CAPÍTULO 13 — LA INCINERACIÓN
El horno respiraba.
S ilvestre nunca había pensado que un horno pudiera respirar, pero aquel lo hacía. Aspiraba gas, expulsaba calor, volvía a cerrarse con un golpe metálico.
El crematorio estaba casi vacío.
Feliciana Vega lloraba en una sala contigua. O quizá era Lola. Las paredes devolvían los sonidos sin permitir saber de quién eran.
Silvestre había llegado sin invitación.
Remei estaba junto a una columna, abrigo negro, brazos cruzados.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Tú tampoco.
—Por eso lo digo.
El ataúd era sencillo. Madera clara. Demasiado grande para Rosalinda.
Un empleado preguntó por última vez si la familia quería conservar algún objeto. Nogués, el abogado, respondió en nombre de Feliciana.
—No.
Silvestre se acercó.
—¿Y la llave?
Nogués lo miró.
—¿Qué llave?
—La que llevaba en el bolsillo.
—Pregunte al juzgado.
—¿La pulsera tampoco le interesa?
Nogués dejó de respirar un instante.
Solo uno.
—No sé de qué habla.
Silvestre sonrió sin alegría.
—Yo tampoco.
El abogado se apartó.
Remei esperó a que estuvieran solos.
—Eso ha sido torpe.
—Quería verle la cara.
—¿Y?
—La conoce.
Remei miró el horno.
—No basta.
—Nada basta.
—Todavía.
La puerta metálica se abrió.
El calor alcanzó el pasillo.
Silvestre pensó en pruebas, tejidos, huesos, todo lo que el fuego convertiría en una materia indistinguible. Pensó en Marcos, enterrado bajo tierra húmeda en Lleida. Pensó que al menos su madre había tenido un cuerpo al que odiar y abrazar.
Feliciana apareció sostenida por Lola.
Al ver a Silvestre, intentó detenerse.
—Usted.
—Señora Vega.
—Me dijo que la habían tenido encerrada.
—Sí.
La mujer buscó algo en su rostro.
—¿Sufrió?
Silvestre no respondió enseguida.
Remei se adelantó.
—No podemos saberlo con certeza.
Feliciana la miró.
—Usted sí sabe.
Remei bajó la vista.
La madre comprendió.
Emitió un sonido pequeño. No un llanto. Algo anterior.
Nogués apareció detrás.
—Feliciana, será mejor que descanse.
Silvestre dio un paso hacia él.
—Deje de medicarla.
—No soy médico.
—Entonces deje de hablar como si fuera dueño de su dolor.
Nogués endureció el gesto.
—Inspector, está usted fuera del caso.
—¿Quién se lo ha dicho?
El abogado calló.
Otra vez.
Demasiadas personas sabían demasiado deprisa.
El horno se cerró.
Silvestre oyó el golpe metálico.
Comprendió que aquello era lo que querían: no matar a Rosalinda, eso ya estaba hecho, sino reducirla a una historia que nadie pudiera tocar.
Ceniza.
Dos líneas.
Una madre sedada.
Después, Feliciana pidió ver las cenizas.
El empleado le explicó que debía esperar. Habló de procedimientos, urnas, plazos. La mujer escuchaba con la cabeza inclinada, como si aquellas palabras pertenecieran a otro idioma.
—¿Todo eso es ella? —preguntó señalando el horno.
Nadie supo responder.
Silvestre acompañó a Lola hasta un banco del pasillo. Feliciana seguía dentro con Nogués.
—¿Por qué lo deja estar con ella? —preguntó.
Lola lo miró con furia.
—¿Y usted por qué cree que podemos echarlo?
Silvestre aceptó el golpe.
—¿Les ha dado dinero otra vez?
—Pagó esto.
—¿El funeral?
—Todo.
—¿Feliciana lo sabe?
—Dice que no quiere deberle nada. Luego llega la factura del alquiler.
Silvestre se sentó.
—¿Rosalinda conocía a Berrocal desde hacía mucho?
Lola bajó la voz.
—Desde los doce, creo. Antes solo sabía que existía.
—¿Cómo reaccionó?
—Al principio estaba orgullosa. Decía que su padre tenía una casa grande. Después dejó de hablar de él.
—¿Por qué?
—Una vez volvió llorando. Había ido a una comida o algo así. Él la tuvo escondida en una habitación porque llegaron visitas.
Silvestre miró el suelo.
—¿Se lo contó a su madre?
—A mí. Feliciana no quería oír nada.
—¿Rosalinda estaba enfadada?
—Mucho. Era orgullosa.
Lola sonrió por primera vez.
—Le gustaba decir que algún día tendría tanto dinero que obligaría a los ricos a limpiar sus propias casas.
Silvestre guardó la frase.
Rosalinda empezaba a ocupar espacio más allá de su muerte: botas buenas, dibujos de ropa, orgullo, ira.
Eso era precisamente lo que el expediente no sabía contener.
Cuando todo terminó, Silvestre acompañó a Feliciana hasta la calle. Nogués se adelantó para buscar un taxi.
La mujer se detuvo bajo el alero.
—Inspector.
—Sí.
—¿Usted cree que la mató su padre?
La pregunta era demasiado directa para el lugar.
Silvestre miró la lluvia.
—No lo sé.
—Pero lo piensa.
—Pienso muchas cosas que no puedo demostrar.
Feliciana asintió.
—Yo también.
—¿Qué piensa usted?
La mujer apretó el bolso contra el pecho.
—Que Néstor nunca habría tocado a Rosalinda con sus propias manos.
—Eso no responde.
—Sí responde.
El taxi llegó.
Feliciana abrió la puerta y antes de entrar añadió:
—Él siempre pagaba para no tocar lo que ensuciaba.
Silvestre la vio alejarse.
No sabía si acababa de escuchar una acusación, una metáfora o el resumen de una vida entera.
La urna fue entregada a Feliciana tres días después. Silvestre no estuvo presente, pero Lola le contó que la madre la dejó sobre la mesa de la cocina junto a un azucarero y una radio pequeña.
—No tenía dónde ponerla —dijo.
Silvestre imaginó la escena.
Una vida reducida a un recipiente que competía por espacio con los objetos cotidianos.
—¿Qué hará con las cenizas?
—Dice que las llevará al pueblo de su madre.
—¿Rosalinda conocía ese lugar?
—No.
Silvestre casi preguntó por qué entonces.
Se contuvo.
Los muertos terminaban muchas veces en lugares que los vivos necesitaban, no en los que ellos habían elegido.
Rosalinda ya había perdido suficiente capacidad de elegir.
Aquella tarde Silvestre regresó al lugar del hallazgo. Llevaba en el bolsillo una de las hojas con los datos de Rosalinda.
Se arrodilló junto a los juncos.
El agua había subido. El zapato ya no estaba, por supuesto. Tampoco las marcas del cuerpo. La lluvia había rehecho el terreno en menos de una semana.
Pensó en el fuego del crematorio y en el agua del río.
Dos maneras distintas de borrar una forma.
Sacó la hoja del bolsillo.
Rosalinda Vega Serrano. Quince años.
No la tiró.
La dobló y volvió a guardarla.
Le pareció una superstición estúpida.
El crematorio tenía una sala de espera con sillas de plástico y una máquina de café averiada. Silvestre llegó antes que Feliciana. No sabía por qué había ido. Nadie se lo había pedido.
Quizá porque había aprendido que las instituciones eran especialmente eficaces cuando querían que una persona desapareciera dos veces.
Remei apareció diez minutos después.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
—La autorización está firmada.
—¿Por la madre?
Remei apretó los labios.
—Por un representante legal. Dicen que la madre está de acuerdo.
—¿Está?
—Pregúntale.
Feliciana llegó acompañada por un hombre de traje gris. Silvestre lo reconoció por la descripción del expediente: Oriol Castany, abogado.
Se acercó.
—Señora Vega.
Feliciana parecía más pequeña que en su casa.
—Inspector.
Castany intervino.
—La señora no está en condiciones de hablar.
—No le he preguntado a usted.
—Soy su abogado.
—¿Desde cuándo?
El hombre sonrió.
—Eso no es asunto suyo.
—Empieza a serlo.
Feliciana tocó el brazo de Silvestre.
—Déjelo.
Él la miró.
—¿Quiere la incineración?
La mujer bajó los ojos.
—Me han dicho que es mejor.
—¿Quién?
—Todos.
—No le pregunto qué le han dicho. Le pregunto qué quiere usted.
Castany dio un paso.
—Inspector, basta.
Silvestre lo ignoró.
Feliciana tardó en contestar.
—Quiero que termine.
No era un sí.
Tampoco un no.
Era agotamiento.
Silvestre comprendió que también eso podía comprarse: no la voluntad, sino la cantidad de cansancio necesaria para que la voluntad dejara de importar.
La ceremonia duró poco. Un empleado leyó el nombre completo. Rosalinda Vega Martín. Quince años.
Silvestre no sabía el segundo apellido.
Martín.
Una vida entera podía esconderse en aquello que un expediente omitía.
Antes de que retiraran el ataúd, Feliciana se acercó. Apoyó la mano sobre la madera.
—Perdóname —dijo.
Silvestre miró a Castany.
El abogado evitó sus ojos.
Después, en el pasillo, Remei le entregó un sobre.
—¿Qué es?
—Cabello. Una muestra de sangre seca. Tejido de la ropa. Lo básico.
Silvestre se quedó helado.
—¿Lo has sacado oficialmente?
—Oficialmente hay muestras custodiadas.
—¿Y esto?
—Esto existe porque no confío en cuánto durará lo oficial.
—Podrían echarte.
—También podrían ascenderme. Las instituciones tienen sentido del humor.
Silvestre guardó el sobre.
—No sé qué hacer con ello.
—Por eso te lo doy. Para que tengas que decidir.
La puerta del horno se cerró.
No hubo llama visible. Solo un mecanismo industrial y un sonido metálico.
Feliciana empezó a llorar sin ruido.
Castany miró el reloj.
Silvestre vio el gesto y recordó el rectángulo claro de la muñeca de Rosalinda.
—Bonito reloj —dijo.
El abogado bajó la mano.
Era dorado.
No igual al descrito por Feliciana. Probablemente no.
Pero Castany entendió la mirada.
—No pretenda convertir cada objeto de esta ciudad en una pista.
—No hace falta. Algunos se convierten solos.
Castany se inclinó hacia él.
—Está jugando con gente que no conoce.
—Eso suena a amenaza.
—Suena a consejo.
—Los consejos suelen ser gratis.
—Este también.
El abogado se alejó.
Remei había escuchado.
—Ya no disimulan mucho.
—No necesitan.
Cuando entregaron las cenizas, Feliciana sostuvo la urna como si pesara más que su hija.
Silvestre salió al exterior y respiró aire frío.
Por primera vez deseó beber con una intensidad física. No por olvidar. Por borrar la sensación de que estaba asistiendo a una operación perfectamente legal cuyo resultado era destruir una prueba y llamar duelo al procedimiento.
Metió la mano en el bolsillo y tocó la bolsita de tierra que había recogido días antes junto al lugar donde apareció el cuerpo.
Una ridiculez.
Una superstición.
Una forma mínima de negarse.
Después de la ceremonia, Silvestre acompañó a Feliciana hasta un taxi.
Castany había desaparecido para atender una llamada. La mujer sostenía la urna sobre las rodillas.
—¿A dónde quiere que la lleven?
—A casa.
—¿Tiene a alguien con usted?
—Siempre preguntan eso después.
Silvestre no entendió.
—¿Después de qué?
—Después de que ya no puedan hacer nada.
El taxi llegó.
Antes de subir, Feliciana lo miró.
—¿Usted tiene hijos?
—No.
—Mejor.
La respuesta lo sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque si los tuviera tendría que aprender que uno no puede protegerlos. Y usted parece de los que se rompen cuando una cosa no obedece.
Silvestre permaneció inmóvil.
Feliciana subió.
La urna quedó visible tras el cristal mientras el coche se alejaba.
Remei apareció a su lado.
—Te ha calado rápido.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Silvestre miró el crematorio.
—¿Cuánto tardan en destruir una muestra?
—Oficialmente, depende del tipo.
—No he preguntado oficialmente.
Remei entendió.
—Muy poco si alguien quiere.
—Entonces guarda lo que tengas fuera.
—Ya lo he hecho.
—¿Dónde?
—Si te lo digo, dejará de estar fuera.
Silvestre asintió.
Cada vez había más secretos entre quienes intentaban descubrir la verdad.
La paradoja no se le escapó.
Remei consiguió retrasar el horno veinte minutos.
No mucho.
Lo suficiente para tomar una última serie de fotografías y comprobar que el inventario de efectos personales estaba completo.
No lo estaba.
Faltaba el reloj.
También una pequeña medalla que aparecía descrita en el informe de ingreso del cadáver.
—¿Quién retiró los efectos? —preguntó Silvestre.
El empleado consultó una hoja.
—Representante familiar.
—Nombre.
—Oriol Castany.
Silvestre sintió que la sangre le subía a la cara.
—¿Con qué autorización?
El hombre señaló una firma.
Barnet.
Remei lo miró.
—No hagas nada aquí.
—Se ha llevado el reloj.
—Lo sé.
—Era una prueba.
—Lo sé.
Silvestre apretó los puños.
—Todo el mundo sabe.
Remei bajó la voz.
—Entonces consigue que alguien lo escriba.
No pudo.
El empleado se negó a firmar una declaración adicional.
La hoja del inventario desapareció dos días después.
Remei conservó una fotografía.
Otra copia fuera del cauce.
Esa noche, después de la incineración, Silvestre fue hasta el piso de Feliciana con una bolsa de comida.
No sabía qué llevar a una mujer cuya hija acababa de convertirse en cenizas.
Compró pan, leche, caldo y naranjas.
Feliciana abrió y miró la bolsa.
—¿Esto es de la policía?
—No.
—Entonces pase.
La urna estaba sobre la mesa del comedor.
Silvestre evitó mirarla al principio.
—No sé qué se hace con esto —dijo Feliciana.
—Yo tampoco.
—Todos me preguntan dónde voy a esparcirlas.
—No tiene que decidir ahora.
—¿Y cuándo?
Silvestre no respondió.
Feliciana tomó una naranja y empezó a pelarla con los dedos.
—A Rosalinda no le gustaban.
—¿No?
—Decía que dejaban olor en las manos.
Silvestre sonrió apenas.
—En el expediente no pone eso.
Feliciana levantó la vista.
—En el expediente no pone casi nada de ella.
Durante la siguiente hora le contó cosas.
Rosalinda dormía con calcetines incluso en verano.
Odiaba las lentejas.
Había aprendido a montar en bicicleta tarde y fingió que sabía para que no se rieran de ella.
Una vez robó un pintalabios y regresó a la tienda a devolverlo porque no soportó la culpa.
Quería un abrigo rojo que nunca pudieron comprar.
Silvestre escuchó.
No preguntó por Berrocal.
No preguntó por la carta.
No tomó notas.
Cuando se levantó para marcharse, Feliciana lo miró.
—Hoy no ha hecho de policía.
—No.
—Le queda mejor.
Silvestre casi respondió que no sabía hacer otra cosa.
Se contuvo.
Quizá estaba empezando a aprender.
Antes de salir, Feliciana le entregó una fotografía escolar.
—No para el expediente —dijo.
Silvestre la guardó en el bolsillo interior, separada de la libreta. Por primera vez desde el hallazgo, Rosalinda ocupó un lugar que no pertenecía a la policía.