La casa de las aguas negras CAPÍTULO 12 — UN CASO CERRADO ANTES DE ABRIRSE
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CAPÍTULO 12 — UN CASO CERRADO ANTES DE ABRIRSE

El sello cayó sobre el papel con un golpe seco.

Mercadal empujó el oficio hacia Silvestre.

—

S e acabó.

—¿Qué es esto?

—Conflicto de demarcación. El hallazgo se produjo en una zona limítrofe y la instrucción va a centralizarse fuera de esta comisaría mientras se determina competencia.

Silvestre leyó.

—Aquí pone que la Guardia Civil practicará diligencias complementarias.

—Eso pone.

—Estamos en Barcelona.

—Y a doscientos metros de un límite municipal que cambia según qué plano mires.

—No puedes convertir una cuneta en una frontera cada vez que te conviene.

Mercadal alzó una ceja.

—Desde cuándo te interesan tanto las competencias.

—Desde que alguien los usa para apartarme de un cadáver.

Mercadal se levantó.

—Baja la voz.

—No.

—Silvestre.

—No.

El comisario cerró la puerta.

—El cuerpo será entregado a la familia en cuanto autorice el juzgado.

—Remei no ha terminado.

—El juez considera suficiente la autopsia.

—Faltan dos páginas.

Por primera vez Mercadal no tuvo respuesta inmediata.

Silvestre lo vio.

Pequeño. Un vacío de menos de un segundo.

Pero estaba allí.

—¿Quién te ha dicho eso?

—No importa.

—Importa mucho.

—A mí me importa quién las quitó.

Mercadal regresó a la mesa.

—Estás cansado.

—No.

—Te obsesionas.

—Tampoco.

—Conoces el patrón. Chica joven, entorno desestructurado, posible prostitución, posible droga...

Silvestre dejó el oficio sobre la mesa.

—No había droga.

—Aún.

—¿Qué significa eso?

Mercadal se pasó una mano por el rostro.

—Significa que los informes se completan.

Silvestre sintió frío.

—¿Ya sabes lo que van a decir?

—Sé cómo terminan estas cosas.

—Yo también.

Silencio.

El fluorescente zumbaba.

Mercadal habló más bajo.

—Deja a la niña descansar.

Silvestre pensó en el cuerpo entre los juncos.

—No está descansando.

—No seas melodramático.

—La van a incinerar.

Mercadal no respondió.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana.

Silvestre sintió que algo se asentaba dentro de él. No rabia. Algo más frío.

—Quieren borrar hasta el cuerpo.

—La madre lo ha autorizado.

—La madre está sedada.

—Tiene abogado.

—Pagado por quién.

Mercadal recogió las gafas y empezó a limpiarlas.

Silvestre supo que la conversación había terminado.

—No hagas esto —dijo.

Mercadal levantó la mirada.

—¿Hacer qué?

—Convertirte en uno de ellos.

El comisario sonrió con una tristeza casi paternal.

—Muchacho, llevas veinte años sin darte cuenta de que nunca hubo un «ellos».

Silvestre salió con el oficio en la mano.

En el pasillo, Ventura esperaba.

—¿Qué pasa?

Silvestre rompió el papel por la mitad.

Luego otra vez.

—Que el caso está cerrado.

—¿Y nosotros?

Silvestre miró la papelera.

—Nosotros acabamos de empezar.

La orden llegó por escrito a las cuatro y veinte.

Traslado de diligencias. Competencia territorial. Coordinación con Guardia Civil. Fórmulas limpias para una decisión sucia.

Silvestre leyó el papel dos veces y fue al despacho de Mercadal.

—¿Quién ha pedido esto?

—Jefatura.

—¿Quién en Jefatura?

—No importa.

—A mí sí.

Mercadal levantó la vista de un expediente.

—Estás demasiado cerca.

—Llevo una semana.

—Precisamente.

Silvestre dejó sobre la mesa la copia de la ayuda de la Fundación San Jerónimo.

—Feliciana Vega recibió dinero vinculado a Terralta desde el año en que nació Rosalinda.

Mercadal no tocó el documento.

—¿Y?

—Y el cuerpo aparece en terrenos de una sociedad participada por Terralta. Y un abogado de Terralta intervino cuando desapareció. Y alguien está limpiando pruebas.

—Estás construyendo una historia.

—Estoy siguiendo hechos.

—Los hechos no siempre llevan donde quieres.

—No quiero que lleven a ningún sitio. Quiero ver adónde llevan.

Mercadal se levantó y cerró la puerta.

—Escúchame. Tienes cuarenta y siete años. Has sobrevivido a cosas que otros no. No tires eso por una muchacha que ya está muerta.

Silvestre sintió un frío inesperado.

—¿Eso es lo que piensas?

—Pienso que los muertos no necesitan que los acompañemos.

—Los vivos sí.

—Exacto. Tú estás vivo.

Durante un momento se miraron como dos hombres que ya conocían la conversación final y estaban ensayándola.

—¿Conoces a Berrocal? —preguntó Silvestre.

Mercadal se quedó quieto.

—Barcelona es pequeña para cierta gente.

—No te he preguntado eso.

—Sí, lo conozco.

—¿Desde cuándo?

—Años.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no tiene relevancia.

Silvestre recogió el documento.

—Empieza a tenerla.

—Para ti todo empieza a tener demasiada relevancia.

Mercadal volvió a abrir la puerta.

La conversación había terminado.

En su mesa, Ventura lo esperaba con una carpeta.

—He encontrado al hermano de Maribel.

—Ya no llevamos el caso.

El joven parpadeó.

—¿Qué?

Silvestre le enseñó la orden.

Ventura leyó.

—Esto es una mierda.

—Cuida la boca.

—¿Por qué? ¿También la trasladan por competencia territorial?

Silvestre estuvo a punto de sonreír.

—¿Qué dijo el hermano?

—Trabaja para una subcontrata de Terralta. Dice que vio a Rosalinda con un chófer de la empresa dos veces.

—Nombre.

—Eusebio Roca. El chófer.

—¿Dónde vive?

Ventura le dio una dirección.

Silvestre guardó el papel.

—Oficialmente, no hacemos nada.

—¿Y extraoficialmente?

Silvestre lo miró.

—Extraoficialmente tampoco has oído ese nombre.

—Entonces ¿para qué me manda buscar?

—Para que aprendas que una orden puede terminar un expediente. No necesariamente una pregunta.

Ventura bajó la voz.

—¿Va a seguir?

Silvestre observó la sala. Coll escribiendo. Noguera hablando por teléfono. Dos agentes riendo junto a la máquina de café. Mercadal detrás del cristal de su despacho.

—No lo sé.

Era verdad.

Aquella tarde tuvo que entregar parte de la documentación a dos guardias civiles. El sargento que firmó el recibo parecía incómodo.

—No crea que lo hemos pedido nosotros —dijo.

—No lo creo.

—Nos dan esto y luego nos dirán que falta personal.

—También lo creo.

—¿Hay algo importante que no esté aquí?

Silvestre pensó en las copias de Remei, en el papel carbón de Brion, en el nombre de Eusebio Roca.

—Todo lo oficial está ahí.

El sargento entendió la frase.

No insistió.

Al anochecer, Silvestre permaneció solo en la comisaría. Sacó la fotografía escolar de Rosalinda que había copiado de la ficha y la dejó sobre la mesa.

Quince años.

Tres meses desaparecida.

Una semana de investigación.

Eso era todo lo que el Estado estaba dispuesto a pagar por ella.

Guardó la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta.

Después apagó la luz de su mesa.

No se fue a casa.

Fue a buscar a Eusebio Roca.

Eusebio Roca vivía en un bloque de Badalona con balcones estrechos y ropa tendida. Silvestre llegó poco antes de las diez.

Nadie abrió.

Una vecina del segundo piso lo observaba desde la escalera.

—¿Busca a Eusebio?

—Sí.

—No está.

—¿Cuándo vuelve?

—Si vuelve.

Silvestre levantó la mirada.

—¿Se ha ido?

—Esta tarde. Dos maletas.

—¿Solo?

—Con un hombre.

—¿Lo conoce?

—No.

—¿Coche?

—Negro.

Otra vez.

La vecina añadió:

—Eusebio estaba asustado.

—¿Lo dijo?

—No hacía falta.

Silvestre bajó las escaleras lentamente.

La orden de retirar el caso había llegado a las cuatro y veinte.

Eusebio se marchó esa misma tarde.

Alguien había movido las piezas con una rapidez que la policía rara vez conseguía cuando quería encontrar a alguien.

Desde una cabina llamó a Ventura.

—Roca se ha ido.

—¿Adónde?

—No sé.

—¿Lo buscamos?

Silvestre miró la lluvia en el cristal.

—Sí.

—Pero ya no llevamos el caso.

—Precisamente.

Colgó.

Por primera vez entendió que desobedecer no iba a ser un gesto heroico.

Sería una rutina.

Pequeña, cansada, clandestina.

Como casi todas las resistencias que de verdad duran.

Antes de salir a buscar a Eusebio, Silvestre hizo una copia clandestina de la orden de traslado.

No sabía por qué.

Quizá porque había empezado a desconfiar incluso de los documentos que existían oficialmente.

En el margen escribió la hora exacta en que la recibió.

16:20.

Más tarde descubriría que Castany había realizado una llamada desde su despacho a las 15:47.

Treinta y tres minutos antes.

No tendría acceso al contenido.

Solo al registro.

Pero bastaba para introducir una pregunta nueva:

¿Quién sabía que el caso iba a retirarse antes de que se firmara la orden?

Silvestre colocó ambas horas una debajo de otra en su libreta.

15:47.

16:20.

Treinta y tres minutos podían contener una burocracia entera.

La mañana siguiente al traslado del caso, Silvestre encontró su cajón abierto.

No faltaba nada evidente.

Eso lo inquietó más.

La fotografía de Rosalinda seguía allí. La copia de la orden también. Pero alguien había movido el cenicero y colocado una carpeta al revés.

Ventura llegó mientras él revisaba.

—¿Qué pasa?

—Han estado aquí.

—¿Quién?

—Si lo supiera no estaría buscando.

El joven miró el cajón.

—¿Se han llevado algo?

—No sé.

—Entonces ¿cómo sabe que han entrado?

Silvestre señaló el cajón.

—Porque soy maniático.

Ventura sonrió.

—Por fin una cualidad útil.

Revisaron juntos. Descubrieron que faltaba una hoja aparentemente irrelevante: el parte inicial de Morales sobre el coche oscuro visto antes de que llegara la policía.

Silvestre sintió un escalofrío.

—Eso sí importa.

—Tenemos copia?

—No.

—Entonces se ha perdido.

Silvestre negó.

—No. Morales existe.

Fueron a buscarlo.

El agente estaba de patrulla. Cuando regresó, Silvestre le pidió que repitiera la declaración.

Morales palideció.

—Ya la hice.

—Ha desaparecido.

—¿Cómo?

—No lo sé.

El joven miró hacia el despacho de Mercadal.

—Inspector, quizá me equivoqué.

Silvestre comprendió que alguien ya había hablado con él.

—¿Te han dicho que te equivocaste?

—No.

—Entonces ¿por qué lo piensas ahora?

Morales bajó la voz.

—Porque no quiero problemas.

—Eso no cambia lo que viste.

—No sé lo que vi.

Silvestre sintió rabia, pero la contuvo.

—Está bien.

Ventura lo miró sorprendido.

—¿Está bien?

—Sí.

Silvestre volvió a su mesa y escribió de memoria la declaración de Morales: hora, descripción del coche, hombre con traje, dirección de salida.

Al final añadió: «El agente Morales manifestó posteriormente no estar seguro de su recuerdo.»

Ventura leyó.

—Eso debilita la pista.

—Es la verdad.

—Pero sabemos que lo presionaron.

—No lo sabemos.

—Lo creemos.

—Por eso no lo escribo como hecho.

Ventura se quedó callado.