CAPÍTULO 8 — ENTONCES LA RADIO DEL BAR SOLER
La radio crepitó antes de decirlo.
E n el bar Soler había nueve personas. Un taxista. Dos obreros de una fábrica del Poblenou. Un hombre con corbata. Una pareja que no hablaba. El dueño, Anselmo Guardiola, secaba vasos detrás de la barra.
Silvestre bebía coñac.
La voz del locutor anunció la muerte de Franco.
Nadie aplaudió.
Nadie lloró.
Un obrero levantó su copa sin brindar.
El hombre de la corbata miró hacia la puerta.
Anselmo dejó de secar el vaso.
—Pues ya está —dijo alguien.
No estaba.
Silvestre lo sabía.
Había trabajado suficientes años para conocer la diferencia entre la muerte de un hombre y la desaparición de una estructura. Los despachos seguían ocupados por las mismas personas. Los archivos conservaban los mismos nombres. Las llaves de los calabozos pesaban igual.
Mercadal entró diez minutos después.
—¿Celebrando?
—Bebiendo.
—No es lo mismo.
—Nunca lo es.
Mercadal pidió café.
—Van a venir meses difíciles.
Silvestre lo miró.
—Para nosotros.
—Para todos.
—No todos llevamos porra.
Mercadal sonrió apenas.
—Tú tampoco hoy.
Silvestre bajó la vista hacia el coñac.
Aún no había dejado de beber.
Aún no sabía que un día una niña muerta lo obligaría a revisar cada una de las cosas que había aceptado porque «siempre habían sido así».
La radio siguió hablando.
Afuera empezó a llover.
Después del anuncio, varios clientes pagaron y se fueron antes de que anocheciera. Nadie quería estar en la calle si ocurría algo. Durante décadas la prudencia había sido una forma de educación.
Mercadal terminó el café.
—Mañana habrá retratos nuevos en los despachos —dijo.
—¿Y nosotros?
—Nosotros vendremos a trabajar.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Silvestre miró su copa.
—¿Crees que cambiará algo?
Mercadal siguió la dirección de su mirada hacia la radio.
—Cambiarán palabras.
—¿Solo palabras?
—Las palabras importan.
—A los que escriben los informes.
—Sobre todo a ellos.
Anselmo dejó una botella en la barra.
—Invita la casa.
Nadie tocó la botella al principio.
Luego el taxista se sirvió.
—Por lo que venga.
Silvestre levantó el vaso, pero no bebió.
No sabía por qué.
Tal vez porque, por primera vez, sospechó que un país podía celebrar un comienzo sin haber terminado realmente nada.
Aquella noche, después de cerrar el bar, Anselmo encontró una pintada nueva en la persiana: LIBERTAD .
Por la mañana la borró.
Silvestre lo vio hacerlo.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces ¿por qué la quitas?
Anselmo siguió frotando.
—Porque tengo que abrir.
Silvestre no entendió.
—Si dejo eso, vendrán unos. Si lo borro, quizá vengan otros. Si no hay nada, vendo café.
—Eso también es elegir.
Anselmo se volvió.
—Usted lleva pistola. Yo llevo una bayeta. No me dé lecciones sobre elegir.
Silvestre se quedó sin respuesta.
Años después, cuando hablara de silencio estructural, recordaría aquella persiana limpia.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de rumores. Que habría amnistía. Que no. Que los viejos mandos serían sustituidos. Que todos conservarían el puesto. Que vendrían depuraciones. Que jamás ocurrirían.
En la comisaría, los hombres hablaban bajo.
Unos escondieron retratos de Franco en cajones. Otros los mantuvieron en la pared hasta recibir orden. Mercadal quitó el suyo sin ceremonia y colocó un calendario encima del clavo.
Silvestre lo observó.
—Rápido.
—Es una pared.
—Ayer no parecía solo una pared.
Mercadal guardó el retrato en un armario.
—El error de ustedes, los que quieren grandes cambios, es creer que los símbolos mandan.
—¿Y qué manda?
—Las personas que tienen las llaves.
Cerró el armario.
Silvestre recordaría aquella frase años después, cuando comprendiera que Mercadal había conservado todas las llaves aunque hubieran cambiado los retratos.
Días después de la muerte de Franco, un superior reunió a los hombres y les recordó que nada había cambiado «en materia de disciplina».
Silvestre observó las caras. Algunos parecían aliviados. Otros decepcionados. La mayoría, simplemente cansados.
Mercadal estaba al fondo.
—¿Y en materia de todo lo demás? —preguntó alguien.
El superior no sonrió.
—Cuando cambie algo, se les comunicará por escrito.
Aquella frase se convirtió en un chiste interno durante meses.
Silvestre dejó de reír cuando comprendió que, para muchos hombres de la institución, esa era una definición suficiente de la historia: nada existía hasta que llegaba una circular.
Al día siguiente de la noticia, Barcelona amaneció igual y distinta. Había persianas a medio bajar, grupos hablando en voz más baja de lo habitual y radios encendidas detrás de las barras. En la comisaría nadie sabía todavía qué tono debía emplear.
Un agente veterano llevaba una corbata negra. Otro había escondido un ejemplar de un periódico bajo una carpeta. Mercadal caminaba por el pasillo con la misma tranquilidad de siempre.
—¿Qué hacemos? —preguntó alguien.
—Trabajar.
—Ya, pero...
—Precisamente por eso.
Silvestre lo observó entrar en su despacho. La continuidad podía tener la forma de un hombre que no necesitaba cambiar de paso.
Aquella tarde los mandaron a vigilar una concentración improvisada. No hubo incidentes. La gente hablaba, esperaba, fumaba. Un hombre muy joven llevaba una bandera que Silvestre no había visto en público desde hacía años. Un anciano la tocó con dos dedos y empezó a llorar.
—¿Intervenimos? —preguntó un agente.
Silvestre miró a Mercadal.
El comisario negó apenas con la cabeza.
—Hoy no.
Dos palabras.
Silvestre entendió que la historia podía cambiar también así: no porque una institución reconociera haber estado equivocada, sino porque calculaba que aquella tarde resultaba más útil no golpear.
De regreso al bar Soler encontró a Anselmo limpiando vasos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Silvestre.
—Mañana abrimos a las siete.
—No me refiero al bar.
—Yo sí.
Anselmo dejó el vaso bajo la barra.
—Los que vivimos aquí abajo no podemos permitirnos que la historia dure demasiado. Hay que pagar al proveedor el martes.
Silvestre bebió café.
En una mesa cercana, dos hombres discutían sobre si habría elecciones. Uno aseguraba que nada cambiaría. El otro decía que todo.
Anselmo inclinó la cabeza hacia ellos.
—Uno de los dos podrá decir dentro de diez años que tenía razón.
—¿Cuál?
—Los dos. Así funciona esto.
Silvestre pensó en la comisaría, en los expedientes, en los nombres que podían cambiar en las puertas sin que cambiara lo que ocurría detrás.
Al salir empezó a lloviznar. Los carteles pegados en una pared se deshicieron lentamente. La tinta negra bajaba por el yeso como agua sucia.
Años después, cuando alguien llamara «nuevo» al país, Silvestre recordaría aquella pared.
La pintura podía ser nueva.
El bar Soler abrió aquella mañana como cualquier otra. Anselmo levantó la persiana a las seis, barrió las colillas de la noche anterior y puso café antes de encender la radio. La noticia ya estaba allí, esperando.
Franco había muerto.
No hubo gritos. Hubo cucharillas.
Silvestre estaba apoyado en la barra, todavía con el abrigo puesto. A su lado, un taxista removía el azúcar sin beber. Dos albañiles miraban el aparato como si esperaran que la voz rectificara. Anselmo bajó el volumen.
—Pues ya está —dijo alguien.
Nadie respondió.
Durante años, Silvestre había imaginado aquel día como una puerta. No sabía hacia dónde daba, pero una puerta al fin. En cambio, la mañana tenía el mismo olor a café quemado y tabaco negro. Afuera, los autobuses seguían pasando. En la comisaría, los mismos hombres ocuparían las mismas mesas.
—¿Y ahora qué? —preguntó el taxista.
Anselmo se encogió de hombros.
—Ahora abrimos hasta las once.
Silvestre sonrió apenas.
En la radio empezaron las palabras solemnes. Patria. Historia. Dolor. Continuidad.
Esa última lo incomodó.
Continuidad.
Dos días después, Mercadal reunió a los mandos. Habló de serenidad, disciplina y profesionalidad. Dijo que los tiempos podían cambiar, pero la función de la policía seguía siendo la misma.
—Proteger el orden.
Silvestre pensó en Joaquín Aranda.
No dijo nada.
Los meses siguientes demostraron que el país podía cambiar de vocabulario sin cambiar de reflejos.
Llegaron instrucciones nuevas sobre manifestaciones, sobre propaganda, sobre grupos «extremistas».
Algunas circulares eliminaban palabras antiguas y añadían otras.
Donde antes se escribía «subversivo», empezó a aparecer «radical».
Donde se hablaba de enemigos del régimen, se hablaba de alteradores del orden.
Los detenidos seguían bajando por las mismas escaleras.
Una noche de 1976, Silvestre acompañó a Mercadal en una patrulla por el Besòs. Habían ardido contenedores después de una protesta. En una esquina, un grupo de jóvenes pintaba «LLIBERTAT» en una pared.
Los agentes corrieron hacia ellos. Dos escaparon. Uno cayó.
Silvestre lo levantó por el cuello de la chaqueta.
Tendría diecisiete años.
—¿Cómo te llamas?
—Jordi.
—Apellido.
—¿Para qué?
Un agente levantó la porra.
Silvestre lo detuvo con la mano.
—Déjalo.
—Ha pintado la pared.
—Ya lo veo.
El muchacho esperaba el golpe.
Silvestre miró la palabra incompleta: LLIBER.
—Vete.
El agente lo miró sorprendido.
—¿Qué haces?
—No tengo ganas de llenar papeles por pintura.
El joven salió corriendo.
Mercadal, desde el coche, había visto la escena.
No dijo nada hasta que estuvieron solos.
—Te estás ablandando.
—Estoy cansado.
—Es peor.
Silvestre miró por la ventanilla.
—¿Qué cambia ahora, Zenón?
Mercadal tardó en contestar.
—Los nombres.
—¿Solo eso?
—Los nombres importan más de lo que crees.
—A Aranda no le importó.
El coche siguió unos metros antes de que Mercadal frenara.
—No vuelvas a sacar ese nombre conmigo.
—¿Por qué?
—Porque fue hace dos años y porque no sabes todo lo que pasó.
—Yo estaba allí.
—Estar no es saber.
Silvestre lo miró.
—A veces sí.
Mercadal arrancó.
Nunca volvieron a hablar de aquello.
La noche de las primeras elecciones de 1977, Silvestre regresó al bar Soler. Esta vez había ruido. Gente joven, cerveza, discusiones. Alguien lloraba mirando los resultados en un televisor pequeño. Anselmo servía sin descanso.
—Parece otro país —dijo Silvestre.
El tabernero lo miró.
—No se fíe de las apariencias, inspector.
—¿Usted nunca se alegra?
—Me alegro cuando pagan.
En una mesa del fondo, dos hombres discutían sobre amnistía. En otra, un viejo murmuraba que todo acabaría mal.
Silvestre bebió café.
Había dejado el alcohol hacía poco y cada botella detrás de la barra parecía conocerlo por su nombre.
—¿No quiere algo más fuerte? —preguntó Anselmo.
—No.
—Eso sí que es una transición.
Fue lo más parecido a un chiste que Silvestre toleró aquella noche.
Al salir, vio la pintada de «LLIBERTAT» terminada en otra pared.
Pensó en Jordi, el muchacho al que había dejado marchar.
No supo si sentirse mejor.
La policía seguía ahí.
Él también.
En 1976, durante los días de Vitoria, la comisaría estuvo en alerta.
Llegaban noticias fragmentarias. Muertos. Disparos. Huelgas.
Un agente joven preguntó en voz alta:
—¿De verdad dispararon dentro de una iglesia?
Nadie respondió.
Mercadal apagó la radio.
—Aquí trabajamos con lo que pasa aquí.
Silvestre pensó que esa frase resumía una forma entera de país: dividir el territorio en lugares suficientemente pequeños para que nadie tuviera que responder por el conjunto.
Esa noche, en el bar Soler, Anselmo volvió a encender la radio.
—Aquí sí pasa —dijo.
Silvestre lo miró.
—¿Qué?
—Lo que pasa en otros sitios.
No discutieron.
A veces una radio era más honesta que un parte de servicio.
La noche del 15 de junio de 1977, después de votar, Silvestre entró en el bar Soler con el resguardo electoral todavía doblado en el bolsillo.
Anselmo estaba sirviendo cerveza a gente que no solía beber junta. Un comunista discutía con un comerciante. Dos estudiantes explicaban resultados. Un hombre mayor lloraba sin ocultarlo.
—¿Ha votado? —preguntó Anselmo.
—Sí.
—¿Y qué tal?
Silvestre se encogió de hombros.
—Metí un papel en una caja.
—Eso es bastante más de lo que algunos pudieron hacer durante cuarenta años.
Silvestre miró la urna imaginaria.
—No cambia lo de ayer.
—No.
—Ni a la policía.
—Tampoco.
—Entonces.
Anselmo dejó un vaso delante de otro cliente.
—Usted siempre quiere que una cosa arregle otra. Un voto, una placa, dejar de beber. Quizá algunas cosas solo hacen lo que hacen.
Silvestre no respondió.
Afuera, alguien tocó un claxon y otro gritó «¡libertad!».
Dentro, un hombre pidió otra ronda.
La historia seguía pareciéndose demasiado a un bar: unos celebraban, otros desconfiaban y casi todos tenían que trabajar al día siguiente.
La humedad venía de dentro.