez en cuando llegaba un cheque, aunque fuera insuficiente para cubrir los gastos básicos. Con el tiempo, ni eso.

Astrid envejeció de golpe, pero nunca olvidó al caballero ni el reino que le había prometido.

Alimentó a su hija con los cuentos de Aurora: el lugar luminoso al borde del mar, las casas grandes, las Tías, el Brillo.

Cuando aquella hija creció y fue madre, hizo lo mismo con la suya.

Así los cuentos pasaron de generación en generación hasta llegar a Zoe.

Solo que Zoe no creía en cuentos de hadas, ni siquiera cuando se volvían reales.

Y seguía sin creer en ellos cuando el sueño empezó a arrastrarla. Ni siquiera entonces se permitió imaginar un final feliz. Zoe tenía motivos de sobra para desconfiar, y no solo de Aurora. Bajo los brazaletes de cuero llevaba dos cicatrices que no admitían versiones edulcoradas.

Lo último que pensó antes de quedarse dormida fue que, al día siguiente, sí o sí, tenía que buscarse un trabajo.