La chica del mechón azul
La chica del mechón azul
Cuatro días antes
Cuando el autobús se detuvo en la glorieta de entrada a Aurora (después de más de cuarenta minutos de curvas imposibles por una carretera estrecha y traicionera), Zoe supo con certeza que aquel sitio no se parecía lo más mínimo a las infinitas fantasías de su madre.
Uma llevaba años describiendo Aurora como un refugio luminoso al borde del mar, y una parte de Zoe había creído hasta el último momento que al llegar allí se encontraría con un Nunca Jamás del mundo real.
Pero aquel andurrial se alejaba por completo de cualquier idea de Nunca Jamás.
Estaba al borde del mar, eso no podía negarse, pero era un grano infectado en la piel tersa del Mediterráneo.
Dentro de la glorieta un cartel publicitario rezaba: B IENVENIDOS A A URORA, CUNA DE LAS CONSERVAS A STRUC .
Lo mismo habría podido decir: A BANDONAD TODA ESPERANZA .
El vehículo reanudó la marcha por el paseo marítimo.
A la izquierda, el mar se extendía con un brillo opaco, de un verde sucio con reflejos de plomo.
A la derecha desfilaban edificios bajos y melancólicos, con fachadas desconchadas y toldos vencidos.
Más adelante el paseo comenzaba a cerrarse sobre sí mismo: el asfalto se angostaba y las calles se retorcían en un laberinto de callejuelas.
Uma soltó un grito ahogado de emoción.
Zoe miró a su madre de reojo. Esa mañana, antes de tomar el bus, se había alisado el pelo y se había puesto su vestido más decente: limpio, sin manchas ni zurcidos.
Había hecho un esfuerzo por ponerse guapa, y el esfuerzo había valido la pena.
Tenía las mejillas encendidas y un brillo en los ojos que casi lograba que Zoe olvidara que acababan de llegar al infierno.
El autobús se detuvo en el apeadero, junto al cual las esperaba un coche negro, grande y pretencioso.
Zoe no sabía mucho de coches, pero sabía cuándo algo era caro, y ese coche gritaba «pasta» a los cuatro vientos.
Lo único en los alrededores que parecía costar más dinero que aquel coche era el joven de veintipico años vestido con un polo y unos pantalones claros que estaba apoyado en la puerta del conductor con las manos en los bolsillos.
En cuanto se abrió la puerta del autobús, Uma salió disparada por el pasillo, bajó la escalerilla y se lanzó a los brazos del joven.
—¡Frederic! —gritó.
Lo abrazó con fuerza y le estampó dos besos entusiastas en las mejillas. El chico se puso rojo como un tomate y trató de sonreír.
—¡Zoe, baja! ¡No te hagas de rogar! —la llamó su madre.
Zoe no tenía ningún interés en bajar, pero el toc toc del conductor del autobús en el cristal de su ventanilla la hizo entrar en razón.
Cogió la mochila, que guardaba todos sus bienes en este mundo salvo la ropa, y salió a dejarse impregnar por el aroma del lugar.
Al parecer, la conservera Astruc no solo le daba trabajo a casi toda Aurora, sino que también aromatizaba el aire con un hedor insoportable.
—¿Qué te parece? —le preguntó Uma a Zoe—. ¿A que se nota que somos familia? ¿A que se nos ve el Astruc?
Zoe los miró de arriba abajo, primero a uno, luego a la otra, y llegó a la conclusión de que su madre y su primo (¿o era su tío?) se parecían como un gato a un piojo.
Frederic era un niño bien de manual: pelo cortado al milímetro, uñas limpias, postura recta, perfil de emperador romano y el mismo hoyuelo en la barbilla que Máximo Astruc tenía en el retrato colgado en casa de la abuela.
Uma no tenía hoyuelos. Ni perfil imperial.
Ni un ápice de ese aire de aquí mando yo .
Pero allí estaba, radiante como una perdiz en época de veda.
—Sois idénticos —contestó—. Como gemelos separados al nacer.
Frederic le tendió la mano con una sonrisa cortés.
—Me alegro mucho de veros —dijo.
Zoe notó cómo la mirada del chico se detenía un segundo en su mechón azul, luego resbalaba por sus vaqueros desgastados y terminaba en los brazaletes de cuero que llevaba en las muñecas. Instintivamente, se llevó las manos a la espalda.
—Pues a mí me sorprende que hayas venido a recogernos —dijo.
—Lo prometido es deuda, y aquí estoy —dijo Frederic sonriendo.
Zoe no confiaba demasiado en la gente, y menos aún en quienes se esforzaban por parecer simpáticos.
—¿Y el resto de la familia? —preguntó—. ¿Están escondidos detrás de esos contenedores para lanzarnos confeti?
Frederic, entretanto, seguía sonriendo como un príncipe azul en busca de novia.
—No le hagas caso. Zoe tiene diecisiete años y su principal pasatiempo es contar las horas que le faltan para jubilarse. Se lo toma todo demasiado en serio —intervino Uma. Y luego se dirigió a su hija en voz baja—: ¿Has visto qué maravilloso es Frederic?
Zoe puso los ojos en blanco y decidió no contestar.
Frederic era correcto, pulcro, inofensivo; es decir, uno de esos tíos que Uma encontraba adorables y ella consideraba unos plastas sin remedio.
Pero, por otra parte, ¿no se había tomado él, entre todos los Astruc, la molestia de comunicarles que habían heredado una casa en Aurora y dinero suficiente para empezar de cero?
Frederic levantó una de las maletas para meterla en el maletero y la costura reventó con un chasquido, la tela se abrió por un lateral y la ropa salió disparada, desparramándose a sus pies en un caos de camisetas, calcetines y bragas.
—Ni se te ocurra tocar nada —dijo Zoe.
Antes de que el Príncipe Correcto se ofreciera a ayudar, Zoe se agachó y recogió sus cosas con movimientos rápidos y poco ceremoniosos, lo metió todo dentro y tiró de la cremallera hasta que esta decidió cooperar.
Frederic, con las manos en alto, se apartó un poco, atrapado entre el impulso de ayudar y el miedo a empeorar las cosas.
Zoe lanzó la maleta al maletero, ocupó el asiento trasero y cerró la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria. Uma, toda sonrisas, ya estaba instalada en la parte delantera.
Frederic rodeó el coche, se sentó al volante y arrancó sin decir una palabra.
Al menos el trayecto prometía ser silencioso.
Dejaron atrás las calles grises y apestosas del pueblo y se internaron en la colina boscosa que llamaban Los Altos, donde el coche se detuvo delante de la casa más grande que Zoe había visto en su vida.
Era una construcción de dos plantas, con una fachada de muros claros y un porche amplio sostenido por columnas blancas que recorrían todo el frente, elevando la entrada sobre una escalinata de piedra.
Sentirse pequeña e inadecuada delante de ese casoplón era casi obligatorio, pero Zoe se esforzó al máximo por mostrarse neutral.
Después de todo, se suponía que ese era su nuevo hogar, le gustara o no.
Y lo último que quería era que Frederic pensara que sus reliquias familiares le imponían respeto. No iba a darle ese gusto.
Uma, por supuesto, estaba viviendo una experiencia muy diferente. Temblaba, y no se esforzaba lo más mínimo en disimularlo. Frederic la cogió del brazo para que no se cayera de culo al suelo.
—Esto es... Oh, Dios mío, es impresionante —gimió con la voz temblorosa.
—La casa de la tía Berta, es decir, vuestra casa, fue un regalo de bodas de su padre. De Máximo —dijo Frederic.
Al pronunciar el nombre del gran patriarca, sus mejillas y la punta de su nariz se enrojecieron notablemente.
—Tu bisabuelo, Zoe —susurró Uma, regodeándose en cada sílaba de bi-sa-bue-lo.
—Lo sé. Tú y la abuela lo mencionabais en cada comida. Y han sido muchas comidas.
Zoe dejó que Frederic cargara con la maleta y empujó la puerta principal de la casa. De donde ella venía, cerrar con dos vueltas de llave era algo tan básico como respirar, y le sorprendió que estuviera abierta.
—Supongo que por aquí confiáis en que el Brillo os proteja de los ladrones —dijo.
Frederic asintió con la cabeza.
—Eso y que tenemos seguratas del servicio secreto escondidos en el bosque —respondió.
Mira por dónde, el niñato tenía sentido del humor.
En el techo del vestíbulo, una araña con un millón de caireles atrapaba la luz que entraba por la puerta y la devolvía convertida en una lluvia plateada sobre el suelo de madera recién pulida.
A lo que parecía un kilómetro y medio de allí, una escalera de madera maciza, majestuosa como una catedral, conducía a la planta superior.
A cada lado del vestíbulo se abrían sendas estancias: a la derecha, un salón con sofás elegantes y un piano de cola cubierto por una tela bordada; a la izquierda, un comedor a cuya mesa podrían haberse sentado todos los habitantes de Aurora.
Uma, que venía detrás de ella, soltó otro de sus grititos teatrales.
—Bueno... —dijo Frederic, que entró arrastrando las maletas—. ¿Qué os parece?
—Que la tía Berta era un severo caso de horror vacui —contestó Zoe.
—¿Creéis que estaréis bien aquí? —preguntó Frederic fingiendo que no había oído el comentario.
Zoe se giró para mirarlo e intentó descifrar su lenguaje corporal.
No había sarcasmo en su voz. Ningún «mirad lo que os ha caído del cielo», ni «a ver si no lo estropeáis».
Era una pregunta sencilla, como si de verdad le preocupara sus sensaciones sobre aquella casa, que era un millón de veces más grande que el piso mugriento que habían dejado atrás.
—El pueblo no es gran cosa —añadió Frederic—, pero Los Altos es otro mundo.
—Ya lo creo. No me sorprendería que al subir la escalera nos diera la bienvenida un candelabro con acento francés —replicó Zoe.
Uma la miró con desaprobación. Frederic negó con la cabeza.
—Lamento decepcionarte, pero en la planta superior hay... Enseguida lo veréis, subid conmigo —dijo con el entusiasmo exagerado de un vendedor inmobiliario.