CAPÍTULO 16 — LA CASA DEL CONSTRUCTOR #2
La mujer no se movió.
—¿Conoce a Rosalinda Vega?
El rostro de Carmen se quebró de una forma mínima.
—No.
—¿Y a Feliciana?
El guardés dio un paso.
—Se acabó.
Carmen habló antes de desaparecer.
—Pregunte por el cuarto azul.
Luego entró.
Silvestre miró al guardés.
—¿Qué es el cuarto azul?
—No hay ningún cuarto azul.
—Acaban de decirme que pregunte.
—Carmen está mayor.
—Tiene mejor memoria que usted.
El hombre abrió la puerta de la verja.
—Márchese.
Silvestre obedeció. No tenía orden de registro y ya había forzado demasiado.
Desde la calle rodeó la finca a pie. En la parte posterior, entre árboles, se veía una construcción pequeña separada de la casa principal. Persianas cerradas. Paredes pintadas de un azul desvaído.
El cuarto azul.
Apuntó la ubicación.
Cuando regresaba al coche oyó una voz.
—Inspector.
Carmen estaba junto a una puerta de servicio en la tapia. Miraba hacia la casa.
—Solo un minuto.
Silvestre se acercó.
—¿Rosalinda estuvo ahí?
La mujer asintió.
—De pequeña. Algunas tardes.
—¿Con Berrocal?
—Con la señora no.
—¿La familia sabía quién era?
—No sé lo que sabían.
—¿Y más recientemente?
Carmen apretó las manos.
—El verano pasado vino dos veces.
—¿Sola?
—La traía Eusebio.
El chófer.
—¿Entraba en la casa?
—No. En el pabellón azul.
—¿Quién estaba con ella?
Carmen miró hacia atrás.
—El señor.
—¿Qué ocurría allí?
—Hablaban.
—¿Está segura?
La mujer lo miró con dureza.
—Si pregunta si la tocaba, no lo sé. Si pregunta si era su padre, lo sabía desde que la niña tenía cinco años.
Silvestre sintió que el aire se espesaba.
—¿Rosalinda lo sabía?
—Desde hacía poco.
—¿Quién se lo dijo?
—Él.
—¿Por qué?
—Porque quería arreglar las cosas.
Carmen sonrió amargamente.
—Los ricos siempre creen que arreglar significa pagar.
Una puerta se cerró dentro de la finca.
Carmen retrocedió.
—No vuelva a buscarme.
—Necesitaré que declare.
—Entonces no ha entendido nada.
Desapareció.
Silvestre permaneció junto al muro.
Rosalinda no había perseguido a un desconocido que prometía salvarla.
Había encontrado a su padre.
Eso la hacía menos ingenua y mucho más peligrosa para alguien.
Silvestre volvió a Sant Cugat una segunda vez sin identificarse.
Aparcó lejos y esperó frente a una cafetería desde la que se veía la carretera de acceso. Quería comprobar una cosa sencilla: quién entraba y quién salía.
En dos horas vio el Mercedes de Berrocal, una furgoneta de reparto, el Seat conducido por Eusebio y un coche oficial que reconoció por las placas reservadas.
No distinguió al ocupante.
Anotó la hora.
Al día siguiente pidió discretamente el registro de movimientos. El vehículo pertenecía a la Jefatura Superior.
Mercadal podía utilizar coches así.
También otros veinte mandos.
Silvestre guardó el dato.
Esa misma tarde llamó por teléfono a Carmen desde una cabina. Había conseguido el número a través de una antigua ficha laboral.
—No vuelva a llamarme —dijo ella en cuanto oyó su voz.
—Solo una pregunta.
—Eso dicen siempre.
—¿Mercadal estuvo alguna vez en la casa?
Silencio.
—Carmen.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Varias veces.
—¿Después de que Rosalinda empezara a ir?
—Sí.
—¿La vio?
—Una vez coincidieron.
Silvestre apretó el auricular.
—¿Hablaron?
—No lo sé.
—¿Rosalinda salió después con él?
—No.
—¿Con Castany?
—Inspector, basta.
—Una última cosa. El cuarto azul. ¿Había manta roja?
Carmen tardó tanto que la respuesta llegó antes de las palabras.
—Sí.
—¿De lana?
—Sí.
La línea quedó muda.
Silvestre apoyó la frente en el cristal de la cabina.
El hilo rojo ya no era solo un hilo.
Todavía no era una prueba.
Pero empezaba a señalar una habitación.
La conversación con Carmen le dejó otra pregunta: ¿qué había ocurrido dentro del pabellón azul durante el verano?
Silvestre localizó al jardinero que había trabajado allí hasta septiembre. Se llamaba Tomás Llorens y vivía en Rubí.
—La chica venía —admitió—. No sé quién era.
—¿Entraba sola?
—Eusebio la traía.
—¿Berrocal?
—A veces.
—¿Discutían?
Tomás miró sus manos.
—Una vez la oí gritar.
—¿Qué dijo?
—«No soy una puta a la que se paga para que calle.»
Silvestre sintió un escalofrío.
—¿Y Berrocal?
—No oí respuesta.
—¿Cuándo?
—Septiembre. Cerca de las fiestas.
—¿Por qué dejó el trabajo?
Tomás lo miró.
—Me lo dejaron a mí.
—¿Quién?
—El señor Castany. Dijo que necesitaban menos personal.
Silvestre anotó.
Otra persona retirada del escenario antes de que la situación empeorara.
—¿Declarará?
Tomás negó.
—Tengo otro empleo ahora.
Silvestre no insistió.
La verdad seguía acumulándose en testimonios que nadie quería firmar.
Silvestre consiguió volver al pabellón azul una última vez gracias a una casualidad que no podía utilizar oficialmente.
Carmen lo llamó desde una cabina.
—La familia se va el fin de semana. Si quiere ver algo, es ahora.
—¿Está segura?
—No. Por eso llame rápido antes de que cambie de idea.
Llegó al anochecer. Carmen abrió una puerta lateral y lo condujo por el jardín sin luces.
—Cinco minutos.
El pabellón olía a cerrado. Tenía una pequeña sala, un dormitorio y un baño. Nada parecía siniestro. Precisamente eso inquietó a Silvestre.
En el dormitorio había una cama individual, una cómoda y un armario. La manta roja ya no estaba.
—¿Dónde está?
—La retiraron en diciembre.
—¿Quién?
—Eusebio.
Silvestre abrió la cómoda. Vacía.
Carmen señaló una pared.
—Ella escribía ahí.
A contraluz se veían pequeñas hendiduras bajo una capa reciente de pintura.
Silvestre acercó la linterna lateralmente.
Letras.
No podía leer todas.
Una frase aparecía parcialmente:
«NO SOY...»
Más abajo:
«MAMÁ...»
La pared había sido pintada para cubrirlas.
—¿Cuándo?
—Después de que desapareció.
—¿Quién lo ordenó?
Carmen negó.
—Vino Castany con dos hombres.
Silvestre sintió que el pulso aumentaba.
Sacó una hoja fina y un lápiz. Intentó frotar suavemente sobre algunas marcas para obtener relieve. El resultado era pobre, pero conservaba trazos.
—¿Rosalinda durmió aquí después de desaparecer?
Carmen cerró los ojos.
—Una noche.
Silvestre se volvió.
—¿Una noche?
—La trajeron tarde. Yo ya me iba. La vi por la ventana.
—¿Fecha?
—El día después de que su madre fuera a denunciar otra vez. No recuerdo exacto.
—¿Estaba atada?
—No.
—¿Parecía ir voluntariamente?
Carmen lo miró con furia.
—Una persona puede caminar sin ser libre, inspector.
La frase lo golpeó.
—¿Quién estaba con ella?
—Eusebio. Castany. Y el señor Berrocal llegó después.
—¿La vio?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Media hora quizá.
—¿Qué pasó?
—Discutieron.
—¿Oyó algo?
Carmen dudó.
—Ella gritó que iría a la policía.
Silvestre sintió un frío profundo.
—¿Antes o después de haber ido?
—No lo sé.
Podía haber sido antes de la visita a Mercadal.
La cronología encajaba.
—¿Berrocal la tocó?
—No que yo viera.
—¿La amenazó?
—No.
—Entonces ¿qué hizo?
Carmen lo miró.
—Se fue.
Silvestre entendió la respuesta.
No había hecho nada.
Había dejado a su hija en manos de otros para que resolvieran el problema.
—¿Declarará esto?
Carmen negó.
—Mi marido está enfermo. Vivo de este trabajo.
—Podría protegerla.
La mujer soltó una risa triste.
—¿Como protegieron a Rosalinda cuando fue a su comisaría?
Silvestre no respondió.
Carmen abrió la puerta.
—Se acabó el tiempo.
Antes de marcharse, Silvestre miró una última vez la pared pintada.
La capa nueva era demasiado blanca. En la parte baja, junto al rodapié, asomaba una media luna del color anterior.
No necesitaba saber todavía qué había ocurrido allí. Le bastó comprender que alguien había tenido prisa por cambiar el aspecto de la habitación.