CAPÍTULO 25 — LA PRESIÓN #2
—Guardia Civil no. Demasiado buenos zapatos. Seguridad privada quizá. O antiguos compañeros que descubrieron que fuera se paga mejor.
El hombre del sillón se levantó.
—Déjelo, Amat.
—¿El qué?
—La niña.
La palabra le produjo una náusea súbita.
—Tiene nombre.
—Todos tenemos.
—Rosalinda Vega.
—Buenas noches.
Los dos se dirigieron a la puerta.
Silvestre agarró al joven del brazo.
—¿Quién paga?
El hombre se soltó.
—No haga eso.
—¿Berrocal?
El mayor se volvió.
—Usted cree que esto funciona como una película. Un hombre malo que ordena y otros obedecen. Es más sencillo. Hay intereses que coinciden.
—¿El de quién?
—El de que las cosas sigan funcionando.
Se marcharon.
Silvestre esperó hasta oír el ascensor.
Después cerró con llave y se sentó frente a las fotografías.
Su sobrino tenía diecisiete años.
En una imagen aparecía riendo con una chica. En otra compraba una revista.
La banalidad de las fotos era lo más amenazante. No mostraban peligro. Mostraban acceso.
Llamó a Alèxia.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al oír su voz.
—Nada.
—No me llames a estas horas para decir nada.
Silvestre miró la fotografía.
—Quiero que durante unos días estés atenta.
—¿A qué?
—A gente que no conozcas. Coches.
—Silvestre.
—Hazme caso.
Hubo silencio.
—¿Tiene que ver con la niña?
—Sí.
—¿Estás en peligro?
—No lo sé.
—Entonces yo tampoco sé si hacerte caso.
—Por favor.
Alèxia respiró hondo.
—Eso sí es nuevo.
—¿Qué?
—Que pidas algo sin dar una orden.
Silvestre cerró los ojos.
—¿Lo harás?
—Sí.
Después llamó a Remei. No contestó.
Llamó otra vez.
Nada.
A la tercera, respondió somnolienta.
—¿Qué ocurre?
Silvestre tardó un segundo demasiado largo.
—Nada.
—Vete al diablo.
Colgó.
Silvestre casi sonrió.
Después llamó a Ventura.
—Mañana no vengas conmigo.
—¿Adónde?
—A ninguna parte.
—Entonces será fácil.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Silvestre miró las fotos del joven.
—Te están siguiendo.
Silencio.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Por el caso?
—Sí.
Ventura tardó.
—Entonces estamos cerca.
Silvestre sintió ganas de gritarle.
—No es un juego.
—Nunca dije que lo fuera.
—Tienes veintidós años.
—Mi padre tenía treinta y cuatro cuando desapareció. La edad no lo protegió.
Silvestre apretó el teléfono.
—No quiero que te pase nada.
—Eso tampoco es una orden.
No.
Era algo peor.
Era afecto.
Y por primera vez Silvestre comprendió por qué el miedo siempre encontraba una puerta.
Silvestre cambió la cerradura al día siguiente.
El cerrajero encontró marcas junto al marco.
—Han usado una ganzúa buena —dijo.
—¿Se nota?
—A mí sí.
—¿Puede demostrarlo?
El hombre se rió.
—Demostrar es otra tarifa.
Silvestre pagó en efectivo.
Después recorrió el piso como si fuera de otra persona. Buscó micrófonos sin saber exactamente qué aspecto tenían. Revisó cajones, lámparas, enchufes. No encontró nada.
La sensación de invasión permaneció.
Quemó varios borradores y trasladó otros papeles a casa de Remei, que se enfadó.
—No conviertas mi piso en tu archivo.
—Es temporal.
—Todo lo temporal acaba viviendo aquí.
—Solo unos días.
Remei sostuvo una carpeta.
—¿Qué contiene?
—Copias de Terralta.
—¿Y si registran mi casa?
Silvestre comprendió que no había pensado en ello.
—Me las llevo.
—No. Ahora que ya las has traído, repartir es mejor.
Dividieron el contenido.
Una parte quedó con Remei.
Otra fue a Alèxia.
Una tercera con Anselmo.
La cuarta, en una consigna de estación bajo un nombre falso.
Silvestre empezó a vivir como los hombres a los que había perseguido años atrás.
Códigos.
Copias.
Puntos muertos.
La ironía no le gustaba.
Ventura sí la señaló.
—¿Se da cuenta de que está aplicando técnicas de clandestinidad?
—Cállate.
—Solo digo que quizá aprendió algo útil del enemigo.
—No uses esa palabra.
—¿Enemigo?
—Sí.
—¿Por qué?
Silvestre pensó en Aranda.
—Porque fue la palabra que nos permitió hacer demasiadas cosas.
La mañana después de la visita, Silvestre recibió una llamada sin voz.
Solo respiración.
Colgó.
Volvieron a llamar una hora después.
Esta vez una voz masculina dijo:
—Lleida es bonita en invierno.
Y colgó.
Silvestre condujo hasta el instituto de Alèxia sin avisar.
La esperó a la salida.
—Te dije que estuvieras atenta.
—Y yo te dije que no me dieras órdenes.
—Han llamado mencionando Lleida.
Alèxia dejó de discutir.
—¿Crees que harán algo?
—No lo sé.
—Entonces dime qué hago.
Silvestre miró a su alrededor. Padres, alumnos, profesores.
—Nada distinto. Solo no estés sola unos días.
—No voy a esconderme.
—No te lo pido.
Alèxia lo observó.
—Estás asustado.
—Sí.
Era una palabra que rara vez pronunciaba.
Ella asintió.
—Bien. Ahora podemos hablar como personas.
Alèxia se negó a dejar de dar clase.
Silvestre pasó dos mañanas estacionado cerca del instituto, observando coches.
Al tercer día ella salió y golpeó el cristal de su ventana.
—Esto es ridículo.
—Sube.
—No.
—Alèxia.
—Llevas dos días haciendo de policía sin placa delante de mi trabajo.
Silvestre salió del coche.
—Estoy intentando protegerte.
—No. Estás intentando controlar lo que te da miedo.
La frase lo paralizó.
Alèxia cruzó los brazos.
—¿Ves a alguien siguiéndome?
—No.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Entonces vuelve a Barcelona.
—Podrían esperar a que me vaya.
—Y podrían no hacer nada. No puedes vivir dentro de todos los futuros posibles.
Silvestre miró la calle.
—Es fácil decirlo.
—No. Es necesario decirlo.
Un grupo de alumnos salió del edificio. Algunos saludaron a Alèxia.
—Tengo una vida —continuó ella—. No permitas que esos hombres me la quiten antes de tocarme.
Silvestre entendió.
La amenaza estaba funcionando precisamente porque ya reorganizaba sus días.
—Te llamaré esta noche.
—Eso sí.
—Y si ves algo...
—Te llamo.
—Promételo.
Alèxia suspiró.
—Lo prometo.
Silvestre regresó a Barcelona.
Durante el trayecto se sintió culpable por dejarla.
Después comprendió que proteger a alguien también podía significar respetar su derecho a decidir cuánto miedo estaba dispuesto a soportar.
La prudencia dejaba de ser virtud cuando servía para elegir por los demás.