CAPÍTULO 15 — EL SÓTANO DE BRION
El moho había dibujado un mapa en la pared.
Brion cerró la puerta del sótano con llave y se metió el llavero en el bolsillo.
—
N o han venido —dijo.
—¿Quiénes?
—Los que ustedes creen que no saben nada.
Ventura encendió una linterna.
—Habla como un cura borracho.
Brion lo miró.
—Y usted como un policía joven. Se cura peor.
Silvestre señaló las cajas.
—¿Qué tienes?
El archivero apartó dos carpetas de proyectos urbanísticos. Detrás había una caja de cartón marcada con una fecha: 1962-1977. VARIOS .
—Esto no figura en inventario.
—¿Por qué?
—Porque lo que figura en inventario existe. Y algunas cosas aquí sobreviven precisamente porque oficialmente no existen.
Sacó un legajo atado con cinta.
VEGA SERRANO, ROSALINDA.
Silvestre sintió que el aire cambiaba.
—¿De dónde ha salido?
—De donde salen todos los hijos que nadie quiere: de una mesa que no debía conservar nada.
Abrió el legajo.
Había una solicitud de ayuda familiar, una certificación parroquial, recibos de pagos mensuales y una declaración manuscrita de Feliciana de 1963. Rosalinda tenía meses.
Silvestre leyó.
Reconoce haber recibido de don N. B. T. la cantidad convenida en concepto de manutención de la menor...
Ventura se inclinó.
—N. B. T.
Brion sacó otro documento.
Una transferencia antigua, emitida desde una cuenta empresarial.
BERROCAL CONSTRUCCIONES.
Silvestre siguió leyendo.
Había un informe de un abogado. Un acuerdo extrajudicial. Una frase subrayada:
La filiación no será objeto de reclamación pública.
—Rosalinda era hija suya —dijo Ventura.
Silvestre no respondió.
Brion fumaba sin encender el cigarrillo.
—¿Cómo llegó esto aquí?
—Un despacho jurídico cerró hace años. Parte del archivo terminó en dependencias municipales por un pleito de suelo. Nadie revisó todo.
—¿Y usted sí?
—Yo reviso lo que nadie quiere revisar.
Silvestre levantó el documento.
—¿Por qué enseñármelo?
Brion miró hacia la puerta.
—Porque hace dos días vino un hombre preguntando por esta caja.
—¿Quién?
—No dio nombre.
—Descríbelo.
—Cincuenta y tantos. Grande. Abrigo claro. Manos de cazador.
Silvestre recordó la fotografía boca abajo.
—¿Lo conocías?
Brion se encogió.
—He visto demasiadas caras.
Ventura examinó los recibos.
—Los pagos se interrumpen en agosto del setenta y siete.
Rosalinda desapareció en noviembre.
Silvestre sintió la estructura formándose sin querer aceptarla.
Una hija ilegítima.
Dinero durante catorce años.
Pagos que cesan.
Una desaparición.
Un cadáver sobre una parcela de la empresa del padre.
—Necesito copias.
Brion negó.
—Necesita algo mejor.
Sacó una cámara fotográfica pequeña del cajón.
—Dos carretes. Fotografíen lo esencial. Los papeles se quedan.
—¿Y si desaparecen?
—Entonces sabremos que alguien los buscaba de verdad.
Silvestre miró al archivero.
—¿Qué ganas tú?
Brion encendió por fin el cigarrillo.
—Dormir peor por una razón distinta.
Fotografiaron durante casi una hora.
Ventura sostenía los documentos bajo una lámpara mientras Silvestre anotaba el orden de cada página. Encontraron pagos trimestrales, recibos médicos y una carta del despacho de Nogués de 1971 que hablaba de «mantener la situación de hecho sin reconocimiento formal».
—Siete años antes de que ella pudiera decidir nada —dijo Ventura.
—Las decisiones sobre los pobres suelen tomarse antes de que lleguen a la habitación.
Brion fingió no escuchar.
Entre los papeles había una lista de gastos escolares. Uniforme. Libros. Matrícula. En una columna aparecía una nota a mano: N.B. insiste en que curse secretariado.
Silvestre se quedó mirando.
—Planeaba su vida.
—Desde lejos —dijo Brion.
—Eso no es planear. Es administrar.
Ventura encontró una fotografía de una niña pequeña junto a Feliciana. Al dorso, una fecha de 1964 y una anotación: Entregado a N.B.
—Guardaba fotos de ella.
Silvestre no supo qué hacer con ese dato. Le habría resultado más sencillo imaginar a Berrocal como un hombre indiferente. La existencia de un afecto oculto complicaba el desprecio.
—Los monstruos también guardan fotografías —dijo Brion.
—No he dicho que sea un monstruo.
—Mejor. Los monstruos son una comodidad moral.
Silvestre levantó la vista.
Brion sostuvo su mirada.
—Si resulta que un hombre quiere a una hija y aun así la sacrifica, tendrá usted un problema mayor.
—¿Sabe algo?
—Sé cómo funciona la gente que tiene demasiado que perder.
—Eso no responde.
—Precisamente.
Antes de irse, Silvestre volvió a mirar la fotografía de la cacería. Brion la había guardado, pero el borde sobresalía del cajón.
—¿Conoce a Mercadal?
El archivero tardó.
—Conozco a muchos policías.
—No he preguntado eso.
—Entonces la respuesta es sí.
—¿De qué?
—De antes.
—¿Antes de qué?
Brion sonrió sin alegría.
—En este país siempre hay un antes distinto según quién pregunta.
Entre las fotografías de los documentos apareció también un recibo escolar de 1976. En el margen, con tinta azul, alguien había escrito: R. pide ver al padre. Se desaconseja.
Silvestre señaló la nota.
—¿Quién escribía esto?
Brion ajustó las gafas.
—El despacho de Nogués llevaba una ficha paralela.
—¿Una ficha sobre una niña?
—Sobre un problema patrimonial.
Ventura soltó una blasfemia.
Brion no se inmutó.
—No les digo cómo deberían haberla visto. Les digo cómo la veían.
Silvestre pasó la página.
Había gastos de dentista, libros, ropa, transporte. Todo anotado con precisión.
—Pagaba —dijo Ventura.
—Sí.
—Entonces le importaba.
Silvestre lo miró.
—No confundas pagar con querer.
Brion intervino:
—Ni querer con hacer el bien.
Los tres se quedaron callados.
La frase complicaba el caso de una manera que Silvestre empezaba a reconocer como verdadera. Si Berrocal había sentido algún afecto por Rosalinda, la tragedia no se hacía menor.
Se hacía más humana.
Y por eso, más difícil de soportar.
Entre los recibos encontraron una factura de una clínica privada fechada en 1963, poco después del nacimiento de Rosalinda. El concepto era impreciso. Berrocal había pagado.
—Podría haber querido hacerse cargo —dijo Ventura.
Silvestre lo miró.
—Quizá.
—Siempre piensa lo peor.
—No. Intento no pensar solo una cosa.
Brion intervino:
—El señor Berrocal fue a ver a la niña cuando nació.
Silvestre se volvió.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo trabajaba entonces en otra oficina. Nogués no llevaba el asunto todavía. Había otro abogado. Recuerdo el escándalo.
—¿Qué escándalo?
—La esposa de Berrocal se enteró.
—¿Y?
—Nada. Eso fue lo extraordinario. No hubo divorcio. No hubo denuncia. No hubo noticia. Solo dinero moviéndose de un sitio a otro hasta que el problema desapareció del mundo visible.
—Rosalinda no desapareció.
Brion lo miró.
El sótano del archivo municipal no figuraba en ningún plano que se entregara a las visitas.
Brion abrió una puerta metálica al final de un corredor y encendió una hilera de bombillas desnudas. El aire olía a cartón mojado y yeso viejo.
—Aquí guardamos lo que nadie consulta —dijo.
—¿Y por qué no lo tiran?
—Porque incluso los gobiernos tienen supersticiones.
Ventura bajó detrás de Silvestre. Llevaba una libreta y una expresión que mezclaba entusiasmo con incomodidad. Brion los condujo entre estanterías cargadas de cajas. En algunas, las etiquetas se habían despegado. En otras todavía se leían nombres de distritos, obras, beneficencia, expropiaciones.
—Buscamos a Feliciana Vega —dijo Silvestre.
—No exactamente.
Brion extrajo una caja marcada con una fecha de 1962 a 1966.
—Buscamos a quienes quisieron que Feliciana Vega pareciera no existir.
Dentro había expedientes de ayudas, informes sociales, solicitudes de vivienda. Brion fue pasando carpetas hasta encontrar una con el borde roto.
VEGA MARTÍN, FELICIANA.
Silvestre sintió una aceleración absurda del pulso.
El expediente empezaba antes del nacimiento de Rosalinda. Feliciana había trabajado como empleada doméstica en una casa de la zona alta. Había abandonado el servicio en 1962. Un informe posterior la situaba embarazada y sin recursos.
—Aquí —dijo Ventura.
Un formulario incluía la referencia a «aportación privada complementaria».
Brion señaló un sello casi borrado: Fundación San Jerónimo.
—Ya conocemos eso —dijo Silvestre.
—Siga.
Tres páginas después había una carta mecanografiada. No tenía firma, solo iniciales.
«Se ruega discreción absoluta respecto del origen de los fondos y de cualquier circunstancia personal relativa al progenitor.»
Ventura levantó la vista.
—Eso es bastante claro.
—No —dijo Silvestre—. Es bastante sugerente.
—¿Qué más necesita?
—Un nombre.
Brion sacó del fondo una hoja más pequeña, doblada en cuatro.
Era una ficha de control de pagos. En la parte inferior, a lápiz, alguien había escrito: «N.B.T.»
Silvestre pensó en Néstor Berrocal Tous.
No dijo nada.
Ventura sí.
—Joder.
Brion lo miró.
—Ese vocabulario no mejora las pruebas.
—Pero las acompaña bien.
Silvestre siguió leyendo. Los pagos habían continuado de forma regular durante quince años. Aumentaban cada cierto tiempo. En 1976 se duplicaban.
—¿Por qué suben aquí?
Brion se ajustó las gafas.
—Ese año la niña tenía trece.
—¿Y?
—No lo sé. Pero mire la anotación.
«Educación complementaria. Preparación futura.»
Ventura frunció el ceño.
—¿Preparación para qué?
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Encontraron después una solicitud de plaza en una academia privada de secretariado que nunca llegó a formalizarse. El pago inicial procedía de la misma fundación.
Silvestre recordó a Maribel: alguien iba a sacar a Rosalinda del barrio.
No era una fantasía adolescente.
Alguien había empezado a construirle una salida.
—Quizá Berrocal quería reconocerla —dijo Ventura.
—Quizá.
—Eso cambia las cosas.
—No sabemos qué cambia.
Brion cerró la carpeta.
—Hay más.
Los condujo hasta otra estantería. Sacó un libro de entrada y salida de documentación. En diciembre de 1977, pocas semanas después de la desaparición, el expediente de Feliciana había sido solicitado por el despacho de Castany.
—¿Devuelto?
—Sí.
—¿Completo?
Brion sonrió.
—Las cosas nunca vuelven completas.
Comparó el índice antiguo con el contenido actual. Faltaban tres documentos.
Uno era un certificado de nacimiento complementario.