La casa de las aguas negras CAPÍTULO 17 — ENTONCES ALÈXIA
50%

CAPÍTULO 17 — ENTONCES ALÈXIA

La casa olía a membrillo cocido y polvo.

A lèxia había dejado la puerta abierta para que Silvestre entrara sin llamar. La encontró en la cocina, corrigiendo exámenes con un lápiz rojo. Tenía cuarenta años y la costumbre de fruncir los labios cuando algo estaba mal escrito.

—Llegas tarde.

—El tren.

—Siempre hay algo que llega tarde cuando vienes tú.

Silvestre dejó la maleta.

No se abrazaron.

En la pared seguía el reloj.

Seis y veinte.

Visitación había muerto dos años antes. Alèxia no lo había puesto en marcha.

—Pensé que lo habrías tirado.

—No es mío.

—La casa sí.

—La casa tampoco.

La cena transcurrió entre frases pequeñas: el instituto, el precio del aceite, una huelga, las elecciones de junio, el hijo de Alèxia, que estudiaba en su habitación. Cosas que servían para bordear lo único importante.

Silvestre bebió vino.

Alèxia lo vio.

—Pensaba que lo habías dejado.

—Es una copa.

—Siempre empieza siendo una.

Él dejó el vaso.

—No he venido a que me vigiles.

—¿A qué has venido?

No tenía respuesta.

Había recibido una carta una semana antes: Hay cosas de mamá que deberías recoger. Nada más.

Después de cenar subieron al dormitorio de Visitación. La cama estaba hecha. Sobre una silla había una caja con fotografías, recibos, una medalla, un rosario y dos camisas de Silvestre que su madre había conservado desde que él se marchó.

Debajo encontraron un sobre.

Marcos.

Alèxia no quiso abrirlo.

Silvestre sí.

Dentro había dibujos del niño, una nota de la escuela y una fotografía junto al Segre. Silvestre aparecía detrás, diecisiete años, una mano apoyada sobre el hombro de su hermano.

Alèxia señaló la foto.

—Ese es el único Marcos que tú recuerdas.

—¿Cuál?

—El que está a punto de morir.

Silvestre levantó la vista.

—No empieces.

—No he empezado nada. Lo empezasteis todos hace treinta años.

Alèxia tomó la fotografía. Para ella Marcos no era solo el niño del río. Era el hermano que le escondía caramelos, el que se metía debajo de la mesa para asustarla, el que una vez le dibujó bigotes mientras dormía. Ella tenía seis años cuando murió, pero aún recordaba su risa mejor que su entierro.

—Mamá me lo contó —dijo.

Silvestre sintió que el dormitorio se hacía más pequeño.

—¿Qué?

—Lo de la mano.

—Fue un accidente.

—No me refiero a que se ahogara. Me refiero a que lo soltaste.

Silvestre no respiró.

—Mamá estaba rota.

—Sí. Y tú estabas vivo.

—Me estaba ahogando.

—Él también.

Silvestre levantó la voz.

—¡Lo sé!

La casa devolvió el eco.

En la habitación del fondo, el hijo de Alèxia dejó de mover una silla.

Ella bajó la voz.

—Eso es lo único que quería oírte decir.

—¿Para qué? ¿Para condenarme mejor?

—Llevas treinta años haciendo ese trabajo tú solo.

Silvestre cogió la fotografía.

—Tú también me culpabas.

Alèxia tardó en responder.

—Sí.

La palabra dolió menos que una evasiva.

—¿Todavía?

—A veces.

—Gracias.

—No has venido a buscar sinceridad. Has venido a que alguien te condene de una manera conocida.

Silvestre dio un paso hacia la puerta.

—No sabes cómo fue.

—Tú tampoco. Ya no. Lo has recordado tantas veces que no sabes qué parte ocurrió y cuál necesitaste inventar.

Silvestre se volvió.

—Lo solté.

—Sí.

—¿Y qué quieres que haga con eso?

—Nada.

—Eso no sirve.

—No todo tiene que servir.

La frase lo enfureció porque parecía cierta.

Abrió un armario buscando una botella. No había ninguna.

Alèxia lo observó.

—Llevas cuatro años sin beber.

—No busco alcohol.

—Mientes fatal.

Silvestre cerró la puerta de golpe.

—No tienes derecho.

—¿A esconder una botella? Sí.

—A juzgarme.

—Llevas treinta años juzgándote y ahora resulta que los demás no podemos ni opinar.

Silvestre cogió el abrigo.

Alèxia lo siguió hasta la escalera.

—Mamá se arrepintió.

Él se detuvo.

—¿De qué?

—De haberte dicho que habías elegido vivir.

Silvestre no se giró.

—Nunca me lo dijo.

—A mí sí. Mucho después. Dijo que te había convertido en culpable porque no soportaba que el río no pudiera serlo.

—¿Por qué no me lo contó?

Alèxia tardó.

—Porque era cobarde.

Silvestre se volvió por fin.

—¿Y tú por qué no me lo contaste?

—Por lo mismo.

Ninguno añadió nada.

Silvestre salió.

No llegó a la estación.

Entró en un bar cerca del puente. Pidió coñac. Luego otro. Después dejó de contar.

Llevaba cuatro años sin beber.

A la mañana siguiente despertó en un banco de la estación con la boca seca, la camisa manchada y la fotografía de Marcos en el bolsillo.

Alèxia lo encontró antes de que llegara el tren.

—Hueles a coñac.

—Ya.

—No quería que bebieras.

—No bebí por ti.

—Nunca he dicho eso.

Se sentó a su lado.

Durante unos minutos miraron las vías.

—Mamá dejó otra cosa para ti —dijo ella.

Sacó un sobre del bolso.

Silvestre reconoció la letra de Visitación.

—No lo quiero.

—Pues tíralo tú.

No lo tiró.

Lo guardó durante meses sin abrirlo. Después apareció Rosalinda en la marisma y el pasado volvió a tener una manera nueva de exigir espacio.

La carta de su madre tenía cinco líneas.

No sé si te culpé porque eras culpable o porque estabas vivo. A veces una madre confunde esas dos cosas. No sé pedir perdón. Tampoco sé si debo.

Silvestre la leyó tres veces.

No sintió alivio.

Sintió rabia porque Visitación había muerto sin dejarle la posibilidad de responder. Luego sintió algo peor: la sospecha de que había esperado esas palabras para seguir organizando su vida alrededor de ellas.

Alèxia lo llamó unos días después.

—¿La has leído?

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

—Bien.

—¿Bien?

—Temía que la usaras como absolución.

Silvestre apretó el auricular.

—No sabes lo que uso para qué.

—Eso sí lo sé. Usas todo para volver a Marcos.

Él no contestó.

—No lo conviertas en el centro de todo —añadió Alèxia—. Ni siquiera él habría querido eso.

Silvestre colgó con ganas de odiarla.

No pudo.

Años atrás, cuando vaciaron la casa después de la muerte de Visitación, habían discutido por el reloj detenido. Silvestre quería tirarlo. Alèxia no.

—Lleva treinta años marcando la misma hora.

—Por eso.

—Eso no es una razón.

—Para mamá sí.

—Mamá ya no está.

Alèxia lo miró.

—Tú tampoco estabas casi nunca y, sin embargo, aquí siguen tus camisas.

Los dos se rieron por sorpresa.

Fue un instante breve. Dos hermanos vaciando una casa, no dos supervivientes administrando un muerto.

En 1977, mientras esperaba el tren con resaca, Silvestre recordó aquella risa.

Alèxia le devolvió la fotografía de Marcos.

—La perdiste anoche.

Silvestre la guardó.

—Sí.

—No —dijo ella—. Esta vez no.

Llegó el tren.

Antes de subir, Silvestre miró a su hermana.

—¿Me perdonas?

Alèxia sostuvo su mirada.

—No sé exactamente qué tendría que perdonarte yo.

—Lo sabes.

—No. Sé lo que pasó. No es lo mismo.

El tren silbó.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Seguimos siendo hermanos. Parece bastante trabajo.

Silvestre subió sin abrazarla.

Durante el trayecto a Barcelona pensó que quizá la tregua era una forma más adulta del amor: no borrar la herida, no convertirla en tribunal.

Alèxia había pagado un precio distinto por la muerte de Marcos.

Silvestre solo empezó a verlo cuando encontró, entre las cosas de Visitación, una carpeta con recibos del hospital, recetas, notas de médicos y horarios escritos por su hermana durante los últimos años de la madre.

Había turnos, cambios de clase, nombres de vecinos que podían quedarse una tarde, cantidades prestadas, llamadas que Silvestre nunca recibió porque Alèxia decidió que «no hacía falta molestarlo».

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó por teléfono.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—Porque cuando te llamaba por mamá, venías con cara de detenido.

—Eso no es respuesta.

—Sí lo es. Convertías cada visita en un juicio sobre Marcos. Y ella también. Yo necesitaba que alguien comprara las medicinas.

Silvestre miró los recibos extendidos sobre la mesa de su piso.

—Podía haber ayudado.

—Podías.

—¿Y no me dejaste?

—No conviertas esto en otra culpa. No tengo sitio para una más.

La frase lo dejó sin defensa.

Alèxia no había pasado la vida aguardando que él regresara. Había estudiado, se había casado, había criado a un hijo, había dado clase a generaciones de adolescentes, había cuidado a Visitación y había aprendido a pronunciar el nombre de Marcos sin que se detuviera el mundo.

Silvestre, en cambio, seguía hablando de la familia como si todo hubiera quedado congelado en 1948.

—¿Eras feliz? —preguntó.

Su hermana soltó una risa corta.

—Qué pregunta más policial.

—No sé hacerla mejor.

—A ratos. Como casi todo el mundo.

—Nunca te pregunté.

—No.

Silvestre cerró los ojos.

—Lo siento.

—Eso sí puedes sentirlo. Pero no vengas a repararme. No estoy rota para que tengas trabajo.

Cuando colgaron, Silvestre guardó los recibos en la carpeta de Visitación. Durante años se había considerado el gran culpable de la familia. La idea tenía algo de soberbia: convertía a los demás en satélites de su herida.

Alèxia no era la hermana de un culpable.

Era Alèxia.

Aquella corrección, tan sencilla, sería importante meses después, cuando la necesitara en Barcelona no como testigo de su pasado, sino como una mujer capaz de decidir qué hacer con la verdad de Rosalinda.

Meses después, cuando apareció Rosalinda, aquella conversación regresó con una precisión incómoda.

No lo conviertas en el centro de todo.

Alèxia volvió a llamarlo a finales de enero de 1978, dos semanas antes de que apareciera el cuerpo de Rosalinda.

—He puesto en marcha el reloj —dijo.

Silvestre tardó en entender.

—¿Qué reloj?

—El de mamá.

—¿Por qué?

—Porque estaba harta de que una avería decidiera a qué hora murió una familia.

Silvestre se sentó junto al teléfono.

—Mamá quería que siguiera parado.

—Mamá está muerta.

La frase no fue cruel. Solo factual.

—¿Y funciona?

—Adelanta cuatro minutos al día.

—Entonces sigue roto.

—Sí. Pero ahora se mueve.

Silvestre imaginó el péndulo oscilando en aquella casa. El sonido debió de resultar insoportable las primeras horas.

—No sé si me gusta.

—No te he llamado para pedir permiso.

—Ya.

—Te he llamado porque pensé que querrías saberlo.

Permanecieron en silencio.

—Alèxia.

—Qué.

—Gracias.

Ella no preguntó por qué.

Cuando colgaron, Silvestre permaneció unos minutos escuchando el tono muerto. Dos semanas más tarde, frente al cadáver de una adolescente en la marisma, recordaría aquel reloj moviéndose mal pero moviéndose.

El tiempo no reparaba nada.

Solo impedía que la herida pudiera fingir que seguía ocurriendo en el mismo segundo.

La niña muerta no podía convertirse en otra manera de hablar de Marcos.

Tendría que aprender a mirarla sin verse a sí mismo.