La casa de las aguas negras CAPÍTULO 19 — LA CARTA
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CAPÍTULO 19 — LA CARTA

El doble fondo de la maleta cedió con un crujido seco.

Feliciana Vega se llevó una mano a la boca.

—

Y o no sabía que estaba ahí.

Silvestre no supo si creerla. Aquella vez daba igual.

La maleta era de cartón endurecido, forrada de una tela azul que se había despegado en las esquinas.

Según Feliciana había pertenecido a su madre y Rosalinda la usaba cuando dormía en casa de una amiga.

Lola había llamado a la comisaría esa mañana para decir que la mujer llevaba dos días sin tomar las pastillas del frasco sin etiqueta y quería enseñarles «unas cosas de la niña».

Silvestre acudió con Ventura.

No avisó a Mercadal.

Tampoco a nadie del juzgado.

Aquello convertía cada objeto en una futura discusión sobre custodia, pero confiar en el cauce oficial se había vuelto otra forma de perder pruebas.

Ventura introdujo con cuidado la punta de una navaja bajo la lámina interior. Debajo apareció un hueco de apenas dos dedos de profundidad.

Había una libreta pequeña, tres sobres, una fotografía doblada y una pulsera de plata.

Feliciana dejó escapar un sonido que no llegó a ser palabra.

Silvestre miró la pulsera.

—No la toque.

La mujer retiró la mano.

La pieza era fina, con una placa ovalada. Por dentro estaban grabadas dos iniciales y una fecha.

R. V. — 3-V-63.

El nacimiento de Rosalinda.

Silvestre recordó la marca clara en la muñeca del cadáver.

—¿La reconoce?

Feliciana asintió.

—Se la dio él.

—¿Berrocal?

La mujer cerró los ojos.

Era la primera vez que admitía el nombre sin obligarlo a arrancárselo.

—Rosalinda la llevaba siempre. Hasta el verano.

—¿Por qué dejó de llevarla?

—Se enfadó con él. Dijo que no quería volver a ponerse nada que hubiera comprado.

Ventura colocó la pulsera sobre un pañuelo limpio.

—¿Cómo ha llegado a la maleta?

Feliciana tardó demasiado.

—Nogués me la trajo.

Silvestre la miró.

—¿Cuándo?

—Dos días antes de que encontraran a Rosalinda.

La habitación pareció encogerse.

—Repítalo.

—Vino el doce de febrero. Me dio dinero y la pulsera. Dijo que la niña no iba a volver pronto y que era mejor que yo empezara a pensar en otra cosa.

Ventura dejó de escribir.

—¿Dijo que estaba muerta?

—No.

—¿Dijo dónde estaba?

—No.

—¿Y usted no fue a la policía?

Feliciana soltó una risa sin humor.

—Ya había ido.

Ninguno de los dos respondió.

Silvestre abrió la libreta.

No era un diario en sentido estricto. Las fechas aparecían cuando Rosalinda se acordaba. Había dibujos de vestidos, sumas, frases copiadas de canciones, cuentas domésticas, nombres con flechas y palabras tachadas con tanta fuerza que el papel se había roto.

En la primera página, una lista:

París. Roma. Lisboa. Sevilla. Un sitio donde nieve de verdad.

Debajo:

No quiero morirme sin haber visto algo que no sea esto.

Silvestre pasó página.

Mamá dice que deje de preguntar.

Más adelante:

El señor mayor dice que me parezco a él en los ojos. Yo no le veo parecido. Él tiene ojos de no tener miedo.

Otra entrada:

Me ha dicho que no puedo ir por allí cuando hay gente. Que todavía no. Que si tengo paciencia cambiará todo.

Feliciana lloraba en silencio.

—¿Cuándo supo ella quién era su padre? —preguntó Silvestre.

—Lo sospechó desde pequeña. Yo se lo dije de verdad el verano pasado.

—¿Por qué entonces?

—Porque encontró papeles. Y porque estaba harta de mentirle.

—¿Lo buscó ella?

Feliciana asintió.

—No fue él quien apareció. Fue Rosa.

Aquello importaba.

Rosalinda no había sido una niña pasivamente descubierta por un hombre poderoso. Había rastreado su propio origen y había exigido un lugar en una historia de la que la habían borrado.

Ventura siguió leyendo.

—Aquí habla de un jardín.

Silvestre tomó la libreta.

Hay un columpio viejo. Dice que era de sus hijos. Me dejó sentarme pero luego dijo que si venía alguien entrara rápido.

El columpio de Sant Cugat.

La casa.

Otra página mostraba una lista de cantidades de dinero y, al margen, una frase repetida tres veces:

NO SERÉ LA HIJA DE NADIE.

—¿Quería que Berrocal la reconociera? —preguntó Ventura.

Feliciana negó primero y después se corrigió.

—Quería que dejara de esconderla. No sé si es lo mismo.

Silvestre siguió pasando hojas.

Rosalinda hablaba de una academia de secretariado que no quería hacer, de una tienda de ropa donde prefería trabajar, de Pepa copiándole un dibujo, de unas botas que estaba pagando a plazos y de un profesor al que llamaba «el buitre» porque miraba las piernas de las alumnas.

Había vida.

Eso le pareció más importante que cualquier pista.

Durante semanas habían reducido a Rosalinda a un cuerpo, una fecha y una filiación. La libreta se resistía. Era contradictoria, vulgar a veces, divertida en otras, cruel con su madre y tierna dos páginas después.

Una muchacha.

No un símbolo.

Ventura señaló una entrada escrita con letra inclinada.

Álvaro dice que me conviene aceptar el dinero y callarme. Le he dicho que el dinero también hace ruido cuando cae al suelo.

—Nogués —dijo.

—Sí.

Otra:

Juli dice que no soy mala, solo complicada. Le he dicho que complicado es esconder a una persona y luego enfadarse porque sigue existiendo.

Ventura levantó la vista.

—¿Quién es Juli?

Feliciana negó.

Buscaron el nombre en todas las páginas. Aparecía tres veces.

Juli me trae comida.

Juli tiene una cicatriz en la mano.

Juli dice que pronto me iré. No le creo.

Silvestre tuvo que apoyar una mano en la mesa.

Aquello ya no era solo una amenaza previa a la desaparición.

Era cautiverio escrito desde dentro.

—Necesito llevarme la libreta.

Feliciana la agarró antes de que pudiera hacerlo.

—No.

—Es una prueba.

—También era de mi hija.

—Haré que conste.

—Eso dicen todos.

Silvestre no insistió.

—La copiamos aquí.

Ventura lo miró.

—¿Entera?

—Entera.

Trabajaron durante horas en la mesa de la cocina. Ventura transcribía. Silvestre leía despacio. Feliciana corregía nombres y palabras. Cada vez que alguno proponía omitir una frase porque no parecía relevante, Feliciana decía que no.

—Si la copiamos, la copiamos como era.

Así quedaron también las faltas de ortografía, los insultos, las listas de ropa y una página entera dedicada a decidir si Lisboa sonaba mejor que París.

En uno de los sobres había una carta sin sello.

Silvestre la abrió con permiso de Feliciana.

No tenía destinatario escrito.

Usted dijo que cuando cumpliera quince ya no tendría que esconderme. No quiero dinero. Quiero que me diga delante de alguien que soy su hija. Si no lo hace, iré yo. Tengo papeles de mamá. Y la foto. No me importa que se enfade.

Más abajo, una frase subrayada:

No soy una vergüenza.

Feliciana se sentó.

—Le dije que no la mandara.

—¿La mandó?

—Esa no. Hizo otra.

—¿La vio?

—Solo el sobre.

—¿A quién iba dirigida?

—A él.

En el segundo sobre encontraron fragmentos de un documento roto. Rosalinda los había pegado con cinta por el borde, quizá después de arrepentirse de destruirlos.

Solo podían leerse partes:

...renuncia expresa...

...cualquier acción de filiación...

...compensación única...

...obligación de confidencialidad...

No había firma.

—Querían comprarle una renuncia —dijo Ventura.

Silvestre señaló el papel.

—Querían que pareciera voluntaria.

Feliciana apretó los labios.

—Ella lo rompió delante de mí.

—¿Cuándo?

—Octubre.

—¿Después siguió viendo a Berrocal?

—Sí.

—¿Por qué?

La mujer lo miró con una mezcla de rabia y cansancio.

—Porque tenía quince años. Porque quería odiarlo y quería que la quisiera al mismo tiempo. ¿Le parece raro?

Silvestre pensó en Visitación. En Celestino. En Mercadal.

—No.

La tercera carta estaba dirigida a un periodista llamado T. R.

No tenía sello tampoco. Solo unas notas sobre «los papeles de la fundación» y «el hombre que dice que es mi padre».

—Tomàs Reverter —dijo Ventura.

Silvestre reconoció el apellido. Colaboraba con un semanario y frecuentaba el bar Soler.

Fueron a buscarlo esa misma tarde.

Reverter vivía en un piso pequeño del Clot, rodeado de periódicos apilados y libros en el suelo. Abrió en camiseta, con un cigarrillo pegado al labio.

—No hablo con policía.

—Rosalinda Vega.

El cigarrillo bajó.

—Pasen.

No necesitó que le enseñaran la fotografía.

—Vino dos veces.

—¿Cuándo?

—Finales de octubre. Luego el cuatro de noviembre, creo.

—¿Qué quería?

—Que publicara que Berrocal era su padre.

—¿Le creyó?

Reverter se sentó.

—La primera vez pensé que era una adolescente enfadada. La segunda trajo recibos de una fundación y una carta que parecía escrita por alguien del entorno de Berrocal.

—¿Los conserva?

—Se los llevó.

—¿Por qué no publicó?

El periodista apagó el cigarrillo.

—Mi director llamó a Berrocal para contrastar.

Silvestre cerró los ojos.

—¿Y?

—A la mañana siguiente me dijeron que no había historia.

—¿Quién más llamó?

Reverter dudó.

—Un policía.

Ventura dejó de moverse.

—Nombre.

—Mercadal.

El silencio cambió de temperatura.

—¿Qué quería? —preguntó Silvestre.

—Saber exactamente qué había contado la chica y qué documentos tenía.

—¿Le dijo que estuviera en peligro?

Reverter negó.

—Dijo que era un asunto familiar y que convenía no alimentar una extorsión.

La palabra se quedó en la habitación.

Extorsión.

Una muchacha que exigía que su padre reconociera que existía convertida en extorsionadora.

Otra vez el lenguaje haciendo el trabajo sucio.

Antes de marcharse, Reverter abrió un cajón.

—Hay algo más.

Sacó una hoja de notas. En una esquina había un dibujo torpe hecho por Rosalinda durante una de las entrevistas: tres rectángulos, una línea ondulada, una cruz y lo que parecía una vía de tren.

—Lo dibujó mientras hablábamos. Le pregunté qué era y dijo que un sitio donde había estado una vez.

Silvestre pidió copiarlo.

Reverter aceptó.

Ventura comparó el dibujo con un mapa de la zona industrial al día siguiente. La línea ondulada podía ser el Besòs. La vía coincidía con un ramal de mercancías. La cruz quedaba cerca de una nave perteneciente a una filial de Terralta.

Fueron al lugar con Remei.

La nave parecía abandonada desde hacía años, pero la cerradura era nueva.

Entraron por una puerta lateral cuyo cristal estaba roto.

Dentro olía a humedad, aceite y polvo reciente.

—Alguien ha estado aquí —dijo Remei.