La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Un alma gemela #3
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Un alma gemela #3

— ¿El que nos toca? —preguntó Alex—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Que estamos condenados desde el principio?

—Quiero decir que puedes pasarte la vida intentando brillar con una luz que no es la tuya... o aceptar el lugar que de verdad te corresponde en el diseño de la realidad —respondió con tono tranquilo.

Alex lo miró con curiosidad.

—¿Y ese amigo tuyo quién es?

Luca terminó de abrocharse la gabardina.

—Alguien que entiende de estas cosas.

Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo antes de alcanzarla y regresó sobre sus pasos.

—De todos modos..., si alguna vez necesitas ayuda con esa cosa tuya de la nigromancia, aquí estoy —dijo.

Alex parpadeó sorprendida. No era habitual que Luca Astruc se ofreciera a ayudar a nadie, y durante un segundo pensó que lo hacía solo para reírse de ella.

—¿Lo dices en serio?

—La próxima vez que haya un muerto, haz la prueba —dijo Luca.

Y, dicho esto, se dio la vuelta y se marchó; la gabardina ondeando le confería cierto aire de Jack el Destripador.

Alex pensó que era el momento perfecto para escurrirse del bar. Estaba ya de pie cuando Dalia apareció arrastrando detrás de sí a un chico con orejas de soplillo, un cordero camino del matadero.

—Alex, este es el Patillas. Patillas, esta es Alex —dijo.

Luego empujó al chico hacia una silla vacía y lo dejó caer.

—Ahora vuelvo —anunció Dalia con una sonrisa afilada, y se marchó dejándolos a solas.

Alex lanzó una mirada de rabia contra la espalda atlética y perfecta de Dalia, que rebotó sin éxito. Luego se volvió hacia el chico.

—No hace falta que hablemos —dijo ella sin mucha convicción—. Mi amiga siempre hace lo mismo.

El Patillas le mostró una hilera de dientes salidos.

—¿Te llamas Alex de verdad? Me suenas.

—Sí. Alex de verdad —respondió ella seca.

—Vives ahí en Los Altos, ¿no? En esa casa rara.

Alex asintió con la cabeza. No le gustaba cuando empezaban a hurgar en su vida, porque al final siempre acababan preguntando por las Tías. Y por lo raro . Pero Patillas no insistió. Se quedó mirando la mesa como si fuera el mueble más interesante del mundo.

—Tu nombre... suena como un nombre de chico —dijo al fin.

Alex lo miró.

—¿Y?

—No sé. ¿Eres bollera o algo así?

Alex se quedó de piedra. No era exactamente que la palabra bollera la ofendiese —no era la primera vez que la escuchaba ni sería la última—.

Lo que le molestaba era lo fácilmente que algunos sacaban conclusiones.

Como si un nombre, una camiseta o la forma en que te sentabas en una silla dijeran algo definitivo sobre quién eres.

—¿Y tú te llamas Patillas de verdad? —preguntó ella.

—No, claro que no. Me llamo Jan.

—¿Y por qué te llaman así, Jan el Patillas? —insistió ella.

—No sé. Me lo pusieron mis colegas.

—Pues a lo mejor te convendría enterarte del motivo —dijo Alex—. Igual no era un cumplido.

Él se encogió de hombros y volvió a mirar hacia sus amigos, en la barra, como quien busca un salvavidas en medio de un mar agitado.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó.

Alex no quería nada, pero dijo que sí.

—Tráeme un vodka con Coca-Cola. Bien cargado.

Patillas asintió, se metió las manos en los bolsillos y se alejó hacia la barra.

Alex supo que no volvería. No parecía tener dinero para el cubata y, en cualquier caso, ella tampoco pensaba quedarse a beber.

Lo último que oyó cuando salía de El Túnel fue la risa de Dalia, limpia y expansiva, imponiéndose sobre el ruido del local.

Alex entró en la casa sin hacer ruido, dejó las llaves en el cuenco de cerámica del vestíbulo y comenzó a subir las escaleras con la intención de colarse en su cuarto sin que nadie la viera.

Ya había alcanzado el primer rellano cuando una voz la llamó desde el piso superior.

—¿Alexandra?

Alex alzó la vista hacia el hueco central de la escalera. Desde la barandilla del segundo piso asomaba la cabeza de tía Velia, coronada por su inconfundible aureola de rizos crespos.

—¿Qué quieres? —preguntó Alex.

—Ven a mi habitación un momento, por favor.

Velia dormía en un extremo del pasillo, en un cuarto cubierto de terciopelos y sedas rojas.

Era una mujer menuda, de no más de metro cincuenta, con una cabeza desproporcionada para su estatura que le daba cierto aire de duende.

Caminaba dando pequeños saltitos, miraba de forma oblicua y decía cosas que nadie le había preguntado.

En sus tiempos divinos había sido la diosa Intuición, Aisthēsis, y quizá por ello muchas veces a Alex le parecía que la mujer no estaba del todo en sus cabales.

—Ay, querida —dijo a la vez que le apretaba las manos con fuerza—. Ay, querida...

—¿Sí, tía? ¿Ocurre algo?

Velia sonrió como una ardilla satisfecha.

—No, cariño. No sucede nada —respondió Velia.

Sin embargo, siguió mirándola con aire arrobado y no le soltó las manos. Alex se preguntó cuánto tiempo más iba a durar aquello. Tenía sueño.

Como si acabara de recordar algo importante, tía Velia se sobresaltó.

—Ven, ven aquí, siéntate. —Arrastró a Alex suavemente hacia una mesa camilla cubierta con una tela roja, del tipo de las que usan las videntes de las películas.

Alex se sentó sin protestar.

—¿Sabes qué acabo de recordar? —prosiguió la tía—. Que este año no te he dado tu regalo de cumpleaños.

—Mi cumpleaños fue hace cinco meses —respondió Alex.

—Razón de más para reparar la falta —contestó Velia sin dejar de sonreír—. Trae otra vez las manos, preciosa.

Alex extendió las manos sobre la mesa camilla.

Sabía perfectamente lo que venía. Cada cumpleaños, Velia le hacía su auspicio personal para el año , filtrado por su propio y caótico sistema de intuiciones.

Nunca daba en el clavo con las cosas importantes, pero tenía una puntería infalible para los detalles más idiotas.

Por ejemplo: «Vas a encontrarte un cromo brillante de un pony azul pegado a la suela de tu zapato».

Y, efectivamente, al cabo de unas semanas o de unos meses, allí estaba.

O bien: «Se te va a hacer un agujero en la camiseta roja». Y tres lavados después, voilà .

Alex solía seguirle la corriente, pero esa noche estaba demasiado cansada.

—¿No podemos dejarlo para otro día? —preguntó.

Velia negó con la cabeza y se dispuso a estudiar las manos de Alex con los ojos entornados. Solía decir que no necesitaba «ningún conductor» para saber lo que venía —ni cartas, ni péndulos ni líneas en la mano—, pero que tocar la piel la ayudaba a enfocarse. «A sintonizar», le gustaba decir.

—Bueno, cariño..., veo cosas muy interesantes por aquí.

Los auspicios de tía Velia siempre empezaban igual: con cosas muy interesantes que, por lo general, no llevaban a ninguna parte.

—Veo aventuras. Muchas aventuras.

«Fantástico», pensó Alex. Aventuras. Esa era una de las predicciones favoritas de Velia. Siempre hablaba de «aventuras», como si la vida fuera un episodio de Scooby-Doo o una novela de los Cinco.

—Aunque... —añadió Velia frunciendo ligeramente el ceño—, quizá también algo de peligro.

«Por supuesto», pensó Alex. Porque ninguna aventura está completa sin un poco de peligro.

—Y aliados —completó Velia.

Aliados, claro. Solo faltaba que dijera que iba a encontrar un anillo mágico.

—Una aliada, para ser más exactos —añadió Velia misteriosa—. Una presencia fuerte, nueva..., inesperada.

—¿Y vas a decirme quién es? —Alex le siguió la corriente.

Velia cerró los ojos un segundo, inspiró con fuerza y luego sacudió la cabeza.

—No..., aún no la veo con claridad. Pero está cerca, muy cerca.

Se inclinó un poco más sobre las manos de Alex y murmuró algo ininteligible. De pronto se quedó muy quieta. Luego alzó la cabeza boquiabierta.

—¡Ay, Alex! —exclamó extasiada—. Vas a conocer el amor.

Alex abrió la boca para protestar, aquello ya estaba yendo demasiado lejos. Pero Velia había vuelto a lo suyo. Su cara se arrugó de pronto con un gesto de preocupación.

—Oh, no... —murmuró.

—¿Qué? —dijo Alex con fingido interés—. ¿No voy a conocer finalmente el amor?

Velia alzó la vista despacio.

—Sí, querida. Lo vas a conocer —respondió.

Alex se recostó un poco hacia atrás y puso los ojos en blanco.

—Uf, menos mal.

Velia apretó un poco más sus manos.

—Pero vas a morir por ese amor.

—¿Voy a morir por ese amor? —repitió Alex, y no pudo aguantar la risa.

Velia se reclinó en su silla con esa calma que siempre usaba cuando daba un asunto por cerrado.

—Es totalmente cierto, ya lo sabes. Como todas mis predicciones.

Alex asintió con la cabeza, cogió la mano de Velia entre las suyas y la acarició con ternura.

—Lo sé, tía. Sé que siempre aciertas. Ahora, si no te molesta, me iré a dormir —dijo levantándose.

—Haz lo que quieras —respondió Velia—, pero eso va a suceder.

—Claro —murmuró Alex.

Cinco minutos después, mientras se deslizaba bajo las sábanas de su cama, ya había olvidado la profecía de tía Velia.