La casa de las aguas negras CAPÍTULO 26 — EL NOMBRE DEL JEFE
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CAPÍTULO 26 — EL NOMBRE DEL JEFE

El polvo de los archivos sabía a yeso.

Ventura llevaba tres horas revisando expedientes de gastos cuando encontró la fotografía.

N o estaba donde debía.

Eso fue lo que la hizo importante.

Apareció dentro de un sobre de representación del verano de 1976. Cinco hombres posaban junto a un jabalí. Escopetas abiertas. Copas en las manos. Sonrisas de quienes no necesitan preguntar quién ha pagado el almuerzo.

En el reverso había una fecha y un lugar:

Montseny, 17-VII-76.

Ventura reconoció a Mercadal de inmediato.

Más joven, sin gafas, una mano apoyada en el hombro del hombre que estaba a su lado.

Néstor Berrocal.

También estaban el juez Barnet, Bru Brion y un cuarto hombre al que Ventura tardó más en identificar: Josep Castany, abogado y administrador de varias sociedades vinculadas a Terralta.

—Mierda —susurró.

Hizo una copia fotográfica y devolvió el original al sobre exactamente como lo había encontrado.

Media hora después apareció algo peor.

Un parte interno fechado el 27 de octubre de 1977.

R. VEGA SERRANO. SEGUIMIENTO PREVENTIVO SOLICITADO POR TERCERO.

No figuraba el nombre del tercero.

Sí el destinatario.

Z. MERCADAL BOSCH.

Doce días antes de la desaparición.

Ventura leyó la hoja tres veces.

Luego la copió a mano y, después, con papel carbón.

Al salir del archivo se encontró con Noguera.

—¿Qué haces aquí abajo?

—Inventario.

—Desde cuándo haces inventarios.

—Desde que alguien me manda.

Noguera lo observó.

—Ten cuidado con Amat.

Ventura guardó la cara.

—¿Por qué?

—Se mete donde no debe.

—Eso dice él de todo el mundo.

—No es una broma.

Ventura vio miedo, no complicidad.

—¿Qué sabe?

—Nada.

—Entonces no me advierta.

Noguera apartó la mirada.

—Haz lo que quieras.

Ventura esperó a que se marchara.

Encontró a Silvestre en un café cerca de la plaza de las Glòries. La lluvia golpeaba el cristal con la paciencia de algo que no tenía intención de terminar.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

Silvestre la miró.

Mercadal.

Barnet.

Berrocal.

Castany.

Brion.

Todos en el mismo encuadre.

—¿Dónde?

—Montseny. Julio del setenta y seis.

Silvestre giró la copia.

—¿Brion también?

—Sí.

—Hijo de puta.

No quedó claro de quién hablaba.

Ventura sacó la copia del parte de seguimiento.

Silvestre la leyó despacio.

—Octubre.

—Antes de que desapareciera.

—Sí.

—Mercadal sabía quién era Rosalinda.

Silvestre no respondió.

—Y sabía que alguien quería vigilarla.

—Sí.

—Entonces estaba dentro desde el principio.

Silvestre levantó la mirada.

—No sabemos dentro de qué.

Ventura apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Todavía va a defenderlo?

—No estoy defendiéndolo.

—Lo parece.

—Estoy intentando no convertir una fotografía en una condena porque me convenga.

—¿Le conviene que sea inocente?

La pregunta fue demasiado precisa.

Silvestre guardó silencio.

Llevaba más de veinte años trabajando con Mercadal. Aquel hombre lo había protegido durante investigaciones internas, había frenado sanciones, había encontrado destinos cuando otros querían apartarlo. Cada prueba contra él necesitaba atravesar algo más que un criterio profesional.

Tenía que atravesar gratitud.

—Mañana hablaré con él —dijo.

—Voy con usted.

—No.

—Siempre no.

—Necesito que alguien quede fuera.

Ventura entendió.

—¿Por si le pasa algo?

Silvestre miró la lluvia.

—Por si me pasa lo de siempre.

—¿Qué es lo de siempre?

—Que termine obedeciendo.

Ventura guardó la fotografía en un sobre distinto al del parte.

—Hice dos copias.

—Haz tres.

—Ya las hice.

Silvestre lo miró.

—Aprendes deprisa.

—No sé si es bueno.

—No lo es.

Antes de regresar a la comisaría, Ventura pasó por casa de su madre.

Carmen Ferrer vivía en Badalona, en un tercero sin ascensor. Lo recibió con croquetas y una acusación inmediata de estar demasiado delgado.

—Mamá, ¿te suena Zenón Mercadal?

La mujer dejó el plato.

—¿Por qué?

—Trabajo.

—No me mientas.

Ventura sacó la fotografía, cubriendo con la mano parte del encuadre.

Carmen miró el rostro de Mercadal.

El color se le fue de la cara.

—Ese hombre estaba allí.

—¿Dónde?

—Cuando fui a preguntar por tu padre.

Ventura sintió que la habitación se quedaba sin aire.

Su padre había desaparecido en 1971 después de ser detenido durante una protesta laboral. Durante años la familia recibió respuestas contradictorias: traslado, puesta en libertad, fuga, error de registro. Nunca hubo un cuerpo.

—¿Estás segura?

Carmen se enfadó.

—He olvidado muchas cosas para poder seguir viviendo. Esa cara no.

—¿Te habló?

—No. Estaba en un pasillo. Otro me dijo que me fuera a casa.

Ventura guardó la fotografía.

—No hagas ninguna tontería —dijo ella.

—No.

—Tu padre también decía que no.

—Papá no era policía.

—No. Era un hombre que creyó que tener razón lo protegía.

Ventura no respondió.

Al salir comprendió por qué Silvestre le había advertido que no convirtiera a Rosalinda en su padre.

Ya lo había hecho.

Esa noche fue él quien buscó a Silvestre.

Lo encontró en la comisaría, solo, revisando una relación de llamadas internas.

—Mi madre conocía a Mercadal.

Silvestre levantó la vista.

Ventura se lo contó.

No obtuvo la reacción que esperaba.

—No uses esto todavía.

—¿Por qué?

—Porque ahora quieres que Mercadal sea culpable de todo.

—¿Y usted no?

Silvestre tardó.

—Quiero que no lo sea.

La sinceridad desarmó al joven.

—Eso es peor.

—Sí.

Ventura se sentó.

—Entonces estamos jodidos.

Silvestre dejó la lista sobre la mesa.

—Por eso escribimos lo que sabemos y aparte lo que queremos que sea verdad.

Le tendió una hoja.

Ventura escribió:

Quiero que Mercadal sepa qué le pasó a mi padre.

Silvestre cogió otra.

Escribió:

Quiero que Mercadal no haya entregado a Rosalinda.

Los dos leyeron sus propias frases.

No las rompieron.

Llegar a aquella lista de llamadas había costado más de lo que Ventura admitió al principio.

Durante tres noches se quedó después del turno copiando a mano números de registro y hojas de comunicaciones. No podía llevarse los libros sin dejar un hueco visible. Trabajaba bajo una lámpara de mesa, escuchando los pasos del ordenanza en el pasillo.

En la segunda noche encontró una anomalía: varias llamadas del despacho de Mercadal no figuraban en el libro principal, pero sí en las facturas internas de la centralita. Alguien había arrancado una hoja y vuelto a numerar las siguientes con tinta parecida.

Ventura no era experto en archivos. Era bueno, en cambio, viendo cuándo alguien se había esforzado demasiado para que una cosa pareciera normal.

Copió fechas, horas y destinos.

Castany aparecía tres veces.

Una llamada a un número de Terralta coincidía con el día en que Rosalinda había acudido a la comisaría.

Otra se hizo desde el despacho de Mercadal a las 23:17 del día anterior al hallazgo del cuerpo.

Ventura dejó de escribir.

En el edificio solo se oía el zumbido de los fluorescentes.

Pensó en su padre.

Durante años había imaginado que una desaparición dejaba un agujero visible. Un expediente ausente, una fotografía arrancada, una celda con un número. Ahora entendía que podía dejar algo mucho peor: una superficie reparada con paciencia.

El ordenanza apareció en la puerta.

—¿Qué haces todavía aquí?

Ventura cerró el cuaderno.

—Partes atrasados.

—A tu edad yo tenía mejores cosas que hacer por la noche.

—Seguro.

El hombre miró los libros de centralita.

—Eso no son partes.

Ventura esperó.

El ordenanza tenía sesenta años y llevaba más tiempo en el edificio que la mayoría de los policías.

—Si vas a copiar algo —dijo al fin—, no uses siempre el mismo cuaderno.

Se marchó.

Ventura se quedó inmóvil.

A la mañana siguiente encontró sobre su mesa dos hojas de papel carbón y una llave pequeña sin etiqueta.

No preguntó de dónde habían salido.

La llave abría un armario de comunicaciones antiguas.

Allí encontró el registro completo.

Cuando se lo contó a Silvestre, este quiso saber quién lo había ayudado.

—No sé su nombre.

—Trabajas con él todos los días.

—He dicho que no sé su nombre.

Silvestre entendió.

El encubrimiento era coral.

La resistencia, a veces, también.

Ventura hizo una segunda copia de las llamadas y no se la entregó a Silvestre.

La llevó a casa de su madre.

Carmen Ferrer vivía en un piso pequeño de Sant Andreu. Al ver los papeles sobre la mesa, dejó de limpiar judías.

—¿Qué es esto?

—Por si me pasa algo.

La mujer no tocó las hojas.

—No vuelvas a decir esa frase en mi casa.

—Mamá.

—Tu padre la dijo.

Ventura bajó la mirada.

—No sabía eso.

—Porque tenías quince años y yo ya tenía bastante con uno desaparecido.

Carmen se sentó.

—¿Tiene que ver con él?

—No directamente.

—Entonces déjalo.

Ventura pensó en Rosalinda.

—No puedo.

Su madre lo miró durante un largo rato.

—Eso también lo dijo tu padre.

No hubo heroísmo en la escena. Carmen no bendijo la investigación ni le pidió que continuara. Guardó las copias dentro de una bolsa de harina vacía y la colocó detrás de unas latas.

—Si vienes a buscarlas, te las doy. Si viene otro, no existen.

—Gracias.

—No me des las gracias. Me estás haciendo cómplice de algo que no quiero.

Ventura asintió.

La frase se le quedó clavada.

Hasta entonces había pensado en los cómplices como personas que elegían el mal. Empezaba a comprender que muchas complicidades nacían de una relación, de un miedo o de una petición que alguien no podía rechazar sin perder a quien amaba.

El sistema conocía esa debilidad.

También quienes intentaban combatirlo podían aprovecharse de ella.

Silvestre abrió después una carpeta con su apellido.

La había encontrado esa misma tarde en una balda del despacho de Mercadal mientras el jefe estaba reunido. No la había tocado entonces. Había esperado a que Ventura regresara.

—¿Es suyo? —preguntó el joven.

—Debería estar en Jefatura.

Dentro había sanciones antiguas, informes de servicio y varias notas que nunca llegaron al expediente oficial.

Faltaba una cosa.

La investigación interna por la muerte de Joaquín Aranda en 1974.

—¿Dónde está? —preguntó Ventura.

—No lo sé.

—Mercadal lo sacó.

—Puede.

—Otra vez.

Silvestre lo miró.

—¿Qué?

—Reduce todo hasta que parezca pequeño.

Silvestre sintió irritación.

—Es mi trabajo.

—No. Su trabajo era investigar. Esto es miedo a creerlo.

La frase quedó entre ambos.

Silvestre cerró la carpeta.

En una hoja suelta encontró una anotación de 1974: AMAT. CONSERVAR. ÚTIL.

Nada más.

Se quedó mirándola demasiado tiempo.

—¿Qué significa? —preguntó Ventura.

—No sé.

—¿De quién es la letra?

Silvestre sí lo sabía.

—Mercadal.

La palabra «útil» le produjo una sensación peor que «protegido».

Durante años había interpretado cada favor como afecto, camaradería o deuda entre policías. Ahora aparecía otra posibilidad: Mercadal no había evitado que la institución expulsara a Silvestre por compasión.

Quizá había preservado una pieza.

Ventura sacó entonces la lista de llamadas de la semana en que Rosalinda acudió a comisaría.

—Hay tres comunicaciones desde el despacho de Mercadal al bufete de Castany.

Silvestre leyó las horas.

Una coincidía casi exactamente con la visita de la muchacha.

—Esto sí es algo —dijo Ventura.

—Prueba que llamó.

—Y que lo hizo cuando Rosalinda estaba aquí.

—Sí.

—¿Suficiente?

Silvestre apoyó los codos sobre la mesa.

—Suficiente para preguntarle.

—¿Y si miente?

—Entonces escuchamos cómo miente.

Ventura guardó una copia de todo en el interior de su chaqueta.

—Tengo otra fuera.

—¿Dónde?

—No se lo voy a decir.

Silvestre lo miró.

—Bien.

—¿No se enfada?

—Mucho.

—No lo parece.

—Eso también se aprende.

Antes de separarse, Ventura preguntó:

—¿Se arrepiente de ser policía?

Silvestre pensó en la carpeta con su apellido, en la palabra ÚTIL , en la fotografía de caza, en Rosalinda sentada quizá en una silla de aquella misma comisaría esperando que alguien hiciera su trabajo.

—No todos los días.

—¿Hoy?

Silvestre guardó el parte de seguimiento.

—Hoy me arrepiento de haber tardado tanto en hacerme la pregunta.

Al pasar frente al despacho de Mercadal, vio la luz encendida.

El jefe hablaba por teléfono.

Se reía.

Silvestre no entró.

Aún no.

Primero quería saber si la gratitud podía sobrevivir a una pregunta formulada con todas las pruebas encima de la mesa.

ACTO III — FOSA COMÚN