La casa de las aguas negras CAPÍTULO 16 — LA CASA DEL CONSTRUCTOR
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CAPÍTULO 16 — LA CASA DEL CONSTRUCTOR

El césped olía a tierra fría.

L a casa de Néstor Berrocal en Sant Cugat estaba rodeada por un muro de piedra y cipreses. No era ostentosa a primera vista. Precisamente por eso parecía más cara.

Silvestre llamó al timbre.

Un hombre de unos sesenta años abrió la verja lateral. Guardés, jardinero o ambas cosas.

—¿Qué desea?

Silvestre mostró la placa.

—Hablar con el señor Berrocal.

El hombre ni la miró.

—Está de viaje.

—¿Dónde?

—No sabría decirle.

—¿Cuándo vuelve?

—Tampoco.

Silvestre observó la casa. Persianas abiertas. Humo en una chimenea. Un Mercedes oscuro aparcado bajo un cobertizo.

—Parece que alguien vive aquí.

—La casa no viaja con el señor.

—Qué alivio.

El guardés no sonrió.

—¿Puedo preguntar de qué se trata?

—Puede.

Silvestre esperó.

—¿Y?

—Ya ha preguntado.

El hombre cerró un poco más la verja.

—Buen día.

Silvestre dio dos pasos atrás.

Entonces vio el columpio.

Estaba en un extremo del jardín, oxidado, una sola tabla suspendida de cadenas. Demasiado pequeño para la casa. Demasiado viejo para ser decorativo.

—¿Tiene hijos el señor Berrocal?

El guardés se tensó.

—Eso no es asunto mío.

—¿Ese columpio de quién era?

—De nadie.

Silvestre miró la tabla. En un lateral alguien había pintado una flor azul, casi borrada.

—Las cosas de nadie son las que más duran.

El guardés cerró la verja.

Silvestre regresó al coche.

Antes de arrancar vio movimiento detrás de una cortina del piso superior.

Una silueta masculina.

No supo si era Berrocal.

Tampoco necesitaba saberlo todavía.

Sobre el asiento del acompañante dejó una fotografía de Rosalinda que había sacado del expediente.

Quince años.

La cicatriz.

El lunar.

Durante el camino de regreso pensó en el columpio.

En las cosas construidas para un niño que luego nadie admite haber esperado.

Silvestre no regresó directamente a Barcelona. Paró en una gasolinera cercana y preguntó por la casa.

El empleado, un hombre con mono azul, reconoció el apellido.

—Claro. Los Berrocal.

—¿Ve muchos coches entrar?

—Yo vendo gasolina, no cuento visitas.

Silvestre dejó unas monedas para un café de máquina.

—¿Ha visto alguna vez a una chica joven? Quince años, pelo oscuro.

El hombre miró la fotografía de Rosalinda.

—Puede.

—Necesito algo mejor.

—Entonces vaya a una iglesia.

Silvestre esperó.

El empleado volvió a mirar la foto.

—Venía alguna vez en un coche con chófer. Hace años.

—¿Últimamente?

—El otoño pasado, creo. La vi en la puerta discutiendo con alguien.

—¿Quién?

—Un tipo de traje. No el dueño.

—¿Nogués?

Silvestre mostró la tarjeta del abogado.

—Puede ser.

—¿Qué ocurrió?

—Ella se fue andando carretera abajo. Lloraba o estaba furiosa. Con los jóvenes cuesta distinguirlo.

—¿Fecha?

—Ni idea.

—Piense.

El empleado miró hacia el calendario de la pared.

—Antes de Todos los Santos. Hacía buen tiempo todavía.

Finales de octubre.

Pocos días antes de que alguien solicitara seguimiento policial sobre Rosalinda.

Silvestre guardó la fotografía.

—Si recuerda algo, llame.

—¿A comisaría?

Silvestre dudó.

Escribió el teléfono de su casa.

—A este número.

De vuelta al coche, observó la carretera por la que Rosalinda habría caminado sola, enfadada, después de salir de la casa de su padre.

Por primera vez tuvo una imagen de ella en movimiento.

No un cuerpo.

Una muchacha alejándose por voluntad propia de un lugar donde querían que siguiera siendo invisible.

Dos días después, el empleado de la gasolinera llamó al número de Silvestre.

—He recordado algo.

—Diga.

—La chica volvió otra vez. A principios de noviembre.

Silvestre se incorporó.

—¿Está seguro?

—Sí. Porque ese día nos falló el surtidor y había cola.

—¿Sola?

—No. Con el abogado. El del traje.

—¿Nogués?

—Ese.

—¿Discutían?

—Ella sí. Él hablaba bajo.

—¿Hacia dónde fueron?

—Barcelona.

—¿En qué coche?

El hombre describió un Peugeot oscuro.

Silvestre recordó el vehículo que lo había vigilado junto a la marisma.

—¿Matrícula?

—No.

—¿Algo más?

El empleado dudó.

—La muchacha tenía una maleta.

Silvestre sintió un escalofrío.

—¿Grande?

—De esas antiguas, de cartón. Azul.

La maleta con el diario.

Si el recuerdo era correcto, Rosalinda no había sido secuestrada de improviso en la calle. Había subido a un coche con equipaje.

Tal vez engañada.

Tal vez convencida de que iba a algún lugar temporal.

Tal vez creyendo todavía que su padre iba a cumplir una promesa.

La peor trampa no siempre era la fuerza.

A veces era la esperanza.

La fotografía de Rosalinda quedó durante días sobre el asiento del acompañante del coche de Silvestre. Cada vez que subía, la veía.

Una mañana decidió guardarla.

No quería convertirla en talismán.

Ventura lo notó.

—¿Dónde está la foto?

—En el expediente.

—Pensaba que la llevaba para recordar por quién hacemos esto.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Que no lo hacemos por ella si la usamos para sentirnos mejores.

Ventura frunció el ceño.

—A veces no entiendo nada de lo que dice.

—Eso te ayudará a ascender.

El joven sonrió.

Silvestre no.

Había empezado a desconfiar incluso de sus mejores motivos. Era incómodo.

También era, quizá, la primera forma de honestidad que practicaba desde hacía años.

Silvestre pidió después información sobre los hijos legítimos de Berrocal. Dos varones y una mujer, todos adultos. Ninguno vivía ya en la casa de Sant Cugat.

No los interrogó.

Todavía no.

Le preocupaba convertir la investigación en una invasión sin saber qué buscaba. Además, comprendía que Rosalinda podía haber sido invisible para ellos tanto como para el resto del mundo.

Esa invisibilidad era parte del daño.

No necesitaba demostrar que toda la familia conspiraba.

Bastaba con un sistema en el que una adolescente podía existir durante quince años en recibos y fotografías sin tener derecho a ocupar una silla en la mesa.

En Sant Cugat, antes de marcharse, Silvestre rodeó la propiedad por la carretera secundaria. Desde allí se veía la parte trasera de la casa: una piscina vacía, una caseta de herramientas, dos cipreses y una tapia demasiado alta.

Un hombre podaba un seto en la finca vecina.

—¿Trabaja para Berrocal? —preguntó Silvestre.

El hombre dejó las tijeras.

—A veces.

—Policía.

No enseñó la placa. El hombre tampoco la pidió.

—Busco a una chica que pudo venir por aquí en otoño.

—Vienen muchas.

—Quince años. Morena. Del Besòs.

El jardinero miró hacia la casa.

—No sé nada.

—No le he preguntado si sabe algo. Le he preguntado si la vio.

El hombre tardó en responder.

—Había una muchacha.

Silvestre sintió que el frío cambiaba de lugar dentro del cuerpo.

—¿Cuándo?

—No sé. Antes de Navidad. Tal vez octubre.

—¿Sola?

—Una vez con el abogado. Otra con una señora mayor.

—¿Entró en la casa?

—No la vi entrar.

—Pero la vio salir.

El jardinero apretó los labios.

—La vi llorar junto a la verja.

—¿Por qué?

—Si supiera eso no estaría podando setos.

Silvestre anotó la frase.

—¿La volvió a ver?

—No.

—¿Y el columpio?

El hombre lo miró sorprendido.

—¿Qué columpio?

—El del jardín.

—Lleva años ahí. Era de la hija del señor Berrocal.

Silvestre se quedó quieto.

—¿Tiene una hija?

—Legítima. Vive fuera.

Legítima.

La palabra cayó entre ellos con una precisión desagradable.

Silvestre volvió a mirar la finca. Dos niñas separadas por un adjetivo. Una había tenido un columpio. La otra, quizá, una asignación escondida en un expediente.

—¿Cómo se llama usted?

El jardinero negó.

—Eso no se lo voy a decir.

—Podría obligarle.

—Y yo podría olvidar lo que acabo de contarle.

Silvestre guardó la libreta.

—Entonces no me lo diga.

El hombre reanudó la poda.

—Inspector.

Silvestre se volvió.

—La chica no parecía tener miedo de la casa.

—¿De qué tenía miedo?

El jardinero cortó una rama demasiado gruesa. Cayó al suelo.

—De que no la dejaran entrar.

De camino a Barcelona, Silvestre comprendió que había imaginado a Rosalinda buscando escapar de Berrocal.

Tal vez durante un tiempo había ocurrido lo contrario.

Tal vez lo había buscado.

Una víctima también podía desear acercarse a aquello que acabaría destruyéndola.

Eso no la hacía culpable.

La casa de Sant Cugat tenía un silencio caro.

No se oían vecinos, fábricas ni autobuses. Solo pájaros y el chasquido regular de un aspersor sobre el césped. Silvestre pensó en el piso de Feliciana, donde cada descarga del vecino atravesaba la pared.

La verja se abrió después de que mostrara la placa.

Un guardés de unos sesenta años lo condujo hasta una entrada lateral. No lo hicieron pasar al salón principal.

—El señor Berrocal está fuera —dijo.

—¿Dónde?

—No me corresponde decirlo.

—¿Cuándo vuelve?

—Tampoco.

Silvestre observó el vestíbulo. Mármol, un espejo enorme, cuadros de caza. Sobre una consola había una fotografía familiar: Berrocal más joven, una mujer rubia, dos niños vestidos de domingo.

Ninguna Rosalinda.

—¿Cuánto lleva trabajando aquí?

—Dieciocho años.

—Entonces conoció a Feliciana Vega.

El hombre no cambió de expresión. Solo tardó una fracción de segundo demasiado larga.

—No me suena.

—Trabajó para la familia.

—Ha trabajado mucha gente.

—¿Y Rosalinda?

—No sé quién es.

Silvestre sacó la fotografía escolar.

El guardés la miró.

Sus ojos reconocieron antes que su boca.

—No.

—¿No qué?

—No la conozco.

—Ha contestado antes de que preguntara.

El hombre devolvió la fotografía.

—Inspector, tengo trabajo.

Silvestre salió al jardín en lugar de dirigirse a la puerta.

—No puede ir por ahí.

—Ya voy.

Vio el columpio oxidado bajo un árbol. Solo uno de los asientos permanecía entero. Cerca había una caseta de herramientas y un cobertizo.

—¿Los hijos del señor Berrocal?

—Eran pequeños.

—¿Venían otras niñas?

El guardés se tensó.

—No sé qué está insinuando.

—Nada. Pregunto.

—Pues no.

Silvestre se acercó al columpio. En la madera del travesaño había iniciales grabadas: M.B., J.B. y, más abajo, casi borrada, una R.

Podía significar cualquier cosa.

La tocó con el dedo.

—¿Quién es R?

—No lo sé.

—Lleva dieciocho años aquí.

—Y no memorizo lo que rayan los niños.

Una mujer apareció en la puerta trasera. Tendría cincuenta años, uniforme de servicio, cabello gris recogido.

Al ver a Silvestre se quedó quieta.

—Carmen, vuelve dentro —ordenó el guardés.

Silvestre levantó una mano.

—Un momento.