La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Mientras seas perfecta #3
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Mientras seas perfecta #3

Alex obedeció y entró en la cocina arrastrando los pies.

Eca la miró de reojo con esa expresión de desagrado permanente que parecía esculpida en su cara desde el inicio de los tiempos.

No hacía falta que dijera nada: su juicio estaba escrito en cada músculo tenso de la mandíbula.

No era una persona simpática y su atuendo tampoco ayudaba.

Siempre iba enfundada en uno de esos vestidos oscuros de corte victoriano, como sacados de un catálogo de médiums del siglo XIX .

—¿Y bien? —preguntó Cora.

Alex negó con la cabeza.

—Bueno —dijo Cora como quien todavía puede convencerse de que nada está perdido—, ya habrá otra oportunidad.

Eca resopló y se acercó a la encimera, donde empezó a prepararse uno de sus apestosos tés.

—Quizá si tía Eca me prestara el Stróphalos, lograría algo más útil que sentarme a esperar a que los muertos decidan hablarme —se atrevió a decir Alex.

Eca reaccionó al instante y se llevó la mano al medallón que colgaba de su pecho. Era un disco de plata grabado con un entramado de líneas en espiral que se enroscaban alrededor de una piedra de lapislázuli. Una serpiente hecha laberinto.

—¿Qué has dicho? —preguntó ella.

—Ya me has oído.

Eca estaba horrorizada. No enfadada: horrorizada. Incluso Cora se había quedado con la boca abierta y la miraba en plan: «Pero ¿tú sabes lo que le estás pidiendo? ¿Has perdido la cabeza? ¿O es que te apetece morir joven?».

Alex no amaba especialmente el peligro, la verdad, pero le encantaba joder a Eca. Y era muy consciente de lo que acababa de pedir.

El Stróphalos: llave entre mundos.

Eca lo había forjado cuando aún era una divinidad poderosa, antes de la decadencia y mucho antes de Aurora, como un artefacto capaz de abrir umbrales, cruzar al Inframundo y regresar cuando quisiera.

Claro que en Aurora ya no quedaban puertas que franquear —y más les valía a las Tías no intentarlo si querían seguir vivas—, y el Inframundo había dejado de ser territorio amigo.

Ahora tenía otros dueños: los Solares. Lucifer y su corte de supuestas divinidades de la Luz, los mismos que habían expulsado a Ereshkigal de su propio trono para imponer su nueva era.

Los mismos que, milenios después, habían matado a su madre.

Por eso, en Aurora, el Stróphalos había quedado reducido a algo mucho más modesto: un talismán.

Supuestamente, podía detectar la presencia de los Solares si alguna vez encontraban la forma de entrar en el pueblo.

Y, si quien lo llevaba sabía exactamente cómo usarlo, también podía contrarrestar el halo.

Absorber su luz. Frenarla antes de que empezara a arrasar. Siempre que reaccionara a tiempo.

Sea como fuere, Alex no podía dejar de pensar que, si aquel trasto conservaba siquiera una chispa de su antigua condición de llave, tal vez podría servir para algo más que colgar del cuello de Eca.

Quizá podría usarlo para arrancarles a los muertos su último arrepentimiento.

Si el Stróphalos había abierto puertas al Más Allá durante siglos, no parecía tan descabellado imaginar que también pudiera forzar a los muertos a hablar.

El problema era evidente: Eca no se lo prestaría ni borracha.

—No vuelvas a decir eso —dijo—. No te atrevas a pedírmelo nunca más.

—¿Por qué no? —replicó Alex encogiéndose de hombros—. ¿No es tu medallón de poder? ¿El gran amuleto cósmico que conecta este mundo con el Más Allá? Venga, Eca, déjamelo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Eca la miró con puro odio.

—No se trata del medallón —dijo—, se trata de quién lo usa. Tú no lograrías nada, créeme.

—¡Bueno! —interrumpió Cora—. Creo que ha llegado el momento de que Alex se dé un buen baño con sales y descanse un poco.

Abrió un cajón y sacó un pequeño frasco de vidrio opaco lleno de píldoras blancas como dientes.

—Y toma tus vitaminas —añadió—. Ya sabes cómo se pone el cuerpo cuando el alma se estresa.

Le puso dos pastillas en una mano y el vaso de agua en la otra. Luego la empujó suavemente hacia la puerta.

En cuanto Alex se alejó por el pasillo, las Tías retomaron la discusión, esta vez en susurros cortantes. Ella subió las escaleras sin ganas, más por dejar de verlas que por convicción.

En el primer piso oyó a Brisa canturrear en la ducha. En su habitación, Mora discutía a gritos por teléfono con algún proveedor sobre un lote de cebada que había llegado medio fermentado.

Alex cerró la puerta de su cuarto, se sentó en el borde de la cama deshecha, abrió la mano y observó las dos píldoras en silencio. Luego dejó el vaso en el suelo, se acercó a la ventana, la abrió y las lanzó al jardín.

Fue entonces cuando la vio: una chica bajaba en bicicleta por la carretera de Los Altos.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y un mechón azul eléctrico que flotaba al viento como una bandera.

Alex se quedó quieta mirándola. No la conocía; era la primera vez que veía a alguien nuevo por allí.

La chica frenó la bicicleta, la miró fijamente, y siguió pedaleando cuesta abajo. Le pareció que le sonreía. Pero luego se dijo que no. ¿Quién iba a sonreírle al fracaso?