CAPÍTULO 31 — ENTONCES ROSALINDA #2
Eso fue lo que Rosalinda se negó a perder.
No quería que aquellos hombres poseyeran también cada minuto.
Hubo mañanas en que durmió hasta tarde. Tardes en que dibujó un escaparate para una tienda que llamaría VEGA .
Una vez discutió con Teresa sobre si París era más bonito que Lisboa aunque ninguna de las dos había estado en ninguna ciudad.
Otra tarde se rio sola leyendo un anuncio absurdo del periódico.
Tenía quince años incluso allí.
Especialmente allí.
En febrero la trasladaron.
Le vendaron los ojos.
Rosalinda decidió contar.
Una curva larga a la derecha. Dos detenciones. Adoquines durante un tramo. Después una carretera más lisa. Olor a gasoil. Más tarde sirenas de fábrica.
Cuando le quitaron la venda estaba en una nave.
Reconoció el río antes de verlo.
Amoníaco.
Aceite.
Agua sucia.
Había un colchón, una mesa metálica y una manta oscura. Una ventana tapiada dejaba pasar una línea de luz.
Rosalinda empezó a marcar los días detrás de un armario.
Encontró un lápiz corto.
Escribió una nota:
Me tienen cerca del río. Oigo fábricas. Si dicen que me fui porque quise, mienten.
La dobló y buscó dónde esconderla.
Una tubería separada de la pared le pareció mejor que el zapato. Ya había aprendido que podían cambiarle la ropa.
Otro día arrancó un hilo del forro de la manta y se lo guardó bajo una uña.
No sabía para qué.
Quizá necesitaba dejar algo de sí misma en cada sitio.
Una tarde oyó voces en el pasillo.
Mercadal.
Reconoció el tono antes que la cara.
Se acercó a la puerta.
—Esto se ha acabado —decía el policía.
—No decide usted —respondió alguien.
Castany.
—La chica vuelve con la madre.
—No puede volver así.
—Me da igual cómo vuelva.
Rosalinda golpeó la puerta.
—¡Estoy aquí!
Silencio.
—¡Mercadal!
Pasos.
La puerta se abrió unos centímetros.
El comisario apareció.
Rosalinda vio algo en su cara que la enfureció más que el miedo.
Vergüenza.
—Sáqueme de aquí.
—Mañana estarás en casa.
—Ahora.
—Rosalinda...
—Ahora.
Mercadal miró hacia atrás.
—Mañana.
La puerta volvió a cerrarse.
Rosalinda se quedó inmóvil.
No gritó.
Había comprendido algo definitivo: un hombre podía saber que aquello estaba mal, sentir vergüenza y marcharse de todos modos.
La conciencia no abría puertas.
Esa noche rompió la fotografía donde había escrito Papá .
No porque dejara de querer que Néstor la reconociera.
Porque ya no quería pedirle permiso para existir.
La última tarde hubo movimiento en el pasillo.
Cajas. Papeles. Un cubo donde quemaban documentos. Nogués hablando por teléfono con una urgencia nueva.
Rosalinda guardó la libreta en la maleta. Escondió páginas en varios lugares. Una detrás del zócalo. Otra dentro de un manual de mantenimiento. Otra bajo la tela interior de la maleta.
Cuando Nogués entró llevaba la pulsera de plata.
—Toma.
Rosalinda no la cogió.
—No la quiero.
—Es tuya.
—Era el precio de hacer como que me quería.
—No seas dramática.
—No seas cobarde.
Nogués dejó la pulsera sobre la mesa.
—Tu madre necesita dinero.
—Mi madre necesita que vuelva.
—Volverás cuando se pueda.
Rosalinda lo miró.
—¿Cuándo se puede una hija?
El abogado cerró los ojos.
Durante un instante pareció cansado de sí mismo.
—No entiendes cómo funciona el mundo.
Rosalinda miró la puerta cerrada.
—Lo estoy aprendiendo.
La sacaron al anochecer.
No le vendaron los ojos esta vez.
Eso le dio más miedo.
Eusebio conducía. Castany iba delante. Detrás, junto a ella, un hombre al que no conocía llevaba las manos metidas en los bolsillos de un abrigo oscuro.
Nogués no subió.
Rosalinda miró por la ventanilla.
La nave quedó atrás.
—¿Vamos a casa? —preguntó.
Nadie respondió.
—¿Vamos a Francia?
Eusebio apretó el volante.
Castany dijo:
—Cállate un rato.
Rosalinda sintió que el miedo se volvía nítido.
No iba a permitir que fuera lo último que tuviera.
—Mi madre sabe quiénes sois.
Silencio.
—El periodista también.
Castany se volvió.
—No sabes cuándo parar.
—Vosotros no sabéis cuándo una persona es una persona.
El hombre del abrigo la agarró del brazo.
Rosalinda le clavó las uñas.
—Quieta.
—Suéltame.
El coche frenó.
La puerta se abrió.
Afuera olía al Besòs.
Agua negra.
Plástico.
Frío.
Rosalinda golpeó primero.
El codo alcanzó a alguien en la boca. Corrió dos pasos. Resbaló en el barro. Una mano le agarró el pelo. Otra el jersey.
Mordió.
Oyó un insulto.
Hubo un golpe en la nuca.
La noche se llenó de luz blanca.
Cayó de rodillas.
Voces.
—¿Qué has hecho?
—Se ha movido.
—Joder.
—Está respirando.
Rosalinda quiso decir que sí.
No pudo.
La levantaron.
No supo quién.
No supo cuántos.
Durante un instante recuperó la conciencia junto al agua. La superficie era oscura y llevaba reflejos amarillos de una fábrica.
Pensó en Feliciana cantando mal mientras fregaba.
En Pepa.
En las botas nuevas que había dejado en casa.
En Lisboa, que seguramente no se parecía en nada a las fotografías.
En el nombre que había escrito en una tabla.
ROSALINDA VEGA ESTUVO AQUÍ.
Una mano la sostuvo por debajo de los brazos.
Otra voz dijo algo que no entendió.
Sintió frío.
Después, agua.
No vio la cara de quien la soltó.
Eso sería lo único que nadie podría convertir después en una certeza cómoda.
El hilo oscuro permaneció bajo una de sus uñas.
Pequeño.
Inútil para salvarla.
Suficiente para demostrar que incluso al final había intentado dejar una señal.