La casa de las aguas negras CAPÍTULO 15 — EL SÓTANO DE BRION #2
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CAPÍTULO 15 — EL SÓTANO DE BRION #2

Otro, una declaración notarial.

El tercero figuraba simplemente como «correspondencia privada».

Silvestre apoyó la mano sobre la mesa.

—¿Puede saber quién autorizó la salida?

Brion pasó varias páginas.

—Aquí.

Una firma.

No la reconoció.

—Rogelio Barnet —dijo Brion.

El juez.

Ventura soltó el aire.

La red empezaba a adquirir forma. No como una conspiración perfecta, sino como una cadena de hombres que se facilitaban el trabajo.

Silvestre entendió que aquello era más peligroso.

Las conspiraciones podían romperse encontrando al jefe.

Las costumbres no.

Antes de irse, Brion les mostró una caja aparte.

—Esto no debería existir.

Dentro había fotografías de obras, reuniones y comidas de empresarios. En una, Berrocal aparecía junto a un grupo de hombres frente a una finca rural. Silvestre reconoció a Mercadal.

Esta vez no estaba al fondo.

Estaba a su lado.

Ambos sostenían escopetas de caza.

Ventura miró a Silvestre.

—¿La cogemos?

Brion retiró la fotografía.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si desaparece sabrán exactamente qué encontraron.

Silvestre asintió.

—Haremos una copia.

Brion apagó una de las luces.

—No aquí.

—¿Entonces dónde?

El archivero lo miró.

—Inspector, llevo años guardando papeles de hombres que creen que el poder consiste en decidir qué existe. Permítame al menos conservar algún truco.

Brion no quiso que se fueran todavía.

—Falta una cosa.

Los llevó hasta el extremo del sótano, donde una tubería goteaba sobre un cubo oxidado. De una balda sacó un libro de contabilidad encuadernado en tela negra.

—Esto no pertenece al Ayuntamiento.

—¿Entonces?

—Llegó por error dentro de una caja de Terralta hace años. Nadie lo reclamó.

Silvestre pasó páginas. Gastos de representación, comidas, desplazamientos, regalos. Cifras pequeñas comparadas con las operaciones de la empresa.

Ventura señaló varias entradas repetidas: «Z.M.»

—Mercadal.

—Puede ser —dijo Silvestre.

—¿Otra vez puede ser?

—Hasta que sepamos qué significa.

Brion buscó una fecha de octubre de 1977.

«Z.M. — asunto V. — 15.000».

Silvestre sintió una presión en el pecho.

—Asunto V.

—También podría ser Valencia —dijo Brion.

—O Vega.

—O cualquier cosa.

Ventura lo miró.

—Pero usted no cree que sea cualquier cosa.

Silvestre cerró el libro.

No.

El problema era que cada nueva pieza reducía el espacio disponible para la casualidad.

—¿Podemos llevárnoslo?

Brion abrazó el volumen contra el pecho.

—Ni hablar.

—Es una prueba.

—Es lo único que tengo que demuestra que no estoy imaginando todo esto. Si se lo llevan y desaparece, me quedo con mi palabra. Mi palabra cotiza muy bajo.

Silvestre entendió.

—Copiamos las páginas.

Brion asintió.

Durante una hora, Ventura transcribió fechas y cantidades. Silvestre comprobó cada cifra.

Al terminar, el joven tenía los dedos manchados de tinta.

—Nunca pensé que investigar un asesinato consistiera en copiar contabilidad.

Brion apagó la luz del pasillo.

—Los muertos importantes suelen dejar balas. Los poderosos dejan facturas.

Antes de cerrar la caja, Brion sacó una fotografía que no figuraba en ningún inventario.

Rosalinda aparecía de perfil frente a la entrada del Ayuntamiento. Era de 1977. A su lado estaba Castany.

—¿De dónde sale?

—Un fotógrafo municipal hizo una serie durante una recepción empresarial. Esta quedó descartada.

Silvestre la observó.

La muchacha no parecía retenida. Parecía enfadada.

—¿Qué hacía aquí?

Brion señaló el reverso. Había una fecha y una anotación: «Delegación Terralta».

Ventura frunció el ceño.

—¿La trajeron como parte de la empresa?

—O llegó con ellos —dijo Brion.

Silvestre recordó el proyecto de estudios, las promesas de trabajo. Quizá Berrocal había intentado incorporarla discretamente a una vida paralela antes de que la muchacha exigiera reconocimiento.

Eso complicaba aún más la historia.

No había un secuestro desde el principio.

Había una relación que se había deteriorado.

Y esa clase de verdad era más difícil de contar porque obligaba a aceptar que Rosalinda había elegido acercarse al hombre que más tarde contribuiría a destruirla.

Brion tardó todavía unos minutos en encender la segunda hilera de fluorescentes. La luz reveló estanterías que llegaban casi hasta el techo, cajas con años escritos a lápiz, carpetas atadas con cordel y varios armarios metálicos sin cerradura.

—¿Cuánto de esto debería estar aquí? —preguntó Ventura.

—Depende de a quién pregunte.

—Le pregunto a usted.

Brion se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo.

—Entonces casi nada.

Explicó que el sótano había empezado como depósito provisional durante una mudanza administrativa.

Luego llegaron expedientes urbanísticos que nadie reclamaba, licencias duplicadas, copias de convenios, informes de expropiación.

Los documentos incómodos tenían una manera extraña de terminar allí: no desaparecían del todo, pero dejaban de estar donde alguien sensato los buscaría.

—¿Quién decidió guardarlos? —preguntó Silvestre.

Brion sonrió sin alegría.

—Nadie. Esa es la belleza de una administración. Cuando una decisión resulta vergonzosa, casi siempre puede presentarse como una suma de pequeñas negligencias.

Sacó una caja fechada en 1969. Dentro había planos de una promoción de viviendas, informes sanitarios y cartas de vecinos por filtraciones de aguas fecales.

—Esto debía destruirse hace cinco años.

—¿Por qué no lo hizo?

—Porque soy cobarde de una manera complicada.

Ventura frunció el ceño.

—No entiendo.

—Obedecía cuando me miraban y guardaba una copia cuando no. Así podía decirme que no era como ellos.

Silvestre pasó un dedo por el borde de la caja.

—¿Y lo era?

Brion se encogió de hombros.

—Supongo que depende del día.

Les mostró un libro de registro paralelo. No era oficial. Allí anotaba qué expedientes habían sido retirados, por quién y cuándo, incluso si la orden llegaba de palabra. No tenía todos los años. Había periodos vacíos. Pero Terralta aparecía una y otra vez.

1971: retirada de un informe geológico.

1973: sustitución de planos de servidumbre.

1975: consulta extraordinaria de parcelas del Besòs.

1977: acceso del despacho de Castany a expedientes de filiación vinculados a una «menor protegida».

El aire se le quedó a mitad de camino.

—¿Protegida por quién?

—No lo pone.

—¿Quién pidió el expediente?

Brion señaló unas iniciales.

A. N.

Álvaro Nogués.

Ventura silbó muy bajo.

—¿Por qué no nos enseñó esto antes?

Brion volvió a ponerse las gafas.

—Porque antes ustedes eran dos policías haciendo preguntas. Ahora parecen dos hombres a los que también quieren borrar.

—No es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Silvestre sintió irritación. Después reconoció algo de sí mismo en aquella defensa tardía.

—¿Cuántas veces tuvo oportunidad de hablar?

Brion lo miró.

—Las mismas que usted, probablemente.

La frase dio en el sitio correcto.

El archivero señaló las cajas.

—No se equivoque, inspector. Guardar papeles no me convierte en valiente. Durante años pensé que conservar una prueba era casi lo mismo que utilizarla. No lo es. Los documentos también pueden ser una forma de esconderse.

Ventura abrió el libro paralelo.

—Entonces deje de esconderse.

Brion pareció ofendido por la facilidad con que el joven lo dijo.

—A su edad todo parece posible.

—A la suya todavía está hablando.

El anciano lo miró y luego soltó una risa breve.

—Eso ha sido cruel.

—Me lo enseñan rápido.

Brion arrancó del libro una hoja de papel cebolla y la colocó sobre la mesa.

—No se llevan el original. Copian esto y me lo devuelven.

—¿Por qué?

—Porque si mañana vienen a buscarlo quiero poder decir, al menos una vez, que no llegué tarde.

—Haz dos copias —dijo Silvestre.

Brion negó.

—Tres. Una para ustedes, una para mí y una para un sitio que no voy a decirles.

Ventura sonrió.

—Empieza a parecer valentía.

—No me insultes, muchacho. Solo estoy aprendiendo tarde.