La casa de las aguas negras CAPÍTULO 22 — LA RADIO DEL BAR SOLER, OTRA VEZ
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CAPÍTULO 22 — LA RADIO DEL BAR SOLER, OTRA VEZ

El bar olía a serrín húmedo y vino derramado.

Anselmo Guardiola reconoció a Silvestre en cuanto entró.

—

H oy no se ha muerto nadie importante.

Silvestre se sentó en el mismo taburete de 1975.

—Café.

—Eso sí que es una tragedia.

—Sin coñac.

Anselmo lo miró un segundo más de la cuenta y sirvió.

En la radio hablaban de negociaciones constitucionales. Palabras nuevas sobre muebles viejos.

—¿Te acuerdas del veinte de noviembre? —preguntó Silvestre.

—Me acuerdo de demasiados veinte de noviembre.

—El del setenta y cinco.

—Había poca gente.

—Mercadal vino.

Anselmo dejó el trapo.

—También venía antes.

—¿Con quién?

—Con policías.

—¿Con Berrocal?

El tabernero no cambió la cara, pero el trapo dejó de moverse.

—No conozco a ese señor.

—No te he preguntado si lo conoces.

Anselmo se inclinó hacia él.

—Silvestre, llevo treinta años detrás de esta barra. He servido vino a falangistas, curas, comunistas, policías, ladrones y hombres que eran las cinco cosas según el día. He aprendido una sola regla: la memoria es un lujo que algunos no podemos permitirnos.

—Una niña ha muerto.

—Siempre muere alguien.

—Quince años.

Anselmo miró hacia la radio.

—Aquí nunca ha pasado nada, inspector.

Silvestre esperó.

El hombre terminó:

—Ese es nuestro problema.

Silvestre bebió el café.

Amargo.

—¿Mercadal conocía a Berrocal?

Anselmo recogió un vaso.

—Pregunte por las cacerías de Montseny.

—¿Cuándo?

—Desde antes de que usted dejara de beber.

—Eso son muchos años.

—Exacto.

Silvestre dejó unas monedas.

Al salir, Anselmo lo llamó.

—Inspector.

Se volvió.

—No vuelva aquí con preguntas.

—¿Por qué?

—Porque quiero seguir diciendo que nunca ha pasado nada.

Silvestre no se fue de inmediato. Esperó a que el bar quedara vacío.

Anselmo bajó el volumen de la radio.

—Una vez —dijo— vinieron Mercadal y Berrocal juntos.

Silvestre no se movió.

—¿Cuándo?

—Hace años. Quizá el setenta y dos. Quizá antes.

—¿De qué hablaron?

—No escuchaba conversaciones.

—Claro.

—Pero recuerdo que Mercadal salió enfadado. Berrocal pagó y dejó un billete demasiado grande.

—¿Qué pasó después?

Anselmo limpió la barra.

—Al día siguiente dos hombres de Gobernación vinieron a preguntar por un camarero que trabajaba aquí. Paco.

—¿Por qué?

—Había oído algo. O eso pensaban.

—¿Qué le ocurrió?

—Se fue a Marsella.

—¿Por miedo?

—Por prudencia.

Silvestre observó las botellas alineadas.

—¿Tienes su dirección?

—No.

—¿Nombre completo?

Anselmo negó.

—No me haga arrepentirme de hablar.

—Ya lo estás.

El tabernero lo miró.

—No sabe lo que es tener un negocio pequeño y que los hombres grandes aprendan tu nombre.

Silvestre pensó en Feliciana, en las fotografías que todavía no habían llegado, en la manera en que la gente aprendía a vivir sin formular ciertas preguntas.

—No —dijo—. No lo sé.

Anselmo pareció sorprenderse por la respuesta.

—Eso ya es algo.

Silvestre se levantó.

—Si recuerdas el apellido de Paco...

—No lo recordaré.

—Entiendo.

—No, inspector. Está empezando a entender. No es lo mismo.

Afuera, la radio de una tienda hablaba de democracia.

Silvestre caminó hacia la comisaría pensando en todas las personas que habían tenido que aprender a callar para llegar vivas hasta esa palabra.

Anselmo encontró finalmente el apellido del antiguo camarero en una libreta de proveedores: Francisco Ruiz Ocaña.

—No tengo dirección —dijo—. Solo un teléfono francés de hace años.

Silvestre llamó desde una cabina internacional. Nadie contestó la primera vez. La segunda, una mujer respondió en francés. Después de varios intentos entendió el nombre.

—Paco ya no vive aquí.

—¿Sabe dónde está?

—No.

—¿Puede darle un mensaje si llama?

La mujer aceptó a regañadientes.

Silvestre dejó un número.

Paco nunca llamó.

Durante años se preguntaría qué había oído aquel camarero y si realmente tenía alguna relación con Berrocal o Mercadal. La investigación quedó llena de puertas así: entreabiertas, imposibles de atravesar.

La verdad no era un rompecabezas en el que todas las piezas estuvieran disponibles.

A veces faltaban porque alguien las había quemado.

A veces porque una persona había decidido que vivir en Marsella era más importante que ayudar a un inspector de Barcelona.

Silvestre no podía reprochárselo.

La última vez que visitó el bar Soler antes del clímax, Silvestre encontró a Anselmo cerrando temprano.

—¿Problemas?

—Una inspección.

—¿De qué?

—De todo lo que puedan inspeccionar.

Silvestre entendió.

—Por mí.

—No se dé tanta importancia.

—Anselmo.

El tabernero dejó las llaves sobre la barra.

—Vinieron dos. Preguntaron si usted frecuentaba el local, con quién hablaba, cuánto bebía.

—¿Qué dijiste?

—Que desde que dejó el coñac es un cliente pésimo.

Silvestre sonrió.

—Lo siento.

—No me sirve.

—Lo sé.

Anselmo lo miró.

—Entonces haga que esto termine.

Silvestre negó.

—No puedo prometer eso.

—Al menos ya no promete tonterías.

El tabernero cerró la persiana.

Silvestre se quedó fuera, escuchando el metal bajar.

Otra puerta que su investigación había obligado a alguien a cerrar.

Anselmo le dio, antes de cerrar, una caja de cerillas antigua del bar.

—¿Para qué quiero esto?

—No sé. Siempre se lleva papeles. Hoy llévese algo que no sirva.

Silvestre la guardó.

En la tapa había un dibujo del local cuando abrió en 1959. La fachada parecía más limpia. Los árboles, más pequeños.

—¿Por qué la conservas?

—Porque una vez creí que este sitio iba a cambiarme la vida.

—¿La cambió?

Anselmo pensó.

—Sí. Solo que no de la manera que imaginaba.

Silvestre sonrió.

—Eso parece una amenaza.

—Es una biografía.

La misma palabra que Remei usaría después para describir la frase de Berrocal.

Silvestre empezó a pensar que una vida quizá no era más que la distancia entre lo que uno creía que significaban las cosas y lo que terminaban significando.

Antes de irse, Silvestre ayudó a Anselmo a bajar dos cajas al sótano. Había botellas vacías, periódicos viejos y una silla rota que el tabernero aseguraba que repararía algún día.

—Todo el mundo guarda cosas que no va a arreglar —dijo Silvestre.

—Tú más que nadie.

Anselmo encendió la bombilla. Del techo colgaba un cable negro.

—Mira.

Apartó unas cajas. En la pared había fotografías del bar desde finales de los cincuenta: equipos de fútbol, bautizos, cenas de trabajadores, una pareja besándose en Nochevieja. En una imagen de 1969, Silvestre reconoció a Mercadal junto a dos hombres jóvenes.

—¿Quiénes son?

Anselmo se acercó.

—Ese de ahí trabajaba para el Ayuntamiento. El otro no sé.

Silvestre sacó la fotografía del marco.

En el reverso alguien había escrito tres apellidos y una fecha. Uno de los nombres le resultó conocido: el padre del notario que había certificado una de las primeras operaciones de Terralta.

—¿Puedo llevármela?

Anselmo negó.

—No.

—Es importante.

—Por eso.

Silvestre lo miró.

—Puedo hacer una copia.

—Eso sí.

—¿Por qué guardas todo esto?

Anselmo se sentó en la silla rota, que crujió bajo su peso.

—Porque un bar oye más historia que un ministerio y no tiene archivo.

—Esto parece un archivo.

—No. Un archivo se supone que sabe lo que guarda. Yo solo fui incapaz de tirar cosas.

Silvestre volvió a contemplar las fotografías. Gente sin importancia pública había quedado fijada en fiestas pequeñas mientras los hombres que tomaban decisiones aparecían al fondo, desenfocados, como si pertenecieran por accidente a la imagen.

Quizá así funcionaba también el poder: rara vez ocupaba el centro de la fotografía.

—Mercadal venía mucho —dijo Anselmo—. Antes.

—¿Con Berrocal?

—Una vez lo vi. No aquí dentro. En un coche, esperando.

—¿Cuándo?

—Hace años. No sabría decirte.

—Inténtalo.

Anselmo pensó.

—Antes de que tú dejaras de traer a Mercedes. Después de que empezaras a beber coñac solo.

Silvestre hizo una mueca.

—Gran sistema de datación.

—Los calendarios sirven para la gente que no conoce a sus clientes.

Silvestre guardó la fecha aproximada en la cabeza.

Al subir de nuevo al bar comprendió que su propia biografía también estaba archivada en lugares que nunca había considerado: en la memoria de un camarero, en una cuenta sin pagar, en la esquina de una fotografía ajena.

No era posible desaparecer del todo.

Anselmo Guardiola había envejecido sin cambiar de postura.

Seguía secando vasos con el mismo paño gris y escuchando conversaciones sin parecer interesado. Cuando Silvestre entró, señaló la cafetera.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre.

—Eso suele ser el principio de los problemas.

Silvestre se sentó al fondo.

El bar estaba casi vacío. En la radio hablaban de debates constitucionales. Palabras nuevas: consenso, autonomía, derechos.

Anselmo dejó el café.

—¿Qué busca?

—¿Por qué cree que busco algo?

—Porque cuando viene a beber café mira la taza. Hoy mira la puerta.

Silvestre sacó la fotografía de Eusebio Roca.

—¿Lo conoce?

Anselmo la miró apenas.

—Sí.

—¿De qué?

—Viene algunas noches.

—¿Solo?

—A veces.

—¿Con quién?

Anselmo siguió secando el vaso.

—No me gusta recordar clientes.

Silvestre dejó una fotografía de Berrocal.

El paño se detuvo.

—Ese no viene.

—¿Pero lo conoce?

—Todo Barcelona conoce a quien sale en los periódicos.

—Eusebio trabaja para él.

—Mucha gente trabaja para mucha gente.

Silvestre bebió.

—Anselmo, una niña está muerta.

—Siempre hay alguien muerto cuando usted empieza una frase así.

—Rosalinda Vega.

El tabernero suspiró.

—La conocía de verla.

—¿Venía aquí?

—Dos o tres veces.

—¿Con Eusebio?

—Una.

—¿Cuándo?

—Octubre, quizá noviembre.

—Antes de desaparecer.

—Supongo.

Silvestre se inclinó.

—¿Qué pasó?

—Discutieron.

—¿Sobre qué?

—No escucho.

Silvestre lo miró.

Anselmo sonrió.

—Escucho. No recuerdo.

—Inténtelo.

El hombre dejó el vaso.

—Ella quería que la llevara a un sitio. Él decía que no podía. Mencionaron una casa y a «la señora».

—¿La esposa de Berrocal?

—No dijeron nombre.

—¿Algo más?

—La chica estaba enfadada. Dijo que si no la dejaban entrar por la puerta, entraría por el periódico.

Silvestre sintió un golpe de intuición.

—¿Periodista?

—Eso pensé.

—¿Con quién habló?

—No lo sé.

—¿Conocía a alguno?

Anselmo miró hacia la radio.

—Aquí venía un redactor del Noticiero. Se llamaba Tomàs Reverter.

—¿Sigue viniendo?

—No desde diciembre.

—¿Por qué?

—Pregúntele.

—¿Dónde está?

Anselmo escribió una dirección en una servilleta.

—Poble-sec.

Silvestre guardó el papel.

—¿Por qué no contó esto cuando desapareció?

El tabernero lo miró con cansancio.

—Porque nadie me preguntó.

La frase se parecía demasiado a la de Brion.

—¿Y si hubieran preguntado?

Anselmo tardó.

—No sé si habría hablado.

—¿Por qué lo hace ahora?

—Porque ya está muerta.

—Eso no es una razón.

—Es la única razón que nos vuelve valientes a muchos. Cuando ya no podemos salvar a nadie.

Silvestre terminó el café.

En la radio, un político hablaba de reconciliación.

Anselmo bajó el volumen.

—Mi hermano estuvo en la cárcel en el 69 —dijo de pronto—. Nunca hablamos de eso cuando salió. Ni él ni yo. Pensábamos que callar era una manera de dejarlo atrás.

—¿Funcionó?

—Murió el año pasado. En el entierro me di cuenta de que no sabía qué le habían hecho.

Silvestre no dijo nada.

—Así que ahora, cuando oigo esa palabra, reconciliación, me pregunto si primero no habría que recordar con quién.

El tabernero volvió a subir la radio.

Silvestre guardó la servilleta.

La investigación se estaba llenando de hombres que habían tardado años en decidirse a hablar.

Quizá el silencio no era ausencia de información.

Quizá era información esperando una circunstancia moral adecuada.

Reverter apareció en el bar Soler una semana después.

Anselmo lo vio entrar y puso un vaso de vino sin preguntar.

Silvestre estaba en una mesa del fondo.

El periodista se sentó frente a él.

—He encontrado algo.

Sacó una hoja doblada.

Era una copia de sus notas de la primera conversación con Rosalinda.

—Pensé que las había perdido.

Silvestre leyó.

Rosalinda había dicho: «Si me pasa algo, no será porque me escapé».

Más abajo: «El policía viejo sabe quién soy».

—¿Policía viejo?

—Así lo dijo.

—¿Mercadal?

—Supongo.

Había otra frase.

«La casa azul no es la casa grande.»

Silvestre levantó los ojos.

El pabellón de Sant Cugat.

—¿Por qué no me dio esto antes?

Reverter bebió.

—Porque no lo encontré antes.

—¿Seguro?

El periodista sostuvo la mirada.

—No.

Silvestre esperó.

—Lo tenía escondido. Me dio miedo.

—Gracias por decirlo.

—No me agradezca nada. He tardado tres meses.

Anselmo dejó otro café sobre la mesa.

—Todos llegan tarde a algo —dijo.

Silvestre miró la hoja.

La cuestión era qué se hacía después de llegar.

Anselmo guardó la copia de las notas de Reverter debajo del mostrador.

—No quiero saber por qué —dijo.

—Ya sabe demasiado.

—Saber y admitir son deportes distintos.

Silvestre bebió café.

—¿Alguna vez se ha cansado de callar?

Anselmo lo miró.

—Todos los días.

—¿Y por qué sigue?

—Porque también me canso de hablar.

La respuesta parecía una broma, pero no lo era.

—Mi hermano murió sin contarme qué le hicieron —continuó—. Yo pensaba que respetaba su silencio. Ahora no sé si lo ayudé a mantenerlo.

Silvestre observó la radio.

—¿Hay diferencia?

—Seguro. El problema es saberla a tiempo.

Anselmo guardó la taza.

—Llévese una cosa de aquí, inspector. La gente no calla solo porque tenga miedo. A veces calla porque no encuentra a quién contarle sin que la historia deje de pertenecerle.

Silvestre pensó en Feliciana.

En Remei.

En él mismo.

Quizá investigar también consistía en aprender a escuchar sin apropiarse.

Solo había que saber dónde mirar.