CAPÍTULO 28 — ENTONCES LA MADRE
El olor de las velas se mezclaba con el de la lana mojada.
M arcos estaba dentro del ataúd con las manos cruzadas sobre el pecho.
Le habían peinado el cabello hacia un lado y cerrado la boca con una delicadeza que a Silvestre le pareció una impostura.
Su hermano nunca dormía así. Dormía con una rodilla fuera de la manta, respirando por la boca, como si incluso quieto estuviera a punto de salir corriendo.
Ahora no correría más.
Silvestre llevaba horas sin llorar.
Habían entrado vecinos, hombres de la curtiduría, dos maestras, el párroco y familiares que él apenas reconocía.
Todos decían cosas parecidas. Qué desgracia.
Qué buen chico. Dios sabrá por qué. Celestino recibía cada frase con una inclinación de cabeza y luego ofrecía café, como si la casa pudiera seguir funcionando gracias a una sucesión correcta de tazas.
Visitación no se había sentado.
Permanecía junto al ataúd con el vestido negro pegado al cuerpo y los ojos secos. Alèxia, demasiado pequeña para comprender por qué nadie le permitía acercarse a Marcos, dormía en una silla de la cocina con la cabeza apoyada contra una chaqueta doblada.
Cuando la última vecina salió al rellano y Celestino acompañó al cura hasta la puerta, Visitación llamó a Silvestre con un gesto.
No lo abrazó.
Le tomó la muñeca.
—Mírame.
Él obedeció.
Tenía diecisiete años y desde la tarde del río esperaba una pregunta que nadie había formulado. Cómo ocurrió. Por qué no gritaste antes. Por qué tú saliste. En su cabeza había ensayado respuestas para todas.
Visitación no preguntó.
—Tú lo dejaste ir.
Silvestre sintió que algo cedía dentro del pecho.
—Mamá…
—Él confiaba en ti.
—Me estaba ahogando.
La mano de Visitación se cerró sobre su muñeca.
—Y él también.
Silvestre empezó a llorar entonces. No por Marcos. O no solo por Marcos. Lloró porque aquellas palabras convertían el segundo más confuso de su vida en una decisión nítida, y una decisión podía condenarse.
—No quería morir.
Visitación lo soltó.
—Él tampoco.
Celestino apareció en la puerta.
—Visitación.
Ella no se volvió.
—Yo lo sé —dijo.
Tres palabras.
Durante años Silvestre recordaría el tono mejor que la frase. No había rabia. La rabia habría permitido discutir. Había una certeza sin espacio para defensa.
Celestino lo agarró del hombro y lo llevó a la cocina.
—Siéntate.
Silvestre se negó.
—He dicho que te sientes.
Obedeció.
Su padre puso delante de él una taza de café y no añadió azúcar. Sabía que Silvestre lo tomaba dulce. Aquel descuido le pareció más grave que todo lo demás.
—Mamá cree que lo maté.
Celestino permaneció de pie.
—Tu madre acaba de enterrar a un hijo.
—No lo ha enterrado todavía.
El padre miró hacia el pasillo.
—Para ella sí.
—¿Y tú?
Celestino tardó demasiado.
—Yo no estaba allí.
Silvestre levantó la vista.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Años después comprendería que aquella frase fue una de las pocas veces que su padre se negó a fingir una certeza para aliviar a alguien.
En aquel momento la odió.
El entierro fue al día siguiente.
Llovió.
La tierra del cementerio se pegaba a los zapatos y los hombres se pasaban los paraguas de una mano a otra para poder estrechar la de Celestino. Visitación no miró a Silvestre durante la ceremonia. Alèxia preguntó dos veces cuándo volvía Marcos a casa. Una tía terminó llevándosela lejos de la fosa.
Silvestre observó cómo bajaban el ataúd.
Por primera vez pensó que quizá una persona podía morir dos veces: una en el agua y otra cuando los demás aceptaban que no iba a volver.
Esa noche durmió vestido.
Soñó con la mano.
En el sueño no la soltaba. Ese era el castigo. Marcos seguía colgado de él mientras la corriente tiraba de los dos, y Silvestre comprendía que iban a morir juntos. Despertó antes del agua.
Durante semanas, Visitación apenas le dirigió la palabra.
No necesitaba hacerlo.
La casa había desarrollado un idioma propio. La silla de Marcos permanecía en su sitio. Su plato seguía en el aparador. Nadie tocaba la chaqueta que colgaba detrás de la puerta. En la mesa, cada ruido tenía una medida distinta porque faltaba uno de los cuerpos que acostumbraban a producirlos.
Alèxia empezó a dormir con la puerta cerrada.
Celestino dejó de proponer paseos los domingos.
Silvestre evitaba pasar junto al Segre incluso cuando eso suponía dar un rodeo de veinte minutos.
Un mes después volvió solo.
No lo había planeado.
Salió de la curtiduría al anochecer y caminó hasta el puente. El río llevaba menos agua. Las piedras de la orilla estaban cubiertas de un barro claro que no se parecía al de aquel día.
Se quedó detrás de la barandilla.
No encontró nada.
Ni una marca.
Ni una rama rota.
Ni el lugar exacto donde Marcos había desaparecido.
Aquello lo enfureció.
El río había seguido.
Silvestre esperaba, sin haberlo sabido, que el paisaje conservara una herida visible. Una zona prohibida. Una cicatriz en la superficie. Pero el agua se movía con la misma indiferencia que antes de conocerlos.
Cogió una piedra y la arrojó.
Después otra.
A la tercera oyó pasos.
Visitación estaba detrás de él.
No supo cuánto tiempo llevaba allí.
—Vámonos —dijo ella.
Silvestre no se movió.
—¿Vienes a ver dónde lo maté?
La cara de su madre cambió.
Muy poco.
—No digas eso.
—Lo dijiste tú.
—Dije otra cosa.
—Es lo mismo.
Visitación miró el agua.
—No. Todavía no sabes cuánto pueden pesar las palabras cuando uno las dice el día equivocado.
Silvestre quiso preguntarle si retiraba lo del velatorio.
No lo hizo.
Ella tampoco se disculpó.
Caminaron a casa separados por dos pasos.
Fue la primera tregua, aunque ninguno la reconoció.
Los años no arreglaron aquello. Le cambiaron la forma.
Visitación regresó poco a poco a las tareas de la casa. Compró carbón, discutió con el tendero, cosió dobladillos, riñó a Alèxia por llegar tarde. Había tardes en que reía con una vecina y Silvestre sentía una indignación absurda: ¿cómo podía reír si Marcos seguía muerto?
Después se sorprendía a sí mismo riendo en la curtiduría y se odiaba por la misma razón.
La pena, descubrió sin querer, no era una habitación en la que uno permanecía encerrado. Era una humedad. Aparecía en paredes distintas aunque el resto de la casa siguiera utilizándose.
Visitación convirtió a Marcos en una presencia doméstica.
«A Marcos le gustaba más así.»
«Marcos habría ayudado.»
«Tu hermano no habría contestado de esa manera.»
Al principio Silvestre callaba.
Luego empezó a marcharse de la mesa.
Una noche, dos años después, golpeó la puerta al salir y el cristal se rompió.
Celestino lo obligó a repararlo antes de acostarse.
—Ella hace que siga aquí —dijo Silvestre mientras recogía los trozos.
Su padre sostenía la lámpara.
—Está aquí.
—Está muerto.
—Una cosa no impide la otra.
Silvestre dejó de recoger.
—Eso no significa nada.
—Ya aprenderás que casi todo lo importante significa varias cosas a la vez.
Celestino apagó la lámpara cuando terminaron.
Silvestre no olvidó la frase.
Tampoco la comprendió entonces.
Alèxia fue quien primero se atrevió a discutir el modo en que Marcos ocupaba la casa.
Tenía once años cuando Visitación la encontró usando uno de sus lápices escolares, guardado todavía en un cajón.
—Déjalo donde estaba.
—Es un lápiz.
—Era de tu hermano.
Alèxia sostuvo el objeto.
—Por eso no va a necesitarlo.
Visitación levantó la mano.
Silvestre estaba en el pasillo.
Podía haber intervenido.
No lo hizo.
La bofetada sonó más fuerte de lo que era.
Alèxia no lloró. Dejó el lápiz en la mesa y miró a su madre con una expresión que Silvestre recordaría treinta años después en la marisma, cuando aquella misma niña convertida en mujer le ordenara que dejara de golpear a otro hombre.
—No vuelvas a tocarme —dijo Alèxia.
Visitación bajó la mano.
Silvestre siguió en el pasillo.
A veces la culpa no nacía de grandes decisiones. A veces era permanecer quieto a tres metros de distancia.
Aquella noche Alèxia entró en su cuarto.
—Tú también le tienes miedo.
Silvestre estaba leyendo.
—No digas tonterías.
—Entonces ¿por qué no hiciste nada?
No encontró respuesta.
Alèxia se marchó.
Durante años él pensaría que su hermana lo culpaba sobre todo por Marcos.
Tardó mucho en entender que también lo juzgaba por todas las veces posteriores en que eligió el silencio.
Cuando anunció que quería entrar en la policía, Visitación dejó caer una cuchara dentro del fregadero.
—¿Para qué?
Silvestre había preparado una respuesta: orden, seguridad, un sueldo estable.
Dijo otra.
—Para que las cosas tengan consecuencias.
Su madre se volvió.
—¿Qué cosas?
Él no contestó.
Visitación entendió de todas formas.
—No conviertas a tu hermano en un oficio.
Silvestre salió de la cocina.
La frase lo acompañó durante décadas porque, en cierto modo, hizo exactamente eso.
Buscó reglas, expedientes, culpables, artículos, firmas. Un mundo donde cada hecho pudiera encajarse en una casilla y cada casilla tuviera un nombre. La policía le ofrecía la promesa de una claridad que el Segre le había negado.
Tardó años en descubrir que las instituciones también podían fabricar niebla.
La última conversación verdaderamente larga que tuvo con Visitación ocurrió mucho después, cuando ella empezó a enfermar y él regresó a Lleida para acompañarla unos días.
No hablaron del río.
Eso fue lo importante.
Ella pidió que abriera la ventana. Entró aire frío y el ruido de un tranvía lejano.
—Vas a enfriarte —dijo Silvestre.
—A estas alturas ya no voy a estropearme mucho más.
Él sonrió.
Visitación lo vio.
—Todavía sabes.
—¿Qué?
—Reírte.
La observación lo incomodó más de lo que habría querido.
—Claro.
—No mucho.
Silvestre acomodó la manta sobre sus piernas.
Por primera vez estuvo a punto de preguntarle si lo había perdonado y comprendió, antes de abrir la boca, que la pregunta obligaría a una mujer enferma a hacer algo por él.
Calló.
Visitación debió de advertir el movimiento.
—Tu hermano no vive en el río —dijo.
Silvestre levantó la cabeza.
—Ya lo sé.
Ella negó despacio.
—Eso dices mucho.
No explicó más.
En 1978, frente al agua negra del Besòs, aquellas palabras regresarían con otra forma.
Rosalinda tampoco estaba en la marisma.
Estaba en la habitación donde la retuvieron. En el papel arrancado de un informe. En una madre a la que administraron sedantes. En un policía que decidió que un asunto familiar podía esperar. En una niña que escribió su nombre sobre madera porque alguien intentaba convertirla en ausencia.
Silvestre había pasado media vida confundiendo el lugar de una muerte con el lugar donde debía buscarse la culpa.
El agua solo había estado allí.
Los demás habían hecho el resto.