Mientras seas perfecta #2
—Así que ya lo sabes, niña, es mejor que dejes de corretear por la casa y te vayas a la cama.
Más adelante, Alex supo que Tércot había usado el halo para matar a su madre y que existían motivos de sobra para temer a los Solares, más allá de los cuentos terroríficos de Eca.
No eran el Coco ni una historia para asustar niñas: existían, y las amenazas de las que Eca hablaba sin parar eran reales.
«Reales, pero lejanas», decía siempre Cora, que insistía siempre en que Aurora era un sitio seguro.
Desde luego, más le valía en ese momento pensar como Cora. Obsesionarse con Tércot y con lo que podía hacer no iba a ayudarla en nada. Y esa noche necesitaba toda su concentración.
Según los libros, la necromancia no era tan complicada.
En teoría, bastaba con tumbarse cerca de un muerto, formular una pregunta clara y esperar a que el difunto se dignara a contestar.
Los griegos lo hacían todo el tiempo. O eso decían los textos, escritos por tipos que probablemente no tenían a un demonio Solar respirándoles en la nuca.
Pero lo que Cora exigía no era una simple pregunta y respuesta. Exigía el don de Ereshkigal: la capacidad de oír el último arrepentimiento, esa espina secreta que todos los muertos arrastran consigo y que encierra la única razón por la que, si tuvieran ocasión, desearían volver a vivir.
Alex pausó la cinta. Tenía que invocar a Gerda Prim tres veces, y luego tocaba echarse a dormir. Si hacía bien su trabajo, el muerto hablaba. Si no, significaba que había fallado otra vez.
—Gerda Elisa Prim —dijo.
Nada. Ni caso. Alex tomó aire despacio, dejó que le llenara el pecho y luego lo soltó intentando aquietarse, pero no consiguió mucho. «Los nervios no mejoran la comunicación de los vivos, y mucho menos la de los muertos.»
Lo dijo por segunda vez:
—Gerda Elisa Prim.
Le pareció que unas hojas del ciprés se movían ligeramente, pero bien podía ser un truco de su imaginación.
Estaba a punto de invocar a Gerda por tercera vez cuando oyó un maullido.
Venía, insistente, de una fila de tumbas cercana.
Alex suspiró, se puso en pie y caminó hacia allí.
Era un gatito que había quedado atrapado entre dos tumbas, con una pata encajada en un hueco.
Era diminuto, flaco, y la miraba con una hostilidad exagerada para su tamaño.
—Tranquilo —dijo Alex—. No soy un demonio Solar.
El gato bufó como si lo fuera.
Le llevó un par de minutos ayudarlo a soltarse. En cuanto pudo, el animal salió disparado sin agradecer nada, como alejándose de quien ha sido la causante de su desgracia. Alex regresó al saco con la sensación incómoda de haber hecho algo bien en el momento equivocado.
Debía de haberse quedado dormida antes de invocar el nombre de Gerda Prim por tercera vez, pues al despertar el sol le daba de lleno en la cara y la espalda le dolía por haber pasado horas en la misma posición.
Alex se levantó de golpe, aturdida, y tardó unos segundos en recordar dónde estaba y qué demonios hacía allí. El cementerio. La tumba. La señorita Prim. La ayudó el encuentro con un amigo inesperado: el gato que había rescatado estaba ahora enroscado al pie del saco de dormir, hecho una bola.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Alex.
El gato bostezó y abrió un ojo hasta la mitad. Cuando Alex acercó la mano para acariciarlo, el maldito bicho le mordió el dedo con fastidio, con lo cual dejó muy claro que no estaba allí para mejorar sus relaciones sociales. Alex retiró la mano y el gato volvió a ovillarse y cerró los ojos.
Alex sintió un poco de rabia, un poco de ternura y muchísima envidia.
Los gatos no cargan con la losa de una herencia divina.
Nadie espera nada de ellos, excepto que duerman tranquilos y que jueguen.
Que sueñen, quizá. Ella, en cambio, no había soñado nada, ni había visto señales de Gerda Prim ni había escuchado voces, y si la odiosa maestra había tenido algo de lo que arrepentirse antes de cruzar al otro lado, se lo había llevado a la tumba.
En fin, que ya podía apuntarse una marca más en la lista de intentos fallidos de necromancia.
No muy lejos de allí, se dejaron oír las voces de los primeros visitantes del cementerio, que le llegaban amortiguadas por la distancia. «¿Quieres venirte conmigo?», le preguntó al gato, pero la criatura estiró las patas, se deslizó entre las plantas y desapareció.
Alex guardó su saco en la mochila y se escondió detrás de un panteón cubierto de hiedra. Las voces se acercaron, pasaron de largo y se alejaron otra vez. Entonces salió de su escondite y dejó el cementerio.
Era una mañana digna de una fotografía publicitaria.
Perfecta. Alex se detuvo un instante para contemplar el pueblo desde la colina, elevada como un mirador natural sobre el Mediterráneo.
Bajo esa luz limpia, Aurora parecía una postal idílica; incluso la horrenda conservera de los Astruc, con su silueta industrial y oxidada, se veía extrañamente hermosa recortada contra el azul del mar.
La casa de tres plantas de las Tías estaba situada un poco más allá del cementerio, al final de una carretera sinuosa que trepaba la colina de Los Altos.
No aparecía de golpe, sino que se insinuaba entre los pinos y los eucaliptos: primero, una gran verja de hierro forjado, después, una torre que parecía salida de otro siglo, y, finalmente, la estructura completa, enorme, inverosímil, como diseñada por alguien que hubiera querido construir una mansión a partir de una decena de trozos de planos diferentes.
La casa tenía columnas, pero también vitrales, y varios balcones, una cúpula y una galería vidriada.
Los muros cambiaban de color según el ángulo de la luz, y ninguna ventana tenía el mismo tamaño que otra.
Vista desde lejos, parecía una villa señorial venida a menos.
Vista de cerca, parecía algo salido de la mente del doctor Frankenstein de los constructores.
Alex empujó la verja y cruzó el exuberante jardín delantero de Cora, que a esas alturas del año estaba en su punto máximo.
Ninguna especie parecía podada, ni domesticada, ni siquiera ubicada en un lugar razonable.
Cora decía que el jardín era una expresión de su poder.
Alex opinaba que era un milagro que todavía se pudiera atravesar sin un machete.
Subió los tres escalones de piedra, abrió la puerta principal y entró. En el vestíbulo, el aire olía a incienso y a café recién hecho. Iba a dejar la mochila en el perchero cuando desde la cocina le llegaron las voces de Eca y Cora. Estaban discutiendo.
—No sé por qué te empeñas —dijo Eca—. Es evidente que Alex no da la talla.
—Quizá la daría si tú te dignaras a ayudarme —respondió Cora—, si le enseñaras ciertas cosas. Tú conoces el Inframundo mejor que yo. Mejor que Ereshkigal, incluso. ¿O ya se te ha olvidado quién solías ser, Hécate?
—No seas estúpida. Claro que no lo he olvidado.
—Entonces, ¿por qué te ensañas con Alex? Ereshkigal también te habría pedido ayuda con ella.
Una taza golpeó la encimera con más fuerza de la necesaria.
—¿Para qué? Que tu hermana estuviera convencida de que su hija era especial no la hace especial. Las madres ven milagros donde no los hay.
—¿Y tú qué sabes lo que ven las madres?
—Puede que nada —respondió Eca con la dureza de una piedra—. Pero escúchame bien: un día, por culpa de esa chica, vas a cometer una estupidez. Y esa estupidez va a ponernos en riesgo a todas.
—¿Qué estás insinuando, Hécate? —preguntó Cora con el orgullo herido asomando entre sus palabras.
—Digo que Aurora ha dejado de ser un refugio seguro —respondió Eca—. Por mucha voluntad que le ponga, ella sola no es capaz de vigilar cada rincón de estos bosques.
¿Ella? ¿Quién era «ella»?
¿Hablaba de su tía Mora? ¿O quizá de Brisa? A veces a las Tías les daba por patrullar los bosques de Los Altos, ese lugar donde, según ellas, el aire vibraba de una forma distinta.
Cora le había explicado el motivo. Aurora era una anomalía: uno de esos puntos donde la frontera entre el mundo divino y el mortal se había vuelto tan fina que casi se transparentaba.
A esa grieta la llamaban la Fisura del Velo. Gracias a ella las Tías habían cruzado al mundo mortal. Y fue esa misma fisura la que Valentín Astruc aprovechó.
—Llegará el día en que vendrán a por nosotras —advirtió Eca bajando la voz—. Y cuando eso ocurra, Alex no será nuestra salvación. Será un estorbo.
—No lo veo de ese modo —replicó Cora.
—Pues deberías —sentenció Eca sin perder la calma pétrea que siempre intimidaba a su sobrina—. Míranos bien, Ishtar: somos vulnerables. El Brillo nos está drenando la vida, y la devoción de los Astruc es lo único que nos sostiene. Pero es tan poca que apenas alcanza para mantenernos en pie.
Alex se quedó quieta en el vestíbulo, conteniendo la respiración.
No era común que las Tías se llamaran por sus nombres verdaderos.
Cuando lo hacían era porque estaban realmente molestas.
Lo mejor sería subir a su cuarto sin que la vieran.
Dio un paso hacia las escaleras con todo el cuidado posible, pero una tabla del suelo crujió.
La conversación se interrumpió al instante y Cora asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—Ah, ahí estás —dijo—. Ven.