La casa de las aguas negras CAPÍTULO 21 — EL JUEZ
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CAPÍTULO 21 — EL JUEZ

La colonia del juez Rogelio Barnet llegaba antes que él.

S ilvestre esperó en el pasillo del juzgado con Ventura detrás. Barnet apareció a las once y veinte, traje gris, corbata color vino, cabello engominado. Saludó a dos abogados y pasó de largo.

—Señoría.

El juez se detuvo.

—Amat.

Lo conocía.

Silvestre no recordaba haber sido presentado.

—Necesito cinco minutos.

—No lleva usted el caso.

—Precisamente.

Barnet suspiró.

—Entre.

El despacho tenía un crucifijo, una fotografía del rey y un montón de expedientes perfectamente alineados. Nada fuera de sitio.

Silvestre dejó sobre la mesa una copia fotográfica de la carta de Rosalinda.

Barnet no la tocó.

—¿Qué es?

—Una menor muerta acusando implícitamente a su padre de haberla ocultado durante años. El padre es Néstor Berrocal.

—Eso es una interpretación.

—Hay documentos de manutención.

—¿Obtenidos cómo?

—¿Importa?

—Muchísimo.

—A ella la tuvieron retenida.

—Según un informe incompleto.

Silvestre notó el golpe.

—¿Cómo sabe que está incompleto?

Barnet lo miró.

—Porque soy el juez instructor.

—Las páginas desaparecieron antes de llegar al juzgado.

—Inspector, está jugando con afirmaciones graves.

—Una niña está muerta.

—Y usted está fuera del asunto.

—¿Por qué autoriza la incineración tan rápido?

Barnet se levantó.

—La familia lo solicitó.

—Un abogado pagado por Berrocal lo solicitó.

—¿Puede demostrar eso?

Silvestre calló.

Barnet recogió la copia de la carta con dos dedos.

—Esto no prueba un homicidio.

—Prueba que mintieron.

—Mentir no siempre es delito.

—Depende de quién mienta.

El juez endureció la voz.

—Tenga cuidado.

—Eso me dicen mucho últimamente.

Barnet caminó hasta la puerta.

—Le daré un consejo que no me ha pedido. Las instituciones funcionan porque cada persona acepta los límites de su competencia.

Silvestre se puso en pie.

—No. Funcionan porque todos sabemos dónde están las puertas que no debemos abrir.

Barnet abrió.

Ventura esperaba fuera.

Antes de salir, Silvestre vio una fotografía en una repisa: una comida de caza. Barnet en el centro. A su lado, un hombre alto de cabello blanco.

No reconoció a Berrocal porque todavía no lo había visto en persona.

Pero reconoció el escenario de la fotografía del archivo de Brion.

Los mismos pinos.

El mismo jabalí.

Al salir del despacho, Ventura quiso regresar.

—Ha admitido demasiado.

—No ha admitido nada.

—Sabía lo de las páginas.

—Es juez instructor. Puede decir que lo sabía por el expediente.

—Pero la fotografía.

—Tener amigos no es delito.

Ventura golpeó la pared con el puño.

—Siempre hay una explicación.

—Sí.

—Entonces ¿cómo se demuestra algo?

Silvestre lo miró.

—Esa es la parte del trabajo que la academia no pone en los carteles.

Bajaron las escaleras. En el vestíbulo había abogados, familiares, empleados, un hombre esposado entre dos policías. Todo funcionaba con normalidad.

Silvestre pensó que las instituciones rara vez parecían corruptas por fuera. La corrupción verdaderamente útil no rompe el mecanismo. Lo engrasa.

En la calle, Ventura señaló el edificio.

—¿Y si el juez destruye la carta?

—No tiene el original.

—¿Dónde está?

—No lo sabes.

—No.

—Perfecto.

Habían hecho ya tres copias. Una la tenía Remei. Otra Silvestre. La tercera, después de una discusión, había quedado en manos de Ventura, que prometió no decir dónde la escondería.

—¿Por qué confía en mí? —preguntó el joven.

Silvestre encendió un cigarrillo.

—No confío.

Ventura lo miró molesto.

—Entonces...

—Confío en que, si nos vigilan a todos, tendrán que trabajar más.

El muchacho sonrió.

—Eso sí suena a policía.

Silvestre miró hacia las ventanas del juzgado.

—Ojalá.

Esa tarde recibieron una llamada desde el juzgado. Barnet requería formalmente que cualquier material relacionado con Rosalinda fuese entregado a la instrucción.

Ventura leyó el oficio dos veces.

—Quiere el diario.

—Quiere saber qué tenemos.

—Es una orden judicial.

Silvestre lo miró.

—Sí.

—¿Qué hacemos?

La pregunta pesó más de lo que habría debido. Desobedecer a un superior era una cosa. Retener material ante un juez era otra.

Silvestre escogió una solución que despreciaba por su propia astucia: entregaron copias certificadas de varias páginas relevantes y declararon que el original permanecía en poder de la familia.

Era cierto.

No dijeron que Feliciana había permitido a Alèxia guardar temporalmente el cuaderno fuera de Barcelona.

—Estamos aprendiendo a hablar como ellos —dijo Ventura al salir.

Silvestre guardó el resguardo.

—Ese es el riesgo.

—¿Y si no hay otra manera?

—Entonces hay que recordar que sigue siendo una mentira.

No bastaba con estar del lado correcto.

Las herramientas seguían dejando marcas.

Barnet citó a Feliciana una semana después. Silvestre no pudo entrar a la declaración, pero esperó en el pasillo.

La mujer salió casi una hora más tarde acompañada por Nogués.

—¿Qué le ha preguntado?

Nogués se interpuso.

—No tiene derecho a interrogarla aquí.

Feliciana apartó al abogado.

—Me preguntó si Rosalinda robaba.

Silvestre frunció el ceño.

—¿Robaba?

—Dice que pudo chantajear a su padre.

Nogués intentó intervenir de nuevo.

Silvestre lo ignoró.

—¿Y usted qué dijo?

Feliciana temblaba.

—Que mi hija quería un apellido, no dinero.

—Bien.

La mujer lo miró con furia.

—No me diga bien. No soy una niña a la que se premia por contestar.

Silvestre bajó la cabeza.

—Tiene razón.

Feliciana se marchó.

Nogués se quedó.

—Está empeorándolo todo.

—Para quién.

El abogado lo miró.

—Para ella.

Silvestre pensó en las amenazas sin sujeto, en todas las frases que no necesitaban completar la amenaza para cumplir su función.

—Esa frase empieza a cansarme.

—La verdad suele cansar antes que la mentira.

—No. La mentira bien pagada tiene mucha resistencia.

Silvestre consiguió consultar el registro de diligencias del juzgado. Descubrió que Barnet había recibido una nota de un abogado del despacho de Nogués el mismo día en que apareció el cuerpo, antes de que la identidad se hiciera pública.

El asunto figuraba como «familia Vega».

—¿Cómo sabían? —preguntó Ventura.

—Eso quiero saber.

La explicación posible era sencilla: Nogués ya conocía la muerte.

La explicación inocente también existía: alguien de la policía o el hospital podía haber avisado extraoficialmente a la madre y al abogado.

—Siempre hay una salida —dijo Ventura.

—Sí.

—¿No le desespera?

Silvestre cerró el registro.

—Me desesperaría más un caso en el que todo encajara demasiado pronto.

—¿Por qué?

El despacho del juez Rogelio Barnet tenía dos ventanas altas y una biblioteca que parecía elegida para impresionar a personas que no leían.

Barnet recibió a Silvestre sin levantarse.

—Inspector Amat. Creía que ya no llevaba el asunto Vega.

—No oficialmente.

—Entonces esta visita es irregular.

—Muchas cosas del caso lo son.

El juez sonrió con paciencia profesional.

—Siéntese.

Silvestre permaneció de pie.

Sacó la copia de la carta.

—Rosalinda Vega era hija de Néstor Berrocal.

Barnet no miró el papel.

—Eso es una afirmación seria.

—Hay pagos desde su nacimiento, testimonios y correspondencia.

—¿Reconocimiento legal?

—No.

—Entonces tiene una hipótesis de filiación.

—Tengo también que su despacho autorizó la retirada de documentos del expediente social de Feliciana Vega.

Por primera vez, Barnet cambió de expresión.

—Mi despacho autoriza cientos de consultas.

—Tres documentos no volvieron.

—Eso es responsabilidad del archivo.

—Uno era una declaración notarial.

—¿La ha visto?

—No.

—Entonces no sabe qué decía.

—Usted sí.

Barnet apoyó las manos sobre la mesa.

—Tenga cuidado.

—¿Con qué?

—Con convertir sospechas en acusaciones.

—Es curioso. Todo el mundo me recomienda cuidado desde que apareció una niña muerta.

—Tal vez debería escuchar.

Silvestre dejó la carta sobre la mesa.

—Léala.

—No corresponde.

—Léala.

Barnet no la tocó.

—Inspector, existe una razón por la que los procedimientos tienen límites. La verdad obtenida fuera de ellos puede ser inútil.

—También hay procedimientos diseñados para que la verdad llegue tarde.

—Eso es una opinión.

—No. Es experiencia.

Barnet se levantó.

—Su expediente personal no es precisamente impecable, Amat.

La amenaza era limpia.

—¿Ha estado leyéndolo?

—Conozco a la gente que viene a mi despacho a acusarme.

—No lo he acusado todavía.

—Lo está deseando.

Silvestre sonrió sin humor.

—¿Conoce a Berrocal?

Barnet caminó hasta la ventana.

—Conozco a muchos empresarios.

—¿Es amigo suyo?

—La palabra amigo tiene poca utilidad jurídica.

—Y mucha social.

El juez se volvió.

—¿Qué quiere exactamente?

—Que reabra diligencias. Que impida destruir las muestras. Que cite a Berrocal.

—¿Con qué indicios de homicidio contra él?

—Todavía no digo que la matara.

—Entonces ¿qué insinúa?

—Que alguien la retuvo. Que alguien la mató. Que Berrocal la conocía, la financiaba y ocultó su parentesco. Eso merece una pregunta bajo acta.

Barnet negó lentamente.

—Merece prudencia.

—Otra vez esa palabra.

—Porque usted parece haberla olvidado.

Silvestre miró una fotografía enmarcada sobre una mesa lateral. Barnet aparecía en una cacería. No distinguía a todos los hombres, pero reconoció el paisaje de la foto encontrada por Brion.

—¿Dónde fue eso?

Barnet siguió su mirada.

—Toledo.

—¿Con Berrocal?

El juez cogió el marco y lo puso boca abajo.

Ese gesto valió más que muchas respuestas.

—Márchese.

—¿Va a reabrir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tiene pruebas suficientes.

—¿Y si las consigo?

Barnet lo miró con una expresión casi triste.

—Entonces veremos si siguen siendo pruebas cuando lleguen aquí.

Silvestre salió.

En el pasillo, una secretaria evitó mirarlo.

Junto al ascensor había dos hombres de paisano. Uno era el mismo que había visto en el Anatómico.

El del Peugeot negro.

Esta vez se miraron de frente.

El hombre sonrió.

Silvestre comprendió que ya no lo seguían para saber qué descubría.

Lo seguían para que él supiera que podían hacerlo.

Antes de salir del juzgado, Silvestre pidió hablar con la secretaria que había evitado mirarlo.

Se llamaba Pilar Gómez.

—No tengo nada que decir —dijo en voz baja.

—No le he preguntado nada todavía.

—Precisamente.

Silvestre esperó.

Pilar miró hacia la puerta del despacho de Barnet.

—El expediente Vega llegó aquí en noviembre.

—¿Antes de que apareciera el cuerpo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Una consulta privada.

—¿De quién?

—Castany.

Silvestre sintió una punzada.

—¿Qué pidió?

—Confirmar que no hubiera procedimiento abierto por desaparición que pudiera interferir en un asunto de familia.

—¿Y Barnet qué hizo?

—Llamó a Mercadal.

—¿Lo oyó?

Pilar asintió.

—Dijo: «Que esto no crezca».

Silvestre miró el pasillo vacío.

—¿Declararía?

La mujer casi se echó a reír.

—No.

—¿Por qué me lo cuenta entonces?

—Porque quiero dormir esta noche.

—Mañana tendrá el mismo problema.

—Mañana ya veremos.

Silvestre no insistió.

Había aprendido que exigir heroísmo a los testigos era otra forma de utilizar a los débiles para limpiar la conciencia propia.

Anotó la conversación de memoria en cuanto salió del edificio.

Barnet envió una nota formal a la comisaría dos días después.

Advertía de que Silvestre estaba realizando diligencias fuera de competencia y podía incurrir en responsabilidad disciplinaria.

Mercadal dejó la nota sobre su mesa.

—Te lo advertí.

—¿Vas a abrirme expediente?

—Todavía no.

—Qué generoso.

—No confundas generosidad con margen.

Silvestre leyó otra vez la firma de Barnet.

—¿Por qué me das margen?

Mercadal lo miró.

—Porque espero que entres en razón.

—¿Y si no?

—Entonces tendré que decidir si eres mi amigo o mi subordinado.

Silvestre dobló la nota.

—Llevas años decidiéndolo según conviene.

Mercadal no respondió.

La amenaza disciplinaria quedó sin ejecutar.

Ese retraso sería otra de las cosas que Silvestre interpretaría durante mucho tiempo como afecto.

Después entendería que Mercadal también estaba ganando tiempo para los otros.

Al salir del despacho del juez, una funcionaria los alcanzó en la escalera. Tendría cincuenta años y llevaba un manojo de llaves colgado de la cintura.

—Inspector.

Silvestre se volvió.

La mujer miró hacia arriba antes de hablar.

—No me ha visto.

—Todavía no.

Le entregó una ficha de cartulina doblada.

Era el registro interno de movimientos del sumario. Varias entradas tenían una rúbrica ilegible. Una línea, fechada el día anterior a la incineración, consignaba la retirada temporal de dos piezas por «consulta superior».

—¿Qué piezas? —preguntó Silvestre.

—No lo sé.

—¿Quién firmó?

La funcionaria señaló la rúbrica.

—Parece Barnet.

Ventura miró la ficha.

—¿Por qué nos da esto?

La mujer apretó los labios.

—Mi hija tiene catorce años.

No añadió nada más.

Silvestre entendió la respuesta y, al mismo tiempo, se negó a aceptarla como suficiente.

—¿Ha visto algo irregular en el expediente?

—Todos los expedientes tienen irregularidades.

—No le he preguntado eso.

La mujer lo miró cansada.

—Llegó una orden para acelerar el destino del cuerpo antes de que entrara la petición de la familia. Eso no suele pasar.

—¿De dónde vino?

—No constaba.

—¿Quién la trajo?

—Un ujier del despacho del juez.

—Nombre.

La funcionaria negó.

—Hasta aquí.

Ventura dio un paso.

—Una niña está muerta.

—Y yo tengo una hija viva.

La escalera quedó en silencio.

Silvestre tocó el brazo del joven.

—Basta.

La mujer se marchó.

Ventura esperó a que desapareciera.

—¿Eso es todo?

—Es lo que ha decidido dar.

—Podría dar más.

—Sí.

—Entonces está protegiéndose.

Silvestre guardó la ficha.

—También nosotros.

—Yo no.

Silvestre lo miró.

—Todavía.

La palabra molestó al joven.

Mientras bajaban, Silvestre pensó que el encubrimiento no se sostenía solo con hombres como Barnet. Necesitaba docenas de personas que vieran una anomalía, sintieran miedo y entregaran únicamente la parte de verdad que podían soportar.

La mayoría no eran monstruos.

Esa era la dificultad.

Silvestre solicitó oficialmente acceso a la documentación retirada del archivo.

Barnet denegó la petición por escrito.

Motivo: «falta de relación procesal suficiente».

La frase enfureció a Ventura.

—¿Cómo puede decir que no hay relación?

—Puede porque firma debajo.

—¿Y ya está?

—No.

Presentaron una nueva solicitud, esta vez limitada al registro de salida y devolución. Barnet tardó tres días y volvió a denegar.

Silvestre presentó una tercera a través de otro conducto administrativo.

Mercadal se enteró.

—Estás haciendo el ridículo.

—Puede.

—Te van a sancionar.

—Puede.

—¿Y qué consigues?

Silvestre levantó las tres denegaciones.

—Esto.

—¿Papeles diciendo que no?

—Tres papeles distintos diciendo que no quieren que vea algo.

Mercadal lo miró.

—Eso no prueba lo que crees.

—No. Pero prueba que pregunté.

La diferencia parecía mínima.

Para Silvestre empezaba a ser esencial.

Durante años había participado en un sistema donde muchas cosas no existían porque nadie dejaba constancia de haberlas pedido.

Ahora cada negativa tendría fecha, firma y número de registro.

Era poca cosa frente a una muerte. Pero durante años el sistema había dependido precisamente de que ciertas negativas no dejaran rastro.

Silvestre guardó los tres papeles. Aquella vez, al menos, el silencio tendría número de entrada.