CAPÍTULO 14 — ENTONCES LA PLACA
La placa pesaba menos de lo que Silvestre esperaba.
L a sostuvo en la palma durante la ceremonia y sintió una decepción casi infantil.
Había imaginado algo sólido, definitivo, un objeto capaz de separar el bien del mal por el simple hecho de llevarlo encima.
Era, en cambio, una pieza de metal con un número, unos bordes demasiado nuevos y una superficie en la que se reflejaba la luz del despacho.
El instructor habló de deber, disciplina y servicio. Detrás de él, una bandera ocupaba media pared. Los hombres que esperaban su turno procuraban mantener la espalda recta. Silvestre tenía veintitrés años y llevaba seis convencido de que una vida ordenada podía corregir una muerte desordenada.
Pensó en Marcos.
Pensó en Visitación y en el reloj detenido.
Pensó que, a partir de aquel día, quizá las cosas tendrían una explicación antes de ocurrir.
Después de la ceremonia, varios compañeros fueron a beber. En el tercer vaso, un hombre de Salamanca le pidió que enseñara la chapa.
—Mírala —dijo—. Parece que te hayan nombrado ministro.
Silvestre sonrió y la dejó sobre la mesa.
—Es para que no se me olvide quién soy.
El otro levantó la copa.
—Eso no lo hace una chapa.
Silvestre guardó la placa.
Tardaría veinticuatro años en comprenderlo.
Su primer destino no tuvo nada de solemne.
Un despacho estrecho, un superior que fumaba sin parar y una pila de denuncias que olían a humedad.
Había una máquina de escribir con la letra ese torcida y un perchero donde todos colgaban los abrigos mojados.
El trabajo consistía, en buena parte, en poner palabras oficiales a hechos que habían ocurrido sin pedir permiso.
Un veterano llamado Molina le enseñó a redactar partes.
—Nunca escribas lo que pasó —le dijo el segundo día—. Escribe lo que puedas sostener mañana.
Silvestre se rio.
Molina no.
—Son cosas distintas.
La frase le pareció una forma de cinismo profesional. Años después entendería que era algo peor: una gramática.
La primera vez que vio cómo funcionaba fue con un hombre acusado de robar carbón. Tenía dos hijos y una chaqueta demasiado fina para enero. El propietario del almacén exigía que lo procesaran. Molina esperó a que el dueño se marchara y dejó al detenido en libertad con una advertencia.
—¿Eso se pone en el informe? —preguntó Silvestre.
—No hubo detenido.
—Pero lo hubo.
Molina lo miró con paciencia.
—Aprende la diferencia entre lo que pasa y lo que conviene que haya pasado.
Silvestre creyó que aquello era compasión.
La misma tarde comprendió que la herramienta no tenía moral propia. Un superior interrogó a un muchacho durante horas. Cuando Silvestre entró, el detenido tenía sangre en la comisura de los labios.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha caído.
El muchacho levantó los ojos.
Silvestre supo que era mentira.
En el parte escribió: «El detenido presenta lesiones previas de origen desconocido».
La firmó con la misma mano con que, por la mañana, había limpiado la placa.
Al salir del turno se quedó un momento en la puerta. Podía haberse marchado. No había juramentos que impidieran cruzar una acera y no volver.
Regresó al día siguiente.
Con el tiempo comprendería que aquella había sido su verdadera iniciación. No el juramento. No la ceremonia. No la primera detención.
Volver.
La institución no necesitaba que uno aprobara todo lo que hacía. Le bastaba con que regresara.
Dos años después llevó la placa a Lleida. Celestino no quiso tocarla.
—Es solo metal —dijo.
—Significa algo.
—Todo significa algo hasta que lo usa una persona.
Visitación estaba en la cocina. Miró la chapa y luego a su hijo.
—¿Ahora puedes encontrar a los muertos?
Silvestre sintió la pregunta como una bofetada.
—No.
—Entonces no sé para qué sirve.
Alèxia, con diecinueve años, intervino desde la puerta.
—Mamá, basta.
Fue la primera vez que defendió a su hermano desde el accidente. Silvestre nunca se lo agradeció.
Hay gestos pequeños que una familia puede tardar décadas en reconocer.
La placa empezó a abrir puertas. También empezó a cerrar conversaciones. Cuando Silvestre entraba en una casa, la gente cambiaba de postura. En un bar, el dueño dejaba de hablar de política. En un interrogatorio, una frase suya podía convertirse en la versión oficial de una noche entera.
Al principio aquello le incomodaba.
Luego se acostumbró.
La costumbre fue el verdadero aprendizaje.
En 1962 acompañó a un superior a la vivienda de un empresario acusado de estraperlo. Les sirvieron coñac antes de hablar del asunto. Había alfombras gruesas y una criada que entraba sin hacer ruido. El expediente terminó reducido a una infracción administrativa.
—Hay gente útil —le explicó el superior al salir.
—¿Útil para quién?
—Para todos.
Silvestre empezó a entender que «todos» era una palabra que nunca incluía a todos.
En las casas pobres se daban órdenes.
En las ricas se pedían favores.
La diferencia no aparecía en los reglamentos.
En 1968, durante una manifestación universitaria, una piedra le golpeó el pecho y abolló ligeramente el borde inferior de la placa. La conservó así. Durante años enseñó aquella marca como una anécdota de servicio.
Nunca contaba lo que ocurrió después.
Entraron en una facultad. Sacaron estudiantes a golpes. Silvestre rompió la boca a un muchacho que estaba sentado en el suelo.
La piedra había dolido.
El golpe que dio después también.
Cada vez que pasaba el dedo por la abolladura, recordaba la piedra.
Rara vez recordaba al estudiante.
La memoria también sabía redactar informes favorables.
Hubo una noche en que estuvo a punto de devolver la placa. Un estudiante de diecinueve años había sido detenido por repartir octavillas. Un superior ordenó que lo «ablandaran». Silvestre salió del cuarto antes de que empezaran.
No intervino.
En el baño dejó la chapa sobre el lavabo y la contempló bajo el fluorescente. Podía marcharse. Volver a Lleida. Buscar otro trabajo. Convertirse en alguien que no supiera qué ocurría detrás de determinadas puertas.
Pensó en el sueldo. En Visitación. En la pequeña hipoteca que acababa de firmar. En la vergüenza de explicar por qué abandonaba.
Guardó la placa.
A la mañana siguiente supo que el estudiante había pasado la noche en el hospital.
Silvestre siguió trabajando.
Muchos años después entendería que las grandes renuncias morales rara vez suceden en grandes escenas.
La mayoría tienen el tamaño de un objeto que uno vuelve a guardarse en el bolsillo.
Cuando comenzaron a hablar de reforma y de nuevos tiempos, la chapa no cambió de forma.
Tampoco cambiaron de golpe los despachos, los archivadores ni las manos que escribían los informes.
Algunas palabras desaparecieron. Otras se sustituyeron.
Los hombres aprendieron términos nuevos con una rapidez que a Silvestre le pareció obscena.
En 1976 sacó la vieja placa de un cajón. Estaba rayada. La abolladura de 1968 seguía allí.
Alèxia la vio durante una visita.
—¿Todavía guardas eso?
—Es mía.
—Eso es lo que me preocupa.
Silvestre cerró el cajón.
—No entiendes.
—Claro que entiendo. Es lo único que te ha permitido creer que eras otra cosa.
—¿Otra cosa que qué?
Alèxia lo miró durante demasiado tiempo.
—Que el hermano que soltó una mano.
Silvestre no respondió.
La placa permaneció en el cajón.
Hubo además una ocasión en que la placa le sirvió para algo que todavía podía llamar bueno sin demasiadas reservas.
Fue en 1972. Una mujer acudió a denunciar que el encargado de la fábrica donde trabajaba retenía parte del salario de varias empleadas y amenazaba con despedirlas si protestaban.
El asunto no interesaba a nadie. «Problema laboral», dijeron.
Silvestre insistió, buscó nóminas, interrogó al encargado y consiguió que devolvieran el dinero.
La mujer regresó semanas después con una bolsa de rosquillas.
—Para usted.
—No puedo aceptar regalos.
—No es un regalo. Es comida.
Silvestre terminó llevándose la bolsa.
Aquella noche comió dos rosquillas en la cocina de su piso y dejó la placa sobre la mesa. Durante unos minutos creyó haber encontrado la respuesta que buscaba desde los veintitrés años: el metal servía si la mano que lo llevaba decidía para qué.
La idea era cierta.
Y precisamente por eso resultaba insuficiente.
Porque al día siguiente volvió a una comisaría donde otras manos utilizaban el mismo metal para cosas distintas. Y él siguió aceptando que ambas realidades pudieran convivir mientras pudiera señalar las veces en que había ayudado a alguien.
Mucho después entendería que las buenas acciones también pueden convertirse en coartadas si se usan para no mirar el resto.
En febrero de 1978 seguía allí, junto a una fotografía de Marcos y una navaja oxidada que había pertenecido a Celestino. Tres objetos que no servían para nada y, sin embargo, pesaban más que muchas cosas útiles.
Mercadal entró en su vida antes de convertirse en jefe.
Fue en 1969, después de una carga frente a la universidad.
Silvestre había discutido con un superior porque un detenido apenas podía mantenerse en pie y querían hacerlo firmar una declaración.
La discusión no fue heroica. Silvestre no liberó al muchacho ni denunció a nadie.
Se limitó a decir que, si firmaba en aquel estado, el papel no serviría para un juez.
A la mañana siguiente lo llamaron a un despacho.
Mercadal estaba allí.
Entonces tenía el cabello casi negro y una manera de escuchar que hacía creer al otro que todavía podía corregir la frase que acababa de pronunciar.
—Dicen que das problemas.
—Depende de quién lo diga.
—Mala respuesta.
Silvestre esperó.
Mercadal abrió el parte de la noche anterior.
—Has escrito «estado físico incompatible con declaración fiable».
—Era verdad.
—No te he preguntado eso.
—Entonces no sé qué me pregunta.
Mercadal sonrió por primera vez.
—Si quieres conservar el empleo.
Silvestre miró la puerta.
—Sí.
—Bien. Ya tenemos algo en común.
Mercadal no lo sancionó. Hizo que repitieran la declaración dos días después y consiguió que el expediente siguiera adelante sin mencionar quién había dejado al detenido en aquel estado.
Silvestre interpretó la maniobra como una victoria pequeña: el muchacho pudo hablar sin que lo sostuvieran entre dos hombres; el caso no dependió de una firma obtenida a golpes.
Años después entendería la otra mitad.
Mercadal no había corregido el sistema.
Lo había hecho presentable.
La relación creció en esa zona ambigua. Mercadal recomendó a Silvestre para destinos mejores, evitó dos sanciones, lo llamó a su casa una Navidad en que sabía que estaba solo. Nunca le pidió lealtad de forma explícita. No hacía falta.
—Hay hombres que necesitan que les ordenen las cosas —le dijo una noche—. Y hay otros que solo necesitan recordar quién les abrió la puerta.
Silvestre creyó que hablaban de ascensos.
En 1978 comprendería que hablaban de obediencia.
Por eso dolería tanto descubrir la fotografía de la cacería. No porque Mercadal resultara corrupto. La corrupción era una palabra cómoda, casi administrativa. Dolería porque durante años Silvestre había confundido la habilidad del otro para administrar daños con una forma de bondad.
Mercadal sabía cuándo detener un golpe.
También sabía cuándo dejar que ocurriera detrás de una puerta cerrada.
Silvestre aprendió de él ambas cosas, aunque solo quisiera recordar la primera.
Cuando apareció Rosalinda, Silvestre volvió a llevar la vieja chapa consigo algunas noches, aunque la credencial de servicio era otra. No se la enseñaba a nadie. La tocaba dentro del bolsillo como quien comprueba una cicatriz.
Ya no le recordaba quién era.
Le recordaba cuántas veces había decidido seguir siendo el mismo.