CAPÍTULO 32 — LA MAQUETA
El sótano estaba abierto.
Eso fue lo primero que preocupó a Silvestre.
B rion nunca dejaba la puerta sin llave.
Bajó acompañado por Ventura. Las luces estaban encendidas. Varias cajas habían sido abiertas y el suelo estaba cubierto de papeles.
—Bru.
No hubo respuesta.
Encontraron al archivero sentado detrás de una estantería, con sangre seca en la sien. Respiraba.
Ventura se agachó.
—Está vivo.
Brion abrió los ojos.
—Llegan tarde.
—¿Quién ha sido?
—Dos hombres.
—¿Los reconoce?
—No.
Silvestre miró el desastre.
—¿Qué buscaban?
Brion señaló hacia una mesa volcada.
—La maqueta.
—¿Qué maqueta?
El archivero sonrió pese al dolor.
—La que no encontraron.
Detrás de un panel de madera había un pequeño hueco. Ventura ayudó a sacar una caja de casi un metro de largo.
Dentro estaba el proyecto Terralta de la desembocadura.
Más detallado que el del despacho de Berrocal.
Calles, bloques, zonas de servicio, canalizaciones. Cada parcela llevaba un número.
Silvestre localizó el punto donde apareció Rosalinda.
S-14: estación provisional de bombeo / servicios.
—Aquí había una construcción —dijo.
Brion asintió.
—Una nave de mantenimiento. Derribada a finales de febrero.
Silvestre se quedó quieto.
—Después del hallazgo.
—Sí.
—¿Quién ordenó derribarla?
Brion buscó entre papeles caídos. Sacó una copia arrugada.
—Orden de obra urgente. Firmada el dieciséis de febrero.
Dos días después de que apareciera Rosalinda.
—¿Qué había allí?
—Oficialmente, herramientas.
—¿Y de verdad?
Brion lo miró.
—No lo sé.
—Mientes.
—No esta vez.
Ventura señaló la maqueta.
—La nave estaba a menos de doscientos metros del sitio donde apareció.
Silvestre recordó el capítulo que aún no conocía: Rosalinda oliendo el río desde una nave. No podía saberlo.
Pero podía imaginar una retención cerca.
—¿Por qué guardaste esto?
Brion cerró los ojos.
—Porque alguien tenía que guardar algo.
Silvestre se volvió hacia él.
—Estabas en la cacería con Mercadal y Berrocal.
Brion abrió los ojos.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque un hombre puede cansarse de servir a alguien sin convertirse por eso en valiente.
—¿Qué hacías con ellos?
—Papeles. Siempre papeles. Recalificaciones, expedientes, terrenos que cambiaban de valor cuando una firma caía en el sitio correcto.
—¿Sabías lo de Rosalinda?
—Sabía que existía una hija.
—¿Sabías que desapareció?
—Después.
—¿Y callaste?
Brion sonrió con amargura.
—Inspector, llevo cuarenta años archivando el silencio de otros. ¿De verdad esperaba que el mío fuera distinto?
Silvestre ayudó a Ventura a levantarlo.
—Vamos a un hospital.
—No.
—Te han abierto la cabeza.
—He tenido jefes peores.
—No discutas.
Brion agarró a Silvestre del brazo.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—La nave tenía un depósito de agua industrial. Un pozo de decantación. Se rellenó con escombros cuando la derribaron.
Silvestre miró la maqueta.
—¿Por qué importa?
Brion tragó saliva.
—Porque no creo que Rosalinda fuera la primera cosa que enterraron allí.
La ambulancia se llevó a Brion. Antes de subir, el archivero agarró a Silvestre por la manga.
—Busque la orden de derribo.
—Ya la tengo.
—No. La original.
—¿Qué cambia?
—La copia no tiene la anotación del margen.
—¿Qué anotación?
Brion miró a Ventura y después a Silvestre.
—«Z.M. conforme».
Mercadal.
—¿Dónde está?
—Caja 14-B. Si no se la han llevado.
Silvestre y Ventura regresaron al sótano.
La caja 14-B había sido vaciada.
En el fondo quedaba un pequeño fragmento de papel arrancado. Solo dos letras manuscritas:
...M.
Ventura soltó una maldición.
—Otra vez tarde.
Silvestre guardó el fragmento.
—No.
—¿No?
—Ahora sabemos qué buscaban.
—Eso no sirve en un juicio.
—Empiezas a sonar como yo.
Ventura lo miró.
—No sé si es un cumplido.
—No lo es.
Examinaron la maqueta otra vez. La nave S-14 tenía un acceso de servicio desde una pista secundaria y, detrás, una plataforma junto al canal. Silvestre recordó las marcas en el barro donde apareció el cuerpo. Una distancia corta para transportar a alguien de noche.
—Si la retuvieron aquí —dijo Ventura—, ¿por qué dejar el cadáver tan cerca?
—Porque quizá no tenían tiempo.
—O porque querían que apareciera.
Silvestre pensó en la frase de Berrocal.
Porque alguien quiso que apareciera.
—Quizá.
—¿Para qué?
—Para terminar el problema.
Ventura frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía.
Silvestre miró la maqueta. Una ciudad futura descansaba sobre una base de corcho y madera. Calles limpias. Árboles. Agua azul.
Debajo, los documentos de una nave derribada a toda prisa.
Pensó que las ciudades también podían construirse como coartadas.
Cuando Brion salió del hospital dos días después, pidió ver a Silvestre.
Se encontraron en una pensión cerca de la estación de Francia. El archivero llevaba un vendaje en la cabeza.
—Me voy.
—¿Dónde?
—No se lo diré.
—¿Tienes miedo?
Brion sonrió.
—Desde 1939. Uno se acostumbra.
Sacó un sobre del bolsillo.
Dentro había una llave y una dirección.
—Un trastero en Sants. Hay cajas.
—¿Qué cajas?
—Copias.
Silvestre lo miró.
—¿De todo?
—De lo suficiente para que nadie pueda decir que no existió.
—¿Por qué no me lo diste antes?
Brion se apoyó en la silla.
—Porque quería tener una vida después de jubilarme.
—¿Y ahora?
—Ahora me han abierto la cabeza por unos papeles. Empieza a parecerme que la vida que protegía no era gran cosa.
Silvestre guardó la llave.
—Podrías declarar.
Brion negó.
—No soy valiente, inspector.
—Esto se le parece.
—No. Esto es cansancio.
—A veces basta.
Brion lo miró con una tristeza extraña.
—No se engañe. Ninguno de nosotros se vuelve bueno al final. Solo nos quedamos sin energía para seguir siendo cobardes.
Silvestre pensaría muchas veces en esa frase.
En el trastero de Sants señalado por Brion encontraron seis cajas. No todas tenían relación con Berrocal. Había expedientes de constructoras, asociaciones vecinales, sindicatos, funcionarios, empresas desaparecidas.
Silvestre comprendió que Brion no había guardado una conspiración.
Había guardado un ecosistema.
Entre los documentos apareció una factura de febrero de 1978 por derribo urgente de la nave S-14. La empresa ejecutora pertenecía a un antiguo socio de Berrocal. En el reverso alguien había escrito a lápiz:
Limpiar antes del 20. Z. conforme.
Ventura sostuvo el papel.
—Esto sí.
Silvestre negó.
—Esto acerca.
—¿Qué más quiere?
—Saber qué se limpió.
—Siempre falta algo.
—Sí.
—¿No se cansa?
Silvestre miró las cajas.
—Mucho.
—No lo parece.
—Eso es porque tú miras desde fuera.
En otra carpeta encontraron una relación de vehículos de mantenimiento. El Peugeot oscuro estaba allí.
Asignado a Álvaro Nogués / servicio extraordinario durante varios días de noviembre.
Ventura se sentó sobre una caja.
—La llevó él.
—Probablemente.
—A Rosalinda.
—Probablemente.
—¿Nunca dice sí?
Silvestre guardó el documento.
Brion había escondido la maqueta detrás de seis armarios de expedientes.
Necesitaron casi una hora para moverlos.
Cuando retiraron el último, apareció una caja de madera de dos metros de largo. En la tapa se leía: PROYECTO TERRALTA — SECTOR BESÒS, 1975.
Ventura silbó.
—Eso no cabe en un bolsillo.
—Por eso sigue aquí —dijo Brion.
Levantaron la tapa.
La maqueta reproducía toda la zona de la desembocadura: naves, carreteras proyectadas, bloques, áreas de servicios. El río era una franja azul limpia, casi hermosa.
Silvestre sintió una irritación absurda.
—El agua nunca tuvo ese color.
Brion lo miró.
—Las maquetas son optimistas por profesión.
Se inclinaron sobre el terreno.
Ventura señaló la parcela donde apareció el cuerpo.
—Aquí.
En la maqueta había un pequeño edificio rectangular marcado con una etiqueta: «Centro de servicios y aparcamiento».
Brion buscó los planos anexos.
—El proyecto necesitaba recalificación y limpieza ambiental. Había informes desfavorables por contaminación y ocupaciones irregulares.
—¿Quién los emitió?
—Técnicos municipales.
—¿Y qué pasó?
—Algunos cambiaron de opinión.
Silvestre examinó las fechas.
El cambio principal se produjo en diciembre de 1977.
Después de la desaparición de Rosalinda.
—¿Qué relación tiene ella con esto?
Brion sacó un documento.
—Ninguna directa. Pero mire el nombre del titular de una de las servidumbres antiguas.
Feliciana Vega.
Silvestre se quedó quieto.
—¿Cómo?
—Una pequeña franja de terreno heredada de un tío. Apenas valor cuando se registró. Pero atraviesa el acceso proyectado.
—¿Ella lo sabe?
—Lo dudo.
—¿Berrocal?
Brion lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Por supuesto.
Ventura tomó aire.
—Entonces no era solo la hija.
—También era una firma futura —dijo Silvestre.
Si Feliciana moría o cedía, Rosalinda podía heredar derechos. Si la filiación con Berrocal salía a la luz, cualquier negociación patrimonial podía convertirse en escándalo.
—¿Cuánto valía la parcela? —preguntó.
Brion hizo un cálculo aproximado.
La cifra era enorme comparada con todo lo que Feliciana había recibido en quince años.
Silvestre sintió una claridad repugnante.
—La niña no valía lo que la parcela.
Ventura lo miró.
—¿Cree que la mataron por esto?
—Creo que esto hizo más caro que siguiera hablando.
—No es lo mismo.
—No.
Y precisamente por eso era más difícil de probar.
Brion encontró después una relación de reuniones. En una aparecían las iniciales Z.M.B.
Zenón Mercadal Bosch.
Asesoramiento de seguridad.
Silvestre cerró los ojos.
—¿Mercadal trabajaba para Terralta?
—No oficialmente.
—¿Entonces qué es esto?
—Quizá una reunión. Quizá un favor. Quizá alguien apuntó un nombre donde no debía.
Ventura observó la maqueta.
—Podemos sacarla.
Brion soltó una carcajada.
—¿Y llevarla a dónde? ¿A comisaría?
Nadie respondió.
Silvestre pensó en el informe de Remei, la carta, las copias, las fotografías. Tenían fragmentos. Suficientes para saber. Insuficientes para condenar.
—Necesitamos fotografiar todo —dijo.
Brion negó.
—No tengo cámara.
—Yo consigo una.
Ventura levantó la mano.
—Mi cuñado tiene una Yashica.
Silvestre lo miró.
—No involucres a más gente.
—No le diré para qué.
—Eso ya es involucrarlo.
El joven sostuvo la mirada.
—Entonces decidamos si queremos pruebas o inocencia.