La casa de las aguas negras CAPÍTULO 23 — EL INFORME DE VILANOVA #2
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CAPÍTULO 23 — EL INFORME DE VILANOVA #2

—Confío lo suficiente para no obligarte a mentir si te preguntan.

Firmó cada copia con tinta azul.

Silvestre observó su nombre al pie.

—Esto puede acabar contigo.

—No exageres. Hay formas más lentas de acabar con una carrera. Traslados, expedientes, guardias imposibles. Son muy creativos.

—¿Por qué hacerlo entonces?

Remei colocó los folios en los sobres.

—Porque llevo toda la vida viendo cómo los hombres convierten el miedo en una explicación. Quiero probar otra cosa.

—¿Valor?

—No. Documento.

Le entregó una copia.

—El valor se olvida. El papel, a veces, no.

Silvestre guardó el sobre bajo la camisa.

Al salir, miró a ambos lados de la calle. No vio coches detenidos ni hombres esperando.

Eso lo inquietó más.

La amenaza había cumplido su función sin necesidad de quedarse.

Al día siguiente, Remei entregó la versión oficial de su informe complementario.

No incluyó todo.

Incluyó lo suficiente.

El jefe de servicio la llamó media hora después.

—¿Qué pretendes?

—Firmar lo que vi.

—Ya existe un informe.

—Incompleto.

—No te corresponde decidir eso.

Remei lo miró.

—Precisamente me corresponde.

El hombre cerró la puerta.

—Hay llamadas de Jefatura.

—Qué sorpresa.

—No te pongas insolente.

—No estoy siendo insolente. Estoy cansada.

—Tienes antecedentes de militancia.

Remei sonrió.

—Hace quince años. Qué memoria tan selectiva tiene la administración.

—Esto puede convertirse en un expediente disciplinario.

—Entonces por fin habrá un expediente que no desaparezca.

El jefe golpeó la mesa.

—¡Remei!

Ella recogió su copia.

—Si quieren corregirlo, que lo hagan por escrito.

Nadie lo hizo.

En lugar de eso le cambiaron dos guardias, le retiraron una autopsia importante y empezaron a pedirle justificación por cada retraso de diez minutos.

Cuando se lo contó a Silvestre, él quiso intervenir.

—No.

—Puedo hablar con...

—¿Con quién? ¿Mercadal?

Silvestre se calló.

—Esto es mío —dijo Remei—. No conviertas cada consecuencia en otra cosa que tengas que cargar.

—Te están castigando por ayudarme.

—Me están castigando por firmar mi nombre.

—Es lo mismo.

—No. Y necesito que no lo sea.

Silvestre entendió.

Remei no quería ser una extensión de su historia.

Rosalinda tampoco debía serlo.

Aquella noche añadió una nota a sus propios papeles: «No confundir responsabilidad con apropiación del dolor ajeno».

La subrayó una vez. No para el sumario. Para él.

La tercera copia del informe viajó a Girona dentro de un libro de anatomía.

Remei se la envió a una antigua compañera de facultad sin explicación. Solo una nota: «Guárdalo. Si te llamo y digo que lo tires, no me hagas caso.»

Silvestre leyó la frase.

—Eso es muy dramático.

—Tú escondes papeles en bares.

—Tienes razón.

Remei cerró el paquete.

—¿Sabes qué me preocupa?

—Muchas cosas.

—Que empecemos a disfrutar de sentirnos perseguidos.

Silvestre la miró.

—No disfruto.

—Bien. Porque esa sensación puede volver a uno estúpido. Todo parece importante. Cada coche es seguimiento. Cada llamada, amenaza.

—Algunos lo son.

—Sí. Y por eso hay que distinguir.

Remei le entregó una lista de hechos comprobados y otra de inferencias.

—No las mezcles.

Silvestre guardó ambas.

Fue una de las disciplinas más útiles del caso.

Y una de las más difíciles.

La presión sobre Remei aumentó de una forma tan burocrática que casi resultaba elegante.

Le pidieron rehacer horarios de tres meses.

Le cuestionaron gastos de material.

Revisaron certificados antiguos.

Un superior la llamó para preguntarle por una ausencia de cuatro horas ocurrida en 1973.

—Estaba en un entierro —dijo.

—No consta permiso.

—Mi padre no tuvo la cortesía de morir en horario administrativo.

El hombre no sonrió.

Silvestre empezó a acompañarla algunas noches hasta casa.

—No necesito escolta.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—No.

—Eres agotador.

—También lo sé.

Una noche encontraron la puerta de su piso entornada.

Remei se quedó inmóvil.

—La cerré.

Silvestre entró primero.

No había nadie.

Los cajones estaban abiertos, pero nada parecía robado. La radio seguía. El dinero de un sobre, también.

Faltaba una sola cosa.

La copia del informe que Remei guardaba en un libro.

—Sabían dónde buscar —dijo Silvestre.

Remei recorrió el piso sin tocar nada.

—O registraron todo hasta encontrarla.

—La copia de Girona sigue.

—Sí.

—La de Alèxia también.

—Sí.

La presión no había empezado aquella noche.

Dos días antes, el director del instituto forense la había llamado a su despacho. Era un hombre correcto, de voz baja, que llevaba toda la conversación colocando y recolocando una pluma sobre el secante.

—Remei, nadie discute tu competencia.

—Cuando una frase empieza así, siempre discuten otra cosa.

El director suspiró.

—Has elaborado un documento fuera del circuito.

—Porque dentro faltaban páginas.

—No sabemos cómo desaparecieron.

—Precisamente.

—Y no es tu función investigar eso.

Remei miró la pluma.

—Mi función es describir un cuerpo.

—Exacto.

—Y describí un cuerpo que había estado alimentado durante semanas, que presentaba marcas compatibles con sujeción y que no encajaba con la historia que llegó al expediente.

El director se quitó las gafas.

—Hay una manera de hacer las cosas.

—La hubo. Alguien arrancó dos páginas.

—Baja la voz.

Remei no la bajó.

—¿Por qué?

El hombre miró hacia la puerta.

—Porque tengo cuarenta personas trabajando aquí y no pienso convertir este lugar en un campo de batalla por una investigación que ni siquiera es nuestra.

—Ya está dentro.

—No.

—Una autopsia manipulada está dentro.

El director se levantó.

—No he dicho manipulada.

—Yo sí.

Durante unos segundos no fueron jefa y subordinada ni médico y administrador. Fueron dos personas midiendo cuánto miedo estaban dispuestas a reconocer.

—Retira el informe paralelo —dijo él—. Conserva tus notas si quieres. Pero no lo firmes.

—Ya está firmado.

El director cerró los ojos.

—Entonces di que era una versión preliminar.

—No lo era.

—Remei, piensa en tu carrera.

Ella recogió el bolso.

—Eso estoy haciendo.

Al salir sintió náuseas. No por valentía. Por miedo. Quería conservar el trabajo. Quería seguir haciendo autopsias, pagar el alquiler, cuidar de su madre y no convertirse en una causa para nadie.

Precisamente por eso guardó otra copia del informe en casa de una antigua compañera de facultad a la que no veía desde hacía años.

—No quiero saber qué es —dijo la mujer.

—Mejor.

—¿Y si vienen?

—Diles que no sabes nada.

—Será verdad.

Remei salió con una culpa nueva: también ella estaba repartiendo el peligro entre personas que no lo habían pedido.

Cuando más tarde le dijo a Silvestre que no era una mártir, sabía exactamente de qué hablaba.

Remei se sentó.

Por primera vez parecía asustada de verdad.

Silvestre se acercó.

—Puedes retirarte.

Ella levantó los ojos.

—¿De qué?

—Del informe. Decir que fue un borrador, que interpretaste mal.

—¿Y tú?

—Yo sigo.

Remei negó lentamente.

—Eso es exactamente lo que no entiendes.

—¿Qué?

—Que no eres el protagonista de la conciencia de los demás.

Silvestre recibió la frase en silencio.

—Yo firmé ese informe antes de que tú decidieras qué ibas a hacer con él. Lo firmé porque era verdad. Si lo retiro para que tú puedas sentir que me has salvado, seguiré dejando que todo gire alrededor de ti.

—No quiero eso.

—Ya lo sé. Lo haces sin querer. Como casi todo lo importante.

Remei se levantó y comenzó a cerrar cajones.

—Ayúdame.

Silvestre obedeció.

Ordenaron el piso durante una hora.

No llamaron a la policía.

Ambos supieron que hacerlo generaría un parte, una investigación y quizá una advertencia a las mismas personas que buscaban el informe.

La decisión incomodó a Silvestre.

—Estamos haciendo lo mismo que ellos —dijo.

—No.

—Ocultamos un delito.

—No lo ocultamos. Lo registramos por nuestra cuenta porque no confiamos en el canal.

—Eso es lo que cualquiera diría.

Remei lo miró.

—Bien. Conserva esa incomodidad. Nos hará falta.

Silvestre escribió fecha, hora y estado del piso. Remei firmó debajo. Hicieron dos copias.

El documento carecía de valor oficial, pero fijaba algo que ambos necesitaban: qué habían encontrado y qué habían hecho después. Si iban a denunciar las manipulaciones ajenas, no podían permitirse una versión cómoda de las propias.