CAPÍTULO 9 — EL AGENTE NUEVO
El café sabía a aluminio.
S ilvestre lo probó y lo dejó junto a la máquina de escribir. A las ocho y diez, un muchacho delgado con abrigo oscuro se presentó en su despacho con una carpeta bajo el brazo.
—Agente Ventura Ferrer Solà.
Silvestre levantó la vista.
—¿Y?
—Me han asignado a su grupo.
—No tengo grupo.
Ventura miró la mesa: expedientes, cenicero, dos vasos, el sobre de Remei medio oculto bajo un periódico.
—Eso me han dicho.
Silvestre lo estudió. Veintidós años. Cara aún demasiado limpia para una comisaría. Las manos sí parecían mayores: nudillos marcados, uñas cortas, una cicatriz junto al pulgar.
—¿De dónde vienes?
—Academia.
—Eso no es un sitio. Es una enfermedad pasajera.
Ventura no sonrió.
Bien.
—Mi madre es de Jaén —dijo—. Mi padre era de Badalona.
—No te he preguntado por tus padres.
—No.
—¿Entonces?
—Nada.
Silvestre abrió el parte de Rosalinda.
—¿Sabes leer sin hacer ruido?
—Sí.
—Empieza por esto.
Ventura cogió el expediente.
Durante veinte minutos no dijo una palabra. Luego señaló una línea.
—Aquí pone que la madre denunció la desaparición el día ocho. Pero la visita policial al domicilio es del catorce.
—Seis días.
—¿Por qué?
—Porque alguien decidió que no era urgente.
—¿Quién?
Silvestre lo miró.
—Eso es lo que distingue una pregunta de un problema.
Ventura siguió leyendo.
—¿Era prostituta?
—¿Importa?
—El parte dice «conducta promiscua».
Silvestre encendió un cigarrillo.
—Los partes dicen muchas cosas cuando el que escribe quiere dejar de trabajar.
Ventura cerró la carpeta.
—Mi padre desapareció en el setenta y uno.
Silvestre no dijo nada.
—Lo detuvieron. Mi madre recibió sus cosas tres semanas después. Reloj, cinturón, doscientas pesetas. No el cuerpo.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque ha preguntado de dónde vengo.
—No he preguntado eso.
—Ya.
Silvestre apoyó el cigarrillo en el cenicero.
Aquello era exactamente lo que no necesitaba: un muchacho con una ausencia por padre y la justicia recién sacada de la caja.
—Escúchame, Ferrer. Aquí no vienes a arreglar lo que te pasó.
—No.
—Ni a compensarlo.
—No.
—Ni a demostrarme nada.
Ventura sostuvo su mirada.
—Eso ya lo veremos.
Silvestre pensó en Marcos.
No por el parecido. No se parecían en nada.
Por la edad imposible que alcanzan los muertos dentro de nosotros.
—Busca todo lo que haya sobre Terralta, S. A. —dijo—. Registro mercantil, licencias, parcelas, contratistas. Sin pedir favores. Sin contar para qué.
—¿Es una orden?
—Es trabajo.
Ventura se levantó.
—Inspector.
—¿Qué?
—La madre de la chica recibió la visita de un abogado, ¿verdad?
Silvestre frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Está en una nota añadida esta mañana al expediente.
Silvestre le arrebató la carpeta.
En la última página, a lápiz, había una frase que él no había escrito:
Familia asistida. No insistir.
Sin firma.
La niña muerta.
Siempre la niña muerta.
Y alguien, dentro de la comisaría, ya estaba escribiendo por ella.
Ventura regresó a última hora con una libreta llena de nombres.
—Terralta tiene más sociedades que empleados —dijo.
Silvestre seguía revisando la denuncia de Rosalinda.
—Eso no es delito.
—Tampoco tener amigos.
—Depende de los amigos.
Ventura dejó la libreta. Había anotado constructoras, administradores, domicilios y contratos públicos.
—Berrocal aparece en unas y desaparece en otras. Pero siempre hay un hombre suyo: Pere Gassó, abogado; Julián Montcada, aparejador; Álvaro Nogués, asesor externo.
Silvestre levantó la vista.
—Nogués.
—El abogado de la madre.
—Sí.
—Trabaja para Berrocal desde hace años.
Ahí estaba la unión directa.
Silvestre acercó la libreta.
—¿De dónde has sacado esto?
—Registro, prensa económica, un bedel que fuma demasiado y un administrativo al que le gusta hablar.
—Te dije sin pedir favores.
—No pedí. Escuché.
Silvestre estuvo a punto de reprenderlo.
No pudo.
—Bien.
Ventura sonrió por primera vez.
—¿Eso era un elogio?
—No te acostumbres.
El joven se sentó.
—Hay otra cosa. Terralta está comprando terrenos justo donde apareció el cuerpo. Algunos propietarios vendieron barato hace dos años. Después llegaron proyectos de urbanización y el valor se multiplicó.
—¿Quién aprobó?
—Ayuntamiento. Comisiones. No he llegado más lejos.
—Llega.
Ventura cerró la libreta.
—Inspector.
—Qué.
—¿Por qué le importa tanto esta chica?
Silvestre encendió un cigarrillo.
—Porque está muerta.
—Muere gente todos los días.
—Sí.
—Entonces no es eso.
Silvestre observó el humo.
Podía haberlo echado del despacho. Podía haberle recordado su rango. En cambio dijo:
—Porque nadie la buscó bien.
Ventura entendió algo que Silvestre no había querido decir.
—A mi padre tampoco.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
Se quedaron en silencio.
Silvestre comprendió el peligro de trabajar con alguien que escuchaba también lo que uno callaba.
Durante las semanas siguientes Ventura empezó a dejar pequeños indicios de su presencia en el despacho: una taza, una libreta, un paquete de caramelos. Silvestre lo toleró como se tolera una gotera que no merece todavía una reparación.
Una mañana encontró al joven copiando a mano una lista de llamadas relacionadas con la desaparición.
—¿Qué haces?
—La centralita guarda anotaciones de llamadas externas.
—No todas.
—No. Pero hay una del nueve de noviembre preguntando si la denuncia de Rosalinda estaba «controlada».
Silvestre se acercó.
—¿Número?
—No consta.
—¿Quién atendió?
—Un auxiliar. Dice que no recuerda.
—¿Y por qué lo anotó?
—Porque el que llamó preguntó por Mercadal.
Silvestre sintió una presión detrás de los ojos.
—¿El día después de desaparecer?
—Sí.
—¿Mercadal estaba de servicio?
—No. Pero recibió un mensaje.
—¿Hay copia?
Ventura negó.
—Solo la anotación de centralita.
Silvestre la arrancó de la libreta.
—Haz otra copia y guarda ambas separadas.
—¿No confía en su jefe?
—Confío en que todo papel importante acaba siendo importante para alguien más.
Ventura esperó.
—Eso no es una respuesta.
—Te estás volviendo molesto.
—También me han dicho eso.
Silvestre guardó la nota.
No quería pensar en Mercadal.
Precisamente por eso empezó a hacerlo.
Ventura empezó a visitar por su cuenta a los compañeros de Rosalinda del barrio. Silvestre lo descubrió cuando vio barro en sus zapatos y un dibujo doblado en el bolsillo del abrigo.
—¿Qué es eso?
Ventura se lo enseñó.
Era un boceto de un vestido, firmado por Rosalinda.
—Me lo dio Pepa.
—¿Has ido sin decirme nada?
—No era una operación.
—Eres policía incluso cuando vas a comprar pan.
—Eso suena bastante triste.
Silvestre cogió el dibujo. El vestido tenía mangas enormes, una cintura imposible y notas al margen sobre el tipo de tela.
—¿Por qué te lo dio?
—Porque dice que todos preguntan cómo murió y nadie cómo era.
La frase cayó mal.
Silvestre devolvió el papel.
—Guárdalo.
—¿Como prueba?
—No.
—Entonces ¿para qué?
Silvestre pensó.
—Para que cuando hablemos de ella no hablemos solo de un cadáver.
Ventura Ferrer llegó con dos camisas, una maleta de cartón endurecido y una idea de la policía que todavía no había sido golpeada por la realidad.
Silvestre lo supo el primer día porque el joven preguntó dónde guardaban los formularios de reclamación de los ciudadanos.
Coll levantó la vista desde su mesa.
—¿Los qué?
Ventura creyó que no lo había oído.
—Las reclamaciones.
Coll señaló una papelera.
Los demás rieron.
Ventura también, pero tarde. Silvestre reconoció esa clase de risa: la que uno utiliza cuando todavía no sabe si lo están aceptando o marcando.
Lo puso a revisar los partes de noviembre y diciembre relacionados con Rosalinda. El joven trabajó tres horas sin levantarse. Al final llegó con una lista.
—Hay tres denuncias que podrían conectar.
—¿Conectar cómo?
—Coches sospechosos cerca de institutos. Dos en Sant Martí y una en Sant Adrià. Siempre sedanes oscuros.
Silvestre leyó.
—Esto no es una conexión. Es Barcelona llena de coches.
Ventura no se desanimó.
—En dos casos mencionan un hombre mayor que ofrecía trabajo a chicas.
—¿Descripción?
—Una dice «bien vestido». La otra «calvo».
—Media ciudad.
—Pero puede ser algo.
Silvestre dejó los papeles.
—Puede. Por eso no vas a enamorarte de la idea.
—No me enamoro.
—Todo policía joven se enamora de su primera teoría.
—¿Y usted?
—Yo me casé con varias.
Ventura sonrió.
—¿Y se divorció?
Silvestre lo miró.
—De casi todo.
Aquella tarde fueron juntos al instituto de Rosalinda. El edificio olía a tiza y abrigo mojado. La directora los recibió con una mezcla de temor y fastidio. Había hablado con la policía en noviembre y no quería repetirlo.
—Rosalinda faltaba mucho —dijo—. No era mala alumna. Simplemente no veía para qué servía estar aquí.
—¿Amigas?
—Maribel Soto. Y una chica llamada Nuria, creo.
Maribel tenía dieciséis años y una mirada desafiante. Aceptó hablar solo cuando Ventura pidió a la directora que saliera.
—Rosa no se escapó —dijo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Silvestre.
—Porque me debía veinte duros.
Ventura frunció el ceño.
—¿Eso prueba algo?
—A mí me los habría devuelto.
La adolescente miró a Silvestre.
—Había conocido a alguien.
—¿Un hombre?
—No sé.
—¿No sabes o no quieres decirlo?
—No sé. Ella decía «mi contacto».
—¿Contacto para qué?
—Para trabajar en una oficina. Quería estudiar secretariado.
Silvestre pensó en la casa dibujada.
—¿Le daba dinero?
Maribel dudó.
—A veces tenía más del que podía tener.
—¿Cuánto?
—Cien, doscientas pesetas.
—¿Y el reloj?
La chica levantó los ojos.
—¿Qué reloj?
Silvestre supo que mentía.
Ventura intervino con suavidad.
—Maribel, está muerta.
La muchacha palideció.
—Ya lo sé.
—Entonces no la proteges mintiendo.
—No la protejo a ella.
La frase cambió el aire de la habitación.
—¿A quién? —preguntó Silvestre.
Maribel se mordió el labio.
—A mi hermano.
El hermano, según explicó, trabajaba descargando materiales para una empresa de obras. Había visto a Rosalinda subir a un coche frente a un almacén de Sant Adrià. Cuando la chica desapareció, le dijo a Maribel que olvidara el asunto.
—¿Qué empresa?
—No sé.
—Pregúntale.
—No va a hablar.
—Ya veremos.
Cuando salieron, Ventura caminó en silencio hasta el coche.
—¿Qué? —preguntó Silvestre.
—Nada.
—Cuando alguien dice nada con esa cara suele ser algo.
El joven abrió la puerta.
—Mi padre también desapareció después de entrar en una comisaría.
Silvestre se quedó quieto.
Ventura miraba el volante.
—1971. Mi madre preguntó durante meses. Nadie sabía nada. Nadie recordaba nada. Un día dejaron de abrirle la puerta.
—No lo sabía.
—No lo puse en la solicitud.
—Hiciste bien.
Ventura lo miró.
—¿Eso es lo que me aconseja?
Silvestre entendió la trampa.
—Te aconsejo que sepas dónde estás.
—Sé dónde estoy.
—Todavía no.
El joven arrancó.
Durante el regreso, Silvestre pensó que quizá Mercadal tenía razón en una cosa: la gente entraba en la policía por motivos que rara vez figuraban en los formularios.
Algunos buscaban poder.
Otros un sueldo.
Otros querían encontrar a alguien.
Y algunos, como él, pasaban décadas intentando reparar una mano que se había soltado muchos años antes.
Ventura encontró al hermano de Maribel dos días después.
Se llamaba Andrés Soto y trabajaba descargando sacos de cemento en un almacén cerca del río. Tenía veinticuatro años, manos enormes y una cicatriz en el cuello.
—No quiero problemas —dijo antes de que Silvestre preguntara nada.
—Los problemas ya existen.
—Para usted. Yo tengo trabajo.
Ventura miró alrededor. El encargado del almacén observaba desde lejos.
—Podemos hablar fuera.
Andrés negó.
—No hay nada que hablar.
Silvestre sacó la fotografía de Rosalinda.
El joven apartó la vista.
—La viste.
—La conocía del barrio.
—Subiendo al coche de Eusebio Roca.
Andrés apretó la mandíbula.
—Mi hermana habla demasiado.
—Tu hermana tiene miedo de que te pase algo.
—Pues no me ayude a conseguirlo.
Silvestre entendió.
—¿Qué viste exactamente?
Andrés tardó.
—Dos veces. Una aquí, otra cerca de la fábrica vieja. Eusebio la recogía.
—¿Parecía obligada?
—No.
—¿Discutían?
—La segunda vez sí.
—¿Oíste algo?
—Ella dijo que quería ir a la casa. Él dijo que el señor no quería verla.
—¿Qué señor?
Andrés lo miró como si fuera estúpido.
—El que manda.
—Berrocal.
No respondió.
Silvestre guardó la fotografía.
—¿Por qué no declaraste cuando desapareció?
Andrés sonrió con amargura.
—Porque el encargado me dijo que si hablaba no volviera el lunes.
—¿Quién se lo dijo al encargado?
—No sé.
—¿Y te pareció normal?
—Inspector, aquí lo normal es tener trabajo hasta que alguien decide que no.
Ventura intervino.
—Una chica murió.
Andrés lo miró.
—Y si yo pierdo el sueldo, mis hermanos comen qué, ¿justicia?
Ninguno respondió.
Al alejarse, Ventura estaba enfadado.
—Podría declarar.
—Sí.
—Y no lo hace.
—No.
—¿Eso es todo?
Silvestre se detuvo.
—Si quieres entender este caso, aprende una cosa: casi nadie calla gratis.
—¿Eso los disculpa?
—No.
—Entonces.
—Los explica. No confundas explicación con perdón.
Ventura miró hacia el almacén.
Aquella frase sería una de las pocas enseñanzas de Silvestre que conservaría años después.
Ventura cometió su primer error serio una semana después de llegar.
Interrogó a un chico de dieciséis años sin avisar a su madre y consiguió una confesión por un robo que el muchacho no había cometido.
Silvestre leyó el acta.
—¿Cómo sabes que fue él?
—Confesó.
—Eso no responde.
Ventura frunció el ceño.
—Dijo dónde vendió el reloj.
—Se lo dijiste tú antes.
El joven repasó sus notas.
—Solo mencioné la tienda.
—Exacto.
Fueron a comprobarlo. El verdadero ladrón había sido detenido en otro distrito esa misma mañana.
Ventura quedó pálido.
—Podría haberlo metido en problemas.
—Sí.
—No quería.
—Casi nadie quiere cuando empieza.
Silvestre rompió la declaración antes de que entrara en el expediente.
Ventura lo miró sorprendido.
—¿Eso es legal?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque a veces corregir una irregularidad exige otra. No te acostumbres.
El joven guardó silencio.
—¿Eso es lo que pasó siempre aquí?
Silvestre entendió la pregunta.
—A veces empezaba así. Luego uno deja de saber qué está corrigiendo.
Ventura nunca olvidó la escena.
Silvestre tampoco.
Ventura guardó el dibujo con más cuidado que muchos documentos oficiales.