CAPÍTULO 33 — LA MARISMA, DE NOCHE
El barro chupaba las botas.
H abía dejado de llover, pero la marisma conservaba el agua del día entero. La oscuridad empezaba donde terminaban las carreteras. Más allá, las fábricas eran masas negras con alguna ventana amarilla y las chimeneas parecían clavadas en un cielo sin profundidad.
Silvestre iba delante.
Ventura llevaba una linterna y una cámara. Remei cargaba su informe dentro de una bolsa impermeable. Alèxia había venido desde Lleida con copias de los documentos repartidas en dos sobres, uno bajo el abrigo y otro dentro del bolso.
—Esto es una estupidez —dijo Remei.
—Sí —respondió Silvestre.
—Me tranquiliza que el jefe de la expedición lo tenga claro.
—No soy el jefe.
Alèxia resopló.
—Eso explica por qué nadie te obedece.
No era humor. Era una tregua de segundos.
Brion les había señalado en la maqueta un antiguo depósito de materiales, una conducción de servicio y un pozo cegado cerca de la zona S-14. En los planos de Terralta aparecían como estructuras a demoler antes de la urbanización.
No buscaban un cadáver.
Silvestre se lo había repetido a todos.
Tampoco buscaban la pieza definitiva que resolviera el caso.
Buscaban algo que sobreviviera a la mañana.
Llegaron primero al pozo.
El terreno estaba removido. Había escombros, restos de tubería y placas de hormigón. Remei se agachó junto a una mancha más clara.
—Cal.
Silvestre sintió el olor antes de arrodillarse.
La curtiduría de Celestino volvió con una precisión física: piel mojada, cubas, cal viva pegándose a la garganta.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—No puedo saberlo a ojo.
Ventura fotografió.
—¿Puede ocultar restos?
—Puede destruir muchas cosas. También puede no significar nada. En obras se usa cal.
Silvestre miró la extensión blanca sobre el barro.
—Fotografía todo.
Alèxia se acercó al río.
—¿Aquí la encontraron?
—Más allá.
—Qué sitio.
Silvestre no supo qué contestar.
Siguieron la conducción indicada en el plano. Una reja oxidada había sido cortada tiempo atrás. Ventura iluminó el interior.
—Cabe una persona.
Remei lo sujetó por el hombro antes de que se inclinara más.
—Y una persona se queda fuera.
—Solo miraba.
—Mira desde aquí.
Silvestre recorrió el terreno con la linterna. Algo le resultaba familiar. La caseta. La pendiente. Un muro con pintura descascarillada.
Recordó la noche en que vio una furgoneta retirando sacos después de que el caso pasara oficialmente a otras manos.
—No estaban limpiando la caseta —dijo.
Ventura se volvió.
—¿Qué?
—Aquella noche. Estaban sacando cosas de aquí.
Siguió la línea de la conducción hasta un montículo protegido del viento.
Allí encontraron restos quemados.
Tela.
Madera.
Papel convertido en láminas negras.
Remei se arrodilló.
—No toquéis nada.
Con unas pinzas improvisadas levantó una pequeña hebilla metálica.
—Puede ser de una correa.
Silvestre pensó en las marcas de las muñecas y tobillos de Rosalinda.
No dijo nada.
Ventura fotografió desde varios ángulos.
Alèxia encontró un fragmento de tela azul atrapado entre dos bloques.
—¿Esto?
—Papel —dijo Remei—. Guárdalo en papel, no en plástico.
—Sé obedecer cuando me hablan como a una adulta.
Silvestre recordó el abrigo que Teresa, la mercera, había descrito. Rosalinda había recibido uno caro en octubre.
—Puede ser de cualquier cosa —dijo.
Alèxia lo miró.
—Ya lo sé.
Había aprendido a no confundir esperanza con prueba.
A unos metros del montículo, Ventura señaló varias marcas profundas en el barro.
—Ruedas.
—Recientes —dijo Silvestre.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la lluvia de esta tarde no las ha borrado del todo.
Remei se incorporó.
—Entonces alguien ha venido hoy.
La frase quedó suspendida.
Un motor sonó a lo lejos.
Silvestre apagó la linterna.
Los demás hicieron lo mismo.
Dos faros aparecieron en la pista.
El coche avanzó despacio y se detuvo a unos cincuenta metros.
Dos puertas.
Pasos.
—Detrás del muro —susurró Silvestre.
No llegaron.
Una linterna barrió el terreno y se detuvo sobre ellos.
—Amat —llamó una voz—. Sal.
Silvestre la reconoció.
El hombre de la cicatriz que había entrado en su piso.
—¿Quién es? —preguntó Ventura.
—Uno de los que dejaron las fotografías.
—¿Policía?
—Lo fue o quiso parecerlo.
Otra voz habló desde la oscuridad.
—No queremos hacer daño a nadie.
Remei soltó un susurro seco.
—Siempre empiezan por ahí.
Silvestre sacó la pistola.
—Quédate con ellas —le dijo a Ventura.
—Ni hablar.
—No es una discusión.
—Entonces deje de discutir.
El joven se desplazó hacia un lateral.
Silvestre avanzó hasta quedar visible.
—Estoy aquí.
Dos linternas lo cegaron.
—Tira el arma —dijo el hombre de la cicatriz.
—Primero identifícate.
—No estás de servicio.
—Entonces menos razón para obedecerte.
Silvestre distinguió una pistola en la mano del segundo hombre.
—Queremos la cámara y la bolsa —dijo este.
—No.
—Amat, no hagas esto difícil.
—Esa frase está muy usada.
—La bolsa.
Silvestre oyó a su espalda un roce.
Alèxia cambiaba de sitio los sobres. Remei se movía hacia Ventura.
—¿Quién os manda? —preguntó.
El hombre de la cicatriz rio.
—Siempre necesitas un jefe.
—¿Berrocal?
Nada.
—¿Castany?
El segundo hombre levantó el arma un poco más.
—Última vez.
Ventura apareció por la derecha.
—¡Bajen las armas!
Todo ocurrió demasiado rápido para que después pudieran contar una sola versión.
El hombre armado giró.
Silvestre gritó.
Un disparo abrió la noche.
Ventura cayó.
Remei gritó su nombre.
Silvestre disparó al suelo delante del segundo hombre. El fogonazo lo hizo retroceder. Durante ese segundo el hombre de la cicatriz se lanzó sobre Silvestre.
Cayeron al barro.
La pistola de Silvestre salió despedida.
Un puño le alcanzó el pómulo.
Silvestre golpeó el estómago del otro, giró, consiguió ponerse encima.
Golpeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
La cara de aquel hombre dejó de ser una cara concreta.
Muntané.
Aranda.
Marcos.
Rosalinda.
Cuatro.
Cinco.
—¡Silvestre!
No paró.
El barro salpicaba con cada movimiento.
—¡Silvestre, basta!
Unas manos lo agarraron por detrás.
Alèxia.
Él se revolvió.
—¡Basta!
La voz de su hermana atravesó algo que Remei no había conseguido atravesar.
Silvestre se quedó inmóvil con el puño levantado.
El hombre de la cicatriz estaba inconsciente.
La cara llena de sangre.
Respiraba.
Silvestre miró sus propias manos.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—Ventura —dijo Remei.
El nombre devolvió el mundo.
Corrió.
El joven estaba en el suelo con la camisa oscura alrededor del hombro y el costado. La bala había entrado cerca de la clavícula y salido por detrás. Remei presionaba con una bufanda doblada.
—Mírame —ordenó.
Ventura abrió los ojos.
—Estoy bien.
—No —dijo Silvestre.
—Vale. No estoy bien.
Remei no sonrió.
—Necesito luz.
Alèxia sostuvo la linterna.
—La ambulancia —dijo.
—El coche tiene radio —respondió Silvestre.
El segundo agresor había desaparecido.
También la cámara.
Ventura intentó incorporarse.
—La tenía yo.
—Cállate.
—Se la ha llevado.
—Cállate.
Silvestre corrió hasta el coche y pidió una ambulancia. Dio la ubicación dos veces. Después volvió.
Remei había conseguido reducir el sangrado.
—Háblale —dijo—. No dejes que se duerma.
Silvestre se arrodilló.
—¿Cómo se llama tu madre?
Ventura respiró con dificultad.
—Carmen.
—¿Dónde nació?
—Andújar.
—¿Qué cocina mal?
El joven intentó reír y gimió.
—Todo.
—Mientes.
—Arroz.
—Bien. Sigue.
Ventura cerró los ojos un segundo.
—Inspector...
—Silvestre.
Los abrió.
Era la primera vez que el hombre mayor se lo pedía.
—Silvestre.
—Eso. No te duermas.
—Tengo frío.
Silvestre se quitó el abrigo y lo puso sobre él.
—No te suelto.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Ventura no sabía lo que significaban.
Alèxia sí.
Lo miró.
Silvestre apartó los ojos.
A unos metros, el agresor empezó a toser.
—Ese hombre también necesita ayuda —dijo Alèxia.
Silvestre no se movió.
—Ha disparado a Ventura.
—No sabes si fue él.
—Ha venido armado.
—Y tú casi lo matas.
—No me importa.
Alèxia se acercó.
—Entonces no has entendido nada.
La frase hizo lo que ninguna orden habría conseguido.
Silvestre se levantó y fue hasta el herido.
Pulso débil. Respiración irregular.
Lo colocó de lado para que no se ahogara con su propia sangre.
No fue perdón.
Fue procedimiento.
A veces la dignidad empezaba por algo tan pequeño que no parecía dignidad.
Registró el abrigo buscando identificación.
Encontró una cartera.
JULIÁN BAEZA.
Una tarjeta antigua vinculada a un servicio de Información. Otra de una empresa privada de seguridad que había trabajado para Terralta.
Y un papel doblado con dos direcciones.
Una era la de Feliciana Vega.
Silvestre sintió frío.
La otra pertenecía a un garaje de Sant Adrià.
En el reverso alguien había escrito a lápiz:
E. ROCA — coche 17.
Eusebio.
Guardó el papel en su bolsillo interior.
No porque quisiera ocultarlo.
Porque acababa de ver desaparecer una cámara en medio de una escena con cuatro testigos.
Antes de que llegara ayuda, la marisma volvió a quedar casi en silencio.
Alèxia mantenía presión sobre la herida de Ventura con una bufanda doblada. Remei le daba instrucciones cortas. El joven estaba consciente, aunque cada vez más pálido.
—No te duermas —dijo Silvestre.
Ventura intentó sonreír.
—Qué manía tienen todos con darme órdenes.
—Cállate.
—Eso también es una orden.
Remei levantó la mirada.
—Si tienes fuerzas para discutir, aprovéchalas para respirar.
A unos metros, Baeza gemía boca abajo con las manos atadas usando su propio cinturón. Silvestre evitó mirarlo. Sabía que, si veía la cara que había golpeado, tendría que medir la distancia entre detener una amenaza y disfrutar durante unos segundos de no detenerse.
Alèxia sí lo miró.
—Has estado a punto de matarlo.
—Lo sé.
—No. Ahora lo dices. Allí no lo sabías.
Silvestre observó el barro.
—Ventura cayó.
—Lo vi.
—Pensé que estaba muerto.
—Y decidiste fabricar otro.
La frase fue tan precisa que no encontró defensa.
Remei intervino sin apartar las manos de la herida.
—Discutid después.
Alèxia guardó silencio, pero no retiró la mirada de su hermano.
Silvestre se agachó junto a Baeza.
—¿Quién era el otro?
El hombre escupió barro.
—Vete a la mierda.
—Llevabas la dirección de Feliciana.
Baeza dejó de moverse.
—¿Quién te la dio?
—No sé de qué hablas.
—Eusebio Roca.
El detenido giró la cabeza lo suficiente para mirarlo con un ojo hinchado.
La reacción fue mínima.
Suficiente.
—¿Dónde está?
—Pregunta a tu jefe.
Silvestre sintió que el cuerpo se tensaba.
—¿Mercadal?
Baeza sonrió con sangre en los dientes.
—He dicho tu jefe. Tú sabrás cuál.
Silvestre se incorporó.
No volvió a tocarlo.
La frase podía ser una provocación, una pista o una mentira diseñada para dirigirlo contra alguien. Por primera vez aquella noche aceptó no saber.
Ventura emitió un quejido.
Silvestre regresó junto a él.
La linterna había caído en el barro y proyectaba una luz oblicua sobre la conducción. En ese ángulo apareció algo que no habían visto antes: tres letras rascadas en el cemento.
R V M
Remei las miró.
—Pueden llevar ahí veinte años.
—Sí.
—No sabes si son de ella.
—Sí.
Silvestre no las tocó.
Sacó la cámara de repuesto que Alèxia llevaba en el bolso y fotografió el muro desde varios ángulos.
Después anotó la posición exacta.
No convertiría tres letras en una certeza solo porque necesitaba que lo fueran.
Aquel aprendizaje llegaba tarde.
Pero llegaba.
Las sirenas tardaron catorce minutos.
Silvestre los contó.
Cuando llegó la ambulancia, los sanitarios se llevaron primero a Ventura y después a Baeza.
Alèxia subió con Ventura.
Remei se quedó un momento más.
—¿Vas a venir?
—En cuanto termine aquí.
—No termines aquí solo.
—No pienso hacerlo.
—No me refería a eso.
Silvestre la miró.
Remei señaló sus manos ensangrentadas.
—No vuelvas a decirte que no sabías de lo que eras capaz.
Se marchó.
La patrulla llegó poco después. Casado, un agente veterano, reconoció a Baeza antes de que la ambulancia desapareciera.
—¿Qué coño hace este aquí?
Silvestre levantó la cabeza.
—¿Lo conoces?
Casado cerró la boca.
—Has dicho su nombre con la cara.
—Trabajó en Información hace años.
—¿Y ahora?
—Seguridad. Lo que salga.
Casado examinó el barro.
—¿Qué ha pasado?
Silvestre explicó los hechos sin quitarse responsabilidad.
—¿Y la cara?
—Yo.
Casado lo miró.
—¿Cuántas veces?
Silvestre observó sus nudillos.
—No lo sé.
—Eso va a ser un problema.
—Sí.
Buscaron el arma del segundo hombre. No apareció.
Tampoco la cámara.
Encontraron un casquillo, huellas de dos vehículos, varias colillas y los restos quemados junto a la conducción. La tela azul seguía en la bolsa de Remei. La hebilla también.
Durante una hora, la escena funcionó como debía.
Fotos.
Medidas.
Etiquetas.
Firmas.
Silvestre observó a los agentes trabajar y sintió algo parecido a tristeza.
No odiaba la policía.
Ese era parte del problema.
Sabía lo que podía ser cuando hacía su trabajo.
Por eso resultaba más insoportable lo que ocurría cuando decidía no hacerlo.
Casado se acercó.
—Mercadal viene.
—¿Aquí?
—Eso han dicho.
No llegó.
Diez minutos después comunicaron por radio que el comisario no acudiría.
Otra ausencia bien administrada.
Casado miró la pistola de Silvestre, ya recuperada del barro.
—Tengo que quedármela.
—Lo sé.
—Y la placa. Hasta que se aclare lo de Baeza.
Silvestre metió la mano en el bolsillo.
Sacó la credencial de servicio y la chapa que utilizaba entonces.
La dejó en la palma del agente.
El metal pareció pesar menos fuera de su cuerpo.
—Te la devolverán —dijo Casado.
Silvestre miró el río.
—Ya veremos.
Antes de irse recogió del suelo un botón oscuro que Alèxia había encontrado cerca del pozo. Casado lo embolsó y lo etiquetó delante de él.
—Puede ser de cualquiera —dijo.
—Sí.
—No empieces a enamorarte de las pruebas.
Silvestre recordó a Ventura acusándolo de reducirlo todo hasta que pareciera poco.
—No. Esta vez no.
Caminó hacia el coche de patrulla que lo llevaría al hospital.
A su espalda empezó a llover otra vez.
Fino. Constante.
El Besòs recibió la lluvia, el barro removido y la luz de las ambulancias sin distinguir una cosa de otra. Silvestre lo miró desde el coche de patrulla hasta que una curva ocultó la marisma.
Por primera vez no le pidió al río que significara nada.