CAPÍTULO 30 — BERROCAL
El despacho olía a cera, cuero nuevo y humo de puro.
Néstor Berrocal recibió a Silvestre dos días después de su regreso de Lleida.
L a llamada llegó a las ocho y media. Una secretaria dio una dirección en la avenida Diagonal y una hora. No preguntó si podía acudir. La invitación tenía la forma de una citación y la cortesía de quien nunca había necesitado distinguir entre ambas cosas.
La oficina ocupaba una planta alta.
Desde las ventanas Barcelona parecía ordenada: árboles alineados, coches limpios, fachadas sin ropa tendida, hombres de traje cruzando calles donde el barro no entraba en los zapatos.
En una esquina del despacho había una maqueta de Terralta.
Bloques blancos, jardines minúsculos, figuras de plástico junto a un canal pintado de azul.
Berrocal esperaba de pie.
Sesenta y cuatro años. Cabello blanco peinado hacia atrás. Traje gris. Manos cuidadas.
—Inspector Amat.
—Señor Berrocal.
—Ya no lleva oficialmente el caso.
—Todo el mundo parece saberlo.
—Barcelona habla.
—Sobre algunas cosas más que otras.
Berrocal señaló una silla.
Silvestre no se sentó.
El constructor sirvió agua en dos vasos.
—Me han dicho que lleva semanas preguntando por mi familia.
—Por Rosalinda Vega.
Berrocal dejó la botella.
—Eso también era mi familia.
Silvestre sintió la primera oleada de rabia.
—No según ningún documento que ella pudiera usar.
—Los documentos sirven precisamente para ordenar lo que la vida desordena.
—¿Era su hija?
—Sí.
La respuesta llegó tan limpia que Silvestre tardó un segundo en reaccionar.
—¿Por qué no la reconoció?
—Porque tenía una esposa, hijos, socios y una empresa que no iba a sobrevivir intacta a un escándalo de esa clase en 1963.
—Rosalinda sí sobrevivió quince años sin apellido.
—No le faltó nada.
—Le faltó un padre que pudiera pronunciar su nombre en público.
Berrocal lo miró con una paciencia que parecía aprendida en consejos de administración.
—Usted ha venido a juzgarme.
—No soy juez. Usted ya tiene uno amigo.
Por primera vez la expresión cambió.
Muy poco.
—Barnet y yo nos conocemos.
—También Mercadal.
—También.
Silvestre sacó la fotografía de la cacería y la dejó sobre la mesa.
Berrocal apenas la miró.
—¿Eso es una prueba de qué?
—De que la mitad de los hombres que han tocado este caso cenaban juntos antes de que existiera.
—En Barcelona mucha gente se conoce.
—Sobre todo la gente que decide qué le ocurre a la que no conoce a nadie.
Berrocal cogió el vaso.
—Rosalinda quería un lugar en mi vida que yo no podía darle.
—Era su hija.
—Biológicamente.
—¿Qué otra forma conoce?
—Muchas. Supongo que usted también.
Silvestre pensó en Marcos. En Ventura. En la paternidad que nunca tuvo y en la forma en que había convertido a muertos ajenos en sustitutos de una culpa propia.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Octubre.
—Miente.
—No.
—Estuvo retenida por personas de su entorno durante meses.
Berrocal bebió agua.
—Eso dice usted.
—Lo dice su diario.
Hubo una pausa.
Pequeña.
Suficiente.
—¿Diario? —preguntó Berrocal.
Silvestre no respondió.
El constructor entendió el error y dejó el vaso.
—Las adolescentes escriben muchas fantasías.
—No ha preguntado qué contiene.
—No me interesa.
—Le interesa demasiado.
Berrocal caminó hasta la ventana.
—Rosalinda era inteligente y estaba enfadada. Una combinación peligrosa a esa edad.
—¿Peligrosa para quién?
—Para ella misma.
—Mandó vigilarla.
—Pedí a Mercadal que comprobara con quién se relacionaba.
—¿Por qué?
—Había gente animándola a convertir una cuestión privada en un arma.
—Un periodista.
Berrocal no respondió.
—Tomàs Reverter —continuó Silvestre—. Rosalinda acudió a él. Su director llamó a su oficina. Después llamó Mercadal.
—No controlo las llamadas de todo el mundo.
—No. Solo consigue que coincidan.
Berrocal se volvió.
—¿Qué quiere de mí, inspector?
—Saber quién la retuvo.
—No lo sé.
—Nogués estaba allí.
—Álvaro trabajaba para mí en asuntos legales.
—Castany también.
—Josep trabajaba para varias sociedades.
—Eusebio Roca conducía para Terralta.
—Entre otras personas.
—Mercadal vio a Rosalinda viva en una nave cerca del río días antes de que apareciera muerta.
El silencio duró más esta vez.
Berrocal se acercó a la maqueta.
—Zenón habla demasiado cuando se siente culpable.
Silvestre sintió un golpe bajo el esternón.
—Entonces lo sabía.
—Sé que intentó arreglar una situación que se había ido de las manos.
—¿Qué situación?
—Una muchacha incapaz de comprender las consecuencias de lo que estaba haciendo.
—Quería que usted reconociera que era su padre.
—Quería aparecer en mi casa, delante de mi mujer y mis hijos. Quería ir a la prensa. Amenazaba con arrastrar a su madre con ella.
—Eso no justifica encerrarla.
—No he dicho que la encerrara.
—He dicho que estaba encerrada. No quién giró la llave.
Berrocal desvió la mirada hacia la ciudad.
Silvestre comprendió que había encontrado la forma exacta de su poder. Berrocal no necesitaba ordenar cada acto. Bastaba con formular un problema ante personas acostumbradas a solucionarle problemas.
—¿Dio la orden? —preguntó.
—No.
—¿Pidió que la apartaran?
—Pedí que dejaran de convertir una situación familiar en un espectáculo.
—¿Y alguien entendió que debía desaparecer?
—No lo sé.
—Eso le permite dormir.
Berrocal lo miró.
—Duermo poco.
—No por ella.
Algo se endureció en su cara.
—No sabe nada de lo que sentía por mi hija.
—Entonces dígamelo.
Berrocal abrió un cajón y sacó una fotografía.
La dejó sobre la mesa.
Rosalinda tendría seis años. Estaba en una playa, con un cubo de plástico y el cabello pegado a la frente.
—Feliciana me enviaba fotos.
—¿Las guardó?
—Todas.
—¿Y eso qué demuestra?
Berrocal apretó la mandíbula.
—Que no soy lo que usted necesita que sea.
Silvestre entendió.
—Un monstruo.
—Exacto.
—Nunca he pensado que lo fuera.
Berrocal pareció desconcertado.
—¿No?
—Los monstruos facilitan demasiado las cosas. Usted quiso a Rosalinda de una manera que no amenazara nada de lo que ya tenía. Le compró ropa, estudios, silencios. La quiso mientras siguiera siendo invisible.
—No puede saber eso.
—Tengo una libreta escrita por ella.
Berrocal recogió la fotografía.
—No sabe nada de paternidad.
La frase encontró un lugar blando.
Silvestre lo supo.
—No —dijo—. Pero sé algo de sobrevivir cuando otro no.
Berrocal no entendió.
Por una vez, Silvestre agradeció que así fuera.
Se acercó a la maqueta.
—¿Dónde está la marisma?
—Se transformará.
—¿Dónde apareció Rosalinda?
Berrocal señaló un punto casi sin mirar.
—Por ahí.
Silvestre no se movió.
—No le he dicho cuál de sus proyectos.
Una fracción de segundo.
Nada más.
—Ha hablado tanto de la parcela que era evidente.
—No con usted.
Berrocal sonrió con esfuerzo.
—Es bueno.
—No.
—No se menosprecie.
—¿Por qué apareció allí?
—No lo sé.
—La retuvieron en instalaciones vinculadas a sus empresas. La trasladaron con vehículos de Terralta. Su abogado conocía su paradero. Su chófer aparece en sus notas. Y termina en una parcela que su compañía necesitaba limpiar para construir.
—Eso no prueba que yo ordenara matarla.
—No.
—Ni siquiera prueba que la mataran por la parcela.
—No.
Berrocal pareció recuperar algo de seguridad.
Silvestre continuó:
—Prueba algo peor.
—¿Qué?
—Que hubo tanta gente protegiendo sus intereses que quizá nadie necesitó recibir una orden completa.
El constructor lo observó.
—Esa clase de frase queda muy bien en un periódico.
—Rosalinda intentó uno.
—Y mire dónde la llevó.
Silvestre se quedó inmóvil.
Berrocal comprendió lo que acababa de decir.
No retrocedió.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó Silvestre.
—Es una descripción.
—De cómo funciona su mundo.
—De cómo funciona cualquier mundo en el que hay algo que perder.
Silvestre señaló la maqueta.
—¿Cuánto valía la parcela?
Berrocal no respondió.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿Más que una hija?
El constructor cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos parecía cansado.
—La niña no valía lo que vale esa parcela.
La frase fue dicha sin crueldad visible.
Por eso resultó peor.
Silvestre tardó en hablar.
—¿Eso pensó usted?
—Le estoy explicando cómo piensan los hombres que toman decisiones. Una promoción implica cientos de empleos, créditos, compromisos políticos, familias enteras. Una persona puede convertirse en un obstáculo para cosas mayores que ella.
—Una persona.
—No simplifique.
—Era su hija.
Berrocal levantó la voz por primera vez.
—¡Precisamente por eso intenté que saliera de Barcelona!
Silvestre sintió que algo acababa de moverse.
—¿Francia?
Berrocal guardó silencio.
—Habían preparado documentación.
—No sé de qué habla.
—Claro que lo sabe.
—No tiene pruebas.
—No suficientes.
Aquella precisión le devolvió al empresario parte de la calma.
—Entonces sabe dónde está.
—Sé dónde está qué.
—La diferencia entre lo que cree y lo que puede demostrar.
Silvestre pensó en Remei, en Feliciana, en cada hoja desaparecida.
—Sí.
—Aprenda a vivir con ella.
—Eso llevo haciendo demasiado tiempo.
Berrocal volvió a la mesa.
—Rosalinda iba a salir. Castany tenía instrucciones de resolverlo. Yo no pedí que le hicieran daño.
—¿La vio durante el cautiverio?
—No.
—¿Sabía que estaba retenida?
Berrocal respiró hondo.
—Sabía que la estaban manteniendo apartada mientras se preparaba una solución.
—Secuestrada.
—Use la palabra que necesite.
—¿Y cuando murió?
—Me avisaron después.
—¿Quién?
—No recuerdo.
Silvestre soltó una risa breve.
—Recuerda fotografías de hace doce años y olvida quién le dijo que su hija había muerto.
Berrocal se quedó quieto.
—No fui yo quien la mató.
—No he dicho que lo fuera.
—Lo piensa.
—Pienso que está intentando decidir qué distancia exacta necesita entre su voluntad y un cadáver para poder llamarse inocente.
Berrocal apretó las manos.
—Salga de mi despacho.
Silvestre no se movió.
—¿Quién estaba con ella la última noche?
—Fuera.
—¿Eusebio?
—Fuera.
—¿Castany?
Berrocal avanzó un paso.
—He dicho que salga.
Silvestre recogió la fotografía de la cacería.
—¿Ve? Eso sí puede ordenarlo directamente.
Llegó a la puerta.
—Inspector.
Se volvió.
—Su hermano se llamaba Marcos, ¿verdad?
El aire desapareció del despacho.
Berrocal dejó de parecer un empresario durante unos segundos. No se volvió humilde ni culpable. Pareció simplemente un hombre al que alguien había tocado una habitación cerrada.
—Usted no sabe nada de mi familia —dijo.
—Sé que tuvo una hija a la que no reconoció.
—Sabe una palabra escrita en un registro.
—Y pagos. Y cartas. Y gente que la vio venir aquí.
Berrocal caminó hasta la ventana.
—¿Quiere saber cómo empezó? Su madre trabajaba en casa de mis padres. Yo tenía treinta y tantos años. Estaba casado. Mi mujer acababa de perder un embarazo.
Silvestre no dijo nada.
—No busco compasión —añadió Berrocal.
—Menos mal.
El constructor apretó la mandíbula.
—Feliciana nunca me pidió que abandonara a mi mujer. Pidió dinero. Después pidió un colegio. Luego un médico. Yo pagué.
—Y decidió que eso era ser padre.
—Decidí hacerme cargo de lo que podía sin destruir a otras personas.
—Rosalinda era una de esas personas.
—No simplifique.
—Usted lleva toda la conversación simplificando su vida a cantidades.
Berrocal se volvió.
—¿Cree que el mundo funciona con sentimientos? Las casas se construyen con dinero. Los hospitales, con dinero. Las escuelas. Las carreteras. Todo lo que permite a la gente vivir.
—También los silencios, por lo visto.
—A veces un silencio evita diez desgracias.
—Y a veces deja una muchacha en una nave.
Berrocal miró hacia la puerta, como si por primera vez calculara la posibilidad de llamar a alguien.
—Rosalinda empezó a exigir reconocimiento público cuando todo estaba cambiando. Periódicos nuevos, partidos, gente creyendo que cualquier verdad tenía derecho automático a ocupar una portada. No entendía el daño.
—Tenía quince años.
—Precisamente.
—No. Eso no significa lo que usted cree.
Berrocal respiró con dificultad.
—Yo quería sacarla de aquí. Un colegio en Francia. Dinero. Otro apellido si lo necesitaba.
—Ella quería el suyo.
—Era una niña.
—Era su hija.
El silencio duró varios segundos.
—No podía reconocerla —dijo Berrocal al fin.
—Podía.
—No sin consecuencias.
Silvestre se acercó un paso.
—Eso es lo único que lleva toda la mañana diciéndome. Que cada vez que tuvo que elegir entre las consecuencias para usted y las consecuencias para ella, eligió las suyas.
Berrocal no respondió.
En una estantería había una fotografía familiar. Un muchacho joven, una mujer elegante, Berrocal más delgado. Silvestre la miró.
—¿Su hijo?
—Sí.
—¿Qué edad tiene?
—Veintisiete.
—¿Sabe que tenía una hermana?
Berrocal bajó la vista por primera vez.
La ausencia de respuesta fue distinta a las anteriores.
—No —dijo Silvestre—. Tampoco lo sabe.
—Eso no es asunto suyo.
—No. Era asunto de Rosalinda.
Berrocal cerró los ojos un instante.
—Salga.
Silvestre no se movió todavía.
—Cuando ella fue a verlo en septiembre, ¿qué le dijo?
—Ya se lo he explicado.
—No. Me ha explicado lo que quería hacer con ella. ¿Qué le dijo ella?
Berrocal abrió los ojos.
Durante un momento pareció buscar una versión conveniente.
—Dijo que no quería mi dinero.
—¿Algo más?
—Dijo que quería que yo tuviera que pronunciar su nombre delante de mi familia.
Silvestre sintió que la muchacha entraba en el despacho de una forma nueva.
—¿Y lo hizo?
Berrocal miró la fotografía.
—No.
Una sola sílaba.
Quizá la primera respuesta del día que no llevaba contabilidad dentro.
—No vuelva a pronunciar ese nombre.
—No pretendía ofender.
—Entonces no lo use.
—Usted usa a mi hija contra mí.
Silvestre lo miró.
—Su hija está muerta y todavía cree que puede decidir quién tiene derecho a decir su nombre.
Berrocal sostuvo la mirada.
—No sabe lo que siente un padre.
—Tiene razón.
Silvestre abrió la puerta.
—Usted tampoco parece saberlo.
En la calle permaneció varios minutos bajo la marquesina del edificio.
El tráfico de la Diagonal seguía con normalidad. Una pareja discutía junto a un taxi. Dos ejecutivos reían al salir de una cafetería. Un repartidor descargaba cajas.
Nadie sabía que, unos pisos más arriba, un padre acababa de explicar la vida de su hija con la lógica de un balance.
O quizá ese era el error.
Quizá aquellas frases no necesitaban despachos secretos.
Entró en una cafetería y pidió agua.
Sacó la libreta.
Escribió de memoria, separando lo que Berrocal había dicho de lo que él quería haber oído.
«La niña no valía lo que vale esa parcela.»
«Sabía que la estaban manteniendo apartada.»
«Rosalinda iba a salir.»
«No fui yo quien la mató.»
Al terminar llamó a Remei desde una cabina.
—Lo he visto.
—¿Y?
—Admite la paternidad.
—Eso ya lo sabíamos.
—Admite que conocía la retención.
Silencio.
—Eso es distinto.
—No suficiente.
—Nunca es suficiente contigo.
Silvestre apoyó la frente en el cristal.
—Porque con ellos tampoco lo será.
—¿Le crees cuando dice que no la mató?
Silvestre miró el tráfico.
—Creo que para él la diferencia entre matar y permitir que alguien muera es muy importante.
—¿Y para ti?
Pensó en Marcos.
En Joaquín Aranda.
En Rosalinda.
—Cada vez menos.