La casa de las aguas negras CAPÍTULO 27 — LA CONFRONTACIÓN
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CAPÍTULO 27 — LA CONFRONTACIÓN

El reloj del despacho marcaba las nueve y siete.

Silvestre entró sin llamar.

M ercadal levantó la vista de unos papeles.

—Buenos días.

Silvestre dejó sobre la mesa la fotografía de la cacería, el parte de seguimiento de Rosalinda y la relación de llamadas al despacho de Castany.

Mercadal miró los tres documentos.

No fingió sorpresa.

Eso fue peor.

—¿Dónde los has conseguido?

—¿La conocías antes de que desapareciera?

Mercadal se quitó las gafas.

—Cierra la puerta.

Silvestre no se movió.

—Ciérrala tú.

El comisario se levantó y lo hizo.

Durante unos segundos ninguno habló.

El fluorescente zumbaba sobre sus cabezas. Afuera, una máquina de escribir golpeaba con un ritmo irregular. La comisaría seguía funcionando con la obscena normalidad de los lugares donde una verdad importante solo ocupa un despacho.

—¿Conocías a Rosalinda Vega? —repitió Silvestre.

—Sabía quién era.

—¿Desde cuándo?

—Desde que Néstor me pidió discreción.

La palabra cayó con una suavidad insoportable.

—¿Discreción?

—Una hija no reconocida. Una muchacha que amenazaba con presentarse en su casa, en actos, en la empresa. Quería evitar un escándalo.

—Tenía quince años.

—Lo sé.

—Mandaste seguirla.

Mercadal miró el parte.

—Pedí comprobar con quién se relacionaba.

—¿Por qué?

—Berrocal decía que alguien podía estar utilizándola para chantajearlo.

—¿Y le creíste?

—Le creí lo suficiente para mirar.

Silvestre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Doce días después desapareció.

—Sí.

—¿Qué hiciste?

Mercadal tardó.

—Nada útil.

—No te he preguntado si fue útil.

—La denuncia llegó como fuga voluntaria. La madre no sabía con quién se había ido. Había antecedentes de ausencias cortas. Y Néstor insistía en que la chica estaba intentando presionarlo.

—Tú sabías quién era su padre.

—Sí.

—Y lo ocultaste en el expediente.

—Sí.

La sinceridad de Mercadal tenía algo de defensa. Cada admisión parcial parecía destinada a impedir la pregunta siguiente.

Silvestre señaló la relación de llamadas.

—Rosalinda vino aquí.

Mercadal no respondió.

—Estuvo en esta comisaría y tú llamaste a Castany tres veces.

El jefe se sentó.

—Una vez.

Silvestre sintió que el suelo se inclinaba.

—La viste.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Finales de octubre. Llegó sola. Preguntó por un inspector.

—¿Por mí?

—Por cualquiera que quisiera escucharla.

La frase dolió más de lo que Silvestre esperaba.

—¿Qué contó?

Mercadal se frotó la frente.

—Que Berrocal era su padre. Que quería reconocerla en privado y negarla en público. Que le habían ofrecido dinero. Que tenía papeles. Estaba enfadada y asustada.

—¿Pidió protección?

Mercadal levantó la vista.

—Sí.

Silvestre permaneció inmóvil.

—¿Y qué hiciste?

—Llamé a Castany.

—¿Por qué?

—Porque era el abogado de Berrocal y pensé que aquello podía resolverse como un asunto familiar.

—La entregaste.

—No.

—La entregaste.

—Mandé que la llevaran con su madre.

—No volvió a su casa.

—Lo supe después.

Silvestre rodeó la mesa.

—¿Quién vino a recogerla?

Mercadal apretó los labios.

—Castany.

—¿Solo?

—Con un chófer.

—¿Eusebio Roca?

Una pausa mínima.

—No recuerdo el nombre.

Silvestre agarró a Mercadal por la solapa.

El comisario no se defendió.

—Era una niña.

—Sí.

—Pidió ayuda.

—Sí.

—Y llamaste al hombre del que pedía protección.

—Llamé a un abogado.

Silvestre apretó más.

—Eso es lo que te dices.

Mercadal lo miró de frente.

—Suéltame.

Silvestre no lo hizo.

—¿Sabías dónde la tenían?

—No.

—¿Fuiste a verla después?

Mercadal desvió la mirada.

Silvestre sintió una descarga.

—Fuiste.

—Una vez.

—¿Dónde?

—Una nave cerca del río.

—¿Cuándo?

—Febrero.

—¿Antes de que apareciera el cuerpo?

—Sí.

Silvestre lo soltó.

Mercadal se arregló la chaqueta.

—Fui porque Castany me llamó. La situación se había descontrolado. Rosalinda llevaba demasiado tiempo retenida. Dije que tenían que devolverla a casa.

—¿Retenida?

—Usa la palabra que quieras.

—Secuestrada.

Mercadal cerró los ojos.

—Sí.

La admisión quedó suspendida.

—¿Estaba viva?

—Sí.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Hablaste con ella?

—No.

—¿Por qué no la sacaste tú mismo?

Mercadal golpeó la mesa con la palma.

—Porque pensé que la sacarían al día siguiente.

Porque Castany me aseguró que la llevarían con su madre.

Porque Néstor estaba dispuesto a pagar para que se fuera a Francia con documentación y porque, en aquel momento, me pareció una solución menos peligrosa que detener a media docena de hombres con amigos en Gobernación y un juez sentado a su mesa.

—¿Menos peligrosa para quién?

Mercadal abrió la boca.

No contestó.

Silvestre sintió que aquella era la única pregunta que importaba.

—Dos días después Nogués le llevó la pulsera a Feliciana —dijo—. Luego apareció el cuerpo.

—Lo sé.

—¿Quién te avisó?

—Castany.

—¿Antes o después del hallazgo?

Mercadal calló.

—Antes —dijo Silvestre.

—Horas antes.

—Y no hiciste nada.

—No sabía que estaba muerta.

—Sabías suficiente.

Mercadal levantó la voz.

—¡Tú también has sabido suficiente muchas veces!

El nombre de Joaquín Aranda no hizo falta.

Silvestre se quedó quieto.

Mercadal señaló la puerta.

—No vengas aquí a inventarte una frontera moral. Estuviste en la redada del setenta y cuatro. Golpeaste a un detenido. Firmaste el parte. Yo hice desaparecer una investigación interna que podía haberte expulsado del cuerpo.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabes porque te conviene saberlo. Durante cuatro años te pareció protección.

Silvestre sacó del bolsillo la copia de la nota encontrada en su expediente.

AMAT. CONSERVAR. ÚTIL.

La dejó sobre la mesa.

Mercadal la miró.

—¿Qué significa?

—Lo que dice.

—¿Me protegiste porque era útil?

Mercadal se sentó de nuevo.

—Te protegí porque eras bueno y porque estabas roto. Los hombres rotos entienden rápido cómo funciona una institución. No necesitan que se les explique demasiado el precio de pertenecer.

Silvestre sintió náusea.

—Hablas como Berrocal.

—No. Berrocal cree que el dinero lo absuelve. Yo nunca he creído estar absuelto.

—Eso no te hace mejor.

—Nunca he dicho que lo haga.

El comisario tomó la fotografía de la cacería.

—¿Sabes qué ves aquí?

—Cinco hombres protegiéndose.

—Ves un país entero aprendiendo a cambiar de traje sin cambiar de agenda. Jueces, policías, constructores, funcionarios. Algunos votarán distinto. Otros se llamarán demócratas. Todos seguirán necesitando favores.

—¿Y eso justifica a Rosalinda?

—No.

—Entonces deja de explicarlo como si lo hiciera.

Mercadal dejó la fotografía.

—Tú quieres una razón que convierta esto en un crimen cometido por monstruos. No la hay.

—No necesito monstruos.

—Sí. Los necesitas para no parecerte a ellos.

Silvestre miró sus manos.

—Me parezco.

Mercadal no esperaba la respuesta.

—Por eso estoy aquí —continuó Silvestre—. No para demostrar que soy distinto. Para dejar de ayudarte a fingir que no lo somos.

Sacó la placa.

La sostuvo entre dos dedos.

—¿Qué haces?

Silvestre la miró.

—Todavía no lo sé.

—Si sales por esa puerta, puedo impedir que vuelvas.

—Puede que esa sea la idea.

—¿Y qué crees que ocurrirá? ¿Que un periódico publicará tus papeles? ¿Que Barnet detendrá a Berrocal? ¿Que una comisión va a limpiar veinte años porque tú tengas una crisis de conciencia?

—No.

—Entonces ¿para qué?

Silvestre guardó la placa otra vez.

—Para no ayudarte más.

Mercadal lo llamó antes de que abriera.

—Silvestre.

Se volvió.

El jefe parecía de pronto más viejo que sus cincuenta y ocho años.

—Yo te salvé muchas veces.

—Ese fue el problema.

Salió.

No abandonó el edificio de inmediato.

Se sentó en un banco del vestíbulo y encendió un cigarrillo a pesar del cartel que lo prohibía. Le temblaban las manos.

Ventura apareció unos minutos después.

—Le dije que no viniera.

—No he entrado.

—Es casi lo mismo.

Se sentó a su lado.

Silvestre le contó lo esencial: Rosalinda había acudido a la comisaría, Mercadal había llamado a Castany y más tarde había visto a la muchacha retenida en una nave.

Ventura cerró los ojos.

—Entonces la pudo sacar.

—Sí.

—Y no lo hizo.

—No.

—¿Por qué?

Silvestre miró el humo.

—Porque hacer lo correcto tenía demasiadas consecuencias para demasiada gente.

—Eso no es una razón.

—Precisamente.

Ventura guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Le habló de Aranda?

Silvestre lo miró.

—¿Has leído todo mi expediente?

—Lo que encontré.

La ira llegó primero.

Luego cansancio.

—¿Sabes qué hice?

—Sé lo que firmó.

—Lo golpeé.

Ventura no dijo nada.

—Una vez. Muntané más. Aranda murió después. No sé qué golpe lo mató. Firmé que no podía relacionarlo con la muerte.

—¿Por qué me lo cuenta ahora?

—Porque Mercadal tiene razón en una cosa. Yo formo parte de esto.

Ventura miró hacia la escalera.

—Mi padre desapareció en una comisaría.

—Lo sé.

—A veces he pensado que usted podía ser uno de los hombres que estaban allí.

Silvestre recibió la frase sin moverse.

—Podría haberlo sido.

El joven lo miró.

Silvestre continuó:

—No voy a pedirte que confíes en mí.

—Bien.

—Pero tampoco quiero que uses a Rosalinda para ajustar cuentas con Mercadal.

Ventura apretó la mandíbula.

—Y usted no la use para perdonarse.

Silvestre asintió.

—Eso también.

Salieron juntos.

En la puerta, Ventura miró hacia una ventana del primer piso.

Mercadal estaba allí.

No parecía enfadado.

Parecía asustado.

Antes de abandonar la comisaría, Silvestre pasó por la sala donde había trabajado durante años.

Nadie lo detuvo. Dos agentes redactaban partes. Una máquina de escribir golpeaba con regularidad. Noguera discutía por teléfono con alguien sobre un vehículo mal estacionado. En una esquina, un hombre esposado esperaba a que llegara un familiar.

La normalidad resultaba ofensiva.

Silvestre había imaginado que, después de escuchar a Mercadal admitir que vio a Rosalinda retenida y no la liberó, el edificio tendría que mostrar alguna grieta. Nada había cambiado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Noguera.

—No.

El agente dejó el teléfono.

—¿Ha pasado algo con el jefe?

Silvestre miró el despacho cerrado.

—Pregúntaselo.

—Te lo pregunto a ti.

Durante un instante estuvo a punto de contárselo todo.

No lo hizo.

—Una chica vino aquí pidiendo ayuda y la devolvimos a la gente de la que tenía miedo.

Noguera frunció el ceño.

—¿Rosalinda?

Silvestre se sorprendió.

—¿Lo sabías?

—Oí algo. Pensé que era una pelea familiar.

—Eso pensó todo el mundo porque era la versión más cómoda.

Noguera bajó la voz.

—Yo no estaba de guardia.

—No te estoy acusando.

—Parece que sí.

Silvestre miró las mesas.

—Quizá porque llevo una hora acusándome a mí mismo.

Noguera se apartó.

—No sé qué quieres que haga.

—Nada todavía.

—Entonces no me cuentes cosas que después tendré que decidir si sé.

La frase era honesta de una manera desagradable.

Silvestre asintió.

—Tienes razón.

Salió al pasillo.

A sus espaldas la máquina de escribir siguió golpeando.

Una institución podía continuar funcionando mientras dentro de ella una verdad cambiaba de dueño.

En casa, antes de que sonara el teléfono, Silvestre redactó de memoria la conversación con Mercadal.

No intentó escribir un informe oficial. Sabía que cualquier documento presentado por el cauce normal volvería a la mesa del propio comisario. Utilizó hojas sin membrete y numeró cada párrafo.

1. Mercadal reconoce que R. Vega acudió a la comisaría solicitando protección.

2. Reconoce llamada posterior a Castany.

3. Reconoce haber visto a R. Vega retenida en una nave próxima al río.

Al llegar al tercer punto dejó el lápiz.

La palabra reconoce le pareció engañosa. Mercadal no había confesado ante testigos. Había hablado con un hombre al que llevaba décadas llamando amigo. Un juez podía reducir todo aquello a una conversación imposible de probar.

Escribió debajo:

Sin testigos. Sin grabación. Mi palabra contra la suya.

Luego añadió algo que ningún parte policial habría aceptado:

Le creí.

Hizo cuatro copias a mano. Una para Remei. Otra para Alèxia. La tercera la guardó en una consigna de estación. La cuarta quedó dentro de un sobre dirigido a Ventura.

Mientras copiaba comprendió la ironía: había pasado media vida confiando en que el papel podía transformar una versión en verdad oficial. Ahora necesitaba papel precisamente porque la verdad oficial podía ser destruida.

Salió a la calle para entregar la copia de Remei.

La encontró todavía trabajando. Leyó las hojas de pie, junto a una mesa de autopsias vacía.

—¿Dijo literalmente que la vio?

—Sí.

—¿Viva?

—Sí.

—¿Después de la desaparición?

—Sí.

Remei apoyó las hojas.

—Entonces sabía que estaba secuestrada.

Silvestre asintió.

—Y no hizo nada.

—Hizo algo. Ayudó a que siguiera donde estaba.

Remei lo miró.

—¿Vas a denunciarlo?

—¿A quién?

La pregunta quedó suspendida.

—A quien corresponda.

Silvestre casi sonrió.

—Eso es lo que llevo intentando averiguar desde febrero.

Esa noche llamó a Silvestre desde una cabina.

—No vuelvas a hablar con Berrocal —dijo.

—¿Me estás ordenando algo?

—Intento mantenerte vivo.

Silvestre apoyó la espalda en la pared.

—Eso mismo dijiste de Rosalinda.

Silencio.

—No compares.

—¿Por qué?

—Porque tú puedes elegir.

Silvestre miró la calle mojada.

—Ella también eligió. Eligió pedir ayuda.

Mercadal respiró al otro lado.

—Néstor no la mató.

—Hablas como si supieras quién lo hizo.

—No lo sé.

—¿Eusebio?

—No sé.

—¿Castany?

—No sé.

—Entonces deja de decirme quién no fue.

Mercadal tardó antes de responder.

—Hay cosas que, una vez dichas, ya no se pueden administrar.

Silvestre cerró los ojos.

—Ese es exactamente tu problema.

Colgó.

Por primera vez en veinticuatro años, la placa no le pareció un símbolo de pertenencia.

Le pareció una prueba.