CAPÍTULO 12 — UN CASO CERRADO ANTES DE ABRIRSE #2
Silvestre dobló la hoja y guardó dos copias.
—Una cosa más —dijo.
Sacó una hoja en blanco y trazó una línea vertical por el centro.
En la parte izquierda escribió: HECHOS .
En la derecha: SUPOSICIONES .
Ventura lo miró.
—Parece una tarea de colegio.
—Por eso puede que funcione.
Bajo HECHOS , Silvestre anotó: Rosalinda había desaparecido el 8 de noviembre.
Su madre había denunciado la desaparición.
El cuerpo apareció en una parcela vinculada a Terralta.
Alguien arrancó dos páginas del informe forense.
La muchacha había sido alimentada y medicada durante parte de su ausencia.
Un coche oscuro estuvo junto a la marisma antes de la llegada policial.
Eusebio Roca, chófer relacionado con Terralta, abandonó su domicilio pocas horas después de que se ordenara el traslado de las diligencias.
Ventura señaló la última frase.
—Eso también puede ser casualidad.
—Es un hecho que se marchó. La relación con la orden es otra cosa.
Silvestre la escribió en la columna derecha.
ALGUIEN AVISÓ A EUSEBIO.
Añadió otra.
EL TRASLADO DEL CASO BUSCA INTERRUMPIR LA INVESTIGACIÓN.
Y una tercera.
BERROCAL SABE QUÉ OCURRIÓ DURANTE LA DESAPARICIÓN.
Ventura leyó ambas columnas.
—La de la derecha es la que importa.
—La de la derecha es la que puede hacernos mentir.
—¿Y si tenemos razón?
—Entonces seguirá siendo verdad mañana.
El joven apoyó las manos en la mesa.
—¿Siempre trabajaba así?
Silvestre pensó en los expedientes anteriores, en las declaraciones que había reducido hasta encajarlas en una versión útil, en los informes que aprendió a escribir de joven para que la incertidumbre pareciera una torpeza que debía corregirse.
—No.
—¿Y por qué ahora?
Silvestre dobló la hoja.
—Porque si alguien está fabricando una historia necesito saber qué parte no he fabricado yo.
A las ocho, Coll apagó una de las lámparas de la sala y empezó a guardar papeles. Había pasado veintisiete años detrás de aquel mostrador y podía reconocer una irregularidad por la manera en que un expediente llegaba demasiado deprisa o demasiado limpio.
—Os van a echar —dijo sin mirarlos.
—¿A los dos? —preguntó Ventura.
—A ti todavía pueden enseñarte. A este ya no.
Silvestre le mostró la orden de traslado.
—¿Has visto pasar otra copia?
Coll se puso las gafas.
—Esta mañana.
Silvestre se quedó quieto.
—¿A qué hora?
—Antes del café. Ocho y media, nueve menos cuarto.
—La orden está firmada a las cuatro de la tarde.
Coll volvió a mirar el papel.
—Entonces no vi esta.
—¿Qué viste?
El funcionario pensó.
—Una carpeta de remisión preparada. Etiqueta mecanografiada. Número de asunto. No la abrí.
Ventura se inclinó hacia delante.
—¿Con el nombre de Vega?
Coll lo miró con irritación.
—Muchacho, llevo media vida abriendo carpetas sin abrirlas. Sí. Ponía Vega Serrano.
Silvestre sintió que la habitación se estrechaba.
La decisión estaba preparada antes de la discusión con Mercadal. Antes de que él mostrara la relación con Terralta. Quizá antes de que cualquiera fingiera valorar una cuestión de competencias.
—¿Quién trajo la carpeta?
—Un ordenanza de Jefatura.
—¿Nombre?
—No lo sé.
—¿Lo reconocerías?
Coll lo miró por encima de las gafas.
—No conviertas mi memoria en una diligencia porque te convenga. He dicho que vi una carpeta. Eso es todo.
Silvestre asintió.
Otra corrección necesaria.
—Escríbelo.
Coll soltó una risa sin humor.
—Ni hablar.
—Entonces lo escribo yo y firmas que te lo he preguntado.
—Eso es todavía peor.
—Precisamente.
Coll lo observó durante varios segundos. Después sacó papel de una gaveta.
—Una frase. No una novela.
Mecanografió con dos dedos:
En la mañana del día de la fecha observé en dependencias de registro una carpeta preparada para remisión relativa al asunto Vega Serrano, sin que pueda precisar contenido, procedencia concreta ni persona que ordenó su preparación.
La leyó.
—Esto no prueba nada.
—Ya.
—Puede significar que alguien preparó el traslado por la mañana y lo firmó por la tarde.
—Ya.
—Puede ser normal.
—También.
Coll firmó.
—Me irrita cuando aprendes.
Hicieron tres copias al carbón.
Silvestre metió una en el expediente que iba a abandonar la comisaría. Otra quedó con Coll. La tercera fue al sobre interior de su chaqueta.
Mercadal apareció en la puerta cuando Ventura ya se había marchado.
No entró.
—Sigues aquí.
—Sí.
—El caso ya no es tuyo.
Silvestre continuó ordenando la mesa.
—Nunca fue mío.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Mercadal vio el papel dividido en dos columnas.
—¿Qué es eso?
Silvestre lo cubrió con una carpeta.
—Una forma de no confundirme.
—Te estás confundiendo bastante bien sin ayuda.
Silvestre levantó la vista. Durante años aquella voz había significado protección, experiencia, una salida cuando todo se torcía. Todavía conservaba ese efecto en alguna parte del cuerpo. Eso era lo incómodo.
—¿Conocías la orden esta mañana?
Mercadal no cambió de expresión.
—¿Qué orden?
—La de traslado.
—Te la he dado yo.
—No es lo que he preguntado.
Hubo una pausa.
—Vete a casa, Silvestre.
—¿La conocías?
Mercadal se apartó de la puerta.
—Mañana seguirás siendo policía. Procura no hacer esta noche nada que convierta eso en una pregunta.
Se marchó.
Silvestre permaneció sentado hasta que dejó de oír sus pasos.
Luego sacó de nuevo la hoja con las dos columnas.
En HECHOS añadió una sola frase:
MERCADAL NO RESPONDIÓ.
La contempló un instante y estuvo a punto de moverla a la derecha. No lo hizo.
Una ausencia de respuesta también podía describirse sin decidir por qué había ocurrido.
Guardó la hoja con las demás.
La verdad no necesitaba parecer más fuerte de lo que era.
Necesitaba sobrevivir completa, incluida su fragilidad.
ACTO II — EL ARCHIVO DE LOS SILENCIOS
Ventura esperó a que bajaran las escaleras antes de hablar.
—Ha roto un oficio oficial.
—Hay más copias.
—No era eso.
—Ya sé.
Salieron a la calle. Un vendedor de periódicos gritaba titulares sobre la reforma constitucional. Silvestre compró uno sin leerlo y lo dobló bajo el brazo.
—Si el caso pasa a otra unidad —dijo Ventura—, podríamos entregarles lo que tenemos.
Silvestre se detuvo.
—¿De verdad crees que esto es un problema de competencia?
Ventura no respondió.
—Mira la secuencia. Una niña desaparece. La denuncia se trata como fuga. La madre recibe a un abogado de Berrocal. Aparece el cuerpo en terreno de Terralta. Desaparecen páginas del informe. Y ahora, de pronto, todos descubren una línea municipal.
—Entonces hay que dejar constancia.
—¿Dónde?
—Por escrito.
—¿En qué archivo?
Ventura entendió la pregunta.
Silvestre le entregó el periódico.
—Guarda dentro una copia de todo lo que tengas y déjala fuera de comisaría.
—¿Dónde?
—Donde yo no sepa.
—Eso no parece muy reglamentario.
—Empiezo a preocuparme por tu obsesión con los reglamentos.
Ventura tomó el periódico.
—¿Y usted?
Silvestre miró hacia las ventanas de la comisaría.
—Yo voy a averiguar quién sabe que la van a incinerar antes de que ocurra.
Esa noche Silvestre pidió ver a Feliciana antes de que firmara ningún documento más. Nogués estaba en el piso.
—La señora necesita descanso.
—La señora necesita saber qué está firmando.
Feliciana apareció en el pasillo, descalza.
—Déjelo —dijo.
Silvestre la miró.
—¿Quiere incinerar a su hija?
Nogués intervino:
—Inspector...
—Le he preguntado a ella.
Feliciana se apoyó en la pared.
—No quiero verla así.
—No tiene que verla.
—Quiero que se acabe.
Silvestre comprendió entonces algo que lo avergonzó. Había imaginado que la autorización debía ser producto exclusivo de la presión, porque eso encajaba mejor en la investigación.
Pero Feliciana también podía querer realmente el fuego.
Podía querer dejar de esperar autopsias, preguntas y hombres llamando a su puerta.
—¿Está segura? —preguntó.
Feliciana lo miró.
—No estoy segura de nada desde noviembre.
Nogués extendió una mano hacia ella. La mujer no la tomó.
—Pero quiero enterrarla en mi cabeza como era antes. No como ustedes la han visto.
Silvestre bajó la voz.
—Lo entiendo.
No era verdad.
Pero por primera vez intentó hacerlo.
Silvestre pasó la noche previa a la incineración revisando todo lo que tenía. Extendió los papeles sobre el suelo del salón porque la mesa se quedó pequeña.
Rosalinda en el centro.
Alrededor: Terralta, Nogués, Feliciana, la pulsera ausente, el informe roto, la caseta, el coche, Berrocal.
Visto así parecía una investigación seria.
Visto de cerca seguía siendo un conjunto de sospechas.
A las dos de la madrugada escribió en una hoja:
¿Qué sabemos?
Debajo:
Rosalinda desapareció el 8 de noviembre.
La investigación inicial fue mínima. Estuvo retenida durante semanas.
Fue alimentada y sedada. Su cuerpo fue trasladado a la marisma.
Nogués actúa para la madre y para Berrocal.
Alguien preguntó por una pulsera que no apareció con el cadáver. Alguien retiró páginas del informe.
Luego escribió:
¿Qué queremos creer?
No puso nada debajo.
La segunda lista era más difícil.
A las tres añadió:
Que Berrocal la mató.
Después:
Que Mercadal no sabe nada.
Se quedó mirando ambas frases.
La primera le producía rabia.
La segunda, miedo.
Al día siguiente, Ventura consiguió hablar con un agente de la Guardia Civil destinado en la zona limítrofe. Lo hizo fuera de servicio, en una cafetería.
—No nos han mandado ningún expediente completo —dijo el guardia—. Solo una comunicación de coordinación.
—¿Entonces quién investiga?
El hombre se encogió.
—Supongo que vosotros.
Ventura regresó con la información.
Silvestre sintió una rabia fría.
El caso no había sido realmente transferido.
Había sido suspendido entre administraciones para que todos pudieran decir que correspondía a otro.
—Eso es peor —dijo Ventura.
—No.
—¿No?
—Es más limpio.
La inacción podía fabricarse igual que una coartada: repartiendo responsabilidades hasta que no quedara nadie suficientemente responsable.