CAPÍTULO 23 — EL INFORME DE VILANOVA
La máquina de escribir golpeaba como una lluvia seca.
R emei trabajaba en su despacho con la puerta cerrada. Había quitado el teléfono del gancho.
Silvestre leyó las primeras páginas de pie.
No era un informe forense oficial. Era algo más peligroso: una relación de irregularidades con fechas, firmas, copias, fotografías y observaciones personales.
Cadáver de menor identificado como Rosalinda Vega Serrano.
Indicios compatibles con retención prolongada.
Desaparición de páginas 4 y 5 del informe preliminar.
Llamada no identificada preguntando por un objeto —pulsera— antes de su incorporación a inventario.
Presiones para acelerar entrega e incineración.
Silvestre levantó la vista.
—Si firmas esto te suspenden.
—Probablemente.
—Pueden acusarte de quebrantar secreto.
—También.
—¿Por qué?
Remei dejó de escribir.
—Porque si no lo hago, dentro de un año empezaré a recordar las cosas de otra manera.
—No tienes por qué cargar con esto.
—No me hables de cargar.
Silvestre calló.
Remei se levantó y abrió un armario. Sacó una carpeta más pequeña.
—He hecho tres copias. Una para ti, una para mí y una tercera que no te diré dónde está.
—Mejor.
—No. Mejor habría sido que no hiciera falta.
Le entregó una copia.
Silvestre vio la firma al final.
Dra. Remei Vilanova Prat.
—Ya está firmado.
—Desde anoche.
—Remei...
—No.
—Quiero decir...
—Ya sé lo que quieres decir. Y no.
Silvestre guardó la carpeta.
—Gracias.
—Tampoco.
Se quedaron en silencio.
A través de la ventana se veía una franja de cielo gris.
—Mi padre murió creyendo que yo había arruinado la familia —dijo Remei de pronto—. Por estudiar medicina. Por juntarme con rojos. Por no casarme. Durante años pensé que algún día le demostraría que todo había servido para algo.
Silvestre la miró.
—¿Y?
—Murió antes.
—Lo siento.
—Yo no. Eso es lo que más me pesa.
Remei volvió a sentarse.
—Todos tenemos una habitación donde no dejamos entrar a nadie, Silvestre. La diferencia es que tú has convertido la tuya en una comisaría.
Remei le mostró también las notas que no pensaba incluir en el informe. Eran observaciones más personales, imposibles de defender ante un tribunal pero difíciles de ignorar.
La madre presenta signos de sedación continuada no explicados por prescripción conocida.
El abogado de la familia pregunta de manera reiterada por plazos de entrega del cuerpo.
Un funcionario no identificado accede al depósito fuera de horario.
—¿Esto último cómo lo sabes?
—El celador lo vio.
—¿Declarará?
Remei negó.
—Tiene tres hijos.
Silvestre apoyó la carpeta.
—Siempre hay tres hijos.
—O una hipoteca. O un padre enfermo. O veinte años para la jubilación.
—¿Y tú qué tienes?
—Mal carácter.
Silvestre sonrió apenas.
Remei encendió un cigarrillo junto a la ventana.
—No te equivoques conmigo. También tengo miedo.
—No lo parece.
—Eso no es valentía. Es entrenamiento.
Le contó entonces una detención de 1969. No había sido militante importante. Repartía octavillas con estudiantes. Pasó dos noches en dependencias policiales. No quiso entrar en detalles.
—Mercadal estaba allí —dijo.
Silvestre levantó la vista.
—¿Te interrogó?
—No. Pero lo vi.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque trabajabas con él.
—También trabajabas conmigo.
—Precisamente.
La frase abrió una distancia inesperada.
—¿No confiabas en mí?
Remei lo miró.
—Confiaba en algunas partes de ti.
Silvestre aceptó la respuesta.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que las partes que no me gustan están despiertas.
—Eso no suena mejor.
—No pretendía que sonara mejor.
Apagó el cigarrillo.
—Firma aquí como receptor de una copia.
Silvestre tomó la pluma.
—¿No habíamos decidido que esto no existía?
—No. Hemos decidido que exista demasiado.
Firmó.
El nombre quedó sobre el papel: Silvestre Amat Ferragut .
Por primera vez en muchos años, firmar algo le pareció un acto más peligroso que golpear a alguien.
Remei recibió la primera advertencia formal tres días después de firmar el informe. Un superior la llamó a su despacho y le preguntó por qué conservaba copias de documentación preliminar.
—Porque desaparece —respondió.
No fue una respuesta prudente.
La enviaron a casa por el resto del día.
Silvestre la encontró en una cafetería frente al instituto, removiendo un café que no bebía.
—Podías haber mentido.
—Podía.
—¿Por qué no lo hiciste?
Remei lo miró.
—Porque estaba cansada de ver cómo todos somos valientes en privado y prudentes cuando alguien toma nota.
—Te pueden echar.
—Lo sé.
—No quiero que esto te cueste el trabajo.
—Otra vez tú decidiendo qué costes son aceptables para los demás.
Silvestre se calló.
Remei suavizó apenas la voz.
—No soy Rosalinda. No soy Marcos. No necesito que me salves.
La frase fue dura.
Necesaria.
Silvestre miró el café.
—No sé hacer esto sin intentar salvar a alguien.
—Pues empieza por no llamar salvación a controlar lo que hacen.
Remei bebió por fin.
—Puedes acompañarme. Eso sí.
Silvestre levantó la mirada.
—¿Adónde?
—A casa. Tengo hambre.
Caminaron juntos.
No se tocaron.
Aquella era la forma más honesta de intimidad que podían permitirse.
Remei entregó finalmente una copia de su informe a un antiguo profesor de medicina legal. No le pidió que actuara. Solo que la guardara.
—¿Crees que vendrán a buscarla? —preguntó él.
—No sé.
—Entonces por qué yo.
Remei sonrió.
—Porque tiene ochenta años y ya no le pueden arruinar la carrera.
El anciano no se rio.
—Siempre pueden arruinar algo.
Guardó el sobre dentro de un libro.
—¿La chica tenía familia?
—Una madre.
—No me refiero a eso. ¿Tenía gente que la recordara?
Remei pensó en Silvestre, Ventura, Feliciana, Pepa.
—Cada vez más.
El profesor asintió.
—Entonces no está del todo perdida.
Remei salió molesta con la frase. Sonaba demasiado cercana a un consuelo.
No quería consuelos.
Quería hechos.
Pero mientras caminaba hacia el metro comprendió que incluso ella necesitaba creer que recordar podía tener alguna utilidad.
El superior de Remei le ofreció una salida discreta: retirar el informe paralelo, destruir las copias internas y aceptar una amonestación verbal.
—No habrá expediente —le dijo.
—¿Y el contenido?
—Quedará en el informe oficial.
—Faltan páginas.
—Eso no es asunto suyo.
Remei sonrió.
—Soy la forense que firmó el examen de un cadáver. Es exactamente asunto mío.
—No convierta esto en política.
—No lo he hecho yo.
La conversación terminó.
Al salir, Remei comprendió que acababa de elegir una sanción que todavía no conocía por defender un documento que probablemente nunca produciría una condena.
No se sintió valiente.
Se sintió estúpida.
Remei redactó el informe en su casa porque ya no confiaba en las máquinas del Instituto.
Usó una Olivetti verde que había pertenecido a su padre. Cada tecla dejaba una impresión ligeramente distinta. La «a» aparecía siempre un poco más alta, como si quisiera separarse del resto de la palabra.
Silvestre llegó a las nueve. Ventura no fue invitado.
—Cuanta menos gente sepa dónde está, mejor —dijo Remei.
—Ya lo sabe demasiada.
—Saber que existe no es saber qué contiene.
Sobre la mesa había doce folios mecanografiados y varias fotografías. Remei había reconstruido la autopsia completa: lesiones, tiempos probables, signos de retención, restos bajo las uñas, análisis serológicos, muestras conservadas.
—Esto contradice el informe oficial —dijo Silvestre.
—Lo completa.
—No seas diplomática.
—No estoy siendo diplomática. Estoy intentando que, si algún día llega a un juez decente, pueda leerse sin que lo descarten como manifiesto.
Silvestre repasó el texto.
—Aquí dices que la mantuvieron en un lugar con higiene regular.
—Sí.
—¿Puedes precisar cuánto tiempo?
—No. Semanas, probablemente.
—¿Atada?
—En periodos. Las marcas no indican inmovilización continua.
—Eso significa que confiaba en quien la tenía.
Remei se quitó las gafas.
—No significa nada sobre confianza. Una persona puede obedecer por miedo sin necesidad de estar atada.
Silvestre pensó en demasiados interrogatorios.
—El hilo rojo —dijo—. Encontré tela parecida en una caseta de la marisma.
—¿La trajiste?
—Un trozo. El resto desapareció.
Remei lo miró.
—¿Desapareció?
—Dos hombres se llevaron un colchón y una manta la misma noche.
—¿Y no me lo habías contado?
—No quería meterte más.
Remei soltó una risa seca.
—Silvestre, estoy escribiendo un informe clandestino sobre una autopsia manipulada. Creo que ya hemos pasado la fase de protegerme.
Sacó una lupa y comparó las fibras. No podía hacer un análisis concluyente en casa, pero el color y grosor coincidían a simple vista.
—Puede ser la misma tela —dijo—. O cualquier manta roja barata.
—Eso sigue siendo algo.
—No. Sigue siendo una pregunta.
Silvestre dejó la fibra.
—Todo contigo es una pregunta.
—Y todo contigo acaba queriendo ser una respuesta demasiado pronto.
La discusión terminó cuando alguien llamó al portal.
Remei se quedó inmóvil.
No esperaban a nadie.
Silvestre apagó la lámpara de la mesa.
Volvieron a llamar.
—¿Quién es? —preguntó Remei desde la puerta.
—Correo.
A las diez de la noche.
Silvestre se colocó junto al marco.
Remei no abrió.
—Déjelo abajo.
—Necesito firma.
Silvestre negó con la cabeza.
Después de unos segundos, los pasos se alejaron.
Esperaron.
Cinco minutos después, Silvestre bajó por la escalera. No había nadie. En el buzón encontró un sobre sin remitente.
Dentro había una copia de una fotografía tomada esa misma tarde: Remei entrando en su edificio.
En el reverso, una sola palabra.
«Prudencia.»
Remei la observó durante mucho tiempo.
—Qué obsesión tienen con esa palabra.
—Mañana no vayas a trabajar.
—No.
—Remei.
—Si no voy, habrán decidido también eso.
—Podrían hacerte daño.
—Ya pueden. La diferencia es si además voy a facilitarles el horario.
Silvestre se enfadó.
—No tienes que demostrar nada.
—Tú tampoco y aquí estás.
—Es mi caso.
—No. Es un cadáver que pasó por mi mesa. Eso lo convierte también en mío.
La frase lo dejó sin argumentos.
Remei volvió a sentarse y metió el informe en tres sobres distintos.
—Una copia para ti. Otra para mí. La tercera fuera de Barcelona.
—¿Dónde?
—No te lo diré.
—¿No confías en mí?