Un alma gemela #2
Pero, en fin, volviendo al asunto. En tiempos normales aquel atrevimiento le habría costado a Valentín la vida antes de terminar la primera sílaba del conjuro.
Sin embargo, no eran tiempos normales. Las Tías estaban debilitadas, olvidadas, expulsadas de sus propios panteones; las potencias Solares las habían arrasado y necesitaban adoración con una urgencia que rozaba la desesperación.
Sin fieles, un dios se apaga. Valentín Astruc apareció justo cuando más falta les hacía que alguien creyera en ellas.
Y no se limitó a ofrecer plegarias ocasionales ni un altar improvisado: ofreció su lealtad y la de todo su linaje.
A cambio pidió algo: el Brillo. Una chispa mínima de la energía cósmica que aún eran capaces de canalizar. En otros tiempos, esa centella divina se entregaba a guerreros, profetas o santos. A personas destinadas a alterar el curso del mundo.
Sin embargo, los Astruc no querían alterar nada, solo asegurarse de que nada los alterara a ellos.
Querían dinero, poder, permanencia. Con el tiempo se convirtieron en los amos absolutos de Aurora: dueños de la fábrica, de las tierras, de la colina de Los Altos con sus mansiones y de los bosques que la rodeaban.
Las diosas los habían vuelto inmensamente ricos sin esfuerzo visible y sin riesgo aparente.
Mientras el pacto se mantuviera, nada podía torcer su fortuna.
Y el pacto no podía romperse. Era, según palabras de las propias Tías, «eterno e indisoluble...
a menos que deje de serlo». Una frase que sonaba profunda, pero que en realidad no significaba gran cosa.
Así que no, no podía saltarse la Noche del Brillo. Tenía más posibilidades de transgredir la ley de la gravedad que de ausentarse de aquella celebración. Pero todavía faltaban unas semanas, y angustiarse por lo inevitable antes de tiempo era, sencillamente, inútil.
—Oye —dijo con aparente ligereza—, las Tías me han comentado que han llegado nuevos miembros a tu familia.
Dalia suspiró.
—Sí, pensaba decírtelo. Es bastante embarazoso.
Al parecer, mi bisabuelo tenía un concepto muy flexible de la fidelidad.
—Esbozó una sonrisa—. Y, por lo visto, yo he salido a él.
En fin, ya sabes que Berta murió hace dos meses; pues bien, en el testamento les dejó la casa y una suma considerable.
Así que ahora resulta que tengo una nueva tía y una prima.
—¿Cómo se llama? —preguntó Alex.
—¿Quién?
—Tu prima.
Dalia hizo una mueca.
—Zoe. Pero mi madre las llama «las bastardas», y no le falta razón. No existirían si a mi bisabuelo se le hubiera ocurrido subirse la bragueta de vez en cuando. El caso es que está furiosa.
Alex frunció el ceño.
—¿Tu madre? ¿Por qué?
—¿En serio? ¿No lo pillas? —replicó Dalia—. Se presentan aquí con toda la cara y van a querer chupar del bote.
—¿Qué bote?
—Joder, Alex. El Brillo.
—Bueno..., son de la familia, ¿no?
—Díselo a mi madre —dijo Dalia.
Ya habían dejado atrás la colina, y el pueblo empezaba a desplegarse ante ellas por capas, como una cebolla que huele cada vez peor.
Primero, los bloques nuevos de las afueras, con sus balcones diminutos y el tufo mezcla de fritanga y gas butano que salía de las cocinas.
Más abajo, el patio del instituto, con su verja de metal pintada de verde y su aire de prisión de alta seguridad.
Justo al lado, la escuela primaria y un parque donde, a pesar de la hora, un par de niños se tiraban por un tobogán oxidado.
Luego, las calles más antiguas de Aurora, con las viejas casas de pescadores.
Dalia seguía despotricando contra las bastardas. Alex caminaba a su lado, dejándose arrastrar por la conversación.
Finalmente se detuvieron ante la puerta de un bar nada prometedor, con un cartel medio torcido que decía E L T ÚNEL . Dalia soltó el brazo de Alex y dijo:
—Ah, por cierto. ¿Sabes que a mi prima Zoe le van las chicas? ¿Puedes creerlo? Me lo ha dicho Frederic.
Y sin esperar respuesta ni dar más contexto, empujó la puerta y entró.
El aire de El Túnel estaba compuesto por humo de tabaco y colonias baratas a partes casi iguales. El lugar estaba abarrotado. Su éxito no tenía misterio: los camareros servían alcohol a menores sin hacer preguntas.
Dalia avanzó entre la gente con una facilidad irritante; los demás se apartaban a su paso. Nada más entrar, una veintena de chicos se volvió para saludarla.
—Vamos, Alexandra —dijo Dalia guiñándole un ojo—. Esta noche va a ser épica.
Alex la siguió resignada. No le quedaban energías para fingir entusiasmo ni para explicar que su idea de una noche épica no incluía ser el blanco de codazos ni acabar sola junto a una máquina de tabaco.
Pero tampoco hacía falta: Dalia ya se había unido a un grupo de chicos de su clase.
Alex los conocía —compartían aula, al fin y al cabo—, pero apenas había cruzado palabra con ninguno.
Una fracción de segundo después, Dalia ya tenía una copa en la mano y media docena de polillas giraban en círculos hipnóticos alrededor de su Brillo.
Alex sabía que ese era el momento en que una tenía que decidir si buscar a alguien con quien hablar o largarse a casa en silencio. Estaba a punto de elegir lo segundo cuando, de pronto, en una de las mesas del fondo, cerca del ventanal que daba a la calle, vio una cara conocida.
Luca Astruc.
Estaba solo, con un libro abierto sobre la mesa. Ya fuera en el instituto o en la playa (y, por lo visto, también en los bares de copas), aquel chico vivía leyendo. Alex cruzó el local y se sentó con él. Luca no parecía especialmente feliz de verla, pero tampoco la echó.
—¿Qué lees? —preguntó Alex.
Luca cerró el libro lo justo para mostrarle la tapa. Debía de tener unos quinientos años y estaba en latín.
—No soy muy buena en latín —dijo Alex.
Luca levantó la vista y clavó los ojos en ella.
Era la versión rara y melancólica del aire imperial de todos los varones Astruc.
Tenía los pómulos altos y los ojos oscuros y levemente rasgados; había en él una delicadeza que lo volvía extraño, casi impenetrable.
Alex imaginaba que muchas chicas podían encontrarlo atractivo si les gustaba ese tipo de persona que parece vivir dentro de su propia cabeza.
Pero, hasta donde sabía, nunca había tenido novia.
Lo único que le interesaba eran los libros.
—Lo sé. Es un libro de astrología mundana: supongo que tendrás que esperar a la película para entenderlo.
Si eso era un chiste, Alex no le encontraba la gracia.
—¿Has venido con mi prima? —preguntó Luca.
Alex señaló con la cabeza hacia la barra, donde estaba Dalia.
—No sé cómo lo hace para encajar en todas partes —dijo Alex—. ¿Tú crees que es por el Brillo o será algo natural que viene con ella?
Luca dejó escapar una risilla.
—Si fuera por el estúpido Brillo, yo estaría ahí, con gente babeando a mi alrededor, en vez de estar sentado aquí contigo. Por cierto, ¿cómo te fue anoche?
—Pues no tan bien. ¿Qué vas a hacer este verano? —preguntó ella.
—Mi padre quiere que aprenda a navegar antes de marcharme a la universidad. Será el cuarto verano que lo intenta. Y el cuarto que fracasa.
Luca y ella no eran tan distintos, después de todo. Dos pringados a merced de las expectativas ajenas.
—¿Y tú? —preguntó Luca.
—Cora dice que este va a ser mi verano —contestó ella—. Ya sabes, el verano en que me convertiré en mi madre y los muertos me confesarán sus secretos.
—Suerte con eso —dijo él con una indiferencia que a Alex le supo a vinagre.
—Eca no lo ve así.
—¿Así cómo?
—No cree que vaya a lograr nada. —Se encogió de hombros—. Le dije que si me prestara el Stróphalos podría hacer algo útil. Algo real. Pero se pone hecha una fiera solo con mencionarlo.
—El Stróphalos no te serviría de nada, Alex.
—Eso mismo dice Eca —replicó ella.
—Y tiene razón —Luca se inclinó un poco hacia delante y bajó la voz—: ese medallón ya casi no le sirve ni a ella. Eca lleva demasiado tiempo instalada en Aurora, demasiado cómoda. El poder se oxida cuando no se usa.
Cerró el libro con suavidad y cogió su gabardina Burberry del respaldo de la silla.
En cualquier otro lugar, un chico de su edad con aquella gabardina habría sido blanco fácil para cualquier paleto con ganas de demostrar su hombría a base de golpes; en Aurora, sin embargo, la realidad obedecía a otras reglas, porque el Brillo actuaba como un escudo invisible que lo protegía, de modo que Luca podía permitirse ser un bicho raro, un príncipe melancólico o un insufrible aristócrata sin temer represalias.
Nadie se atrevía a ponerle una mano encima, y él lo sabía.
Lo verdaderamente irónico era que la gente de Aurora no tenía la más remota idea del pacto entre los Astruc y las Tías, ni sabía quiénes eran en realidad aquellas mujeres a las que tomaban por simples extravagantes.
El pueblo vivía en la más completa ignorancia sobre el mecanismo que sostenía la prosperidad de los Astruc, y ellos se encargaban de que siguiera siendo así.
La regla mágica, además, era sutil pero implacable, porque el Brillo no se veía ni se manifestaba como un fenómeno espectacular, sino que se percibía.
Era una presencia difusa que alteraba el ambiente, una sensación casi instintiva que llevaba a la gente a bajar la voz, a ceder el paso o a pensárselo dos veces antes de contradecir a un Astruc.
Y ahí estaba Luca, en el medio del bar, siendo un perfecto inadaptado.
—Por cierto —añadió—. Respecto a tus fracasos con la nigromancia... Igual el problema es que te empeñas en ocupar el lugar de otra persona.
Alex frunció el ceño. Notó el pinchazo defensivo de siempre, ese que le subía directo al estómago.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Tu madre... —dijo Luca sin dramatismo—, Elena, Ereshkigal. Estás intentando hacer lo que hacía ella, tener lo que ella tenía..., pero tú no eres ella.
—No estoy intentando ser como ella.
—¿Ah, no? —Luca ladeó la cabeza—. Mira..., un amigo mío siempre dice que todos tenemos un lugar. No el que nos gustaría, sino el que nos toca.