La casa de las aguas negras CAPÍTULO 35 — UN CASO ARCHIVADO #2
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CAPÍTULO 35 — UN CASO ARCHIVADO #2

Enumeraba fechas.

8 de noviembre de 1977: desaparición.

Denuncia.

14 de febrero de 1978: hallazgo del cuerpo.

Incineración.

Archivo.

Al final, una frase:

NO SE FUE. ESTUVO AQUÍ.

La tirada fue de quinientos ejemplares.

La mayoría acabó en buzones, mesas de bar o papeleras.

Silvestre guardó uno.

Feliciana también.

La visitó por última vez a finales de verano.

Había dejado los sedantes. Parecía más cansada y, al mismo tiempo, más presente.

Sobre la mesa estaba el boletín.

—Al menos han puesto bien la edad —dijo.

Silvestre no supo si era una broma.

—Le traigo copias.

Dejó un sobre: la declaración de octubre, partes del informe de Remei, fotografías de la libreta, la resolución de archivo.

Feliciana lo miró.

—¿Para qué quiero la resolución?

—No lo sé.

—Quiero saberlo.

Silvestre pensó.

—Para que nadie pueda contarle otra versión dentro de diez años.

La mujer abrió el sobre.

—¿Quién la mató?

Era la pregunta que él había temido.

—No lo sé.

—¿Berrocal?

—No puedo demostrarlo.

—No le he preguntado qué puede demostrar.

Silvestre miró la mesa.

—No sé quién puso las manos sobre ella al final.

—¿Y quién la encerró?

—Personas de su entorno. Nogués, Castany, empleados de Terralta. Mercadal supo que estaba retenida y no la sacó.

Feliciana cerró los ojos.

—¿Su padre sabía?

—Sabía suficiente.

La misma frase que había perseguido a Silvestre durante años.

Feliciana asintió.

—Entonces ya está.

—No.

—Para mí sí.

—No hubo condena.

La mujer levantó la vista.

—Inspector, usted sigue creyendo que las cosas existen cuando un juez les pone sello.

Silvestre recibió el golpe.

—Ya no soy inspector.

—Mejor.

Durante un momento ninguno habló.

—¿La buscó? —preguntó Feliciana.

—Sí.

—¿De verdad?

Silvestre pensó en todas las veces que había llegado tarde.

—Sí.

La mujer asintió.

No dijo gracias.

Él lo agradeció.

En la puerta, Feliciana lo llamó.

—Amat.

Se volvió.

—No haga de mi hija otra forma de castigarse.

Silvestre sintió una resistencia inmediata.

—No hago eso.

Feliciana lo miró como si estuviera cansada de hombres que mentían mal.

—Claro.

Cerró la puerta.

Durante años recordaría aquella palabra.

No como perdón.

Como advertencia.

En septiembre encontró trabajo llevando contabilidad sencilla y recados para una pequeña empresa de suministros. Ganaba menos. Dormía algo mejor. Algunos días no pensaba en la comisaría hasta la tarde.

Otros, al despertar, buscaba la placa en la mesilla antes de recordar que ya no estaba de servicio.

La vieja chapa de 1954 seguía en un cajón.

No la tiró.

Todavía no.

Durante el otoño hubo dos procedimientos distintos sobre la marisma y ninguno preguntó realmente lo mismo.

El primero investigaba el disparo a Ventura. El segundo, la paliza a Baeza. Rosalinda aparecía en ambos como antecedente, casi como una circunstancia meteorológica.

Silvestre declaró tres veces.

En la primera sesión le preguntaron por qué había acudido de noche a una propiedad vinculada a Terralta sin orden judicial.

—Porque teníamos indicios de que podían destruir pruebas.

—¿Qué indicios?

Silvestre enumeró la maqueta, el libro de Brion, la llave entregada a Teresa, las referencias del diario.

El instructor tomó notas.

—¿Disponía de autorización?

—No.

La palabra pareció pesar más que todo lo anterior.

En la segunda sesión hablaron de Baeza.

—¿Reconoce haberlo golpeado cuando ya estaba en el suelo?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—No lo sé.

—¿Perdió el control?

Silvestre pensó en Alèxia agarrándole el brazo.

—Sí.

Su abogado le había aconsejado evitar aquella palabra.

No la retiró.

En la tercera sesión preguntaron por Mercadal. Silvestre entregó su relato escrito de la conversación. El instructor lo leyó y apoyó las hojas sobre la mesa.

—El señor Mercadal niega haber formulado estas afirmaciones en esos términos.

—Claro.

—¿Tiene testigos?

—No.

—Entonces comprenderá la dificultad.

Silvestre miró la pared.

—La llevo comprendiendo desde febrero.

Noguera terminó declarando sobre la hoja encontrada fuera del expediente y sobre la presencia de Rosalinda en comisaría. Le abrieron una información reservada por acceso indebido a documentación.

—Mi mujer dice que soy imbécil —le contó a Silvestre en un café.

—Tiene criterio.

—También dice que, si me echan, te mande a ti las facturas.

—Eso ya es menos razonable.

Noguera sonrió. Luego se puso serio.

—No sé si sirvió de algo.

—Quedó escrito.

—Eso dices mucho.

—Porque durante años vi lo que pasa cuando no queda escrito.

El agente removió el café.

—¿Y si nadie lo lee?

Silvestre miró por la ventana.

—Entonces al menos tendrán que decidir no leerlo.

La diferencia era mínima.

Seguía importándole.

La asociación de vecinos imprimió quinientos folletos con el nombre de Rosalinda y una frase sencilla: NO SE FUE. ESTUVO AQUÍ. No acusaban a Berrocal ni a Mercadal. No podían. Contaban las fechas conocidas: desaparición, denuncias, visita a comisaría, hallazgo del cuerpo, archivo.

Los repartieron en mercados, bares y portales.

Una mañana Silvestre encontró uno pegado frente a la antigua comisaría.

Alguien había escrito debajo: ¿Y QUIÉN LA ESCUCHÓ?

A mediodía el papel había sido arrancado.

Quedó un rectángulo más limpio en la pared.

Silvestre lo contempló durante varios segundos.

Las superficies limpias seguían diciéndole demasiado.

En diciembre, España votó una Constitución.

Silvestre siguió los resultados por la radio del bar Soler. Anselmo le sirvió café.

—¿Y? —preguntó el tabernero.

—¿Y qué?

—¿Ha cambiado el país?

Silvestre miró alrededor.

Unos celebraban. Otros discutían. Un hombre leía el periódico sin participar.

—Hoy ha cambiado una ley importante.

—No es lo mismo.

—No.

Anselmo limpió un vaso.

—Antes habrías dicho algo más amargo.

—Estoy cansado.

—Eso también cambia a la gente.

Silvestre bebió el café.

No quería usar a Rosalinda para explicar un país entero.

Eso también sería reducirla.

Había sido una muchacha de quince años asesinada después de pedir ayuda.

El Estado, la Transición, los constructores y los jueces eran parte de la historia porque habían determinado lo que ocurrió y lo que no ocurrió después.

Pero Rosalinda no había muerto para representar nada.

Había muerto porque personas concretas tomaron decisiones concretas y otras eligieron no interrumpirlas.

Aquella diferencia empezó a importarle.

En enero de 1979 recibió una carta de Ventura.

Trabajaba en el almacén de su tío. Su madre seguía cocinando mal el arroz. Había empezado a estudiar por las noches para presentarse a unas oposiciones administrativas.

Al final escribió:

No sé si hice bien entrando en la policía. Tampoco sé si hice bien saliendo. Supongo que usted diría que no saberlo es más honrado. No se acostumbre: sigo pensando que a veces usa la duda para esconderse.

Silvestre sonrió.

Guardó la carta junto al boletín de Rosalinda.

La placa vieja permaneció en otro cajón.

Separada.

Como debía estar.

El caso estaba archivado.

La historia no.