CAPÍTULO 25 — LA PRESIÓN
El ascensor olía a goma quemada.
S ilvestre lo notó antes de abrir la puerta de su piso. Era un olor ajeno al edificio, donde siempre dominaban la col hervida, la humedad y el detergente barato. Subió los cuatro pisos con la sensación de que alguien había pasado por allí hacía poco.
La cerradura no estaba forzada.
Eso fue lo primero que le preocupó.
Entró sin encender la luz. La calle proyectaba una claridad amarillenta a través de las persianas. Dejó las llaves en silencio, metió la mano bajo la chaqueta y tocó la culata de la pistola.
—No hace falta —dijo una voz.
Dos hombres estaban sentados en su salón.
Uno en el sofá. Otro junto a la ventana.
No llevaban uniforme. Abrigos oscuros, zapatos mojados, cabello corto. El del sofá tenía una cicatriz blanca en el mentón.
—Bonita casa —dijo.
Silvestre encendió la lámpara.
—Levántense.
—Solo venimos a hablar.
—Entonces aprendan a llamar.
El hombre de la ventana cerró ligeramente una cortina.
—Inspector Amat, nadie quiere problemas.
—Ya los tienen.
—No nosotros.
Silvestre no sacó el arma. Sabía que eso era exactamente lo que querían: una reacción que pudiera convertirse después en un informe disciplinario, en una acusación, en un accidente.
—¿Quién los manda?
El de la cicatriz sonrió.
—Qué importancia tiene.
—Toda.
—Está confundiendo la importancia de las cosas.
Se levantó despacio. No era policía de comisaría. Silvestre lo supo por la manera de moverse: demasiado seguro de que nadie lo iba a detener.
Sobre la mesa había una carpeta que no estaba cuando Silvestre salió por la mañana.
—Eso es suyo —dijo el hombre.
Silvestre la abrió.
La primera fotografía mostraba a Alèxia saliendo del instituto de Lleida.
La segunda, a Jordi, su sobrino, dieciséis años, cruzando una calle con una mochila.
La tercera, la fachada de la casa familiar.
No había texto.
No hacía falta.
Silvestre cerró la carpeta.
—Si tocan a cualquiera de ellos...
—Nadie ha hablado de tocar.
—Acaban de hacerlo.
El hombre del mentón negó con paciencia.
—No. Le estamos recordando que todos tenemos una vida fuera del trabajo.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Tiene vida fuera del trabajo?
La sonrisa se estrechó.
Silvestre dio un paso hacia él.
—Porque si vuelvo a verlos, empezaré por averiguarlo.
El segundo hombre se separó de la ventana.
—Eso es una amenaza.
—No. Es una explicación.
Hubo unos segundos en los que nadie se movió.
El de la cicatriz miró la placa en el cinturón de Silvestre.
—Todavía cree que eso le protege.
—No.
—Entonces es más listo de lo que dicen.
Los dos salieron.
Silvestre cerró y pasó el pestillo.
Se quedó inmóvil en el salón.
Podía oír su propia respiración.
En la mesa, la fotografía de Jordi parecía una prueba policial. El muchacho estaba riendo con otro alumno. No sabía que alguien lo había seguido. No sabía que su tío llevaba una investigación clandestina que podía convertirlo en moneda de cambio.
Silvestre telefoneó a Alèxia.
Tardó en contestar.
—¿Sí?
—Soy yo.
Silencio.
—Ya veo.
—Necesito que Jordi no vaya solo unos días.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Silvestre.
—No he hecho nada.
—Entonces, ¿por qué me llamas a esta hora para decirme que vigile a mi hijo?
Silvestre miró las fotografías.
—Porque alguien quiere que deje un asunto.
—¿Qué asunto?
—No por teléfono.
Alèxia tardó en responder.
—¿Tiene que ver contigo o con la policía?
Silvestre pensó en la redada de 1974, en Muntané, en Mercadal, en el informe de Remei.
—Ya no sé distinguirlo.
—Eso sí me lo creo.
—Por favor.
La palabra salió tan baja que casi no la oyó él mismo.
Alèxia la oyó.
—Mañana no irá al instituto.
—Gracias.
—No te doy las gracias a ti.
Colgó.
Silvestre permaneció con el auricular en la mano.
Luego llamó a Ventura.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—No vengas aquí.
—¿Qué pasa?
—Han entrado.
Silencio.
—¿Quién?
—No sé.
—Voy.
—He dicho que no.
—Y yo no soy su hijo.
Silvestre cerró los ojos.
—Precisamente.
Ventura no respondió.
—Mañana revisa los archivos de personal. Quiero saber quién estuvo destinado en Información y quién trabajó con Mercadal antes del setenta y seis. Sin dejar rastro.
—Eso es imposible.
—Hazlo mal, entonces. Pero hazlo.
Colgó.
Abrió la carpeta de nuevo.
En el fondo había una cuarta fotografía.
Remei saliendo del instituto forense.
Silvestre sintió una furia limpia.
La guardó en el bolsillo.
Aquella noche no durmió.
A las cuatro de la mañana se sentó junto a la ventana con un vaso de agua y observó la calle vacía. En el edificio de enfrente, una mujer colgaba ropa antes del amanecer. Un taxi pasó. Un perro ladró dos veces.
Durante veinte años había creído que el miedo era algo que la policía administraba a otros.
Ahora comprendía lo contrario.
El miedo era la verdadera cadena de mando.
Al amanecer bajó a la calle y recorrió dos manzanas antes de detenerse. No vio el Peugeot oscuro. Tampoco a los hombres del piso.
Entró en una cabina telefónica y llamó a Remei.
—No vayas sola al trabajo.
—Buenos días para ti también.
—Han entrado en mi casa.
Silencio.
—¿Qué se han llevado?
—Nada.
—Entonces querían que lo supieras.
—Sí.
Le habló de las fotografías.
Remei tardó en responder.
—No voy a esconderme.
—No te lo estoy pidiendo.
—Suena parecido.
—Estoy intentando que sigas viva.
—No conviertas eso en una orden.
Silvestre apoyó la sien contra el cristal de la cabina.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Pues aprende.
La misma palabra que le había dicho en el hostal.
Antes de colgar, Remei añadió:
—He entregado una copia del informe a una persona fuera de Barcelona.
—¿Quién?
—No.
—Bien.
—¿Ves? También aprendes.
Silvestre colgó.
Luego tomó un tren a Lleida sin avisar. No llegó hasta la casa. Se quedó en una cafetería frente al instituto de Alèxia y observó la salida durante media hora.
Vio a su hermana rodeada de alumnos. Vio a Jordi con la mochila al hombro. No detectó a nadie vigilando, pero sabía que eso no significaba nada.
Podía cruzar la calle.
Podía contarles todo.
No lo hizo.
Regresó a Barcelona con una culpa nueva: la de haber llevado su trabajo hasta la puerta de quienes no habían elegido participar.
En el tren, un niño dormía con la cabeza apoyada en el hombro de su padre.
Silvestre cambió de asiento.
La noche siguiente alguien siguió a Silvestre desde la comisaría.
No lo vio al principio. Lo sintió. Un coche que mantenía siempre la misma distancia, que se detenía cuando él se detenía, que no adelantaba aunque la calle estuviera libre.
Silvestre giró por tres calles sin sentido.
El coche siguió.
Entró en un bar y esperó junto a la ventana. El vehículo pasó de largo. Peugeot oscuro.
No distinguió la matrícula.
Pidió un café.
El camarero señaló una botella.
—¿Algo más fuerte?
Silvestre miró el coñac.
Durante unos segundos el cuerpo recordó antes que él: calor en la garganta, silencio detrás de los ojos, la sensación de que el mundo podía apagarse durante una hora.
—No.
El camarero se encogió de hombros.
Silvestre sostuvo la taza con ambas manos.
Era absurdo que resistirse a un coche que lo seguía resultara más fácil que resistirse a una botella inmóvil.
Cuando salió, el Peugeot había desaparecido.
En casa revisó cerraduras, ventanas, armarios. Nada alterado.
Sobre la mesa dejó la fotografía de Remei junto a la de Jordi.
Dos personas que no habían elegido su culpa.
Comprendió entonces por qué las amenazas funcionaban mejor cuando no prometían violencia concreta. La imaginación hacía el resto gratis.
Al día siguiente, Silvestre pidió a un cerrajero que cambiara la cerradura del piso. El hombre trabajó durante una hora sin hacer preguntas hasta que encontró pequeñas marcas en el bombín antiguo.
—La abrieron con herramienta.
—¿Puede saber cuál?
—No.
—¿Profesional?
El cerrajero se encogió.
—Lo bastante para no romper nada.
Silvestre pagó en efectivo.
—Ponga una más difícil.
—Todas se abren.
—Una que tarde más.
El hombre sonrió.
—Eso sí existe.
Cuando terminó, Silvestre comprendió que acababa de aplicar a una puerta la misma lógica que intentaba aplicar al caso: no impedir lo inevitable, sino obligar al otro a dejar más rastro.
Esa noche preparó tres sobres con copias diferentes. Uno contenía el informe de Remei. Otro, las fotografías del archivo. El tercero, solo una lista de nombres y fechas.
No confió a nadie el conjunto completo.
La desconfianza empezó a parecerse demasiado a la prudencia.
Los dos hombres esperaban dentro del piso.
Silvestre lo supo antes de encender la luz porque olió el tabaco.
No fumaba en casa desde hacía años.
Cerró la puerta detrás de sí.
—Podrían haber llamado.
Una lámpara se encendió.
El hombre del Peugeot negro estaba sentado en su sillón. El otro, más joven, junto a la ventana.
—Inspector Amat.
—Ya sabe mi nombre. Yo no sé el suyo.
—No hace falta.
Silvestre dejó las llaves sobre una mesa.
—Entonces tampoco hace falta que hablemos.
El hombre sonrió.
—Solo queremos evitar malentendidos.
—Entrar en mi casa ayuda mucho.
Sobre la mesa había una carpeta. Silvestre la abrió.
Fotografías de Alèxia saliendo del instituto. De su sobrino esperando un autobús. De Remei entrando en el Anatómico. De Ventura comprando un periódico.
Sintió una ira tan limpia que casi resultó agradable.
—¿Qué quieren?
—Nada.
—Han allanado mi casa para nada.
—La puerta estaba abierta.
—No.
—Entonces debería cambiar la cerradura.
Silvestre miró las fotografías.
—Si les pasa algo...
—No amenace.
—No es amenaza.
—¿Qué es?
—Una explicación de lo que vendrá después.
El hombre del sillón se inclinó.
—Eso es precisamente lo que queremos evitar. Usted está investigando un asunto que ya no le corresponde. Está involucrando a personas que no tienen nada que ver. Puede perjudicar carreras. Familias.
—Rosalinda tenía familia.
—Y su madre ha aceptado cerrar el asunto.
—Su madre está medicada y representada por un abogado que trabaja para la empresa del padre de la muerta.
Por primera vez, el hombre perdió la sonrisa.
—Mide mal sus palabras.
—Las mido muy bien.
—No sabe con quién está hablando.
—Ese parece ser el orgullo de todos ustedes.
El joven de la ventana dio un paso.
Silvestre no se movió.
—¿Policía? —preguntó.
Ninguno respondió.