CAPÍTULO 29 — LA HERMANA
La lluvia golpeaba el tejado de la estación de Lleida.
A lèxia esperaba en el andén con un abrigo marrón. No saludó cuando Silvestre bajó del tren.
—Jordi está con una amiga —dijo.
—Bien.
—No, no está bien.
Caminaron hasta la casa sin hablar.
El Segre aparecía y desaparecía entre edificios. Silvestre evitó mirarlo hasta que fue imposible.
En la cocina, Alèxia dejó las fotografías sobre la mesa.
Él se las había enseñado nada más llegar.
—¿Quiénes son?
—No lo sé.
—¿Policías?
—Probablemente.
—¿Y los mandan por una niña muerta?
—Por lo que sabemos de ella.
Alèxia se sentó.
—Cuéntamelo todo.
Silvestre lo hizo.
Rosalinda. Berrocal. Mercadal. El informe. La carta. La pulsera. La red de favores. Remei. Ventura.
No omitió Muntané.
Cuando terminó, había oscurecido.
Alèxia no dijo nada durante mucho rato.
—Mamá tenía razón —dijo al fin.
Silvestre sintió que regresaba al dormitorio de 1977.
—¿Sobre qué?
—Sobre que siempre te ibas.
—Estoy aquí.
—Ahora.
—Sí.
—Treinta años tarde.
Silvestre asintió.
—Sí.
Alèxia lo miró sorprendida.
—No vas a defenderte.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansado.
Se levantó y caminó hasta el reloj detenido.
—Yo solté a Marcos.
Alèxia cerró los ojos.
—Ya lo sé.
—No. Sabes lo que te dijo mamá. Yo te estoy diciendo lo que pasó.
Silvestre respiró hondo.
—Pensé que si lo soltaba podría salir. Lo pensé. No fue solo un reflejo.
Alèxia se tapó la boca.
—Tenías diecisiete años.
—Él nueve.
—Eras un niño.
—No.
—Sí.
—No necesito que me perdones.
Alèxia abrió los ojos.
—No te estoy perdonando.
Silvestre asintió.
—Bien.
—Y tampoco voy a decirte que no fue culpa tuya.
—Bien.
—Pero mamá te castigó toda su vida porque necesitaba que la muerte de Marcos tuviera una causa que pudiera mirar a la cara.
Silvestre miró el reloj.
—Yo se lo permití.
—Porque también lo necesitabas.
La cocina quedó en silencio.
Alèxia se levantó y abrió un armario. Sacó una botella de vino.
Silvestre la miró.
Ella volvió a guardarla.
—Perdona.
—No pasa nada.
Preparó café.
—¿Qué quieres hacer con los papeles?
—No lo sé.
—¿Publicarlos?
—No creo que lleguen a publicarse.
—¿Entonces?
Silvestre acarició con el pulgar una grieta de la mesa.
—Que existan fuera de sus manos.
Alèxia pensó.
—Tengo compañeros en sindicatos, asociaciones de vecinos, gente que guarda copias de documentos. No periodistas. Gente corriente.
—Podrían meterte en problemas.
—Ya me han hecho fotos.
—Por mí.
—No todo gira alrededor de ti, Silvestre.
La frase habría sido cruel un año antes.
Ahora sonó casi cariñosa.
Alèxia se sentó frente a él.
—Haré copias del informe de Remei y de la carta. Las guardaré en sitios distintos.
—No quiero que Jordi...
—Jordi es mi hijo. Yo decido.
Silvestre bajó la mirada.
—De acuerdo.
Alèxia extendió la mano sobre la mesa.
No llegó a tocar la de él.
Quedó a pocos centímetros.
Era suficiente.
No hubo perdón.
Hubo algo más pequeño y, por eso mismo, más verdadero.
Una tregua.
Aquella noche durmió en su antiguo dormitorio. La casa crujía con los mismos sonidos de la infancia. A las tres se despertó y bajó a la cocina.
Alèxia estaba allí, corrigiendo exámenes.
—¿No duermes?
—Los profesores tampoco somos personas por la noche.
Silvestre se sentó frente a ella.
—¿Qué enseñas mañana?
—Historia.
—Mala idea.
—Por qué.
—Siempre acaba alcanzando a alguien.
Alèxia dejó el bolígrafo.
—Mis alumnos creen que la historia es una lista de fechas que ya no puede hacerles daño.
—A veces es mejor.
—No.
Silvestre la miró.
—Hablas como Remei.
—Entonces me cae bien.
Por primera vez en muchos años hablaron de Marcos sin discutir. Alèxia recordó cómo escondía caramelos bajo la cama. Silvestre contó una vez que había roto una ventana y culpado al gato. Rieron muy poco, pero rieron.
Aquello dolió de una manera distinta.
Durante décadas Marcos había sido solo un muerto. Devolverle travesuras, manías y defectos significaba devolverle una vida que la culpa había borrado.
—No quiero que Rosalinda termine como él —dijo Silvestre.
—¿Muerta?
—Solo muerta.
Alèxia entendió.
—Entonces aprende cosas de ella que no estén en el informe.
Silvestre pensó en las botas buenas, en los vestidos dibujados, en la frase sobre obligar a los ricos a limpiar sus casas.
—Estoy empezando.
Antes de volver a dormir, Alèxia abrió un cajón y sacó una pequeña llave.
—Es del reloj.
Silvestre la miró.
—¿Vas a ponerlo en marcha?
—No lo sé.
—Mamá no quería.
—Mamá está muerta.
La frase fue sencilla.
Brutal.
Alèxia dejó la llave sobre la mesa.
—Algún día habrá que decidir qué cosas conservamos por amor y cuáles por miedo.
Alèxia empezó a hacer copias al día siguiente. Usó la multicopista del instituto después de clase, con ayuda de un compañero sindicalista que no hizo preguntas.
—¿Cuántas? —preguntó él.
—Quince.
—Eso es mucho papel.
—Es poca verdad.
Guardó los juegos en sobres sin remitente. Uno fue a una asociación vecinal del Besòs. Otro a un abogado laboralista. Otro a una profesora universitaria. Dos quedaron en Lleida. Uno viajó a Francia con un amigo.
No esperaban una publicación inmediata.
Querían dispersión.
Silvestre observó los sobres alineados sobre la mesa de la cocina.
—Esto parece una conspiración.
—Tú eres policía. Todo te parece conspiración.
—Fui policía.
Alèxia levantó la vista.
—Todavía no.
La palabra lo incomodó.
Todavía.
No sabía que acababa de describir el tiempo exacto que le quedaba dentro de la institución.
Alèxia guardó una copia del diario en el instituto dentro de un atlas viejo. Otra quedó en casa de una compañera. Cuando Silvestre se enteró, protestó.
—Estás metiendo a más gente.
—Estoy repartiendo riesgo.
—No sabes quién puede hablar.
—Tú tampoco.
—Yo llevo años trabajando con informantes.
—Y mira qué bien ha salido todo.
Silvestre no tuvo respuesta.
Alèxia cerró el atlas.
—No puedes pedir que la verdad sobreviva y al mismo tiempo querer controlar todas las manos que la tocan.
—Puedo intentarlo.
—Eso es exactamente lo que hace Berrocal.
La comparación fue injusta.
Por eso funcionó.
Silvestre se apartó.
—No soy él.
—No. Pero tampoco eres inmune a parecerte a la gente que odias cuando crees que tu motivo es mejor.
Silvestre miró a su hermana.
Durante años la había considerado cruel porque no lo perdonaba.
Empezaba a sospechar que la verdadera función de Alèxia en su vida no era perdonarlo ni condenarlo.
Alèxia abrió la puerta y supo que algo había ocurrido antes de que Silvestre hablara.
—Entra.
No preguntó por qué había conducido hasta Lleida de noche.
Su sobrino dormía. La casa olía a sopa recalentada y libros. Silvestre dejó la chaqueta sobre una silla.
—Mercadal la vio —dijo.
—¿A quién?
—A Rosalinda. Antes de desaparecer.
Alèxia se sentó.
Silvestre contó todo. La visita a comisaría. Castany. Berrocal. Nogués. Incluso la recaída.
No seleccionó una versión favorable.
Cuando terminó, Alèxia preguntó:
—¿Qué quieres de mí?
—No lo sé.
—Has venido hasta aquí por algo.
Silvestre miró sus manos.
—Quiero que guardes una copia del informe de Remei.
—¿Por qué yo?
—Porque no confío en nadie.
Alèxia sonrió sin humor.
—Eso sí que es confianza fraternal.
—Confío en ti para esto.
—¿Y para lo demás?
Silvestre levantó la vista.
—No sé cómo.
La respuesta sorprendió a ambos.
Alèxia tomó el sobre.
—¿Qué hago si te pasa algo?
—Nada.
—No pienso aceptar eso.
—No publiques. No vayas a periodistas. Solo guárdalo.
—¿Para qué?
—Para que exista.
Alèxia acarició el borde del sobre.
—Te has pasado la vida queriendo que las cosas existan en papeles.
—Porque la memoria cambia.
—Los papeles también desaparecen.
—Por eso hay copias.
Ella lo miró.
—¿Esto es por Rosalinda o por Marcos?
Silvestre se levantó y caminó hasta la ventana.
—No lo sé.
—Deberías.
—No puedo separarlos siempre.
—Pues inténtalo. Rosalinda no murió para darte una segunda oportunidad.
Silvestre apretó los dientes.
—Ventura me dijo algo parecido.
—Entonces me cae bien.
—Es insolente.
—También tú a los veintidós.
—No me conocías a los veintidós.
—Vivía contigo.
Silvestre casi sonrió.
Alèxia se levantó y fue a un armario. Sacó una caja de madera.
Dentro había fotografías, cartas y un recorte amarillento.
La noticia de la muerte de Marcos.
—Esto era de papá.
Silvestre lo reconoció.
—Lo encontraste.
—Después de que muriera.
—¿Por qué no me lo diste?
—Porque todo lo convertías en una reliquia de culpa.
Silvestre tomó el recorte.
El papel se rompía en los pliegues.
—Mamá se arrepintió —dijo Alèxia.
—Ya me lo dijiste.
—No de culparte. De haberte dejado solo con eso.
Silvestre la miró.
—¿Te lo dijo así?
—No exactamente.
—Entonces no inventes.
Alèxia sonrió con tristeza.
—Mira quién habla.
Se sentaron.
Por primera vez en muchos años hablaron de Marcos sin discutir sobre quién tenía derecho a sufrir más.
Alèxia recordó que cantaba mal. Que escondía pan bajo la cama. Que odiaba los guisantes. Detalles inútiles.
Silvestre descubrió que apenas recordaba esas cosas.
Había conservado la muerte y perdido al hermano.
—Eso le puede pasar también a Rosalinda —dijo Alèxia.
—¿Qué?
—Que la conviertas en cómo murió y olvides cómo vivió.
Silvestre pensó en la lista de ciudades, en los veinte duros que debía a Maribel, en la frase de la pared.
Aquí no me quedaré.
—Tienes razón.
Alèxia levantó una ceja.
—Repítelo. Quiero asegurarme de que lo he oído.
Esta vez sí sonrió.
Duró poco.
Pero fue la primera vez que ambos compartieron algo que no era culpa desde la muerte de Marcos.
Antes de dormir, Alèxia sacó una botella de vino de un armario.
Silvestre la miró.
—No voy a beber.
—No te la ofrecía.
—Entonces ¿por qué la sacas?
—Porque yo sí quiero una copa y estoy cansada de que tu problema convierta cada botella en un personaje.
Silvestre se quedó callado.
Alèxia sirvió solo para ella.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—Necesitas aprender que el mundo no se reorganiza alrededor de tu abstinencia.
Silvestre observó el vino.
—No sabes lo difícil que es.
—No. Y tú no sabes lo difícil que fue crecer en una casa donde todo giraba alrededor de Marcos y después alrededor de tu culpa.
Él levantó la mirada.
—¿También eso te lo hice?
—No todo lo que duele tiene un culpable único.
Silvestre sonrió con tristeza.
—Esa frase serviría para el caso.
—No conviertas esto en trabajo.
Bebió un sorbo.
—Quiero ayudarte con Rosalinda. Pero no para salvarte.
—Lo sé.
—¿Seguro?
Silvestre tardó.
—Empiezo.
Alèxia asintió.
Era lo más cerca que habían estado de una reconciliación.
Y precisamente porque ninguno la llamó así, pudo durar.
Alèxia aceptó guardar las copias en el instituto.
No en casa.
—Si vienen a buscar, empezarán por aquí —dijo.
Las metió dentro de una caja de exámenes antiguos en el departamento de Historia.
—Nadie abre esto voluntariamente.
Silvestre miró las pilas de papeles.
—¿Y si los tiran?
—Los profesores nunca tiramos exámenes. Tenemos una enfermedad.
Él sonrió.
—Gracias.
Alèxia se quedó quieta.
—Has dicho gracias dos veces en una noche.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
La ligereza duró apenas un instante, pero Silvestre la recordó después como una de las pocas noches de aquellos meses en que el caso no ocupó todo el espacio entre ellos.
Aquella noche Alèxia leyó el informe de Remei completo.
No era médico ni policía. Algunas expresiones le resultaban opacas, pero entendía las fechas, las correcciones a mano y las ausencias. En el margen de una copia escribió preguntas con lápiz, como si corrigiera un examen.
¿Quién recibió el original?
¿Quién autorizó la incineración?
¿Por qué la madre firma después de que la decisión ya esté tomada?
Silvestre la observó desde la puerta.
—Pareces profesora incluso cuando intentas derribar una comisaría.
—Alguien tiene que ordenar tu letra.
—No va a publicarse.
Alèxia dejó el lápiz.
—¿Por qué?
—Porque no tenemos una acusación que un periódico pueda sostener sin que lo destrocen en un juzgado.
—No he dicho periódico.
—Entonces ¿qué?
Alèxia sacó tres sobres.
Uno iba dirigido a un abogado laboralista de Lleida. Otro a una asociación vecinal de Barcelona. El tercero, a una profesora que conocía en una organización de derechos humanos.
—Copias —dijo—. Nada más.
Silvestre negó.
—Las pones en peligro.
—No he escrito nombres que no estén en los documentos.
—No entiendes cómo funciona esto.
Alèxia lo miró con una paciencia que le recordó a Visitación y que lo irritó por el mismo motivo.
—Ese argumento te ha servido demasiados años.
—Es verdad.
—Puede. Pero también es cómodo. Siempre eres tú quien sabe cuánto riesgo pueden asumir los demás.
Silvestre se acercó a la mesa.
—Rosalinda está muerta.
—Precisamente.
—No quiero más gente herida.
—Yo tampoco. Pero no confundas proteger con decidir.
La frase lo obligó a callar.
Alèxia cerró los sobres sin pedir permiso.
—No espero que nadie detenga a Berrocal por esto. Quiero que, si desaparece una copia, exista otra en un sitio que no controles tú, ni Mercadal, ni Barnet.
Silvestre miró los sobres.
—Eso mismo hizo Brion durante años.
—Entonces por una vez aprendamos algo del cobarde adecuado.
A la mañana siguiente, antes del cementerio, enviaron dos. El tercero lo guardó Alèxia.
No cambiarían el resultado judicial.
Pero meses después, cuando el caso se archivara, una de aquellas copias permitiría a la asociación vecinal reconstruir las fechas y escribir el nombre de Rosalinda en un folleto.
No era justicia.
Era evitar una segunda desaparición.
A la mañana siguiente, Alèxia llevó a Silvestre al cementerio.
No habían visitado juntos la tumba de Marcos desde niños.
La lápida había sido sustituida años atrás. El nombre seguía pareciéndole demasiado breve.
MARCOS AMAT FERRAGUT.
1939–1948.
Silvestre se quedó quieto.
—No tienes que decir nada —dijo Alèxia.
—He venido hablando toda la vida.
—No con él.
Silvestre miró la piedra.
Durante años había imaginado pedir perdón a Marcos. Ahora la idea le parecía injusta. Un niño muerto no debía cargar además con la tarea de absolverlo.
—Tuve miedo —dijo.
Alèxia permaneció a su lado.
—Y lo solté.
El viento movió hojas secas sobre la grava.
—Eso es todo.
No hubo respuesta.
No debía haberla.
Silvestre sintió una tristeza enorme y, debajo, algo distinto. No alivio. Una especie de precisión.
Había dicho los hechos sin convertirlos en sentencia.
Alèxia le tomó del brazo.
—Vamos.
—Un momento.
Se agachó y limpió con la mano una mancha de polvo de la lápida.
—No voy a venir más a pedirte nada —murmuró.
Alèxia fingió no oír.
Cuando regresaron a casa, Silvestre guardó la copia del informe de Remei junto a la carta de Visitación.
Dos documentos sobre culpas distintas.
Ninguno resolvía nada.
Pero los dos le cerraban una salida que conocía demasiado bien: recordar solo aquello que le permitía seguir contándose la misma historia.