La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Mientras seas perfecta
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La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1)

La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1)

Por Greta Thompson

© inepub.com

Mientras seas perfecta

Mientras seas perfecta

En lo más alto de la ladera, donde el cementerio se inclinaba tanto que las lápidas parecían agarrarse a la tierra para no deslizarse colina abajo, Alex Héspero mordisqueaba la gomaespuma de los cascos de su discman.

Tenía dieciséis años y odiaba las noches en el cementerio.

Habría preferido estar en clase de matemáticas.

Incluso en urgencias esperando a que le cosieran un corte en la frente.

Cualquier cosa antes que otra sesión nocturna de necromancia.

—¿Es que esos dos no tienen una casa adonde ir? —preguntó la tía Cora.

Cora caminaba en círculos y se la veía más nerviosa con cada paso que daba.

Los siete centímetros de tacón de sus zapatos se hundieron ligeramente en la tierra blanda, pero la mujer no perdió el equilibrio.

Era hermosa, alta y deslumbrante, y aquella noche llevaba su melena azabache suelta sobre los hombros y un vestido de seda rojo, «ideal para una visita nocturna al cementerio».

Lo cierto es que los dos familiares de la señora Prim no tenían ninguna intención de marcharse pronto, lo cual a Alex ya le iba bien.

Gerda Prim —la señorita Cerda — había sido su profesora de primaria, y Alex no guardaba un buen recuerdo de ella.

Una vez había insinuado delante de toda la clase que la casa en la que vivían ella y sus tías era un burdel.

Alex no tenía la menor idea de qué le diría a la señorita Prim si la necromancia funcionaba esa noche. Quizá algo como: «Me parecía usted una persona horrible y me alegra que esté muerta». O tal vez: «Qué buena ocurrencia morirse justo el primer día de vacaciones y joderme el verano, señora».

Algo sencillo y sincero.

Eso siempre que la muerta estuviera disponible para hablar.

—Da la sensación de que no van a irse nunca, ¿verdad? —dijo Cora.

—Supongo que la señal está ahí para quien quiera verla. No es nuestra noche, Cora —contestó Alex.

Pero la tía Cora no quería ni hablar de señales. La señora Prim se había muerto, y Alex tenía que aprovechar las circunstancias de dicha muerte a su favor para sonsacarle a la difunta una respuesta. Al final, todo se reducía a lo mismo.

—¡Oye! Tú también estás perdiendo la paciencia —reclamó Alex.

—Lo sé, y estoy siendo por ello una mala mentora. —Hizo una breve pausa y suspiró—. Escucha..., en tiempos de la abuela Ningal...

Alex se dejó caer sobre la hierba con un suspiro. Genial. Otra batallita de la abuela Ningal. Cuando a Cora le daba por ahí, ya sabías dos cosas: que la historia iba para largo y que, al final, te comías una moraleja. Algún rollo sobre lo que significaba ser una diosa .

—En tiempos de la abuela Ningal —repitió Cora— hubo una aldea donde un río dejó de fluir de un día para otro. Así, sin más. Un día el agua cantaba entre las piedras y, al siguiente, nada. El pueblo entró en pánico. Incluso los dioses daban vueltas sin saber qué hacer.

—Qué raro.

—Pero Ningal no se desesperó —continuó Cora, imperturbable—.

Caminó sola hasta el lecho del río, se sentó en el fango y se quedó allí.

Quieta. Sin hablar. Pasaron los días, luego las semanas...

Y, cuando todos la daban por loca, el agua volvió.

Pero no por su antiguo cauce: brotó justo debajo de ella y abrió un camino nuevo. Eso es la paciencia, Alex.

—Lo de la abuela Ningal pasó hace mil años, Cora. No le veo el punto —dijo Alex—. Tus historias de la Edad de Piedra no van a hacer que la señorita Cerda se levante y me confiese sus pecados. Estamos perdiendo el tiempo. Y de mala manera.

Cora se irguió con toda su considerable estatura sobre los afilados tacones.

—¿Me harás el favor de no hablar como una mortal? Las diosas no perdemos el tiempo . El tiempo es creación nuestra; ¿cómo podríamos perderlo? —dijo.

Alex alzó la cabeza y la miró como si quisiera atravesarla. Por mucho que lo intentara, no soportaba que Cora usara el término mortal de manera despectiva.

—Mi padre era mortal, ¿recuerdas? —dijo por fin.

Cora puso los ojos en blanco.

—Y tu madre, Elena..., Ereshkigal, era una diosa. Como lo soy yo. Como lo son tus otras tías también. Y tú lo llevas en la sangre... a pesar de tu padre.

Puede que lo llevara en la sangre, pero hasta donde Alex sabía las diosas no sacaban satisfactorios en el instituto ni golpeaban el aire cada vez que intentaban darle a una pelota de vóley y, claramente, no se despertaban con pesadillas y empapadas de sudor después de ver según qué películas, y mucho menos fracasaban cada vez que tenían que usar el estúpido poder con el cual se suponía que habían nacido.

Hacía ya tiempo que aceptaba la realidad: era una chica humana vulgar, sencilla, sin atributos; una chica sin demasiado valor. Todo el mundo lo veía claro menos Cora.

La tía Cora se hartó de esperar y lanzó una mirada gélida hacia los dos familiares de Gerda Prim.

De pronto, ambos se estremecieron. El hombre mayor se frotó los brazos, sacudido por un escalofrío, y apoyó la mano en el hombro del otro con urgencia.

Sin decir nada, dieron media vuelta y empezaron a alejarse.

—¿Qué has hecho? —preguntó Alex.

—¿Yo? Yo no he hecho nada —dijo Cora.

Cuando los hombres desaparecieron tras la tapia, Cora sonrió, satisfecha por haber hecho el mundo un poco más manejable. Alex sintió justo lo contrario a la satisfacción: ya no había excusas. Ahora, le gustara o no, le tocaba a ella.

—Ve y haz lo tuyo —dijo Cora—. Te estaré esperando en casa.

Haz lo tuyo. Como si fuera tan simple. Ve y despierta de una vez los poderes que heredaste de tu madre mientras yo, Ishtar, me retiro a beber algo fuerte.

Cora dio media vuelta y se alejó por el sendero zigzagueante. Alex se colocó bien los cascos, recogió la mochila del suelo y se puso en pie.

Luego pulsó play y bajó la colina.

En la cinta, Alanis Morissette cantaba Perfect .

De todas las canciones posibles, esa era a la vez la más inapropiada y la más adecuada para el momento: hablaba de padres que querían hijos impecables y de hijos que se dejaban la piel para merecer una mirada de aprobación.

Alex entendía unas pocas frases de aquella letra en inglés.

El resto lo rellenaba con el estribillo, que le recordaba a Cora, a las Tías y a la sombra de su madre muerta: todas le exigían que fuera perfecta.

Alex se detuvo frente a una placa de bronce: S IEMPRE QUERIDA.

S IEMPRE RECORDADA . Un segundo cartel, apoyado en un jarrón de plástico verde, añadía: V UELA ALTO, MAESTRA , y estaba firmado por la Asociación de Madres y Padres.

A Gerda Prim, que despreciaba casi cualquier iniciativa escolar que no se le hubiera ocurrido a ella, ese cartel la habría hecho toser de risa.

Alex halló un sitio sin pedruscos debajo de un ciprés.

El olor dulce y denso de los crisantemos la golpeó de lleno.

La tumba de la señorita Prim estaba cubierta de flores y coronas recientes.

«Demasiadas», pensó. Desde luego, no se las había ganado.

Arrastró algunas hasta una sepultura olvidada, unos metros más allá, las acomodó con cuidado y volvió a su sitio.

Cualquiera habría podido creer que diez años durmiendo junto a tumbas eran suficientes para acostumbrarse. Pues no. A Alex no le resultaba nada fácil estar allí. Se le tensaban los músculos. Le latía el corazón demasiado rápido. Se sobresaltaba por nada. Ni siquiera Alanis la ayudaba en eso.

¿A qué le temía? No era a las sombras, ni a los espectros ni a los muertos vivientes.

No. Le tenía miedo a otra cosa, más concreta que un presentimiento y más nítida que el crujido de una rama en mitad de la noche.

Era un miedo con forma y bordes. Uno que podía aparecer tanto a medianoche como a pleno día. Y capaz de morder en cualquier momento.

Llevaba desde los cinco años conviviendo con el miedo. Todo había empezado una noche en la que se había negado a irse a dormir. Estaba jugando en el pasillo, haciendo ruido para fastidiar, cuando tía Eca se le acercó por detrás, se inclinó hasta que su aliento le rozó la oreja y le susurró:

—Si no te duermes ahora mismo, vendrán los demonios Solares y te comerán. Como hicieron con tu madre.

Para dejar claro que hablaba en serio, la llevó a su habitación y le mostró uno de esos óleos horribles que solía pintar con enfermiza dedicación.

—Ese es Tércot —dijo Eca como quien nombra una planta del jardín—. El demonio Solar que mató a tu madre. Y vendrá a por ti si no dejas de corretear por la casa y molestarme.

En el centro del cuadro había una criatura monstruosa con cuerpo humano y cabeza de jabalí que vestía una sotana rematada con un alzacuello blanco. Eca le explicó que así se vestían los demonios Solares Infernales.

El jabalí sostenía con la mano izquierda un objeto con forma de espiral blanca que Alex confundió con un látigo.

—Como Indiana Jones.

Eca le dio una colleja.

—No seas necia —le dijo—. Eso es el halo de los Solares, la luz que devora todo lo que toca.

Eca apoyó el dedo índice en la frente de Alex y lo deslizó por la nariz, la boca y el mentón de la niña.

—Primero sientes el calor en la piel —dijo—. Allí donde el halo toca, la carne se ampolla, se abre en grietas húmedas y supura antes de carbonizarse.

Su dedo descendió lentamente por la garganta de Alex y siguió hasta el pecho, deteniéndose en el nacimiento del esternón.

—Luego atraviesa la epidermis y baja por la grasa y el músculo, extendiéndose hacia los órganos, corrosivo e imparable. El corazón se acelera sin control —dio un par de golpecitos suaves sobre el pecho de Alex—, golpeando contra las costillas mientras el cuerpo entra en pánico.

Hizo una pausa breve antes de continuar.

—Después llega a las venas. La sangre empieza a hervir; cada latido extiende el daño un poco más. Los pulmones fallan. Respirar se vuelve un infierno... —sus dedos se apartaron finalmente— y no hay nada que hacer. Solo esperar mientras te consume por dentro.

Sus ojos se fijaron en Alex.