CAPÍTULO 24 — ENTONCES LA REDADA, DESPUÉS
El hombre respiraba mal.
J oaquín Aranda estaba sentado en el suelo del calabozo, espalda contra la pared, camisa abierta. Tenía un ojo cerrado y sangre seca bajo la nariz.
Silvestre lo miró desde la puerta.
—Levántate.
Aranda no respondió.
—Te he dicho que te levantes.
El detenido abrió el ojo sano.
—¿Para qué?
—Te va a ver el médico.
—Ahora.
—Sí.
—Qué detalle.
Silvestre entró. Se agachó.
—¿Te duele el pecho?
Aranda sonrió.
—A usted, ¿no?
—No bromees.
—No bromeo.
El médico no llegó a tiempo.
Aranda murió de madrugada.
El informe habló de insuficiencia cardiaca aguda durante la detención. No mencionó los golpes en las costillas. El parte de arresto dejó constancia de «resistencia violenta».
Silvestre había golpeado al hombre tres veces.
Otros lo golpearon después.
Nunca supo cuál fue el golpe que importó.
Durante semanas esperó una investigación.
No hubo ninguna.
Mercadal lo llamó a su despacho.
—Olvídalo.
—Ha muerto.
—Precisamente.
—Yo le pegué.
—Todos le pegaron.
—Eso no cambia nada.
Mercadal lo miró con una mezcla de impaciencia y afecto.
—Cambia todo. Porque significa que nadie puede señalar a uno sin señalarse a sí mismo.
Silvestre comprendió entonces una de las reglas fundamentales del sistema.
La culpa compartida no se divide.
Se protege.
El entierro de Aranda no apareció en ningún periódico importante. Una hoja vecinal reprodujo una fotografía borrosa y habló de «muerte bajo custodia». La edición fue retirada de varios bares esa misma tarde.
Silvestre guardó un ejemplar.
Durante meses evitó pasar por la calle donde vivía la familia. Un día, por casualidad o por una forma de castigo que no quiso reconocer, terminó allí.
Vio a una mujer tender ropa en un balcón. Dos niños jugaban en la acera.
No sabía si eran los hijos de Aranda.
No preguntó.
Años después se convencería de que aquello había sido respeto.
En 1978 ya sabía que fue cobardía.
El pasado no cambiaba.
Cambiaba la palabra con la que uno se permitía recordarlo.
En 1976, dos años después de la muerte de Aranda, Silvestre vio a su viuda en una parada de autobús.
La reconoció por una fotografía del expediente.
Ella no lo reconoció a él.
Durante unos segundos pensó en acercarse. Decir su nombre. Pedir perdón. Confesar que había golpeado a su marido.
No lo hizo.
Con el tiempo se dijo que habría sido cruel cargarla con una verdad que no podía reparar nada.
En 1978 ya no estaba seguro.
Tal vez no había querido protegerla.
Tal vez solo había querido evitar ver qué cara ponía una mujer cuando descubría que uno de los hombres responsables de la muerte de su marido llevaba veinte años durmiendo con normalidad.
La culpa siempre sabía disfrazarse de consideración.
A finales de 1974, Mercadal llevó a Silvestre a una oficina vacía.
—Hay una investigación interna —dijo.
Silvestre sintió alivio.
—Por Aranda.
—No exactamente. Por filtraciones a prensa.
El alivio se convirtió en otra cosa.
—Un hombre ha muerto.
—Y quieren saber quién habló.
—¿Eso es todo?
Mercadal se acercó.
—Escúchame bien. Si preguntan, el detenido llegó alterado, se resistió y se desplomó horas después. No viste nada fuera de procedimiento.
—Sí vi.
—No.
—Yo le pegué.
—Cumpliendo una reducción.
—Tres veces.
—No recuerdas cuántas.
Silvestre comprendió el mecanismo mientras ocurría. No le pedían mentir de golpe. Le ofrecían palabras menos precisas.
Reducción.
Alterado.
Procedimiento.
—¿Y si digo la verdad?
Mercadal lo miró con cansancio.
—¿Cuál de ellas?
A la mañana siguiente Silvestre declaró.
Usó las palabras de Mercadal.
En 1977, cuando se habló públicamente de reformas policiales, Silvestre buscó el expediente de Aranda.
Quería saber si algo había cambiado.
La carpeta seguía allí.
El parte que él había firmado seguía diciendo «resistencia».
El informe médico seguía hablando de fallo cardiaco.
Su declaración seguía usando las palabras de Mercadal.
Ninguna reforma podía modificar una hoja que nadie cuestionaba.
Silvestre tuvo el impulso de añadir una nota.
No lo hizo.
Cerró la carpeta y la devolvió.
Un año después, con Rosalinda, empezaría a comprender que su verdadera culpa no era solo lo que había escrito en 1974.
Era haber tenido cuatro años para corregirlo y no haberlo hecho.
En la primavera de 1975, Silvestre recibió una carta sin remitente. Dentro había una copia de la hoja vecinal sobre la muerte de Aranda y una frase escrita a máquina:
USTED SABE CÓMO ENTRÓ. PREGÚNTESE CÓMO SALIÓ.
La guardó durante semanas en el cajón del escritorio.
No investigó quién la había enviado.
Cada mañana abría el cajón, veía el sobre y lo cerraba.
Un día Mercadal entró sin llamar.
—¿Qué escondes ahí?
Silvestre cerró demasiado deprisa.
—Nada.
Mercadal sonrió.
—Entonces es algo.
Silvestre le enseñó la carta.
El comisario la leyó.
—Basura.
—Puede saber algo.
—Sabe que te sientes culpable. Eso es suficiente para hacerte bailar.
—¿Y si tiene razón?
Mercadal rompió la hoja por la mitad.
Silvestre se levantó.
—¿Qué haces?
Mercadal volvió a romperla.
—Ayudarte.
Los cuatro trozos cayeron sobre la mesa.
—No te lo he pedido.
—Nunca se pide la ayuda que hace falta.
Después de que se marchara, Silvestre pegó los pedazos con cinta adhesiva.
La cicatriz atravesó la palabra sabe .
Conservó aquella hoja hasta 1977. Luego, una noche de borrachera, la quemó en el fregadero.
En 1978 intentaría recordar el tipo de letra, la posición de los márgenes, cualquier detalle que permitiera averiguar de dónde había salido.
No pudo.
Había destruido una prueba porque todavía no sabía que lo era.
Eso también formaba parte de su responsabilidad: no todas las pérdidas habían sido ordenadas desde arriba.
Algunas las había ejecutado él con sus propias manos.
Por eso, cuando vio las páginas arrancadas del informe de Rosalinda, no pudo permitirse una indignación limpia.
Conocía el gesto.
Cambiar el papel para cambiar lo ocurrido.
Lo había visto.
Lo había firmado.
Después de la muerte de Joaquín Aranda hubo una investigación interna que duró cuatro días.
Silvestre fue citado el segundo.
Un inspector de Jefatura le preguntó si había visto golpes durante el interrogatorio.
—No recuerdo ninguno relevante.
La frase salió con facilidad.
—¿El detenido se quejó de dolor?
—No que yo recuerde.
—¿Presentaba lesiones al ingresar en el calabozo?
Silvestre pensó en la sangre de la nariz.
—No significativas.
El inspector anotó.
—Puede retirarse.
Eso fue todo.
A la salida, Mercadal lo esperaba en un pasillo. Todavía no era su jefe directo, pero ya tenía influencia suficiente para aparecer donde hacía falta.
—Has hecho lo correcto.
Silvestre sintió alivio.
Ese alivio fue una de las cosas que más tarde odiaría de sí mismo.
—No estoy seguro.
—Lo estarás.
—Murió.
—Tenía una cardiopatía.
—Lo golpeamos.
Mercadal bajó la voz.
—Escúchame. Si empiezas a cargar con cada cosa que pasa en una comisaría, no durarás un año.
—Quizá no debería durar.
—No seas idiota.
Mercadal lo sujetó por el hombro.
—Tú puedes ser de los buenos.
Silvestre creyó que aquello significaba no volver a golpear a un detenido.
Tardó años en entender que también podía significar aprender a quedarse.
La viuda de Aranda presentó una denuncia. Se archivó. Un abogado intentó mover el caso. Recibió una sanción gubernativa por otra cuestión. La asociación de vecinos dejó de mencionar el nombre durante un tiempo.
La olla de lentejas continuó apareciendo en la memoria de Silvestre.
A veces, al entrar en una vivienda durante un registro, miraba primero la cocina.
Nunca explicó a nadie por qué.
En 1978, cuando Ventura le contó que su padre había desaparecido en un calabozo, Silvestre pensó por primera vez que quizá había habido otros agentes como él alrededor de aquel hombre: hombres que no lo mataron, que incluso pudieron desaprobar lo ocurrido, y que después firmaron.
La culpa no necesitaba manos ensangrentadas.
A veces bastaba una firma legible.
Meses después de la muerte de Aranda, Silvestre vio a su viuda en un mercado.
Ella lo reconoció.
Él lo supo por la forma en que dejó de hablar con la frutera.
Durante unos segundos pensó en acercarse.
No lo hizo.
La mujer tenía ahora a los dos hijos con ella. El mayor, el que lo había mirado en comisaría, llevaba una bolsa de patatas.
Silvestre pasó de largo.
Aquella noche escribió una carta.
«Estuve allí.»
La rompió.
Escribió otra.
«Siento lo ocurrido.»
La rompió también.
Una tercera empezó con «No fue exactamente...» y ni siquiera terminó la frase.
Comprendió que buscaba una formulación capaz de decir la verdad sin quedar completamente dentro de ella.
No existía.
Nunca envió nada.
Años después, cuando Feliciana le dijo que no pronunciara «lo siento» como si bastara, recordó aquellas cartas destruidas.
Había pasado media vida confundiendo arrepentimiento con reparación.
En 1975, la viuda de Aranda volvió a cruzarse con Silvestre.
Esta vez ella se acercó.
—Usted estaba allí.
No era una pregunta.
Silvestre asintió.
—Sí.
—¿Lo golpeó?
El mercado siguió alrededor: voces, bolsas, monedas.
Silvestre podía haber mentido.
—Sí.
La mujer cerró los ojos.
—¿Lo mató?
—No lo sé.
—Eso no sirve.
—Es la verdad.
Ella lo abofeteó.
Silvestre no se defendió.
—No vuelva a acercarse a mis hijos.
—Nunca lo he hecho.
—Mejor.
Se marchó.
Silvestre permaneció entre los puestos con la mejilla ardiendo.
Había imaginado muchas veces una confesión.
No había imaginado lo inútil que podía resultar para quien necesitaba una respuesta más simple.
La muerte de Aranda cambió a Silvestre de una manera casi invisible.
Dejó de pegar primero.
Eso era todo.
Seguía entrando en redadas. Seguía firmando informes. Seguía obedeciendo órdenes que consideraba injustas. Pero empezó a colocarse un paso atrás cuando otros levantaban la mano.
Durante años interpretó esa retirada mínima como prueba de que había mejorado.
No siempre lo era.
A veces significaba simplemente que había aprendido a dejar que otro hiciera lo que él no quería hacer.
En 1976, durante un interrogatorio, vio a un agente golpear a un detenido contra la pared.
Silvestre dijo:
—Basta.
El agente paró.
Nadie discutió.
El detenido lo miró.
No con gratitud.
Con desprecio.
Silvestre entendió por qué.
Había detenido el cuarto golpe.
Los tres primeros ya habían ocurrido.
Y él seguía allí.
Aquel episodio dejó otra consecuencia que Silvestre no vio hasta mucho después.
Muntané, el inspector que había dirigido el interrogatorio de Aranda, siguió ascendiendo. Lo trasladaron a otra unidad y años más tarde apareció en una fotografía institucional durante una entrega de condecoraciones. Silvestre vio la imagen en un periódico y sintió una furia inmediata.
La dobló para no tener que mirar la cara del hombre.
Después se dio cuenta de que él también había ascendido.
La comparación lo obligó a desplegar de nuevo el periódico.
Muntané sonreía en primera fila. Silvestre no estaba en la fotografía, pero podía haberlo estado en otra.
Había recibido felicitaciones, mejoras de destino, informes favorables.
La institución no había distinguido entre el hombre que golpeó más y el que golpeó menos.
Tampoco entre quien empezó a arrepentirse y quien no lo hizo.
Tal vez porque el arrepentimiento privado no figuraba en el expediente.
Tal vez porque, mientras no cambiara la conducta pública, tampoco debía figurar.
En 1978, esa idea lo perseguiría al pensar en Mercadal. No bastaba con que un hombre se creyera diferente por dentro.
Las víctimas solo podían conocer lo que había hecho.
La diferencia entre mejorar y absolverse podía caber en tres golpes.
Lo había hecho.