La casa de las aguas negras CAPÍTULO 35 — UN CASO ARCHIVADO
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CAPÍTULO 35 — UN CASO ARCHIVADO

ARCHIVO PROVISIONAL POR FALTA DE INDICIOS SUFICIENTES.

L a frase ocupaba una línea.

Todo lo demás ocupaba vidas.

Silvestre leyó la resolución en un despacho que ya no era suyo.

Llevaba semanas suspendido de funciones mientras se aclaraba lo ocurrido en la marisma y la paliza a Julián Baeza.

Su arma había sido retirada. La credencial seguía en una caja de custodia.

Nadie había decidido todavía si era un policía apartado o un hombre que ya no pertenecía a ninguna parte.

El nuevo comisario se llamaba Esteban Roca.

Cuarenta años, traje claro, modales educados, un vocabulario lleno de palabras que no se usaban allí cuando Silvestre entró en el cuerpo: profesionalización, garantías, confianza ciudadana, reforma.

Roca dejó la resolución sobre la mesa.

—Lo siento.

Silvestre la volvió a leer.

—No es culpa suya.

—No he dicho eso.

—Ya.

El expediente principal quedaba archivado.

El incidente de la marisma se tramitaba por separado.

Baeza reconocía haber acudido al lugar por encargo de una empresa de seguridad, pero sostenía que solo pretendía recuperar documentación «obtenida de forma ilícita».

Negaba haber disparado a Ventura. Aseguraba que el segundo hombre había sido contratado por otra vía y que no conocía su nombre.

El arma que hirió al joven no apareció.

La cámara desapareció aquella noche.

Las fotografías previas de la conducción y del pozo se perdieron con ella.

La hebilla, el fragmento de tela y el botón oscuro llegaron al laboratorio, pero ninguno podía vincularse de manera concluyente con Rosalinda. El hilo encontrado bajo una uña del cadáver ya no estaba disponible para comparación. Las páginas arrancadas del informe forense seguían sin aparecer.

El papel con la dirección de Feliciana y la anotación E. ROCA — coche 17 provocó otra discusión. Silvestre admitió haberlo retirado del bolsillo de Baeza antes de que llegara la patrulla. La defensa alegó contaminación y ruptura de custodia. Eusebio Roca no pudo ser localizado.

Había dejado el piso donde vivía.

También el trabajo.

Un cuñado dijo que se había marchado a Francia.

Nadie consiguió demostrarlo.

—No es que no haya cosas —dijo Roca—. Es que no forman una cadena.

Silvestre miró la carpeta.

—Forman una historia.

—Un juez necesita otra cosa.

—Lo sé.

Aquello era quizá lo que más le cansaba: lo sabía.

Nogués declaró que la pulsera había sido entregada a Feliciana por petición de Rosalinda, quien supuestamente quería devolverla antes de «ausentarse voluntariamente». Feliciana, sometida a interrogatorios repetidos y todavía medicada, dio dos versiones distintas sobre la fecha exacta.

Castany admitió haber gestionado un posible viaje al extranjero, pero aseguró que se trataba de una propuesta legal para evitar «conflictos familiares». Negó cualquier retención.

Berrocal reconoció ante el juez, en privado, que era el padre biológico. Negó haber ordenado secuestro, violencia o muerte. Presentó pagos efectuados durante años como prueba de que se había ocupado de Rosalinda.

Barnet consideró que esos mismos pagos podían interpretarse como ayuda familiar.

Mercadal fue trasladado a un puesto administrativo.

No sancionado.

Trasladado.

Remei recibió tres meses de suspensión por irregularidades en custodia documental y por elaborar un informe fuera del cauce jerárquico.

Bru Brion pidió jubilación anticipada.

Ventura presentó la baja voluntaria desde el hospital.

Álvaro Nogués siguió ejerciendo.

Josep Castany siguió ejerciendo.

Néstor Berrocal siguió construyendo.

Y Rosalinda siguió muerta.

Roca cerró la carpeta.

—Su expediente disciplinario puede resolverse favorablemente.

Silvestre levantó la vista.

—¿A cambio de qué?

—No es un intercambio. Se plantea un traslado.

—¿Dónde?

—Documentación. Pasaportes. Algo tranquilo.

Silvestre sonrió.

—Una salida.

—Sí.

—¿Para quién?

Roca no respondió.

Silvestre sacó del bolsillo la credencial de servicio que Casado le había devuelto esa mañana. La dejó sobre la mesa junto con la chapa en uso.

—No la necesito.

—Piénselo.

—Llevo pensándolo desde 1954.

—La policía está cambiando, Amat.

Silvestre miró el escudo metálico.

—Eso espero.

—Precisamente por eso hacen falta hombres con experiencia.

—Mi experiencia es parte del problema.

Roca se inclinó hacia delante.

—No puede responsabilizarse de todo lo que hizo la institución antes de usted ni durante usted.

—No lo hago.

—Entonces no entiendo.

Silvestre tardó.

—Me responsabilizo de lo que hice yo. Y de lo que elegí no ver cuando podía haber mirado un poco más.

—Eso no se arregla dimitiendo.

—No estoy arreglando nada.

La respuesta pareció desconcertar al nuevo comisario.

Silvestre empujó la credencial hacia él.

—Póngale el nombre administrativo que quiera.

—¿Renuncia?

—Ese sirve.

Roca tomó aire.

—Puede arrepentirse.

—Ya tengo práctica.

Salió del despacho sin esperar permiso.

En su mesa había una caja de cartón.

No guardaba muchas cosas. Una taza descascarillada.

Dos bolígrafos. Un cenicero. La navaja vieja que había llevado al Segre siendo joven.

Una fotografía de Alèxia y Jordi. El dibujo de una casa con un río azul que un niño había dejado entre papeles requisados en 1974 y que, por razones que nunca supo explicar, había terminado en uno de sus cajones.

Noguera apareció en la puerta.

—Pensaba que te ibas mañana.

—Yo también.

El sargento miró la caja.

—¿De verdad?

—Sí.

Noguera cerró la puerta.

Sacó un sobre del interior de la chaqueta.

—Coll guardaba copias de cosas que le parecían raras.

—¿Coll?

—Decía que los papeles oficiales servían para envolver bocadillos cuando dejaban de ser oficiales.

Silvestre tomó el sobre.

Dentro había una copia al carbón de una declaración fechada el 27 de octubre de 1977.

ROSALINDA VEGA SERRANO.

La muchacha afirmaba que Néstor Berrocal era su padre y que personas de su entorno la estaban presionando para que firmara una renuncia. En la última línea se leía:

Solicita hablar con funcionario distinto por considerar que puede existir relación entre el señor Berrocal y mandos de esta dependencia.

Silvestre dejó de leer.

—¿Dónde estaba esto?

—Entre partes viejos.

—¿Mercadal lo sabía?

Noguera miró hacia el pasillo.

—Mercadal sabía casi todo.

—¿Por qué me lo das ahora?

—Porque ya te vas.

—Eso no es una razón.

Noguera apretó los labios.

—Porque yo estaba de servicio el día que vino la chica.

Silvestre esperó.

—La vi salir con Castany —continuó—. Pensé que sería un asunto de familia. Después desapareció. Luego apareció muerta. Y no dije nada.

—¿Por qué?

—Porque Mercadal dijo que estaba controlado.

Silvestre sintió cansancio, no rabia.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no lo está.

—Nunca lo estuvo.

Noguera asintió.

—Ya.

Silvestre hizo una copia antes de entregar el documento al juzgado. Barnet incorporó la hoja como diligencia tardía y sostuvo que su autenticidad no podía acreditarse con seguridad. Coll estaba enfermo y afirmó no recordar cuándo la había copiado. Mercadal dijo que nunca había visto aquel carbón.

El caso no se reabrió.

Durante unos días Silvestre sintió una furia infantil ante la idea de que una prueba pudiera aparecer demasiado tarde.

Después entendió que no era demasiado tarde.

Era el sistema funcionando a su tiempo.

Una semana después visitó a Ventura.

El joven ya caminaba sin bastón, aunque movía el hombro con cautela. Había perdido peso.

—Mi madre está encantada —dijo—. Dice que por fin tengo un trabajo que no me puede matar.

—¿Qué trabajo?

—Mi tío me mete en un almacén.

—Puede matarte.

—No tan institucionalmente.

Silvestre lo miró.

Ventura sonrió.

—Eso sí era una broma.

—Mala.

—Estoy practicando.

Se quedaron en silencio.

—He oído lo de la renuncia —dijo el joven.

—Las noticias vuelan.

—¿Y ahora qué?

—Buscaré trabajo.

—¿En qué?

—En algo donde no me den una placa.

Ventura bajó la vista hacia la cicatriz.

—No fue culpa suya que me dispararan.

Silvestre tardó en responder.

—No digas eso.

—Yo fui porque quise.

—Eso es verdad.

—Y el otro también.

—¿Cuál?

—Que usted no apretó el gatillo.

Silvestre miró por la ventana del hospital.

—Las verdades pueden coexistir sin absolverse.

Ventura se rio suavemente.

—Ya habla como Remei.

—Eso sí es preocupante.

El joven extendió la mano.

Silvestre se la estrechó.

—¿Lo volvería a hacer? —preguntó Ventura.

—¿La investigación?

—Todo.

Silvestre pensó en Remei suspendida, en Alèxia vigilada, en Feliciana obligada a recordar cada detalle, en Baeza inconsciente bajo sus puños, en la bala atravesando el hombro de Ventura.

—No sé.

El joven frunció el ceño.

—Esperaba que dijera que sí.

—Por eso te digo que no sé.

—¿Y Rosalinda?

Silvestre lo miró.

—Rosalinda no necesita que convierta lo que hicimos en algo noble.

Al salir encontró a Remei esperándolo junto a una máquina de café.

—Tres meses —dijo ella.

—Lo sé.

—He tenido castigos peores.

—¿Cuáles?

—Conocerte.

Silvestre levantó una ceja.

Remei permitió que una sonrisa mínima apareciera y desapareciera.

—¿Has entregado la placa?

—La de servicio.

—¿Hay otra?

Silvestre metió la mano en el bolsillo interior y sacó la vieja chapa de 1954.

—Nadie se acordó de esta.

Remei la sostuvo un segundo.

—Pesa poco.

—Mi padre dijo lo mismo.

Se la devolvió.

—¿Qué harás con ella?

—No sé.

—Tienes demasiados «no sé» últimamente.

—Estoy mejorando.

Caminaron hasta la calle.

—Alèxia ha distribuido copias —dijo Remei—. A una asociación de vecinos, a dos abogados, a Reverter y a un profesor de la universidad.

—¿Servirá?

—Probablemente no.

Silvestre asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Estoy aprendiendo a hacer cosas aunque no sirvan.

Remei lo miró.

—Eso se llama vivir.

—No exageres.

Se detuvieron en la esquina.

No se abrazaron.

Remei le tocó el brazo.

—Rosalinda existió.

—Sí.

—Eso no es poco.

—Tampoco es suficiente.

—Nunca lo es.

Se marchó.

Silvestre quedó solo con la vieja placa en el bolsillo.

Durante julio, el nombre de Rosalinda volvió a aparecer en lugares pequeños.

Una asociación de vecinos del Besòs publicó un boletín de cuatro páginas. En la última había un texto titulado ROSALINDA VEGA, QUINCE AÑOS .

No acusaba a Berrocal.

No podía.