CAPÍTULO 11 — EL CONSTRUCTOR #2
Brion señaló hacia arriba, no al techo sino a todo lo que existía por encima de ellos.
—De gente que firma.
Silvestre apretó la mandíbula.
—¿Conserva copia?
—Yo no hago copias de documentos oficiales.
—Claro.
Brion abrió lentamente un libro de registro.
Entre dos páginas había un papel carbón casi ilegible.
—Pero las máquinas de escribir son criaturas indiscretas.
Silvestre tomó la hoja.
Se distinguía un apellido: Vega.
Y una cifra mensual.
—¿Desde cuándo?
—Desde 1963.
Quince años.
La edad de Rosalinda.
Silvestre levantó la mirada.
Brion no dijo nada.
No hacía falta.
Silvestre siguió el rastro de la Fundación San Jerónimo esa misma tarde.
La sede ocupaba dos habitaciones dentro de un edificio de oficinas. Una secretaria le explicó que la fundación financiaba becas, ayudas a viudas y obras parroquiales.
—¿Quién la preside?
—Don Néstor Berrocal.
—¿Y quién decide las ayudas?
—Un patronato.
—Quiero las actas desde 1962.
La mujer palideció.
—Necesitará autorización.
—¿De quién?
—Del patronato.
Silvestre sonrió.
—Es decir, del hombre sobre el que pregunto.
La secretaria no contestó.
Pidió ver al administrador. El hombre, un contable llamado Lluís Abad, lo recibió después de una espera larga.
—Las ayudas son confidenciales.
—Una beneficiaria está relacionada con un homicidio.
—Entonces traiga una orden judicial.
—La traeré.
Ambos sabían que quizá no.
Abad se levantó para terminar la entrevista. Al hacerlo, una carpeta cayó de una estantería. Varias fichas se dispersaron.
Silvestre se agachó a ayudar.
Vio el nombre de Feliciana Vega en una de ellas.
El contable la recogió demasiado rápido.
—Curioso —dijo Silvestre.
—¿Qué?
—Que no recordara el nombre.
—No he dicho que no lo recordara.
—Tampoco ha dicho que sí.
Abad lo acompañó a la puerta.
—Inspector, hay asuntos familiares que no deberían convertirse en materia policial.
—Cuando aparece un cadáver, pierden ese privilegio.
En el ascensor, Silvestre comprendió que el dinero era otra clase de archivo.
Dejaba rastros.
Solo había que impedir que alguien tuviera tiempo de borrarlos.
Brion llevó a Silvestre a una cafetería fuera del Ayuntamiento antes de darle la copia del pago.
—Aquí al menos sé quién escucha —dijo.
—¿Quién?
—Todos. Pero pagando su propio café.
Se sentaron en una mesa junto a la puerta.
—¿Por qué guarda estas cosas? —preguntó Silvestre.
Brion giró la cucharilla.
—Porque durante años destruí otras.
Silvestre lo miró.
—¿Qué destruyó?
—Expedientes. Informes. Reclamaciones. Órdenes de arriba.
—¿Ilegales?
—Algunas. Otras perfectamente legales y perfectamente indecentes.
—¿Y ahora quiere compensarlo?
Brion sonrió con amargura.
—No crea en esas palabras grandes. Compensar. Redimir. Solo estoy viejo y me da pereza seguir obedeciendo.
Silvestre pensó que quizá era la explicación más honesta que había oído desde que empezó el caso.
—¿Berrocal sabe quién es usted?
—No.
—¿Mercadal?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque una vez vino a pedir un expediente.
—¿Cuál?
Brion lo miró.
—El de Feliciana Vega.
Silvestre dejó la taza.
—¿Cuándo?
—1976.
Mucho antes de la desaparición.
La implicación de Mercadal acababa de retroceder dos años.
La historia empresarial de Berrocal ocupaba más papel que muchas vidas.
Silvestre pasó una tarde entera en una hemeroteca revisando noticias. Inauguraciones, donaciones, contratos, fotografías con ministros, alcaldes y obispos. Berrocal aparecía siempre en el borde correcto de cada época.
En 1964 hablaba de desarrollo.
En 1972 de estabilidad.
En 1977 de modernización y democracia.
Las palabras cambiaban más deprisa que su traje.
Ventura se sentó a su lado con una carpeta.
—Mire esto.
Era un reportaje sobre viviendas sociales construidas por una empresa vinculada a Terralta. Los vecinos denunciaban humedades, grietas y falta de servicios.
—¿Qué tiene que ver?
—Berrocal decía que eran casos aislados.
—Todos los constructores dicen eso.
—Hay una foto.
Silvestre miró.
En la imagen, detrás de Berrocal, estaba Mercadal uniformado durante una visita oficial.
Año 1969.
—Se conocen desde hace más de lo que dijo.
Silvestre acercó la lupa.
—Eso parece.
—¿Por qué mentir sobre algo tan fácil de comprobar?
—Porque la gente no suele comprobar.
Siguieron revisando.
Encontraron una sociedad anterior, Berrocal Obras y Servicios, que había recibido contratos durante los sesenta. En su consejo aparecía el hermano de un alto cargo provincial y un abogado con el mismo apellido de Barnet.
No el juez.
Un tío.
Ventura empezó a trazar conexiones en una hoja.
—Para.
—¿Por qué?
—Porque puedes construir una conspiración con cualquier familia de Barcelona si tienes suficiente papel.
—Pero aquí hay conexiones reales.
—Sí. Y tenemos que distinguir relación de delito.
Ventura dejó el lápiz.
—A veces parece que quiere demostrar que no hay caso.
Silvestre lo miró.
—Quiero que, cuando diga que lo hay, no pueda desmontarse con dos preguntas.
El joven asintió.
Silvestre dobló la hoja de conexiones por la mitad. Las relaciones podían orientar una pesquisa; convertirlas en culpa antes de tiempo era otra forma de falsear un expediente.
—Mañana seguimos —dijo.
Ventura miró la carpeta de Terralta.
—¿Y hoy qué tenemos?
—Lo suficiente para no dejarla dormir.