CAPÍTULO 19 — LA CARTA #2
Había latas de conserva sin óxido, colillas, una bombilla conectada con cable nuevo y un colchón sobre un somier de campaña.
Silvestre se acercó a la pared.
Detrás de un armario encontró marcas de lápiz.
Rayas verticales.
Grupos de cinco.
Contó cincuenta y tres.
Volvió a contar.
Ventura no dijo nada.
Rosalinda había desaparecido durante noventa y ocho días.
—No sabemos quién hizo estas marcas —dijo Remei.
—No.
—Ni cuándo.
—No.
—Ni si estuvo aquí.
Silvestre miró el colchón.
—No.
La prudencia era necesaria.
También podía convertirse en refugio.
En una esquina encontraron una horquilla de pelo y un trozo de hilo rojo atrapado en una astilla. Remei los guardó por separado.
—Esto sí puede compararse con sus cosas —dijo.
Silvestre pensó en el informe forense, en el material encontrado bajo una uña, en todo lo que ya había desaparecido.
—Haz tres copias de cualquier resultado.
Remei lo miró.
—Ya pensaba hacerlo.
El diario obligó a Silvestre a corregir otra cosa.
Hasta entonces conocía a Rosalinda casi exclusivamente por lo que le habían hecho. Desaparecida. Retenida. Golpeada. Quemada después de muerta. Una sucesión de verbos pasivos.
Las páginas que sobrevivían eran distintas.
Rosalinda escribía mal cuando tenía prisa y dibujaba estrellas de cinco puntas en los márgenes.
Detestaba las naranjas porque su madre le obligaba a comerlas cuando estaba enferma.
Quería trabajar en una agencia de viajes «aunque sea contestando teléfonos» y aprender francés lo suficiente para poder fingir que había nacido en otro sitio.
Había copiado la letra de una canción de la radio y después la había tachado con tanta fuerza que el papel estaba a punto de romperse.
En una página aparecía Teresa.
T. dice que soy idiota por creerle. Puede que tenga razón. Pero si un padre existe tiene que servir para algo más que para mandar dinero cuando le da miedo que hables.
En otra:
Mamá dice que deje las cosas quietas. Las cosas quietas también se pudren.
Silvestre cerró el cuaderno.
—Tiene quince años —dijo Ventura.
—Sí.
—A veces se me olvida.
A Silvestre también.
Habían convertido la inteligencia de Rosalinda en una pista y su rabia en una prueba. Incluso la carta a Berrocal podía leerse de otra forma: no como la maniobra temeraria de una adolescente, sino como el intento torpe y feroz de obligar a un adulto a reconocer una deuda que no era económica.
Entre dos páginas encontraron un billete de autobús usado y una tira de fotomatón. En tres imágenes Rosalinda aparecía seria. En la cuarta sacaba la lengua.
Feliciana reconoció el abrigo.
—Ese día fue al centro —dijo—. Me dijo que iba con Teresa.
—¿Fue con ella?
—No sé.
Silvestre encontró a Teresa dos días después en una mercería donde trabajaba por las tardes. Tenía dieciséis años y el gesto de quien llevaba meses esperando una pregunta que nadie había formulado.
—Rosa no quería irse de casa —dijo antes de que él terminara de presentarse—. Todo el mundo dice eso. Es mentira.
—¿Qué quería?
—Que él la viera.
—¿Berrocal?
Teresa asintió.
—Decía que, si conseguía sentarse delante de él, no podría seguir fingiendo.
—¿Lo consiguió?
—Una vez.
Silvestre dejó el bolígrafo inmóvil.
—¿Dónde?
—En una cafetería cerca de la plaza de Cataluña. Yo la esperé fuera.
—¿Cuándo?
Teresa buscó la fecha en una libreta de encargos de la mercería. Finales de septiembre.
—Salió llorando —continuó—. Pero no como cuando estás triste. Como cuando estás cabreada.
—¿Qué dijo?
—Que el viejo le había ofrecido estudiar fuera.
—¿Dónde?
—Francia. O Suiza. No sé. Rosa dijo que no pensaba dejar que la empaquetaran.
La expresión quedó escrita en la libreta de Silvestre.
Empaquetar.
Otra palabra que un adulto habría usado de manera más elegante.
Teresa abrió un cajón y sacó una llave pequeña atada a un hilo azul.
—Me la dio la semana antes de desaparecer.
—¿De qué es?
—No lo sé. Dijo que, si le pasaba algo, buscara «donde guardan las maquetas».
Silvestre y Ventura se miraron.
—¿Por qué no lo contaste?
La muchacha lo miró con una mezcla de miedo y desprecio.
—¿A quién?
La pregunta no necesitaba respuesta.
La llave no abrió nada en la nave del río. Tampoco en el archivo de Brion. Durante semanas fue un objeto sin cerradura.
Pero cambió la investigación por una razón más profunda: demostraba que Rosalinda no se había limitado a esperar.
Había previsto el peligro.
Había dejado cosas en manos de otros.
Había intentado construir un camino de regreso.
Antes de irse, Ventura encontró detrás de una tubería una hoja doblada varias veces. La humedad había borrado casi todo.
Solo podían leerse seis palabras:
...me tienen... río... si dicen... fui... mienten.
Silvestre sintió un frío que no venía de la nave.
No era una confesión.
Para un juez aquellas seis palabras quizá no alcanzaran a ser una prueba. Para Silvestre eran otra cosa: la voz de Rosalinda abriéndose paso a través de todo lo que otros habían escrito encima.
Feliciana reconoció la letra esa noche.
No lloró.
Se limitó a poner la mano sobre la copia.
—Esta vez no la pierdan.
Silvestre no prometió nada.
Aquello fue lo único honrado que pudo ofrecerle.