La casa de las aguas negras CAPÍTULO 11 — EL CONSTRUCTOR
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CAPÍTULO 11 — EL CONSTRUCTOR

El sótano del archivo municipal olía a cartón mojado.

B ru Brion tenía sesenta y un años y dedos amarillos de nicotina. Trabajaba rodeado de legajos apilados desde el suelo hasta el techo, como si hubiera decidido enterrarse voluntariamente bajo documentos que nadie quería leer.

—Terralta —repitió.

Silvestre asintió.

—Sociedad Anónima.

—Ya sé qué significa la ese y la a.

Brion lo miró por encima de unas gafas gruesas.

—No todo el mundo.

Ventura permanecía detrás, sosteniendo una libreta.

—Buscamos licencias de suelo, recalificaciones, titularidad de parcelas —dijo.

—¿Con orden judicial?

—Con paciencia —respondió Silvestre.

Brion soltó una risa breve.

—Eso aquí vale menos.

Se levantó y desapareció entre estanterías. Tardó casi diez minutos en regresar con una carpeta gris.

—Terralta compra terreno industrial desde el setenta y cuatro. Parte está en Barcelona, parte en Sant Adrià. Una maravilla para discutir competencias durante años.

Silvestre abrió la carpeta.

Socios, escrituras, sociedades interpuestas.

—¿Berrocal?

Brion señaló con la uña.

—No aparece donde usted quiere que aparezca. Aparecen sus hombres.

—¿Quién es?

El archivero lo miró como si la pregunta demostrara ignorancia.

—Néstor Berrocal Tous. Construcción. Obra pública. Vivienda protegida cuando convenía, residencial cuando convenía más. Carreteras, polígonos, contratos con ayuntamientos. De los que aprendieron pronto que un régimen puede cambiar sin que cambien los notarios.

—¿Política?

—Dinero.

—No es lo mismo.

—A veces es más estable.

Ventura levantó la cabeza.

—La parcela del hallazgo aparece aquí con otro titular.

Brion miró el folio.

—Ribera Urbana, S. L. Luego absorbida por Terralta.

—¿Cuándo?

—Diciembre del setenta y siete.

Silvestre notó una punzada.

Rosalinda había desaparecido en noviembre.

—¿Quién firmó la operación?

Brion pasó páginas.

Se detuvo.

—Esto falta.

—¿Qué?

—El anexo de representación.

—¿Arrancado?

—Retirado.

—¿Por quién?

—Aquí no dejamos firmas cuando alguien importante pide algo importante.

Silvestre lo miró.

—¿Y usted cómo lo sabe?

Brion sostuvo su mirada durante varios segundos.

—Porque yo era el que sacaba los papeles.

Ventura dejó de escribir.

Brion volvió a sentarse.

—No pongan esa cara. En este país todos hemos hecho algo para conservar el sueldo.

Silvestre cerró la carpeta.

—¿Quién pidió este anexo?

—No me acuerdo.

—Acaba de admitir que lo retiró.

—He admitido muchas cosas. No confunda memoria con confesión.

Silvestre se inclinó sobre la mesa.

—Una chica de quince años apareció muerta en esa parcela.

Brion parpadeó.

Solo una vez.

—Eso he leído.

—¿La conocía?

—No.

—¿Conocía a su madre?

—No.

—¿A Berrocal?

—Todo Barcelona conoce a Berrocal sin conocerlo.

Silvestre recogió la carpeta.

—Me llevo esto.

—No.

—Haré copia.

—Tampoco.

Ventura intervino:

—Podemos pedir mandamiento.

Brion sonrió.

—Y para cuando llegue, la carpeta será otra.

Silvestre lo miró.

Brion abrió un cajón. Sacó papel carbón y varias hojas.

—La copiadora del segundo piso está averiada —dijo—. Yo no he visto nada.

Mientras Ventura copiaba referencias, Silvestre reparó en una fotografía apoyada contra una caja.

Mostraba una cacería. Cinco hombres con escopetas. Un jabalí muerto.

Reconoció a uno.

No del todo.

La foto estaba vieja y doblada.

—¿Quiénes son?

Brion la giró boca abajo.

—Nadie.

Silvestre no insistió.

Todavía.

Antes de marcharse, Brion pidió a Ventura que subiera a buscar café. Cuando se quedaron solos, cerró el cajón donde había ocultado la fotografía.

—El muchacho tiene cara de creer que esto sirve para algo.

—Tiene veintidós años.

—Yo también los tuve.

—Cuesta imaginarlo.

Brion sonrió.

—A usted le costará más cuando llegue a mi edad.

Sacó otro legajo, esta vez de licencias municipales. Lo abrió por una página marcada con un hilo.

—Mire las fechas.

Silvestre leyó. Una solicitud de modificación de uso del suelo, presentada por una sociedad interpuesta, había sido rechazada en 1975. Seis meses después, con idéntico contenido y distinta firma, fue aprobada.

—¿Qué cambió?

—El concejal que la recibió.

—¿Comprado?

—No sé. Quizá convencido.

—¿Cuál es la diferencia?

Brion encendió un cigarrillo.

—La palabra que aparece en el expediente.

Silvestre siguió leyendo. Había informes técnicos contradictorios. Uno alertaba del riesgo de inundación. Otro lo minimizaba. Un tercero desaparecía de la numeración.

—Falta otra hoja.

—Aquí faltan muchas.

—¿Siempre de Berrocal?

—No. No sea ingenuo. Berrocal no inventó este país.

Silvestre cerró el legajo.

—Pero aprendió a usarlo.

—Eso sí.

Brion lo observó con atención.

—¿Sabe qué ocurre con los archivos, inspector? La gente cree que guardan el pasado. No. Guardan las decisiones de quienes tuvieron poder para decidir qué se guardaba.

Ventura regresó con tres cafés en vasos de plástico.

—La máquina se ha tragado dos monedas.

Brion aceptó uno.

—Considérelo un impuesto democrático.

Ventura sonrió.

Silvestre no.

Mientras bebían, reparó en una anotación marginal en el expediente de Terralta: Reunión Z.M.B. / N.B.T. — 4-X-77.

—¿Quién es Z.M.B.?

Brion miró la nota demasiado rápido.

—No sé.

Silvestre sí conocía unas iniciales.

Zenón Mercadal Bosch.

No dijo nada.

Todavía.

Brion les enseñó después un plano antiguo de la desembocadura. Antes de las futuras avenidas había talleres, naves, depósitos y terrenos inundables. Sobre algunos aparecían sellos de clausura, sobre otros solicitudes de derribo.

—Aquí —dijo—. Terralta empezó a comprar cuando aún nadie quería esto.

—¿Información privilegiada?

—Información. Lo de privilegiada depende de quién la tenga.

Silvestre siguió con el dedo una línea que llevaba hasta la parcela del hallazgo.

—¿Por qué iba Berrocal a querer precisamente estas tierras?

—Porque la ciudad crece hacia donde los pobres viven barato hasta que dejan de resultar útiles.

Ventura levantó la mirada.

—Eso suena político.

Brion sonrió.

—Todo plano urbanístico lo es. Solo que algunos llevan regla y escuadra para que no se note.

Silvestre pensó en el cuerpo de Rosalinda sobre aquella tierra. Una hija que no debía ser reconocida y una parcela que sí debía serlo.

La coincidencia era demasiado perfecta.

Y precisamente por eso desconfiaba de ella.

Brion accedió a enseñarles un registro de visitas que oficialmente no existía. Era una libreta donde los archiveros anotaban a mano quién pedía expedientes sensibles.

El nombre de Terralta aparecía seis veces en tres meses.

Dos solicitudes procedían del despacho de Nogués.

Una llevaba la firma de un funcionario de Gobernación.

La última, fechada cuatro días después de la desaparición de Rosalinda, no tenía nombre. Solo una anotación:

Por indicación de Z. Mercadal.

Ventura silbó.

—Eso sí es algo.

Brion cerró la libreta.

—No tanto.

—¿Cómo que no?

—Porque yo puedo decir que la anotación la hizo otro. Otro puede decir que nunca recibió la indicación. Mercadal puede decir que consultaba por una cuestión distinta.

Silvestre asintió.

—Pero estuvo aquí.

Brion negó.

—Eso tampoco dice.

Ventura se desesperó.

—Entonces los documentos no prueban nada.

Brion sonrió.

Bru Brion no parecía un hombre capaz de guardar secretos importantes. Esa era probablemente la razón por la que llevaba décadas haciéndolo.

Tenía la espalda encorvada, dedos amarillentos de nicotina y una colección de chalecos marrones que parecían todos el mismo. Su despacho en el archivo municipal estaba rodeado de cajas y planos enrollados.

—Terralta —repitió cuando Silvestre pronunció el nombre—. ¿Por qué pregunta por Terralta?

—Porque la parcela donde apareció Rosalinda pertenece a la empresa.

Brion dejó de ordenar papeles.

—Eso no es exactamente cierto.

—Explíquese.

—La titularidad es de una filial. Terralta participa. También hay suelo municipal, concesiones, una sociedad de servicios.

—¿Quién manda?

Brion sonrió.

—Esa pregunta no se responde mirando el Registro.

Sacó un plano catastral. Marcó varias parcelas con un lápiz rojo.

—Mire. Aquí está la desembocadura. Esto era terreno sin valor hace quince años. Fábricas, vertidos, barracas. Ahora hay proyectos.

—¿Qué proyectos?

—Vivienda, almacenes, servicios. Depende del día y de quién pregunte.

—¿Berrocal?

Brion enrolló el plano.

—Néstor Berrocal no construye edificios, inspector. Construye permisos.

Silvestre lo observó.

—Eso suena a frase ensayada.

—Llevo veinte años esperando a que alguien me pregunte.

—¿Y por qué no habló antes?

—Porque nadie preguntaba.

—Eso no es verdad.

—Entonces porque soy cobarde. Elija la versión que le haga perder menos tiempo.

Brion abrió otro cajón y sacó una carpeta.

Dentro había recortes de prensa, anuncios de promociones y fotografías de inauguraciones. Berrocal aparecía junto a concejales, delegados ministeriales, empresarios y mandos policiales.

Silvestre pasó las imágenes despacio.

En una de 1975 reconoció a Mercadal al fondo.

No estaban juntos. Podía ser casualidad.

Guardó la imagen en la memoria.

—¿Qué relación tiene Terralta con la policía?

—La misma que cualquier empresa grande: conoce a quien conviene conocer.

—Necesito nombres.

—Los nombres son precisamente lo peligroso.

—Rosalinda tenía quince años.

Brion levantó los ojos.

—No utilice a la niña conmigo.

—¿Por qué no?

—Porque funciona.

El archivero respiró hondo.

—Hace unos meses vino un abogado a pedir que localizáramos documentos antiguos de una finca. La misma zona de la marisma.

—¿Nombre?

—Oriol Castany.

—¿Para quién trabaja?

—Despacho Pujol, Castany y Asociados. Hacen mucho para Terralta.

—¿Qué documentos buscaba?

—Servidumbres, antiguos propietarios, expropiaciones.

—¿Algo relacionado con Vega?

Brion tardó demasiado.

Silvestre se inclinó.

—Bru.

—Había una anotación marginal en un expediente de beneficencia.

—¿Qué anotación?

—Una ayuda económica periódica a Feliciana Vega. Pagada por una fundación privada.

—¿Cuál?

—Fundación San Jerónimo.

—¿Y quién la financia?

Brion sonrió con cansancio.

—Adivine.

Terralta.

Silvestre sintió que varias piezas se acercaban sin tocarse aún.

—Quiero ese expediente.

—Ya no está.

—¿Dónde?

—Se retiró.

—¿Quién?

—Castany tenía autorización.

—¿De quién?