La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) La chica del mechón azul #2
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La chica del mechón azul #2

Subieron las escaleras hasta la planta superior y llegaron a un rellano amplio del que partían varias puertas alineadas a ambos lados.

Frederic se detuvo frente a una de ellas y la abrió.

Al otro lado se extendía una habitación enorme.

En el centro había una cama de matrimonio vestida con sábanas blancas impecables y un cabecero tapizado en lino claro; a cada lado, mesillas idénticas con lámparas simétricas.

Unos ventanales ocupaban casi toda la pared del fondo.

—Este es el dormitorio principal —dijo Frederic.

Cruzó la habitación, descorrió las cortinas y abrió la puerta acristalada.

Una ráfaga de aire entró de golpe mientras salían a una terraza amplia que dominaba el jardín y la ladera de la colina.

Zoe paseó la vista por el paisaje. Desde allí arriba el mar parecía casi bonito, una perfecta franja azul.

La pátina de suciedad que cubría sus aguas no era visible desde ahí.

—Esa de allí es mi casa —dijo Frederic señalando un bloque rectangular de cemento con ventanales enormes y un jardín que parecía sacado de una revista—, y esa otra es la de mi hermana Celina —añadió apuntando a una casa casi igual, pero pintada de rosa pálido—, y allí vive Abel, mi hermano mayor —continuó, girando sobre los talones y señalando hacia arriba—.

Esa es la vieja casa familiar; bajo sus cimientos todavía se conserva la sala donde Valentín Astruc invocó a las diosas.

Zoe entornó los ojos. La casa de Abel Astruc, con sus muros de piedra cubiertos de hiedra y sus ventanas estrechas, tenía un aire de castillo medieval.

Más allá, entre los árboles, distinguió otra construcción, mucho más bonita y discreta: una casa baja y luminosa, con las ventanas protegidas por contraventanas verdes.

—Y esa es la casa de las famosas Tías, ¿no? —dijo.

—No, allí viven mis padres —respondió Frederic con indiferencia—, pero de momento la han cerrado porque ahora están fuera del pueblo.

Zoe paseó la vista por el paisaje.

—¿Y dónde viven las Tías?

Frederic señaló un último tejado inverosímil: una estructura de cúpulas y pináculos que parecía ensamblada a partir de una decena de planos distintos, casi invisible entre la maleza que devoraba la propiedad.

—¡Las Tías! —exclamó Uma. Zoe notó como los ojos de su madre se agrandaban con una emoción tan intensa que por un momento pensó que acabarían rodando por las escaleras de su nueva casa—. ¿Cuándo las veremos?

Frederic se encogió de hombros.

—Pues están muy cerca, así que será fácil coincidir. —Hizo una breve pausa, sopesando cada palabra—. Por cierto, no os sintáis obligadas a..., ya sabéis, a participar.

—¿Participar en qué? —preguntó Zoe.

Frederic se ruborizó.

—En el Brillo. Sois Astruc y tenéis derecho a recibir el Brillo, pero no os sintáis obligadas a participar en nuestras ceremonias si no os apetece. Tía Berta os dejó dinero y una casa; el resto es opcional.

«No os sintáis obligadas.» Zoe nunca había sido una experta en sintaxis, pero no hacía falta serlo para darse cuenta de que detrás de las palabras de Frederic se ocultaba una frase menos amable: «Para algunos, que aparecieseis por el Brillo sería un disgusto de proporciones épicas».

—¡Oh, pero nos encantaría participar! —dijo Uma, y dio sin dudarlo un paso al frente, como si ya estuviera ofreciendo su alma en sacrificio—. Tú lo has dicho: somos parte de los Astruc, ¿no?

Uma era un alma inocente y nunca pillaba las indirectas. Zoe odiaba que fuera así.

—Uma, ya hemos hablado de eso. Hemos dicho que nada de Brillo, ni de Tías ni de cosas raras, ¿lo recuerdas? —le dijo.

Uma titubeó.

—Ya sé lo que dijimos, pero este es nuestro destino. ¿No lo sientes en el aire?

Zoe negó con la cabeza.

—Lo único que siento en el aire es el tufo a pescado —dijo.

Uma se volvió hacia Frederic con gesto resuelto.

—Frederic, ¿cómo funciona la adoración? ¿Qué hay que hacer? —preguntó.

—Pues... deberían ser las Tías quienes os lo expliquen —respondió Frederic—, pero, bueno, yo os lo puedo contar, más o menos.

Se aclaró la garganta.

—No es exactamente una religión —explicó—. Supongo que en su día la gente les ofrecía a las Tías sacrificios y cosas así, pero nosotros somos más discretos.

—¿Qué significa eso? —preguntó Uma con la curiosidad desbocada.

—Les entregamos regalos, ofrendas..., en fin, obsequios simbólicos, en la Noche del Brillo, que es como nuestra Navidad privada.

El resto del año basta con ocuparse de ellas.

Antes la gente limpiaba sus templos, les dejaba flores...

, ese tipo de cosas. Ahora no hace falta tanto, pero hay que estar presente.

—¿Presente cómo?

—Viviendo aquí, en Aurora. Mis padres viajan mucho, pero siempre vuelven. Si te alejas demasiado, el Brillo se debilita... o lo pierdes.

«Claro —pensó Zoe—. Por eso Máximo nunca quiso alejarse demasiado de Aurora.»

—¡Ah! —añadió Frederic—, también hay que pronunciar sus nombres verdaderos varias veces. Pero con intención, no como si estuvieras leyendo una lista de la compra. Hay que sentirlo.

—¿Sus nombres verdaderos? —repitió Uma.

Zoe se hartó.

—Me lo prometiste —dijo—. Quedamos en que nada de Brillo ni de Tías, ¿te acuerdas?

—Cariño, ¿podemos discutirlo en otro momento?

—No hay nada que discutir. No pienso acercarme a nada que huela a secta.

—De verdad, aquí no hay ninguna secta —intervino Frederic—. Esto es... bastante más normal de lo que parece y bastante más civilizado.

—Me importa una mierda lo civilizado que sea.

Salió de la terraza y volvió al rellano con el pulso acelerado. No quería seguir escuchando de Frederic ni una sola palabra más sobre diosas, así que abrió la primera puerta que encontró y se metió dentro.

Era un dormitorio decorado casi por completo en tonos rosa, pero no un rosa discreto, sino uno empalagoso y saturado que lo invadía todo: las paredes, la colcha, las cortinas y hasta la pantalla de la lámpara. Allí dentro todo era tan rosa como la casa de la muñeca Barbie que nunca había tenido.

Se dejó caer sobre la cama y se tapó la cara con las manos. Había sido una idiota accediendo a venir a Aurora. Una idiota monumental. Nivel experto. ¿En qué momento se le había ocurrido confiar en su madre? ¿Cuándo había decidido que, esta vez, iba a ser distinto? Nunca era distinto.

Tendría que haberlo visto venir desde lejos: a Uma se le notaba en los ojos, en esa forma de hablar de «las Tías» de un modo casi místico.

Se moría de ganas de impresionarlas, de inclinar la cabeza, de pertenecer.

Ese había sido el plan desde el minuto uno.

Y Zoe, como siempre, había hecho de figurante en la película de su madre.

Llamaron a la puerta. Zoe se secó la cara con la manga y se puso de pie justo cuando Frederic asomaba la cabeza, ajustándose el cuello del polo.

—Te pido disculpas por haber sacado el tema —dijo sin atreverse a entrar del todo—. No era mi intención incomodarte.

—No me has incomodado —respondió Zoe cruzándose de brazos—. Es un asunto mío y de mi madre.

Frederic asintió.

—Siento que las cosas no hayan sido distintas para vosotras.

Zoe se encogió de hombros.

—Han sido como han sido. Ya está.

Frederic se atrevió por fin a cruzar el umbral.

—Creo que me he pasado con el rosa —murmuró señalando la colcha—. Pensaba que podría gustarte, pero..., bueno, puedes cambiarlo todo. Es tu cuarto.

—¿Este es mi cuarto? —preguntó Zoe levantando las cejas. No disimuló su asombro.

Frederic asintió con aire avergonzado. Parecía arrepentido, daba la sensación de que se sentía personalmente responsable del crimen decorativo.

—¿Quieres decir que tú has empapelado las paredes, has elegido la colcha y todo eso? —insistió Zoe.

—No exactamente —dijo él—. Pedí que lo hicieran.

«No ibas a hacerlo tú, claro que no», pensó Zoe.

—¿Quieres que lo cambien?

—Déjalo, no importa —dijo Zoe—. Me acostumbraré.

Frederic suspiró aliviado.

—Date una oportunidad —dijo intentando sonar animado—. Esperaba que pudieras conocer a tus primos, que tienen tu edad. Y, quién sabe —añadió con cierto titubeo—, quizá hasta hagas buenos amigos aquí, o tal vez conozcas a alguien especial... Un chico...

—¿Por qué dices eso? —soltó Zoe, sin cambiar el tono pero clavándole la mirada.

—¿Decir qué?

—Eso, lo del chico especial. ¿Por qué asumes que me gustan los chicos? Todo el mundo hace lo mismo, joder.

Frederic se quedó quieto, como si le hubieran desenchufado el cerebro durante un segundo. Zoe lo vio procesarlo en tiempo real: primero el desconcierto, luego el cortocircuito y..., finalmente, ¡bing! La lucecita encendida. El «¡ah, ya lo pillo!» le cruzó la cara como una revelación divina.

—No lo sé..., no lo he pensado, era una forma de hablar. Perdón, no quería...

Balbuceó algo sobre ser «muy abierto de mente» y «totalmente respetuoso», pero Zoe ya había apartado la mirada hacia la ventana. No tenía energía para andar educando a nadie.

—Tengo que deshacer la maleta —dijo ella.

—Claro, es verdad.

Frederic se quedó un instante más buscando algo que decir. No lo encontró. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

—Espero que te acostumbres pronto a Aurora —murmuró antes de salir.

Zoe tardó exactamente diez minutos en vaciar su vida en aquel cuarto.

Ni uno más. Dentro del armario de roble macizo y los cajones forrados en terciopelo, sus cuatro trapos arrugados parecían todavía más miserables.

Tampoco es que le importaran demasiado la ropa ni las apariencias, ni esas cosas que hacían suspirar a Uma frente a los escaparates.

Pero ahí, en esa casa que se suponía que era legalmente suya, todo lo que le pertenecía daba pena.

Uma la llamó con esa voz cantarina que usaba cuando se sentía culpable pero quería disimularlo:

—¡Cariñoooo, a cenar!

Zoe no tenía hambre ni ganas de fingir que todo estaba bien. Abrió la puerta solo lo justo para sacar la cabeza y contestó:

—No pienso bajar.

Y cerró de un portazo. Estaba enfadada con Uma, mucho. Y, la verdad, prefería no verla durante unas horas. A poder ser, hasta el día siguiente.