CAPÍTULO 32 — LA MAQUETA #2
La frase recordó a Silvestre demasiado a sí mismo.
Dos días después volvieron con la cámara.
Fotografiaron la maqueta desde todos los ángulos, los planos, los registros. Brion sostuvo una regla junto a cada documento para que las dimensiones pudieran reconstruirse.
Trabajaron hasta madrugada.
Al terminar, Ventura preguntó:
—¿Qué hacemos ahora?
Silvestre miró la representación perfecta de una ciudad que todavía no existía.
Pequeños árboles verdes donde había lodo.
Calles limpias donde flotaban animales muertos.
Un río azul donde habían encontrado a Rosalinda.
—Ahora intentamos que alguien no pueda decir que nunca estuvo aquí.
La cámara de Ventura tenía un problema con el avance de película.
Lo descubrieron después de la tercera foto. La palanca se atascaba y había que liberarla con una moneda.
—Perfecto —murmuró Silvestre—. Toda la verdad del país depende de una peseta.
Brion no sonrió.
—Ha dependido de menos.
Trabajaron en silencio. Cada fotografía exigía mover una lámpara, sostener el plano, evitar reflejos. La operación adquirió una lentitud ritual.
Silvestre empezó a fijarse en detalles de la maqueta que antes había pasado por alto. Había una escuela proyectada. Un centro médico. Jardines. Aparcamientos.
—No todo es malo —dijo Ventura, leyendo su expresión.
—Nunca lo es.
—¿Qué quiere decir?
—Que así funcionan las cosas difíciles. Si Terralta solo construyera ruinas sería fácil odiarla. Construye casas que alguien necesita. Da trabajo. Hace calles. Y para hacerlo aplasta lo que molesta.
Brion apoyó una mano sobre la maqueta.
—El progreso siempre viene con una lista de personas que deben apartarse.
—Eso suena demasiado cómodo —dijo Ventura—. Como si todo fuera inevitable.
—No he dicho inevitable. He dicho habitual.
Silvestre observó la pequeña franja que representaba la propiedad de Feliciana.
—¿Puede Terralta hacer el proyecto sin esa servidumbre?
Brion negó.
—Puede rediseñar. Más caro. O expropiar. Más lento. O comprar.
—¿Y si Feliciana se niega?
—Entonces negocian.
—¿Y Rosalinda?
—Si la filiación se reconociera y hubiera litigio patrimonial, cualquier operación podría complicarse.
Ventura miró la maqueta.
—Entonces sí había dinero suficiente para matar.
Silvestre negó.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque el dinero no mata. Las personas deciden qué están dispuestas a hacer para conservarlo.
—Es una diferencia filosófica.
—No. Es la única diferencia que permite responsabilizar a alguien.
Ventura bajó la cámara.
Silvestre comprendió que también se lo decía a sí mismo.
Durante años había hablado del sistema como si fuera un animal sin rostros. Pero los sistemas estaban hechos de decisiones pequeñas: Mercadal llamando a Castany, Barnet autorizando una retirada, un director de periódico diciendo no, un policía escribiendo «fuga voluntaria».
La estructura no absolvía a las piezas.
Las conectaba.
Cuando terminaron la película, Brion la guardó en una lata metálica.
—No la revelen en el mismo sitio donde revelan los cumpleaños.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó Ventura.
—Sí. Conozco a un fotógrafo que odia a Berrocal.
Silvestre lo miró.
—¿Por qué?
—Le debe dinero.
Ventura sonrió.
—Por fin una motivación sencilla.
La sencillez duró poco.
Al salir del archivo encontraron la puerta del pasillo abierta.
Brion estaba seguro de haberla cerrado.
No faltaba nada.
Eso significaba que alguien había entrado solo para saber que ellos estaban allí.
Silvestre apagó las luces una por una.
La oscuridad fue ocupando el sótano.
La maqueta quedó encerrada otra vez.
Una ciudad futura escondida bajo una ciudad que todavía no había aprendido a mirar su pasado.
Las fotografías tardaron dos días en revelarse.
El fotógrafo de Brion trabajaba en un local estrecho detrás de una tienda de bodas. Se llamaba Enric Casademunt y no hizo preguntas hasta ver el primer negativo.
—Esto es Terralta.
Brion lo miró.
—Te pago para revelar, no para reconocer.
—Me deben seis meses de un trabajo.
—Por eso estás aquí.
Enric sonrió.
—Entonces quiero una copia.
Silvestre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuantos más tengamos, más probable es que uno hable de más.
—Y cuantos menos, más fácil que desaparezcan.
El fotógrafo tenía razón.
Hicieron cuatro juegos.
Uno para Silvestre.
Uno para Brion.
Uno para Alèxia.
El cuarto quedó con Enric bajo un sobre sin nombres.
—Si alguien pregunta —dijo Silvestre—, nunca lo vio.
—Si alguien pregunta con educación, quizá.
Brion resopló.
—No conviertas esto en una película.
Enric señaló las cubetas de revelado.
—Todo lo que ocurre aquí acaba siendo una película.
Mientras esperaban, Silvestre examinó ampliaciones de los planos. En una apareció algo que no habían visto en el sótano: una pequeña construcción junto a la conducción de servicio, marcada como «caseta provisional de almacenamiento».
—Eso está cerca de donde encontré la manta.
Brion acercó la cara.
—No existe ya.
—¿Cuándo la demolieron?
—No sé.
Enric sacó otra fotografía.
—Aquí hay una fecha escrita a mano.
Enero de 1978.
Silvestre sintió el pulso en las sienes.
La caseta había sido demolida mientras Rosalinda seguía desaparecida.
—Necesito el permiso de derribo.
Brion suspiró.
—Otra noche en el sótano.
Lo encontraron al día siguiente.
Solicitud urgente por «riesgo estructural».
Firmada por un técnico municipal.
Pagada por Terralta.
Ejecutada por una empresa de Servicios Auxiliares del Mediterráneo.
La misma del Peugeot.
La misma que empleaba a Julián Baeza.
Silvestre colocó los documentos sobre una mesa.
—Aquí estuvo.
Ventura lo miró.
—¿Rosalinda?
—No puedo probarlo.
—Pero lo cree.
Silvestre observó la fecha.
—Creo que destruyeron un lugar antes de que apareciera el cuerpo.
Brion se sentó lentamente.
—Eso ya no es limpiar después.
No.
Era prepararse antes.
Brion llevó la maqueta a una mesa más grande y retiró con cuidado dos edificios en miniatura. Debajo aparecía una cuadrícula de parcelas numeradas.
—Terralta no compró esto por una sola promoción —dijo—. Compró anticipándose a la recalificación.
Ventura señaló la zona del río.
—¿Y qué tiene que ver Rosalinda con eso?
—Nada —respondió Brion—. Ese es el punto.
Silvestre lo miró.
El archivero abrió una carpeta de valoraciones. Los terrenos junto a la marisma valían poco mientras figuraran como suelo industrial degradado y zonas de servicio. Cambiarían de valor si el Ayuntamiento aprobaba nuevos accesos, saneamiento y vivienda.
—Berrocal no necesitaba matar a una niña para ganar dinero —dijo Brion—. Ya lo estaba ganando.
—Entonces ¿por qué encubrirla?
—Porque una hija ilegítima podía ser un escándalo. Porque ella sabía cosas. Porque empezó a aparecer donde no debía. Porque los hombres poderosos no separan los problemas: los administran juntos.
Silvestre pensó en la frase de Mercadal.
Administrar.
Siempre el mismo verbo.
Brion colocó sobre el plano varias fichas con fechas. Una denuncia vecinal. Un informe sanitario. Una visita de inspectores. La desaparición de Rosalinda. El derribo de la caseta. La fecha prevista para presentar un nuevo proyecto.
—Mire esto —dijo.
El derribo ocurrió once días antes de una reunión municipal en la que debía revisarse el estado de la parcela.
—¿La caseta estorbaba al proyecto? —preguntó Ventura.
—Cualquier estructura irregular podía retrasarlo.
—Entonces podían derribarla sin relación con Rosalinda.
—Sí.
Silvestre agradeció que el joven lo dijera.
El caso se había llenado de coincidencias tan sugestivas que resultaba peligroso empezar a tratarlas como pruebas.
—Pero alguien aceleró el permiso —dijo Silvestre.
—También.
—Y la empresa que lo hizo empleaba a Baeza.
—Sí.
—Y esa misma empresa tenía un vehículo visto cerca de una de las naves.
—Sí.
Brion se quitó las gafas.
—Puede construir una historia muy convincente con todo eso.
—No quiero una historia.
—Todos quieren una, inspector. El problema es saber cuándo deja de ser una hipótesis y empieza a fingir que es verdad.
Silvestre rodeó la maqueta.
Había pasado meses acusando a otros de fabricar versiones cómodas. La tentación de fabricar la suya era real, solo que ahora la comodidad consistía en hacer que todas las piezas encajaran.
—Separemos —dijo.
Ventura cogió papel.
Hicieron dos columnas.
HECHOS.
INFERENCIAS.
En la primera escribieron: la caseta existía; Terralta pidió el derribo; Servicios Auxiliares lo ejecutó; Baeza trabajaba para esa empresa; Rosalinda dibujó un lugar compatible con la zona; se hallaron objetos potencialmente relacionados.
En la segunda: Rosalinda estuvo en la caseta; el derribo buscó destruir pruebas; Berrocal ordenó hacerlo; Baeza participó en el cautiverio.
La segunda columna era la que Silvestre deseaba convertir en cierta.
La primera era la única que podía defender.
—Guarde ambas —dijo Brion.
—¿Por qué?
—Porque dentro de diez años quizá alguien encuentre una prueba nueva. Y conviene que sepa qué sabíamos y qué solo sospechábamos.
Silvestre dobló la hoja.
Por primera vez imaginó la investigación sobreviviendo a su fracaso.
La investigación acababa de cruzar una línea.
Por primera vez tenían un acto concreto ocurrido durante la desaparición que parecía orientado a eliminar un escenario.
Silvestre sintió algo parecido a esperanza.
Le duró poco.
El técnico que había firmado el permiso estaba de vacaciones indefinidas.
La empresa de demolición alegó que había recibido una orden rutinaria.
El original del informe de riesgo no aparecía.
La verdad empezaba a dibujar una forma reconocible.
Todavía no era una forma que un juez pudiera condenar.