La casa de las aguas negras CAPÍTULO 10 — EL OTRO AGUA
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CAPÍTULO 10 — EL OTRO AGUA

La espuma se acumulaba contra el hormigón como saliva enferma.

S ilvestre llegó al Besòs al caer la tarde. No había avisado a nadie. Aparcó lejos del punto donde encontraron el cadáver y caminó siguiendo la ribera.

El río llevaba bolsas, ramas, un neumático pequeño y algo que durante varios segundos pareció un abrigo hasta que se movió.

Era un perro.

Flotaba de costado, hinchado, una pata enganchada en una malla metálica. Silvestre apartó la mirada.

El Segre regresó.

No como recuerdo completo. Nunca regresaba así.

Una muñeca mojada.

Un jersey pegado al pecho.

Un niño diciendo no me sueltes.

Silvestre se llevó dos dedos al puente de la nariz.

Respiró.

Besòs.

1978.

Rosalinda.

Caminó hasta un terraplén desde el que se veía parte de los terrenos de Terralta.

Había estacas con pintura roja y blanca, montones de grava y una caseta de obra.

El cartel anunciaba viviendas, zonas ajardinadas, servicios.

Una ilustración mostraba familias paseando junto a un agua azul que no se parecía a ningún río conocido.

Silvestre arrancó el folleto de plástico clavado al cartel.

TERRALTA. UNA NUEVA BARCELONA MIRA AL MAR.

Debajo, en letra pequeña: Promotora general: Berrocal Construcciones.

Oyó un motor.

Un Peugeot oscuro apareció por la pista, aminoró al verlo y continuó.

Silvestre intentó distinguir al conductor. Solo vio una silueta.

Esperó.

El coche desapareció detrás de unos almacenes.

A unos metros de la caseta encontró huellas de neumático recientes. Nada especial. Camiones, coches, maquinaria. Pero junto al borde de un charco había un trozo de cinta adhesiva beige, arrugado, pegado al barro.

Lo recogió con un pañuelo.

Podía no significar nada.

La investigación estaba llena de cosas que no significaban nada hasta que lo significaban todo.

Dentro de la caseta de obra no había nadie. La puerta estaba cerrada con candado. Silvestre rodeó el edificio. En una ventana vio una mesa, planos enrollados y una taza roja.

En el alféizar exterior había ceniza fresca.

Alguien había estado allí hacía poco.

Volvió al coche cuando empezaba a oscurecer.

El Peugeot estaba aparcado ahora al otro lado de la carretera.

Motor apagado.

Luces apagadas.

Silvestre cruzó.

El coche arrancó antes de que llegara a veinte metros y se marchó hacia Barcelona.

No intentó seguirlo.

Se quedó bajo la lluvia con el folleto de Terralta en una mano y el trozo de cinta en el bolsillo.

El río corría detrás de él.

No era el mismo que el Segre.

Pero Silvestre empezaba a sospechar que todos los ríos terminaban llevando la misma agua.

Silvestre no se marchó todavía. Rodeó la zona por una carretera secundaria y aparcó cerca de un merendero cerrado. Desde allí veía la caseta de Terralta sin ser visto con facilidad.

Esperó una hora.

La paciencia policial no tenía nada de heroico.

Era frío en los pies, nicotina y la capacidad de aburrirse sin rendirse.

A las nueve menos cuarto apareció una furgoneta blanca.

Dos hombres bajaron. Entraron en la caseta.

Uno llevaba una carpeta. El otro cargó después una caja rectangular en la parte trasera del vehículo.

Silvestre anotó la matrícula.

Cuando regresó a comisaría comprobó que pertenecía a una empresa de mantenimiento industrial con domicilio social en una oficina de Terralta.

—Podría ser cualquier cosa —dijo Ventura.

—Sí.

—¿La seguimos?

—No tenemos autorización.

Ventura lo miró con ironía.

—Eso le preocupa ahora.

Silvestre le dio la matrícula.

—Averigua dónde guarda los vehículos.

—Eso tampoco parece muy autorizado.

—Aprendes rápido.

Ventura se marchó.

Silvestre sacó del bolsillo el trozo de cinta encontrado en la obra. Lo puso junto a una copia de la fotografía de la muñeca de Rosalinda.

No eran prueba de nada.

En su oficio había aprendido que la verdad y la prueba eran parientes que a veces ni se hablaban.

Abrió el cajón inferior del escritorio. Dentro, bajo un paquete de tabaco, conservaba el dibujo infantil de la redada de 1974.

Casa.

Río azul.

Sol demasiado grande.

Lo comparó con el folleto de Terralta.

También allí el río era azul.

Pensó que los niños y los promotores dibujaban el agua del mismo color por razones opuestas: unos porque aún no sabían cómo era el mundo; otros porque sí.

A la mañana siguiente, la cinta adhesiva recogida junto a la caseta ya no estaba en su escritorio.

Silvestre abrió cajones. Revisó la papelera. Preguntó al personal de limpieza.

Nada.

No había registrado la pieza oficialmente porque sabía que carecía de cadena de custodia. Eso significaba también que no podía denunciar su desaparición sin admitir que la había guardado de forma irregular.

Ventura lo observó desde la puerta.

—¿Qué busca?

—Nada.

—Parece muy enfadado con nada.

Silvestre cerró el cajón.

—La cinta.

—¿La de la obra?

—Sí.

—¿Quién sabía?

—Tú. Remei. Yo.

—Y cualquiera que haya abierto ese cajón.

Silvestre miró el despacho. Una puerta sencilla. Una cerradura que media comisaría podía abrir.

—Quieren que sepamos que pueden tocar lo que tengamos.

Ventura se acercó.

—Entonces dejemos de tenerlo aquí.

Aquella tarde alquilaron, a nombre de Ventura, una pequeña taquilla en una consigna cercana a la estación. Allí guardaron copias, negativos y notas.

Silvestre se sintió ridículo.

También se sintió más tranquilo.

La clandestinidad era una vieja costumbre del país.

Lo nuevo era que ahora la practicaba dentro de la policía.

El sábado siguiente regresó de día con Ventura. Recorrieron la pista hasta la caseta de Terralta fingiendo inspeccionar vertidos.

Un encargado los recibió mal.

—Aquí no hay nada que ver.

—Entonces terminaremos pronto —dijo Silvestre.

El hombre tenía manos grandes y una cicatriz de quemadura en la muñeca. Por un instante Silvestre pensó en el «Juli» que todavía no conocían. Era demasiado pronto para ese nombre, pero no para la costumbre de fijarse en manos.

—¿Cuántas personas trabajan aquí de noche? —preguntó Ventura.

—Nadie.

—La furgoneta del martes parecía bastante ocupada.

El encargado miró al joven.

—Mantenimiento.

—¿Quién?

—Subcontrata.

—Nombre.

—Pregunte en oficinas.

Silvestre entró en la caseta. La taza roja seguía sobre la mesa. Había ceniza nueva.

—Dijo que nadie trabaja de noche.

—No he dicho que nadie venga.

—Eso mejora mucho la frase.

En una pared colgaba un calendario. Varias fechas estaban marcadas con una cruz. Noviembre tenía tres. Febrero, dos.

Silvestre copió las fechas sin que el encargado lo viera.

Una de noviembre coincidía con la desaparición de Rosalinda.

Podía ser casualidad.

Silvestre regresó a la marisma dos noches después porque no podía dormir.

No avisó a nadie.

Aparcó lejos y caminó con una linterna. El barro había endurecido un poco, pero el río seguía oliendo a química y podredumbre. A esa hora, las fábricas eran manchas negras con ventanas encendidas. Algunas chimeneas seguían trabajando.

El lugar donde apareció Rosalinda estaba vacío. La policía había retirado las cintas. Quedaban marcas de botas y un rectángulo de vegetación aplastada.

Silvestre apagó la linterna.

Quería escuchar.

El agua.

Los trenes lejanos.

Un perro ladrando detrás de alguna nave.

Pensó en la teoría de Remei: una entrega.

Si alguien había dejado el cuerpo allí, debía conocer el terreno. No se llegaba por casualidad. Había dos accesos razonables para un coche y un tercero por una pista estrecha que terminaba cerca del cauce.

Recorrió la pista.

A cien metros encontró huellas de neumáticos todavía visibles en una zona protegida por matorrales. Se agachó. Eran anchas, profundas. Un vehículo pesado o un sedán grande.

Más adelante había una colilla aplastada.

La recogió con un pañuelo.

Marca extranjera.

No significaba nada y significaba demasiado.

Siguió hasta una vieja caseta de bombeo abandonada. La puerta estaba cerrada con cadena, pero una ventana lateral tenía el cristal roto. Iluminó dentro.

Un colchón.

Botellas.

Restos de comida.

Entró.

El suelo olía a humedad y orina. En una pared alguien había escrito nombres y fechas. En otra, números de teléfono. Silvestre recorrió la estancia despacio.

No parecía un lugar donde hubieran retenido a Rosalinda. Demasiado expuesto. Demasiado usado por mendigos y parejas.

Pero encontró un trozo de tela roja enganchado en una madera.

Se quedó inmóvil.

Lo comparó mentalmente con el hilo de la autopsia.

Lana roja era lana roja. Barcelona estaba llena.

Aun así, lo guardó.

Detrás de la caseta descubrió algo más: una marca reciente de pintura blanca sobre un muro. Dos líneas verticales y una horizontal, como la mitad de un símbolo borrado.

Recordó a Cazorla: una pegatina con dos torres.

Sacó una libreta e hizo un dibujo.

De regreso al coche encontró un perro junto a la cuneta. Flaco, con una pata trasera herida. El animal gruñó cuando Silvestre se acercó.

—Tranquilo.

El perro enseñó los dientes.

Silvestre se agachó a distancia.

Tenía un trozo de cuerda aún atado al cuello.

Durante varios minutos ninguno se movió.

Finalmente, Silvestre dejó un pedazo de bocadillo en el suelo y retrocedió. El perro tardó en acercarse. Cuando lo hizo, comió sin apartar los ojos de él.

—Eso es —murmuró.

Pensó en Rosalinda alimentada durante semanas por alguien que acabaría matándola.

La comida no era bondad.

El cuidado no era inocencia.

Un coche apareció al final de la pista.

Silvestre apagó la linterna y se escondió detrás de un talud.

Los faros avanzaron despacio. Era un Seat 132 oscuro. Se detuvo cerca de la caseta.

Bajaron dos hombres.

Uno llevaba gabardina. El otro una gorra de obrero.

No hablaron. Entraron en la caseta durante menos de cinco minutos y salieron con una bolsa de basura grande. La metieron en el maletero.

Silvestre intentó ver la matrícula, pero el barro cubría parte.

Solo distinguió las dos últimas cifras: 47.

El coche se marchó.

Esperó diez minutos antes de salir.

Dentro de la caseta faltaba el colchón.

También el trozo de manta roja que había visto doblado en una esquina y que, estúpidamente, no había recogido porque quería fotografiarlo al día siguiente.

Silvestre sintió una mezcla de rabia y miedo.

Alguien había llegado demasiado pronto.

O él demasiado tarde.

El perro seguía junto a la cuneta. Cuando Silvestre volvió al coche, el animal lo siguió unos metros cojeando.

—No puedo llevarte.

El perro se detuvo.

Silvestre abrió la puerta, cerró, arrancó.

En el retrovisor vio al animal quedarse solo en mitad de la pista.

A los cien metros frenó.

Maldijo.

Volvió atrás.

El perro subió sin resistencia al asiento trasero.

Silvestre condujo hasta una clínica veterinaria de guardia y lo dejó allí sin dar su nombre.

A la mañana siguiente, cuando Ventura preguntó por qué tenía pelos de perro en la chaqueta, Silvestre le dijo que no era asunto suyo.

El joven no insistió.

Pero sonrió por primera vez desde que habían empezado a investigar a Rosalinda.

A la mañana siguiente volvió a la caseta con Ventura.

El colchón había desaparecido por completo. También las botellas y parte de la basura. Alguien había barrido incluso el suelo.

—Muy limpio para un lugar abandonado —dijo Ventura.

Silvestre señaló la zona donde había encontrado la tela.

—Aquí había una manta.

—¿La vio bien?

—Sí.

—¿Roja?

—Roja.

Ventura se agachó y examinó las tablas. Encontró una grapa oxidada con varias fibras enganchadas.

—No se llevaron todo.

Silvestre sonrió apenas.

—Nunca se lleva uno todo.

Guardaron la muestra.

En la parte trasera de la caseta descubrieron marcas de neumáticos frescas y una pisada de suela lisa, poco habitual entre los obreros de la zona.

—Zapato de vestir —dijo Ventura.

—O alguien que quiere parecer importante.

—¿Hay diferencia?

Silvestre lo miró.

—Cada día menos.

Antes de marcharse, el joven preguntó por el perro.

—¿Qué perro?

—El de los pelos en su chaqueta.

Silvestre siguió andando.

—Está en una clínica.

Ventura sonrió.

—Sabía que lo había recogido.

—No sabes nada.

—¿Cómo se llama?

—No tiene nombre.

—Entonces habrá que ponerle uno.

Silvestre se volvió.

—No vamos a quedárnoslo.

—He dicho ponerle nombre, no adoptarlo.

—Es lo mismo, si no tienes cuidado.

La frase le hizo pensar en Rosalinda.

Nombrar era empezar a reconocer una obligación.

Quizá por eso tanta gente había preferido hablar de «la chica del Besòs».

El perro permaneció tres días en la clínica antes de que llamaran a Silvestre.

—Si nadie lo reclama, irá a la perrera —dijo la veterinaria.

—No es mío.

—Ya.

—De verdad.

—Ha llamado dos veces para preguntar cómo está.

Silvestre miró el teléfono.

—Eso no lo hace mío.

—No. Pero lo pone en una zona administrativa interesante.

Colgó irritado.

Aquella tarde regresó a la marisma y se sorprendió buscando al animal entre los juncos, aunque sabía dónde estaba.

Se dio cuenta de que el lugar ya había acumulado demasiadas ausencias.

Marcos.

Rosalinda.

La manta.

El coche.

Incluso el perro.

El agua parecía quedarse con aquello que faltaba y devolver únicamente señales.

Silvestre odiaba los símbolos.

Sobre todo cuando funcionaban.

La investigación empezaba a llenarse de casualidades que parecían esperar a que alguien tuviera el valor de llamarlas otra cosa.