La casa de las aguas negras EPÍLOGO — EL AGUA QUE NO OLVIDA (II)
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EPÍLOGO — EL AGUA QUE NO OLVIDA (II)

Silvestre volvió al río a media tarde.

A ratos llegaba combustible.

A ratos, barro caliente.

Pero había gaviotas.

Un hombre corría con pantalón corto junto al cauce. Dos niños perseguían una pelota. Una pareja discutía al lado de unas bicicletas apoyadas contra la barandilla.

El Besòs parecía otro río.

Silvestre sabía que no lo era.

Tenía sesenta años y caminaba más despacio. Hacía tanto que no bebía que había dejado de contar los días. Al principio cada jornada sobria necesitó una marca. Luego comprendió que medir la vida por la ausencia de alcohol seguía concediéndole al alcohol demasiado espacio.

Con la culpa ocurrió algo parecido.

No desapareció.

Aprendió a no pedirle que explicara todas las cosas.

Se sentó en un banco.

Una muchacha pasó en bicicleta. Tendría quince o dieciséis años, el pelo oscuro sujeto con una goma y una carpeta azul bajo el brazo. El cuerpo de Silvestre reaccionó antes que el pensamiento: una contracción breve, antigua, debajo del esternón.

No se parecía a Rosalinda.

Ninguna muchacha tenía por qué parecerse a una muerta.

La vio alejarse hasta que dejó de distinguirla entre otros ciclistas.

Cinco minutos después regresó apresurada. Había olvidado una hoja sobre el banco.

—Perdone.

Silvestre se apartó.

—Es tuya.

—Gracias.

La muchacha cogió el papel y volvió a marcharse.

Nada más.

Años atrás él habría buscado un significado. El nombre. Una coincidencia. La posibilidad de que aquella escena dijera algo sobre Rosalinda, Marcos o él mismo.

Aquella tarde pudo dejarla ir.

Sacó la fotografía que llevaba en la cartera.

Rosalinda miraba a la cámara con la expresión tensa de la fotografía escolar. El papel se había amarilleado y una esquina estaba a punto de desprenderse. Silvestre tardó años en aprender a ver allí a la muchacha y no al cadáver.

Le gustaba dibujar ropa.

Debía dinero a Teresa por un pintalabios.

Quería viajar a Lisboa.

Odiaba las lentejas.

Había aprendido tarde a montar en bicicleta y había mentido para que nadie se riera.

Tenía quince años, era capaz de herir a su madre con una frase y escribirle después una nota de disculpa. Deseaba una vida más grande que el barrio y cometió el error de creer que un padre rico podía ser una puerta.

Silvestre guardó la fotografía.

No había venido a arrojarla.

Entre 1978 y aquella tarde, el caso había reaparecido de vez en cuando sin llegar nunca a regresar del todo.

En 1982 una periodista encontró el folleto de la asociación vecinal y llamó a Silvestre. Quería escribir sobre menores desaparecidas durante la Transición.

—No convierta a Rosalinda en una cifra —le dijo él.

—Necesito contexto.

—Contexto no significa sustituir una vida por un fenómeno.

La periodista publicó una pieza breve. El periódico no quiso nombrar a Berrocal. Sí mencionó la visita de Rosalinda a una comisaría, las irregularidades del informe forense y el archivo de la causa.

Feliciana compró seis ejemplares.

Silvestre lo supo porque recibió uno por correo. En el margen, la madre había escrito:

Al menos esta vez han puesto su nombre bien.

Guardó el recorte durante años y acabó entregándoselo a una asociación de vecinos junto con una copia del informe de Remei. Había empezado a desconfiar de su tendencia a conservar cosas como si custodiar objetos equivaliera a responder por los muertos.

En 1985 murió Álvaro Nogués.

La esquela ocupó media columna: abogado, esposo, padre, asesor de empresas, hombre respetado. Silvestre la recortó de manera automática. La sostuvo unos minutos sobre la mesa y después la rompió.

No por rabia.

Porque no quería otro archivo privado donde los vivos y los muertos dependieran de lo que él decidiera guardar.

Mercadal se jubiló sin proceso penal.

Silvestre oyó que enfermó. No fue a verlo.

Durante un tiempo pensó que aquella negativa era una forma de castigo. Más tarde admitió que era algo menos noble: no sabía qué habría dicho si se hubiera sentado frente a él. O qué parte de la deuda antigua habría vuelto a sentir al verlo debilitado.

Néstor Berrocal murió en 1987 en una clínica privada. La esquela fue todavía mayor que la de Nogués. Empresario. Benefactor. Padre de familia.

Silvestre la leyó en un bar.

No la recortó.

Terralta sobrevivió a su fundador. Algunas promociones prosperaron y otras se hundieron en pleitos, cambios de planeamiento y deudas. La parcela de la marisma cambió de proyecto varias veces. Nada en aquellos fracasos se parecía a una sentencia.

Silvestre dejó de esperar que el mundo produjera simetrías morales por sí solo.

Remei continuó en el Instituto después de la suspensión. Nunca recuperó ciertas posibilidades de ascenso. Cuando él se lo mencionaba, ella decía que tampoco las había querido.

—Eso es media verdad —le respondió una vez.

—Las medias verdades son las únicas que soportas cuando no puedes detenerlas.

Seguían viéndose poco.

Habían aprendido a hablar de cine, de comida, del dolor de espalda y de la gente que envejecía alrededor. Rosalinda aparecía algunas veces. Nunca ocupaba toda la conversación.

Ventura no volvió a la policía.

Trabajó en un almacén, estudió por las noches y terminó aprobando unas oposiciones administrativas.

Escribió a Silvestre cada Navidad durante casi una década.

En varias cartas hablaba de su padre. No encontró un cuerpo, pero consiguió documentos que demostraban que había permanecido detenido más tiempo del reconocido oficialmente.

Una fecha.

Un registro de entrada.

Una firma que contradecía otra.

Ventura escribió: No es mucho, pero ya no pueden decir que me lo inventé.

Silvestre entendió exactamente cuánto podía pesar una fecha.

Alèxia siguió en Lleida.

La tregua entre los dos dejó de necesitar ese nombre. Se llamaban sin motivo. Silvestre conoció mejor a Jordi. Algunas Navidades las pasaron juntos. Otras no. Nunca celebraron una ceremonia de perdón ni hablaron de reconciliación.

Un día Alèxia mencionó a Marcos porque recordó cómo escondía caramelos dentro de una caja de betún.

Silvestre se rió.

Solo después comprendió que habían pronunciado el nombre sin que apareciera el río.

El perro de la marisma terminó viviendo con él.

Durante meses se negó a ponerle nombre. Una tarde, cansado de llamarlo «perro», dijo Riu casi sin pensar.

Río.

Le pareció una mala idea.

El animal respondió.

Riu murió en 1989, viejo y casi ciego. Silvestre lo enterró en un terreno de Alèxia, debajo de un almendro. Se sorprendió buscando un lugar lejos del agua y comprendió que todavía trataba a los ríos como si pudieran tener intención.

No la tenían.

El Segre no había querido a Marcos.

El Besòs no había querido a Rosalinda.

El agua hacía lo que hace el agua.

Feliciana murió un año antes que el perro.

Alèxia acompañó a Silvestre al entierro. Una sobrina de Feliciana se acercó después de la ceremonia con una caja pequeña.

—Mi tía dijo que usted sabría qué hacer.

Dentro estaban la tira de fotomatón de Rosalinda, una horquilla, dos cartas y una naranja de plástico de un llavero barato.

Silvestre sintió rechazo.

Otra vez alguien le entregaba restos y esperaba que decidiera qué debía sobrevivir.

—No —dijo.

La sobrina creyó que no había entendido.

—Era para usted.

—No. Es de ustedes.

Sacó únicamente una copia de la fotografía que Feliciana había preparado y devolvió la caja.

—Guárdenla, tírenla, repártanla. Hagan lo que quieran. Pero que la decisión sea de la familia.

La mujer lo miró extrañada.

Silvestre no explicó más.

Rosalinda había pasado demasiado tiempo siendo administrada por otros.

Aquella tarde de 1990 llevaba su fotografía en la cartera y la vieja placa de 1954 en el bolsillo.

Dos objetos.

Solo uno le pertenecía realmente.

Se levantó del banco y caminó hacia la barandilla.

Un hombre mayor se detuvo a su lado con una bolsa de pan.

—Ha cambiado mucho —dijo mirando el cauce.

—Sí.

—Antes esto apestaba.

Silvestre asintió.

—Sí.

—Ahora hasta vuelven los pájaros.

El hombre siguió andando.

Silvestre se quedó frente al agua.

No era negra como en febrero de 1978. Tampoco transparente. Llevaba reflejos marrones, verdes y plateados. Una botella giró junto a una piedra antes de soltarse y seguir corriente abajo.

Metió la mano en el bolsillo.

La chapa estaba fría pese al verano.

La sacó.

El esmalte tenía arañazos. Los bordes se habían gastado. En el reverso aún podía leerse, con esfuerzo:

SILVESTRE AMAT FERRAGUT.

Cuando se la entregaron tenía veintitrés años. Celestino la sostuvo en la palma y dijo que pesaba poco.

Silvestre había tardado treinta y seis años en darle la razón.

El metal pesaba poco.

Todo lo demás lo había puesto él.

Pensó en el expediente por última vez sin ordenar mentalmente las pruebas.

No sabía quién había dado el golpe final a Rosalinda.

Sabía que Nogués participó en la retención.

Que Castany organizó movimientos y silencios.

Que Eusebio condujo. Que Mercadal vio a la muchacha viva cuando aún podía haberla sacado y decidió esperar.

Que Berrocal conocía lo necesario y había dedicado su vida a mantener una distancia exacta entre sus deseos y las manos que los ejecutaban.

Sabía que Barnet convirtió dudas en puertas cerradas y que él mismo había trabajado media vida en una institución donde una omisión podía adquirir aspecto de procedimiento.

No necesitaba inventar el dato que faltaba para que todo lo demás fuera cierto.

Un niño se acercó a la barandilla unos metros más allá.

Su madre le agarró la mano antes de que trepara al bordillo.

Silvestre miró el gesto.

Durante décadas habría visto a Marcos.

Aquella tarde vio una mano sujetando otra mano.

Nada más.

Y fue suficiente.

Abrió los dedos.

La placa cayó.

Golpeó una piedra con un sonido pequeño, casi decepcionante, y desapareció bajo la superficie.

Silvestre esperó.

No se hizo más ligero.

No se perdonó.

No olvidó nada.

Simplemente dejó de tener una placa en la mano.

Se quedó unos segundos junto a la barandilla.

Después sacó la fotografía de Rosalinda y la miró una vez más antes de devolverla a la cartera.

Una muchacha.

No una deuda.

No una hija prestada.

No una explicación para Marcos.

Rosalinda Vega.

Quince años.

Había existido antes de que la encontraran muerta.

Silvestre se apartó del río y caminó hacia la ciudad.

No miró atrás hasta alcanzar el puente.

Desde allí el Besòs era una línea de agua avanzando hacia el mar, atravesando una ciudad llena de personas que ignoraban aquella historia. No necesitaban conocerla para que hubiera ocurrido.

Siguió andando.

Y sin embargo, el agua seguía ahí.

Como la culpa.

Como todo.