CAPÍTULO 31 — ENTONCES ROSALINDA
La habitación olía a colonia de hombre, humedad y persianas cerradas.
R osalinda Vega había contado treinta y dos baldosas desde la cama hasta la puerta. Las primeras noches contó también las del baño, las rayas del radiador, las veces que un camión pesado hacía vibrar los vasos sobre la mesa.
Luego dejó de hacerlo.
Tenía quince años y estaba enfadada.
Eso era importante.
No estaba asustada todo el tiempo. No lloraba todo el tiempo.
No pensaba en su madre todo el tiempo. A veces pensaba en Pepa y en los veinte duros que le debía.
A veces dibujaba vestidos en el margen de un periódico viejo.
A veces imaginaba la cara que pondría Néstor Berrocal cuando ella apareciera en la puerta principal de su casa y dijera delante de todos la palabra que él solo permitía en habitaciones cerradas.
Padre.
Cuando estaba sola nunca pensaba «papá».
Papá era una palabra de doce años, escrita detrás de una fotografía después de la primera tarde en que la llevaron a Sant Cugat. Néstor le había dado chocolate, una pulsera y cincuenta pesetas. Le dijo que se parecía a una tía suya y que más adelante todo sería más fácil.
Rosalinda volvió al Besòs creyendo que tenía un secreto magnífico.
Tres años después había comprendido que el secreto era ella.
La puerta se abrió.
Entró Álvaro Nogués.
Llevaba un maletín y una bolsa de comida.
—Quiero irme —dijo Rosalinda.
—Ya lo sé.
—Mi madre habrá llamado a la policía.
Nogués dejó la bolsa sobre la mesa.
—Come.
—Que te jodan.
El abogado cerró los ojos un instante.
—No me hagas difícil ayudarte.
Rosalinda se rio.
—Me tenéis encerrada.
—Es temporal.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se calmen las cosas.
—¿Qué cosas?
—Las que tú has provocado.
Rosalinda se puso en pie.
—Solo quiero que diga que soy su hija.
—Lo eres.
—Delante de alguien.
—Eso es distinto.
—Claro. Porque si nadie lo ve, no cuesta nada.
Nogués la miró con una paciencia que la enfurecía más que los gritos.
—A tu edad todo parece absoluto.
—A la tuya todo parece comprable.
El golpe llegó rápido.
No muy fuerte.
Lo suficiente.
Rosalinda se llevó una mano a la mejilla. Nogués pareció sorprendido de sí mismo.
—No vuelvas a hablarme así.
—Cobarde.
Él salió y cerró con llave.
Rosalinda esperó hasta dejar de oír sus pasos. Después fue al baño y vomitó.
No por el dolor.
Por la certeza de que ningún adulto que entraba allí pensaba que estuviera haciendo algo monstruoso.
Eso era peor.
Meses antes, en verano, Néstor la había recibido en el pabellón azul de la finca. Nunca en la casa principal.
La primera vez llevaba una camisa blanca sin corbata. Le ofreció limonada y habló como si negociara un contrato.
—Tu madre debió contártelo antes.
—Mi madre no me debía nada.
Berrocal levantó una ceja.
Rosalinda disfrutó de haberlo incomodado.
—No he venido a pedirle que quiera a nadie —dijo—. Quiero saber qué piensa hacer.
—Puedo ayudarte a estudiar.
—Quiero saber si va a decir que soy su hija.
—Eso es más complicado.
—Siempre dicen «complicado» cuando quieren decir que no.
Néstor sonrió.
—Eres lista.
—También dicen eso cuando una niña molesta.
No sabía de dónde salía el valor. Tal vez del miedo. Se parecían mucho cuando uno todavía no había aprendido a distinguirlos.
Durante semanas volvió a la finca. Eusebio, un chófer de Terralta, la recogía en un Seat oscuro y la dejaba dos calles antes de su casa. Nunca frente al portal.
Néstor le regaló un reloj dorado. Le pagó una matrícula en una academia. Habló de un trabajo, de un piso pequeño para ella y Feliciana, de un futuro en el que no tendrían que contar cada moneda.
Rosalinda empezó a creerle.
Eso fue lo que volvió insoportable lo demás.
En septiembre pidió conocer a sus hermanos.
No.
En octubre quiso entrar en la casa principal.
No.
Preguntó si podría usar el apellido.
Más adelante.
Preguntó cuándo sería más adelante.
No recibió respuesta.
Una tarde Nogués la citó en una cafetería del centro. Dejó sobre la mesa un documento y un sobre.
—Esto os permitirá empezar de otra manera.
Rosalinda leyó despacio.
No entendía todo el lenguaje, pero comprendió lo suficiente: renuncia, filiación, compensación, confidencialidad.
—¿Quiere que firme que no soy su hija?
—Nadie dice eso.
—Lo dice con palabras caras.
—Es una solución razonable.
—¿Para quién?
Nogués empujó el sobre.
—Hay dinero.
Rosalinda lo abrió. Contó los billetes.
El abogado sonrió creyendo que había ganado.
Ella dejó la mitad sobre la mesa.
—Esto es por lo que nos debe desde que nací. Lo otro se lo guarda.
—No funciona así.
—Pues aprenda.
Rompió el documento en cuatro pedazos y se marchó.
Más tarde recogió los fragmentos del suelo. No sabía por qué. Los pegó dentro de un libro escolar.
Quizá ya entonces entendía que los adultos podían negar hasta las conversaciones que acababan de tener.
Fue a ver a un periodista.
Tomàs Reverter la escuchó durante casi una hora. Al principio miraba el reloj. Después dejó de mirarlo. Rosalinda le enseñó recibos de una fundación, una carta antigua y la fotografía donde había escrito Papá .
—Tengo que contrastarlo —dijo él.
—Contrástelo.
—¿Sabes lo que puede pasar?
—Sí.
No lo sabía.
Dos días después Reverter le dijo que no publicarían nada.
—¿Ha llamado él?
—Mi jefe ha hablado con su empresa.
—Entonces sí.
Reverter se quitó las gafas.
—Rosalinda, quizá convenga esperar.
Ella recogió los papeles.
—Todo el mundo quiere que espere hasta que deje de importar.
Esa misma semana fue a la comisaría.
Había oído en el barrio el apellido Amat. Un inspector que hacía preguntas cuando otros daban por terminadas las cosas. No sabía si era verdad. Las reputaciones se construían con restos.
Preguntó por él.
Un agente le dijo que esperara.
Después apareció un hombre mayor, ancho de hombros, con gafas y una forma cansada de mirarla.
—Soy el comisario Mercadal. ¿Qué quieres?
Rosalinda contó lo suficiente para asustarlo y no tanto como para sentirse desnuda.
Dijo Berrocal.
Dijo padre.
Dijo dinero.
Dijo periodista.
Dijo miedo.
—Quiero hablar con un inspector —repitió.
Mercadal la llevó a un despacho.
—Quédate aquí.
Rosalinda lo vio hablar por teléfono a través del cristal.
Media hora después llegó Josep Castany.
Ella lo conocía de Sant Cugat.
Entonces comprendió.
—No quiero ir con él.
Mercadal frunció el ceño.
—Es abogado de tu familia.
—No es mi familia.
—Te llevará con tu madre.
—Puedo ir sola.
—No compliques esto.
La palabra otra vez.
Complicar.
Como si su existencia fuera una avería.
Rosalinda miró la puerta del pasillo.
Podría haber corrido.
No lo hizo.
Durante años, si hubiera tenido años, quizá se habría culpado por eso. Aquella tarde simplemente creyó a un policía que le dijo que la llevarían a casa.
Subió al coche de Castany.
No volvió.
El primer lugar era un piso sin ruidos de vecinos. Las persianas permanecían bajadas. Una mujer llamada Teresa llevaba comida dos veces al día. Eusebio aparecía a veces. Nogués más.
No la ataban siempre.
Solo cuando gritaba, golpeaba la puerta o intentaba salir.
La ausencia de violencia constante la confundió durante los primeros días. Había imaginado que un secuestro tendría hombres con pistolas y amenazas claras. Allí todo se llamaba de otra manera.
Protección.
Tiempo.
Acuerdo.
Calma.
—¿Cuándo me voy? —preguntaba.
—Pronto.
Pronto podía durar semanas.
Teresa casi nunca hablaba. Rosalinda descubrió al tercer día que tenía hijos.
—¿Y si les hicieran esto?
La mujer dejó la bandeja y salió.
Al día siguiente trajo una manzana.
No era libertad.
Pero era culpa.
Rosalinda empezó a usarla.
Le contaba cosas pequeñas. Que odiaba los guisantes. Que quería ver Lisboa. Que Feliciana cantaba mal mientras fregaba escaleras. No buscaba compasión al principio.
Después sí.
Uno usa lo que tiene.
A la semana Teresa dejó la puerta abierta más tiempo de lo habitual.
Rosalinda alcanzó el pasillo.
Eusebio apareció al fondo.
—Vuelve dentro.
—Quiero irme.
—No puedo.
—Claro que puedes.
—No depende de mí.
—Todo el mundo dice eso.
—Hazme caso. Cuanto menos compliques las cosas, antes termina.
Rosalinda se rio.
—¿Cómo termina?
Eusebio no respondió.
Fue entonces cuando empezó a tener miedo de verdad.
No porque aquel hombre pareciera dispuesto a matarla.
Porque parecía no saber qué iba a ocurrir.
Nogués llevó un día una revista y un paquete de cigarrillos.
—Tu madre sabe que estás bien.
—¿Le habéis dicho dónde estoy?
—No necesita saberlo.
—Entonces no sabe que estoy bien.
—Rosalinda...
—Quiero ver a mi padre.
—No es posible.
—Entonces no hay acuerdo.
—Eres muy joven para entender lo que puedes perder.
Rosalinda encendió un cigarrillo aunque fumaba poco. Le temblaban los dedos.
—Eso es lo único en lo que tengo experiencia.
A partir de entonces escribió.
En el cuaderno de la maleta. En hojas arrancadas. En la parte interior de una tabla con la punta de un clip.
ROSALINDA VEGA ESTUVO AQUÍ.
No sabía quién lo leería.
Le bastaba con que existiera.
Un hombre joven empezó a llevarle comida en diciembre. Se llamaba Juli. Lo supo porque Nogués pronunció el nombre desde el pasillo.
Juli tenía una cicatriz de quemadura en una mano.
—¿Qué te pasó?
—Fábrica.
—¿Y ahora secuestras niñas?
—No digas eso.
—Abre la puerta.
El hombre miró hacia el pasillo.
—No puedo.
—Entonces es eso.
Juli no era amable. Tampoco era cruel. Aquello lo volvía más irritante. Parecía convencido de que su falta de entusiasmo lo colocaba fuera del crimen.
Una noche le llevó una revista francesa.
Rosalinda recortó un abrigo y lo pegó a la pared con una pasta de pan y agua.
—Te meterás en problemas —dijo él.
—Ya estoy en problemas.
—Peores.
—¿Hay niveles?
Juli sonrió por primera vez.
A finales de enero le susurró:
—Van a sacarte de aquí.
—¿A casa?
—No sé.
—¿A Francia?
El hombre la miró sorprendido.
Rosalinda entendió que había acertado.
—¿Tienen papeles?
Juli no respondió.
—¿Mi padre sabe esto?
—No sé.
—Tú nunca sabes nada.
El hombre apretó los labios.
—Ten cuidado con Nogués.
Rosalinda soltó una carcajada.
—Gran consejo después de dos meses.
Fue la última conversación larga que tuvieron.
Durante el cautiverio hubo días que no parecieron importantes.