La casa de las aguas negras CAPÍTULO 34 — EL HOSPITAL, EL SILENCIO
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CAPÍTULO 34 — EL HOSPITAL, EL SILENCIO

El fluorescente del pasillo emitía un zumbido continuo.

S ilvestre tenía las manos manchadas de sangre seca. Parte era de Ventura. Parte, de Julián Baeza. No sabía qué proporción correspondía a cada uno y la ignorancia le pareció una forma exacta de la noche.

Ventura había entrado en quirófano poco después de medianoche. La bala había atravesado el hombro y los médicos buscaban daño vascular. Remei había logrado contener la hemorragia durante el trayecto. Ahora se lavaba las manos en un lavabo del pasillo. El agua se volvió rosa y después transparente.

Silvestre miró sus nudillos abiertos.

—Te has pasado —dijo Remei.

—Lo sé.

—Podías haber matado a Baeza.

—Lo sé.

Remei cerró el grifo.

—No puedes usar la culpa como permiso para todo.

Silvestre levantó la cabeza.

—No lo hago.

—Sí. A veces parece que piensas que, como ya eres culpable, una culpa más no cambia nada.

Alèxia, sentada unos metros más allá, bajó la mirada. Había sido ella quien detuvo el brazo de su hermano en la marisma.

—Cuando cayó Ventura... —empezó Silvestre.

—Tuviste miedo.

—Sí.

—Eso no lo convierte en Marcos.

Silvestre apoyó la espalda en la pared.

—Ya lo sé.

Remei soltó aire.

—Otra vez esa frase.

Un agente de guardia apareció al fondo del pasillo. Traía instrucciones de Jefatura. Silvestre debía declarar en cuanto los médicos confirmaran que Ventura estaba estable.

—Entonces espera —dijo Silvestre.

—Inspector...

—He dicho que esperes.

El agente no insistió.

A través del cristal de la puerta vio durante un segundo la mesa de operaciones antes de que una enfermera corriera una cortina. Pensó en Marcos.

No lo confundió con él.

Por primera vez, no.

Ventura era Ventura.

Un hombre vivo.

No una segunda oportunidad.

Silvestre apoyó los dedos contra el cristal.

—No te debo nada —susurró.

Luego se volvió hacia el agente.

—Vamos.

En Jefatura lo interrogaron durante cinco horas.

Dos hombres que conocía desde hacía años formularon las preguntas como si nunca lo hubieran visto. La escena tenía una limpieza burocrática que Silvestre encontró casi reconfortante.

—¿Cuántas veces golpeó al señor Baeza?

—No las conté.

—¿Disparó su arma?

—Una vez al suelo.

—¿Por qué se encontraba en la marisma fuera de servicio?

—Investigando.

—No tenía asignada ninguna investigación.

—Lo sé.

—Entonces no estaba investigando oficialmente.

Silvestre miró al instructor.

—Rosalinda tampoco estaba oficialmente retenida y, sin embargo, lo estaba.

El hombre dejó el bolígrafo.

—No estamos aquí para discutir el caso Vega.

—Ese es exactamente el problema.

Le retiraron cautelarmente el arma y la credencial. La vieja placa de 1954 permaneció en el bolsillo interior de su abrigo; nadie sabía que la llevaba.

Cuando salió, el sol ya estaba alto.

Regresó al hospital.

Carmen Ferrer había llegado. Era una mujer baja, con el cabello oscuro salpicado de canas. Al ver a Silvestre, supo quién era sin que nadie se lo dijera.

—Usted es Amat.

—Sí.

Lo abofeteó.

Alèxia dio un paso. Silvestre levantó una mano.

Carmen respiraba con dificultad.

—Mi marido desapareció por meterse donde no debía y ahora mi hijo recibe un tiro haciendo lo mismo.

—Lo siento.

—No me diga eso.

—De acuerdo.

—¿Va a vivir?

—Los médicos creen que sí.

La mujer cerró los ojos.

Cuando los abrió, lloraba.

—Él habla de usted.

Silvestre no supo qué responder.

—Dice que es un buen policía.

La frase dolió más que la bofetada.

—Se equivoca.

Carmen lo miró con desprecio.

—No haga eso.

—¿Qué?

—No use a mi hijo para castigarse también.

Silvestre quedó inmóvil.

Otra persona que lo veía con demasiada claridad.

—Si sale de esta, hará lo que quiera —continuó Carmen—. No soy dueña de su vida.

Silvestre pensó en Berrocal. En las formas de paternidad que confundían amor con propiedad.

—No —dijo—. No lo es.

Al amanecer, el cirujano salió.

Ventura viviría. La bala no había tocado las arterias principales.

Silvestre se sentó por primera vez en horas.

Alèxia le puso una mano en el hombro.

No dijo nada.

El silencio ya no era siempre cobardía.

A veces era simplemente lo único que quedaba cuando las palabras habían dejado de ser útiles.

Ventura despertó al mediodía.

Silvestre estaba sentado junto a la cama.

—¿Me he muerto? —preguntó el joven.

—No.

—Entonces esta habitación es demasiado fea.

Silvestre casi sonrió.

—¿Baeza? —preguntó Ventura.

—Vivo. Custodiado.

—¿El otro?

—Escapó con la cámara.

—¿Las pruebas?

—Alèxia conservó las copias. La mayor parte.

Ventura cerró los ojos un momento.

—Entonces ha salido bien.

Silvestre lo miró incrédulo.

—Te han disparado.

—He dicho bien, no perfecto.

—Podías haber muerto.

—También cruzando la calle.

—No digas estupideces.

Ventura volvió a abrir los ojos.

—¿Eso le pasa? ¿Cada vez que alguien cerca de usted puede morir vuelve a tener diecisiete años?

Silvestre sintió el golpe.

—No soy Marcos —añadió Ventura.

—Ya lo sé.

—Lo entiende. No es lo mismo.

Silvestre miró la venda del hombro.

—Cuando caíste tuve miedo.

—Yo también. Estaba ocupado sangrando, pero tuve bastante.

—Lo siento por haberte metido en esto.

Ventura negó con cuidado.

—Yo entré.

—Yo abrí la puerta.

—Y yo crucé.

Silvestre recordó las palabras de Remei sobre apropiarse del dolor ajeno.

—Voy a dejar la policía —dijo Ventura.

—¿Por el disparo?

—No. Porque ya encontré lo que vine a buscar.

—¿A tu padre?

—No. Encontré cómo pudo desaparecer.

La respuesta fue peor.

Ventura miró hacia la ventana.

—Pensé que habría un archivo con su nombre y alguien me diría qué pasó. Ahora sé que puede que no exista. O que alguien lo tirara. O que diez personas sepan una décima parte cada una.

—Eso no es una respuesta.

—Es una forma de verdad.

Silvestre no discutió.

Noguera llegó poco después. Había oído la llamada de un agente herido y apareció sin que nadie lo hubiera enviado.

—He hablado con la patrulla de la marisma —dijo—. El detenido se llama Julián Baeza. Ex policía. Lo expulsaron hace tres años.

—¿Por qué?

—Cobros, extorsión. Nada que pudiera probarse del todo. Terminó trabajando para seguridad privada. Llevaba una tarjeta de Terralta.

Silvestre pensó en el papel encontrado en su bolsillo: la dirección de Feliciana, el nombre de Eusebio Roca, el número de un coche.

—¿Eso figura en el parte?

Noguera lo miró.

—La tarjeta, sí.

—Lo demás no importa.

—Amat, ¿qué demonios está pasando?

Silvestre observó al hombre. Durante años lo había considerado mediocre. Quizá mediocre era solo otra forma de decir que aún no había tenido que elegir.

—¿Quieres saberlo de verdad?

Noguera tardó.

—Sí.

Silvestre le contó lo suficiente: Berrocal, Rosalinda, Castany, Mercadal, los informes alterados, la fotografía de la cacería.

Noguera palideció.

—Mercadal no puede...

—Puede.

—Tengo dos hijos.

—Ya.

—Una hipoteca.

—Ya.

—No soy un héroe.

—Nadie te lo ha pedido.

Noguera se levantó.

—Sí. Me lo estás pidiendo ahora mismo.

Silvestre negó.

—Te estoy pidiendo que decidas qué haces con lo que sabes.

Noguera se marchó sin despedirse.

Aquella tarde volvió con una copia al carbón de una declaración de octubre de 1977 que debería haber estado en el expediente de Rosalinda.

—La encontré donde no debía estar —dijo.

—¿Quién la tomó?

Noguera señaló la firma.

Silvestre reconoció el apellido de un subordinado de Mercadal.

Rosalinda había acudido a la comisaría. Había dicho que la seguían. Había pedido ayuda.

Silvestre ya conocía el hecho por Mercadal. Verlo mecanografiado, con fecha y firma, lo volvía más difícil de relegar al terreno de una confesión privada.

Era papel.

—Si entregas esto —dijo—, te señalarán.

Noguera tragó saliva.

—Ya.

—Puedes marcharte.

—También.

No se movió.

Remei recibió dos días después la notificación de apertura de expediente disciplinario por «irregularidades graves en la custodia y reproducción de documentación forense».

La leyó junto a la máquina de café.

—Al menos escriben bien cuando quieren fastidiarte.

Silvestre tomó la hoja.

—Puedo declarar que te lo pedí yo.

—No.

—Es verdad.

—Parte de la verdad. Hice las copias porque quise.

—Podrían inhabilitarte.

—Podrían.

—¿Y si ocurre?

Remei bebió un sorbo y torció el gesto.

—Buscaré trabajo.

—No debería ser así.

—Muchas cosas no deberían.

Silvestre le devolvió la hoja.

—No pareces asustada.

—Claro que lo estoy. Tengo alquiler. Una madre mayor. Me gusta mi trabajo. No soy una mártir.

—Entonces ¿por qué sigues?

Remei lo miró.

—Porque preocuparme no cambia lo que vi.

Dobló la notificación.

—Eso es lo que no entienden. Creen que el miedo modifica los hechos.

—A veces modifica lo que hacemos con ellos.

—Sí. Y esa es la única parte que podemos elegir.

Mercadal apareció en el hospital al tercer día.

Silvestre lo vio desde el extremo del pasillo. El comisario caminaba sin escolta y sin la seguridad habitual. Parecía haber envejecido desde la conversación de su despacho.

—¿Cómo está Ferrer? —preguntó.

—Vivirá.

Mercadal asintió.

—Bien.

—¿A eso has venido?

—También.

Sacó un papel doblado del bolsillo.

—Baeza empezó haciendo trabajos para Castany. Vigilancias, cobros, cosas que no querían pasar por una empresa. Después trabajó para Terralta.

—Eso ya lo sé.

—Eusebio Roca tiene familia en Perpiñán.

Silvestre no tomó el papel.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hice preguntas.

—¿Ahora?

Mercadal sostuvo su mirada.

—Sí.

—Rosalinda necesitaba que las hicieras antes.

El comisario bajó la mano.

—Lo sé.

Era la primera vez que pronunciaba esas dos palabras sin intentar administrarlas.

Silvestre cogió finalmente el papel. Una dirección y un apellido francés.

—¿Está allí?

—No lo sé.

—¿Quién te dio esto?

—No preguntes.

Silvestre soltó una risa seca.

—Sigues queriendo ayudar controlando qué parte de la ayuda puede conocerse.

—Es la única forma que sé.

—Entonces aprende otra.

Mercadal miró hacia la habitación de Ventura.

—Cuando avisaron de que un agente joven estaba herido pensé en ti en 1974.

—No te atrevas a convertir esto en una preocupación por mí.

—No lo hago. Pensé en todo lo que hice para que siguieras dentro. En las sanciones que frené. En Aranda. En los informes.

Silvestre apretó el papel.

—Me hiciste útil.

—Sí.

La respuesta llegó sin defensa.

—Y ahora no sé si te ayudé o simplemente conseguí que tardaras más en ver dónde estabas.

Silvestre no esperaba aquella frase. Precisamente por eso desconfió de ella.

—No me pidas perdón.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Mercadal se volvió para marcharse.

—Zenón.

El comisario se detuvo.

—¿Quién disparó a Rosalinda?

—No lo sé.

—¿Quién la llevó a la marisma?

—Creo que Eusebio condujo. Baeza pudo estar. Castany organizó el traslado.

—¿Y Berrocal?

Mercadal tardó.

—Sabía suficiente.

La expresión le produjo a Silvestre más asco que una acusación directa.

Suficiente.

Toda la novela del encubrimiento podía caber en esa palabra.

Nadie necesitaba saberlo todo.

Bastaba con que cada cual supiera lo suficiente para elegir no preguntar el resto.

—Decláralo —dijo Silvestre.

Mercadal negó.

—No puedo.

—No quieres.

—Puede.

Se marchó.

Silvestre guardó la dirección de Perpiñán. Semanas más tarde intentarían comprobarla. Eusebio ya no estaría allí.

Otra pista llegada con el retraso exacto para parecer ayuda sin llegar a ser justicia.

Antes de que Ventura recibiera el alta, Feliciana fue a verlo. Llegó con una bolsa de fruta y un abrigo oscuro demasiado grande.

—Me han dicho que le dispararon por mi hija —dijo.

Ventura miró a Silvestre.

—No exactamente.

—Mejor.

Se sentó junto a la cama.

—No quiero que nadie diga que hizo cosas por Rosalinda que ella no pidió.

Silvestre sintió la frase como una corrección dirigida también a él.

—Entonces me dispararon porque yo estaba allí —dijo Ventura.

—Eso sí me sirve.

Feliciana sacó una naranja.

—A Rosa no le gustaban.

Silvestre la miró sorprendido.

—Ya me lo dijo.

—Lo sé. Por eso la he traído.

Peló la fruta y ofreció un gajo a Ventura.

—Para que al menos una cosa de ella no tenga que ser triste.

Hablaron del hospital, del café de la máquina, del perro que seguía apareciendo en el piso de Silvestre. No hablaron de Berrocal.

Al marcharse, Feliciana se volvió hacia el inspector.

—No convierta a este chico en otra deuda.

Silvestre miró a Ventura.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Intente mejor.

Cuando la mujer se fue, Ventura sonrió.

—Me cae bien.

—A todo el mundo le caes bien cuando puede mandarme a mí.

—Eso ha sido casi humor.

Silvestre negó con la cabeza.

La habitación quedó en silencio.

Por primera vez desde el disparo, ese silencio no pareció una ausencia.

Pareció descanso.