La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Un alma gemela
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Un alma gemela

Un alma gemela

Alex llevaba todo el día echada en la cama, enfadada con el mundo, con Cora y, sobre todo, con la señorita Cerda, que —como todos los muertos antes que ella— se había negado a abrir la boca y confesarle el último arrepentimiento.

Y, por supuesto, su voz interior no desaprovechó la oportunidad para cebarse con ella: «Es obvio que no vales un céntimo.

Está claro que no tienes nada dentro. Cora se equivoca contigo de cabo a rabo.

¿Y Eca? Eca será una bruja amargada, pero tiene razón.

Lo único especial en ti es una madre muerta».

Ya podía grabar todo aquello en una cinta de casete en bucle y escucharlo hasta que le calara en los huesos.

Llamaron al timbre. Alex se levantó y se asomó por la ventana.

Era Dalia Astruc. Llevaba un vestido negro que le llegaba justo por debajo del culo y el pelo castaño con reflejos dorados perfectamente peinado.

Eso solo podía significar una cosa: venía a por ella.

A sacarla de casa para que le diera el aire , lo que en realidad quería decir que acabarían en El Túnel o en cualquier otro antro igual de deprimente.

Dalia se liaría con algún chico y Alex terminaría sola, apoyada en la barra.

Una mierda de plan, vaya. Era mejor quedarse con las Tías.

Alex se tumbó de nuevo.

El timbre sonó otra vez.

—¡Baja a abrir! —gritó Cora desde el comedor.

Alex resopló, se arrastró fuera de la cama y bajó las escaleras.

Al llegar al piso de abajo, se detuvo un instante en el umbral del comedor.

Las Tías estaban allí, absortas en su partida de Scrabble.

Ninguna reparó en ella. Cuando jugaban era como si el resto del mundo dejara de importar.

Mora estaba colocando sus fichas sobre el tablero: C ÚCHULAINN , decía la palabra.

Las Tías hacían trampas sin el menor remordimiento.

Usaban sus poderes para atraer las fichas que les interesaban y colocaban sobre el tablero las palabras que les daba la gana, casi siempre alguna referencia críptica a glorias pasadas o a uno de sus innumerables nombres (o amantes).

Si aquello tenía alguna gracia, desde luego a Alex se le escapaba por completo.

—Ay, por favor —murmuró Brisa—. ¿Otra vez con tu Cúchulainn? Siempre tiene que aparecer ese pesado.

—No era pesado —replicó Mora—. Era joven, guapo. Y peleaba como nadie.

—Y nunca te quiso —añadió Brisa—. Ese detalle siempre se te escapa.

Mora dio un trago largo a la botella de Connemara que tenía junto a ella.

—Morrigan también tiene derecho a la nostalgia —dijo arrastrando las palabras.

Cuando bebía, Mora solía hablar de sí misma en tercera persona.

—Ya está muerto, Mora. Desde hace siglos —dijo Eca—. Lo mataste tú, por si te has olvidado.

—Su muerte estaba predestinada —contestó Mora.

Brisa soltó una risita y removió sus fichas, pero no puso ninguna en el tablero. En sus ojos asomó un brillo travieso.

—Por cierto —dijo—, ¿os habéis enterado del nuevo culebrón de nuestros vecinos?

—¿Qué nuevo culebrón? —preguntó Alex.

—Pues resulta que al árbol genealógico de los Astruc le han salido un par de ramas inesperadas.

—¿Cómo que ramas?

Mora resopló.

—Alex, no es tan difícil de entender —protestó, y dio otro trago—. El bisabuelo de tu amiga Dalia dejó preñada a una mujer, y ahora las descendientes de esa señora han recibido la herencia de Berta y se han plantado en el pueblo.

Alex ató cabos. Así que la chica del mechón azul que había visto esa misma mañana debía de ser una de esas descendientes.

—A nosotras no nos viene mal —dijo entonces Brisa—. Más Astruc significa más adoradores. Y no hay que ser quisquillosas con la procedencia.

El timbre sonó por tercera vez.

—¿Piensas ir tú o tengo que hacerlo yo? —dijo Cora.

A Alex no le apetecía abrir la puerta. Habría preferido disponer de unos minutos más para sonsacar algo más de información a las Tías. Pero hizo lo que Cora le pedía: fue y abrió.

—Ya era hora —dijo Dalia, entrando sin esperar a que Alex la invitara a pasar.

Una nube de perfume invadió el vestíbulo. Alex tuvo que contener una arcada.

—¿Qué tal anoche en el cementerio? ¿Hubo suerte?

Alex cerró la puerta.

—¿Tengo cara de haber tenido suerte? —dijo.

Dalia la escaneó de arriba abajo.

—No. Tienes cara de necesitar un trago.

Se alisó el vestido con un gesto automático.

—Voy a saludar a las Tías y luego nos vamos.

Entró en el comedor con paso decidido y se inclinó frente a las Tías con una reverencia estudiada, cuidando que su falda no subiera ni un centímetro más de lo socialmente aceptable.

Las Tías siempre decían que las reverencias de Dalia eran las mejores de toda la familia Astruc, y probablemente lo fueran. Se las tomaba muy en serio: bajaba el torso sin encorvarse, estiraba una pierna hacia atrás y sostenía la postura un segundo más de lo necesario.

—Veneradas Tías, siempre es un honor veros —dijo.

Cora levantó la vista un segundo, le dedicó una mirada gélida y volvió al tablero. Las demás ni se inmutaron.

Dalia se incorporó con elegancia y le lanzó a Alex una mirada que no dejaba lugar a dudas: «Vístete y vamos». Alex fue escaleras arriba sin decir nada.

Eligió una camiseta negra básica, unos vaqueros y se detuvo frente al espejo para pelearse con el pelo. Lo llevaba corto, como Winona Ryder en Reality Bites . Brisa se lo había cortado a principios de la primavera. No había quedado mal, pero tampoco era lo que Alex quería.

Habría preferido ser morena, oscura, intensa como Winona.

Pero era pelirroja. Rojo caoba, según las Tías.

«El mismo tono que tu madre», decían siempre, otorgándole a ese detalle una importancia excesiva.

A veces pensaba en teñírselo de negro solo por el gusto de ver la cara de Cora.

Aunque sabía que se lo tomaría como un acto de traición.

Cinco minutos después, Alex caminaba hacia el pueblo con Dalia colgada del brazo.

Dalia estaba entusiasmada con la llegada del verano.

Según ella, el verano lo cambiaba todo: el humor, el cuerpo, la vida.

Y no se cansaba de repetirlo. Se había comprado un montón de ropa nueva que pensaba estrenar en el crucero al que iba con sus padres y sus abuelos.

Un crucero por las islas griegas. Con su camarote de primera clase y su vestuario de noche. Y sus sandalias de tiras doradas.

Alex la escuchaba sin interrumpirla, preguntándose cuántas veces se puede usar la palabra crucero en una sola conversación antes de que el universo decida intervenir. Aguantar a Dalia era, al final, el precio que debía pagar por tenerla como amiga. Y Alex no iba sobrada de amistades.

En el instituto no se metían con ella, pero tampoco había nadie que se muriera por estar a su lado. La mayoría la trataba con esa rara mezcla de indiferencia y recelo; como si intuyeran que en su casa pasaba algo raro.

Y no iban desencaminados, claro, aunque ni de lejos podían imaginarse qué: ¿cómo iban a sospechar que las mujeres con las que vivía eran en realidad diosas venidas a menos?

Las Tías se habían encargado muy bien de ocultar su identidad en Aurora; nadie parecía notar que no envejecían ni preguntarse por qué seguían allí, generación tras generación.

Aun así, algo en Alex los incomodaba, y por eso preferían mantener cierta distancia.

Incluso Dalia, que compartía clase con ella, se comportaba como si no la conociera. Y Alex no se lo reprochaba: Dalia era popular, tenía un estatus que cuidar.

—Nos iremos después de la Noche del Brillo —dijo Dalia.

Alex se llevó una mano a la frente. La Noche del Brillo. Había olvidado por completo que era dentro de tres semanas, y que Cora esperaba que causara una gran impresión.

—¿Qué te pasa? —preguntó Dalia.

—Nada —contestó Alex—. Otra vez la maldita Noche del Brillo, ya sabes.

—No te quejes —dijo Dalia—. Cuando te conviertas en diosa tú también serás la estrella de la noche. Y yo me inclinaré ante ti.

Alex soltó una risa corta.

—No voy a ser diosa, Dalia. Soy mortal —dijo.

—Bueno, ya me entiendes. Y si tanto te fastidia, siempre puedes no ir.

—¿Adónde? —preguntó Alex.

—A la Noche del Brillo —contestó Dalia.

Alex suspiró. Como si fuera tan fácil.

La Noche del Brillo era una absoluta pantomima.

Las Tías y los Astruc fingían que no lo era, claro.

Cada cual por motivos distintos. Ellas porque necesitaban creer que aquello seguía siendo adoración y no una transacción con intereses.

Los Astruc porque preferían llamar tradición a lo que en cualquier otro lugar hubieran denominado inversión a largo plazo .

En teoría, la Noche del Brillo celebraba un momento fundacional: la llegada de las Tías a Aurora.

Según la versión oficial, un 13 de julio en 1640 Valentín Astruc, herbolario, ropavejero y ocultista aficionado con más ambición que sentido común, dibujó un Stróphalos en el suelo de la vieja casa familiar y, aprovechando una de las Fisuras del Velo, invocó a seis diosas: Ishtar, Ereshkigal, Morrigan, Hécate, Anfitrite e Intuición.

Lo que nadie explicaba era cómo había sabido de las Fisuras, de la forma exacta del Stróphalos o del modo de usarlo. Ni siquiera las Tías parecían tenerlo claro. Cada vez que Alex preguntaba obtenía la misma respuesta evasiva:

—Pasó hace mucho tiempo, cielo. No lo recordamos con exactitud.

Lo cual era curioso, porque las Tías recordaban con exactitud guerras, amantes, traiciones y el nombre del pastor que les había ofrecido leche agria en el año 312 antes de no-sabía-qué.

Pero sobre Valentín Astruc, el hombre que supuestamente las había invocado cambiando su destino para siempre, solo tenían niebla.