La casa de las aguas negras CAPÍTULO 18 — LA RECAÍDA
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CAPÍTULO 18 — LA RECAÍDA

El papel de la pared se despegaba junto al lavabo.

S ilvestre abrió los ojos y tardó varios segundos en reconocer la habitación. Hostal. Una bombilla desnuda. Cortinas color mostaza. El ruido de camiones en una carretera cercana.

Le dolía la lengua.

El sabor lo explicó todo antes que la memoria.

Alcohol.

Se incorporó demasiado deprisa y vomitó en el suelo.

La placa no estaba en el bolsillo interior.

Tampoco la cartera.

El pánico le despejó la cabeza.

Buscó debajo de la cama. En la chaqueta. En el baño. Nada.

No recordaba haber salido de Sant Cugat la tarde anterior. Recordaba el columpio. El guardés. Después una gasolinera. Una copa.

Quizá dos.

Llamaron a la puerta.

Silvestre se quedó quieto.

—Abre.

Remei.

La puerta estaba sin llave.

Entró con una bolsa de papel y su cartera en la mano.

—La placa también está —dijo antes de que preguntara.

Silvestre se sentó en la cama.

—¿Cómo me has encontrado?

—Llamaste a mi casa a las tres y doce.

—No lo recuerdo.

—Eso ya lo sé.

Dejó la cartera y la placa sobre la mesa.

—El dueño las guardó. Dice que intentaste pagarle dos veces y luego acusaste a una lámpara de seguirte.

Silvestre se tapó la cara.

Remei abrió la bolsa. Pan, agua, dos manzanas.

—Come.

—No puedo.

—Entonces bebe agua.

—No puedo.

—Eso sí puedes.

Silvestre tomó la botella.

—He recaído.

—Sí.

—Cuatro años.

—Lo sé.

—Pensaba que...

Remei esperó.

—¿Qué?

—Que ya no lo necesitaba.

—No lo necesitabas. Lo elegiste.

Silvestre la miró.

—Gracias.

—No estoy aquí para consolarte.

—También gracias por eso.

Remei se sentó frente a él.

—¿Qué pasó ayer?

Silvestre le habló de la casa de Berrocal. Del columpio. Del guardés.

No le habló de Alèxia ni de 1948.

Remei lo supo de todos modos.

—Esto no es solo la niña.

—No.

—¿Qué es?

Silvestre miró la placa sobre la mesa.

—Todo.

—Eso no significa nada.

—Significa que llevo media vida diciendo que algunas cosas eran inevitables porque admitir que yo había participado en ellas era peor.

Remei no apartó la mirada.

—¿Y ahora quieres que Rosalinda te absuelva?

La pregunta dolió porque era precisa.

—Está muerta.

—Exacto.

—No busco absolución.

—Entonces no uses su cadáver para castigarte.

Silvestre cerró los ojos.

—No sé hacer otra cosa.

Remei se levantó.

—Aprende.

En la puerta se detuvo.

—Hay algo más. La cinta que me diste de la obra coincide visualmente con el adhesivo de las fotografías, pero no puedo certificar nada sin laboratorio y sin cadena de custodia.

—Lo sé.

—Y alguien ha preguntado por mí en el instituto.

Silvestre levantó la cabeza.

—¿Quién?

—Dos hombres. Dijeron que eran de Gobernación.

—¿Nombres?

—No.

—Remei...

—No me protejas. Me irrita.

Se marchó.

Silvestre se quedó solo.

Sobre la mesa, la placa parecía más sucia que la noche anterior.

La cogió.

Pesaba exactamente lo mismo.

Él no.

Cuando Remei se marchó, Silvestre se duchó con agua demasiado caliente. Se frotó hasta que la piel se volvió roja. No podía quitarse el olor del alcohol aunque sabía que era imaginación.

Bajó al bar del hostal.

El camarero dejó una copa delante de otro hombre. Silvestre la miró.

No sintió deseo en el sentido sencillo. Sintió reconocimiento.

Como si la copa fuera una puerta que conocía de memoria.

Pidió café.

—¿Algo más?

—No.

El camarero se alejó.

Silvestre bebió despacio y anotó en una servilleta lo que recordaba de la noche anterior: gasolinera, bar, carretera de Ribes, una llamada a Remei, una discusión con un desconocido. Hizo el ejercicio porque le habían enseñado en la clínica que la vergüenza crece mejor en los huecos de memoria.

Al final escribió una sola frase:

No fue Rosalinda quien me hizo beber.

La dobló y la guardó.

Era importante.

Si convertía a la niña en la causa de su recaída, también la convertiría en responsable de salvarlo.

Y Rosalinda no le debía ninguna salvación.

De regreso a Barcelona, Silvestre visitó al médico que había tratado su alcoholismo. No tenía cita.

El hombre lo recibió entre dos pacientes.

—¿Has bebido?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No sé.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Quieres beber ahora?

Silvestre pensó antes de responder.

—Quiero no sentir lo que siento ahora.

El médico asintió.

—Eso no era lo que he preguntado.

—Entonces no.

—Bien.

—No parece mucho.

—No lo es.

El hombre escribió una dirección en un papel.

—Hay un grupo que se reúne los jueves.

Silvestre miró el papel.

—No soy de grupos.

—Esa frase la dicen todos los que necesitan uno.

Silvestre guardó la dirección. Nunca asistió.

Pero llevó el papel en la cartera durante años.

No como prueba de que podía pedir ayuda.

Como prueba de que una vez se la ofrecieron y él eligió no hacerlo.

Durante la semana siguiente no volvió a beber, pero empezó a contar los bares en el camino a casa. Once si tomaba la ruta corta. Siete si cruzaba por una avenida más grande.

Escogió la de siete.

Una noche Ventura quiso invitarlo a una cerveza.

—No bebo.

—Ah.

El joven no hizo preguntas.

Silvestre agradeció la ausencia de curiosidad.

—Puedes beber tú.

—No hace falta.

—No necesito que dejes de hacerlo por mí.

—Tampoco necesito beber para demostrar que soy independiente.

Silvestre lo miró.

—Qué insoportable eres.

—Aprendo del mejor.

Compraron dos cafés para llevar y caminaron hasta la estación.

Era una escena insignificante.

Por eso Silvestre la recordaría años después: una noche en la que el alcohol estuvo disponible y nadie convirtió su abstinencia en una tragedia.

Silvestre empezó a anotar los días sin beber otra vez. No como antes, cuando celebraba cada semana como una victoria. Esta vez solo ponía una raya en un calendario.

Una.

Dos.

Tres.

No quería convertir la abstinencia en otra historia heroica.

El quinto día recibió la llamada de Lola sobre la maleta de Rosalinda.

Cerró el calendario y fue al Besòs.

Durante el trayecto comprendió que estaba deseando encontrar algo decisivo.

Ese deseo lo inquietó.

Una prueba importante podía acercarlos a la verdad.

También podía alimentar su necesidad de que todo tuviera una forma que justificara el daño ya causado.

Entró en el piso de Feliciana decidido a leer antes de interpretar.

La primera copa no tuvo sabor.

Eso fue lo que más tarde le pareció injusto.

Cuatro años sin beber y el regreso no tuvo música, ni alivio, ni siquiera placer. Solo un coñac servido en un vaso sucio de un bar de carretera. Silvestre lo sostuvo varios minutos antes de llevárselo a la boca.

Había discutido con Alèxia.

Había pensado en Marcos.

Había pensado en Rosalinda.

Pero ninguna de esas cosas era la causa. Las causas eran una manera elegante de repartir responsabilidades.

Bebió porque quiso.

La segunda copa sí tuvo sabor.

La tercera borró la diferencia.

Después vinieron fragmentos.

Un hombre hablando de fútbol.

Una máquina tragaperras.

Su propia voz demasiado alta.

Una mujer que le preguntó si estaba bien.

Una pelea que quizá no ocurrió.

Cuando despertó en el hostal, tenía la boca seca, un corte en la ceja y ninguna memoria de cómo había llegado.

Buscó la placa.

No estaba.

Buscó la cartera.

Tampoco.

El pánico fue instantáneo.

Revisó el suelo, el baño, debajo de la cama. Encontró un zapato que no era suyo y una ficha de teléfono.

Bajó a recepción.

El hombre del mostrador lo miró sin sorpresa.

—Ha dormido bien.

—¿Cómo llegué?

—Taxi.

—¿Solo?

—No.

Silvestre sintió el estómago hundirse.

—¿Con quién?

—Una señora.

—¿Qué señora?

—No sé. Morena. Cuarenta años.

Remei.

Llamó desde una cabina. Ella tardó en contestar.

—¿Dónde estás?

—Hostal Ribes.

—Ya lo sé.

—¿Tú me trajiste?

—Sí.

—No tengo la placa.

—La tengo yo.

Silvestre apoyó la frente contra el cristal de la cabina.

—¿Y la cartera?

—También.

—¿Por qué?

—Porque intentaste pagar cinco veces la misma ronda y después quisiste detener al camarero.

Silvestre cerró los ojos.

—Joder.

—Eso dijiste muchas veces.

Remei llegó una hora después. No lo abrazó ni lo insultó. Le dio la cartera y guardó la placa.

—Eso no.

—Dámela.

—Cuando estés sobrio de verdad.

—Estoy sobrio.

—Estás sin alcohol. No es lo mismo.

Subieron al coche.

Durante varios kilómetros no hablaron.

—¿Qué hice? —preguntó Silvestre.

—¿Quieres la versión útil o la completa?

—Completa.

—Llamaste a Mercadal a las dos de la mañana.

Silvestre se volvió.

—¿Qué le dije?

—No lo sé. Cuando llegué ya habías colgado.

—¿Por qué te llamaron a ti?

—Porque llevabas mi número en la cartera con la palabra «forense» al lado. Muy romántico.

—No bromees.

—No estoy bromeando.

Silvestre se hundió en el asiento.

—También dijiste el nombre de Berrocal varias veces.

—¿A quién?

—A todo el bar.

Aquello era peor.

—Tengo que volver.

—No.

—Puede que haya hablado con alguien.

—Hablaste con todos y con nadie. Eras un borracho. Por una vez, quizá eso te proteja.

Silvestre miró sus manos.

—Cuatro años.

—Sí.

—Cuatro años tirados.

Remei frenó en un semáforo.

—No digas estupideces.

—He vuelto a beber.

—Una noche no borra cuatro años.

—¿Y si vuelvo esta noche?

Remei lo miró.

—Entonces será otra decisión.

Silvestre apartó la vista.

—No quiero que me cuides.

—Perfecto. Porque no pienso hacerlo.

—Entonces ¿qué haces aquí?

—Evitar que conduzcas.

El semáforo cambió.

Al llegar a Barcelona, Remei estacionó frente al piso de Silvestre. Antes de devolverle la placa, la sostuvo un momento.

—Esto te hace daño.

—No es la placa.

—Ya lo sé.

—Dámela.

Remei se la entregó.

Silvestre la guardó.

El metal parecía más pesado que el día anterior.

Subió a su piso. En el rellano encontró un sobre sin sello bajo la puerta.

Dentro había una fotografía de Rosalinda saliendo de la casa de Sant Cugat.

En el reverso, una fecha: 17 de agosto de 1977.

Y una frase mecanografiada:

«Hay verdades que empeoran a los muertos.»

Silvestre se sentó en el suelo.

La resaca desapareció durante unos segundos.

Alguien sabía exactamente qué estaba investigando.

Y sabía dónde vivía.

Los días siguientes fueron peores que la noche de la recaída.

El cuerpo pedía una segunda copa con una insistencia casi administrativa. No había dramatismo. Solo pequeñas negociaciones.

Una después de comer.

Una para dormir.

Una porque ya había roto los cuatro años.

Silvestre aprendió que la adicción hablaba con su propia voz.

Pasó tres tardes entrando en bares para pedir café. Se sentaba de espaldas a las botellas.

Anselmo no preguntó cuando lo vio temblar.

Le dejó una taza y un vaso de agua.

—¿Cuánto hace? —preguntó al final.

—Cinco días.

—¿Desde que bebió o desde que no bebe?

Silvestre lo miró.

—Desde que no bebo.

—Entonces cuente eso.

—No funciona así.

—Todo funciona como uno decide contarlo.

Silvestre pensó en expedientes manipulados.

—Precisamente por eso no me fío.

Anselmo encogió los hombros.

—Pues cuente las horas y deje la filosofía para cuando se le pase el temblor.

Silvestre casi se rió.

Aquella noche durmió sin beber.

A la mañana siguiente marcó una raya en un calendario.

No la llamó victoria.

Solo día.

Silvestre regresó al bar donde había bebido para pagar lo que debía.

El camarero lo reconoció.

—Vaya noche.

—Eso me han dicho.

—Rompió un vaso.

—Lo pago.

—También llamó fascista a un señor que era del sindicato.

Silvestre cerró los ojos.

—Eso no sé cómo pagarlo.

El camarero sonrió.

—Con vergüenza, supongo.

Silvestre dejó dinero sobre la barra.

—¿Hablé con alguien de una chica?

—Sí.

—¿Quién?

—Con un tipo que estaba solo.

—¿Lo conoce?

—No.

—¿Qué le dije?

—Algo de Berrocal. El hombre le preguntó mucho.

Silvestre sintió frío.

—Descripción.

El camarero pensó.

—Cincuenta. Pelo corto. Traje. Una cicatriz aquí.

Se tocó la barbilla.

Silvestre anotó.

La recaída no solo había sido una derrota íntima.

Podía haber entregado información.

Aquello hizo que el deseo de beber regresara con más fuerza.

La lógica de la adicción tenía sentido del humor.

Remei llevó a Silvestre a una reunión de Alcohólicos Anónimos sin pedirle permiso.

—No voy a entrar.

—Entonces me haces perder gasolina.

—No necesito esto.

—Acabas de beber después de cuatro años.

—Una noche.

—Exacto. Una noche. Entra antes de que decidas convertirla en dos.

La reunión se celebraba en un local parroquial. Había doce personas sentadas en círculo.

Silvestre odió cada segundo de los primeros diez minutos.

No quería decir su nombre.

No quería escuchar historias.

No quería descubrir semejanzas.

Cuando le tocó hablar, dijo:

—Silvestre. Y no sé por qué estoy aquí.

Un hombre mayor respondió:

—Eso nos ahorra tiempo. Casi todos sabemos por qué.

Nadie rió demasiado.

Silvestre permaneció hasta el final.

Escuchó a un mecánico contar que había vuelto a beber después de nueve años porque murió su mujer. A una mujer joven explicar que bebía a escondidas dentro del baño. A un jubilado decir que llevaba dos días.

Nadie hablaba de redención.

Hablaban de hoy.

Eso le gustó.

Al salir, Remei esperaba en el coche.

—¿Y?

—No preguntes.

—Perfecto.

Silvestre miró el local.

—Volveré.

Remei arrancó sin comentar nada.

Durante los meses siguientes acudió de forma irregular. Nunca contó el caso de Rosalinda con nombres. Hablaba del trabajo, de culpa, de la necesidad de no usar el alcohol para borrar una noche que debía recordar.

Una vez, el hombre mayor le dijo:

—Usted bebe para olvidar y luego se castiga por haber olvidado. Negocio redondo.

Silvestre se quedó pensando.

La sobriedad empezó a parecerle menos una promesa y más una práctica.

Eso la hacía posible.

No siempre lo conseguiría.